Capítulo 11 Segundo viaje en la montaña rusa
Segundo viaje en la montaña rusa
Ben
Camino con rapidez entre las estanterías cogiendo todo lo que considero que puede hacernos falta para convertir la casa de los horrores en un lugar mínimamente habitable.
Bayetas, muchas bayetas, rollos y más rollos de papel de cocina, lejía, detergente, limpiacristales, una caja de herramientas de lo más completa, tornillos, puntas y clavos de diferentes tamaños, cinta aislante, escobas, fregonas con varios recambios y un sinfín de cosas más mientras Uxía camina a mi lado observándome como si me hubiese vuelto loco de repente.
—¿Te importaría andar un poco más despacio? No estamos en una maratón —protesta.
—Tengo hambre. Se suponía que antes de esto íbamos a desayunar.
—Cierto —reconoce—. Pero ya que nos encontramos con este enorme bazar a un par de kilómetros del pueblo al que nos dirigíamos, lo más lógico era parar y no tener que dar la vuelta después.
—Lógico o no, tengo hambre —insisto.
Reconozco que ahora mismo mi humor no es el mejor del mundo.
Después de haber pasado la noche entera en el coche, me duele la espalda; ayer apenas cenamos algo de camino y esta mañana todavía no hemos probado bocado, por lo que estoy tan hambriento como si llevase una semana sin comer; todavía me dura el susto por mi improvisada carrera delante del toro y, por si eso fuese poco, mi brazo izquierdo continúa rojo y, a pesar de que la menta actuó en un primer momento, sigue picándome una barbaridad.
—¿Puedes dejar de echar cosas sin ton ni son dentro del carro? —me regaña Uxía.
—Solo estoy cogiendo lo indispensable —replico—. ¿O acaso prefieres dejarlo todo como está y pasar una entretenida y temática noche entre cucarachas, ratones y arañas?
Se estremece a mi lado y su gesto se contrae de puro asco.
—Ni de coña.
—Eso pensaba —musito a la vez que me rasco el antebrazo.
—Estate quieto, si haces eso lo vas a empeorar.
—Imposible —protesto de mala gana, pero le hago caso.
—Eres un pupas —me acusa con una sonrisa divertida.
—De pupas nada, es insoportable.
—Tranquilo, ni has sido el primero ni serás el último en ortigarte, estoy bastante segura de que de eso no se muere nadie, sobrevivirás.
—Guarda silencio durante unos segundos y una sonrisa burlona asoma a sus labios cuando añade—: Aunque también ya te vale, menuda puntería, chico, con la de sitio que tenías y fuiste a elegir la única zona en la que había ortigas para aterrizar.
—Como comprenderás, estaba demasiado ocupado tratando de salvar mi vida como para ponerme quisquilloso eligiendo el sitio por el que saltar —replico dedicándole una mirada acerada.
Ella se ríe por lo bajo.
—Tanto como salvar tu vida…
—Eso lo dices porque no eras tú la que corría delante de ese morlaco.
—Por supuesto que no, porque yo, al contrario que tú, sé que nunca es una buena idea ponerse a correr delante de un toro bravo —rebate con un brillo de diversión bailando en sus ojos—. Aunque también te digo una cosa: siempre puedes mirarlo por el lado bueno.
—¿Es que tiene un lado bueno?
—Todo tiene siempre un lado bueno.
—No me digas que eres una de esas personas que viven en los mundos de Yupi y siempre ven el lado positivo de las cosas —la observo negando con la cabeza.
—No conozco a ningún Yupi y, por lo tanto, tampoco sé cuál es ese mundo del que me hablas, pero sí, intento ser una persona positiva por norma general.
Lo dice con tanta convicción que ni me molesto en contestar.
—Sorpréndeme, me encantaría saber cuál es, según tú, el lado bueno de esa experiencia vital.
—Has vivido tus propios sanfermines y ni siquiera has tenido que esperar a julio. —Se echa a reír y el sonido de su voz me resulta tan contagioso que, a pesar de saber que se está riendo a mi costa, no puedo evitar sonreír.
—Terminemos cuanto antes, a ver si en lugar de morir por una cornada del toro vas a terminar matándome tú de hambre —sugiero.
Ella asiente y echa un vistazo al carro.
—Creo que ya lo tenemos todo —afirma.
—Faltan un par de cosas que he visto en la entrada, al lado de las cajas —le digo encaminándome hacia allí.
—¿Un colchón? ¿Vas a comprar un colchón? ¡Pero si solo vamos a estar aquí unos cuantos días! —exclama.
—¿Prefieres dormir en el que vimos en la habitación? —ofrezco a sabiendas de cuál va a ser su respuesta.
Su expresión es una confirmación que no necesita palabras.
—Eso pensaba —murmuro.
—Cogeré dos colchones de noventa —afirmo acercándome a la zona—. Mierda, no quedan, solo tienen colchones de ciento cincuenta.
Me paso una mano por la cabeza, revolviéndome el pelo.
—Voy a pedir que nos lleven dos —afirmo.
—No digas idioteces, coge uno y listo, hay espacio de sobra para los dos. No vamos a gastar el doble para tan poco tiempo.
—¿Segura? —insisto dudando, porque lo último que quiero es hacerla sentirse incómoda compartiendo conmigo el colchón, pero tampoco tengo ganas de dormir en el suelo.
—Estoy bastante segura de que no vas a abalanzarte sobre mí en plena noche…
La fulmino con la mirada, porque es una imagen demasiado nítida que al reproducirse en mi cabeza me provoca emociones inesperadas…
—Por supuesto que no —la interrumpo un poco seco.
—Eso pensaba —ella asiente—. Nos apañaremos con un colchón grande. Mientras lo eliges voy a coger sábanas, toallas y un par de mantas, que por la noche nos van a hacer falta —se ofrece antes de alejarse hacia la zona de textil.
Pocos minutos más tarde, después de dar la dirección para que nos lleven los colchones, estamos cargando el maletero y volvemos a estar en camino aprovechando para cargar los móviles, ya que ambos se habían quedado sin batería anoche, y con la música de La La Love You sonando a todo volumen mientras Uxía tararea la letra demasiado relajada y distraída para mi gusto.
Lo de esta chica conduciendo es un atentado contra la seguridad vial.
Mantengo la mirada fija en el velocímetro y rezo para que no cojamos gravilla en cualquiera de las curvas en las que ella entra derrapando.
Al igual que anoche, de nuevo me siento como si estuviese en una montaña rusa cabeza abajo, no sé si agarrarme para proteger mi vida o darle emoción al asunto poniéndome a gritar y levantando las manos.
—Tienes que meterte a la derecha en el siguiente desvío —le indico, haciéndome escuchar por encima de la música.
—Todo controlado —responde ella risueña.
Al menos ahora, a plena luz del día, tengo que admitir que el paisaje que nos rodea es realmente bonito y digno de admirar.
Creo que nunca en mi vida había visto tantos tonos diferentes de verde difuminándose en un mismo lugar.
—Aquí estamos —anuncia Uxía bajando el volumen de la música cuando empezamos a avanzar por un camino empedrado dejando unas cuantas casitas a cada lado.
Seguimos conduciendo hasta que alcanzamos la plaza mayor del lugar.
Es sencilla, está delante de la iglesia y cuenta con un pequeño parque infantil provisto de un par de columpios, una casita de madera y un tobogán y que está rodeado de una zona verde donde unos cuantos bancos colocados de forma estratégica para recibir la sombra de los árboles le ofrecen a la gente del pueblo la posibilidad de sentarse a descansar, pasar el rato y charlar.
Aparcamos justo delante y nos bajamos.
Echo un vistazo a mi alrededor y veo a una pareja de ancianos que se dirigen a la iglesia; ella camina erguida agarrada al brazo del que supongo es su marido, él, en cambio, tiene un andar más torpe y necesita apoyarse en un bastón.
A pocos metros de donde nos encontramos, una mujer joven empuja un carrito de bebé mientras un niño de pelo tan rubio que casi parece blanco corre hacia el tobogán.
—Aquí se ve más vida —murmuro.
—Vamos a desayunar, aunque a esta hora más que un desayuno casi casi será un brunch —comenta Uxía alejándose un par de pasos del coche sin molestarse en poner el pestillo.
—¿No deberías cerrar con llave? Tenemos el maletero y los asientos traseros llenos de cosas —le digo, caminando a su lado.
—Este pueblo tiene poco más de doscientos habitantes. Relájate, no estamos en Londres, aquí nadie va a intentar robarnos nada.
—Te veo muy informada.
Se encoge de hombros.
—Mira, allí hay una panadería y tiene mesas fuera, seguro que podemos comer algo y de paso comprar algunas cosas para llevarnos a casa —me indica acelerando el paso.
La panadería de Lali, que así se llama el establecimiento, resulta ser una pastelería bonita y puesta con gusto, la cual, aunque no cuenta con demasiado espacio dentro, sí que tiene un mostrador bastante amplio, grandes ventanales, una terracita y un par de mesitas blancas con sillas en las que poder sentarse a tomar algo.
—Buenos días —saluda Uxía al acceder al interior.
—Bienvenidos —le responde una chica joven, de no más de veinticinco años, desde detrás del mostrador.
Es rubia, delgada y tiene unos impresionantes ojos verdes que destacan en su piel pálida como dos esmeraldas; sus movimientos son gráciles y tiene un leve deje italiano al hablar. Vamos que es justo el último tipo de persona que esperaba encontrarme en este lugar.
—¿Puedo ayudaros en algo? —se interesa la mujer con amabilidad.
—Estamos muertos de hambre, nos encantaría tomar algo —responde Uxía con naturalidad.
—Entonces estáis en el lugar indicado —le dice ella—. Tomad asiento, por favor, enseguida os atiendo.
Nos dirigimos a la mesa más cercana y nos sentamos.
—¿No te parece un poco raro? —pregunto en voz baja.
—¿El qué? —cuestiona Uxía sin comprender a qué me refiero.
Señalo con un movimiento de cabeza a la chica quien en este momento se dispone a llenar dos vasos de zumo de naranja.
—¿La pastelera? —cuestiona aún más confundida.
Asiento.
Echa un nuevo vistazo a la chica.
—Yo la veo de lo más normal. ¿Qué le encuentras tú de extraño?
—¿En serio te pega alguien así en un pueblo perdido de la mano de Dios como este? —No pretendo sonar prejuicioso, pero, a juzgar por la mirada que me dedica mi acompañante, es evidente que lo hago.
—¿Es que acaso te piensas que en un pueblo no puede haber gente joven?
Me tomo unos segundos para responder.
—Desde luego no es lo más habitual.
—Eso es una idiotez.
—Además, no te has fijado en su acento, es evidente que no es de aquí —murmuro.
—Es cierto, soy italiana, de la zona de Nápoles —afirma una voz a mi espalda.
De inmediato siento como mis mejillas se sonrojan a la vez que una chispa divertida ilumina la mirada de Uxía.
—Disculpa a mi amigo —le dice—, no pretendía sonar desagradable, lo que ocurre es que le has llamado la atención porque es de los que piensa que en este tipo de sitios solo pueden vivir abuelitos.
Estoy tentado de darle una patada por debajo de la mesa, de hecho, lo haría si no fuese porque tengo miedo de que se note y mi vergüenza aumente más todavía.
—Es cierto que la mayor parte de la población ya tiene una edad, no obstante, por suerte, cada vez más gente joven encuentra diferentes motivos para animarse a venir y emprender.
—¿Y cuál fue el tuyo? —me animo a preguntar, porque me puede la curiosidad—. Tu motivo quiero decir.
Una sonrisa resplandeciente ilumina su rostro.
—Mi novio es ingeniero agrónomo, quería montar una explotación ganadera ecológica y, después de estar informándonos durante mucho tiempo sobre los diferentes tipos de suelo y pasto, decidimos trasladarnos aquí —explica—.
La vivienda está casi regalada y el precio de los locales me permitió abrir mi propio negocio; aquí soy mi propia jefa, en la ciudad me hubiese sido imposible asumir el coste del alquiler del local y habría tenido que trabajar para otros.
—¿Te resultó muy difícil adaptarte? —pregunta Uxía.
Ella no se lo piensa demasiado.
—La verdad es que no —responde—. No me malinterpretéis, es evidente que, sobre todo al principio, hubo cosas que eché de menos, aún lo hago…
Sin embargo, despertarme con el canto de los pájaros, tomarme un café mientras disfruto del paisaje que parece colarse en mi casa a través de mi ventana, la tranquilidad de vivir sin prisas, sin estrés, los paseos por la naturaleza…
Aquí, para bien y para mal, todos nos conocemos, y a veces es un incordio, pero cuando necesitas algo siempre tienes una mano dispuesta a ayudar.
—Hace una pausa y continúa hablando—. En invierno no hay demasiados niños, pero los que hay juegan en la calle con tranquilidad, las puertas casi siempre están abiertas y, además, estamos tan solo a veinte minutos de Ourense, así que muchos fines de semana nos acercamos hasta allí para ver una película en el cine, ir de compras o a un restaurante a cenar.
—Habéis conseguido tener lo mejor de los dos mundos —comento.
—Eso pienso yo —admite ella a la vez que coloca delante de nosotros los dos vasos de zumo que lleva en la bandeja—. A esto invita la casa, está hecho con naranjas ecológicas, las cosechamos nosotros —nos explica con orgullo—. ¿Qué más queréis tomar?
—Un café con leche, un cruasán y un poco de empanada de manzana de aquella que tienes allí —Uxía no se hace de rogar.
—Yo voy a tomar lo mismo —afirmo.
—Enseguida os lo traigo —comenta antes de alejarse a preparar todo lo que le acabamos de encargar.
Poco después estamos comiendo con tantas ganas que apenas paramos de masticar para hablar.
—Esta empanada debería ser ilegal. Está buenísima. —Uxía deja escapar un gemido de puro placer al tragar el trozo que se acaba de meter en la boca.
—Estoy de acuerdo, y el cruasán… Espectacular —añado.
—Tenemos que coger algunas cosas para cenar y desayunar estos días —sugiere ella.
—Buena idea, pero tendrás que conducir despacio, porque hay que llevarlas delante, en los asientos traseros y en el maletero no cabe ni una aguja.
—¿Qué tal todo? —pregunta la confitera una vez hemos terminado y no queda ni una miga en el plato.
—Maravilloso, de hecho, queremos llevarnos algunas cosas más —anuncia Uxía dirigiéndose hacia el mostrador.
Terminamos desvalijando media panadería: empanada, bollos de leche, bocadillos, un bizcocho de chocolate que tiene un aspecto delicioso y varias botellas de zumo de naranja casero.
Pagamos, cargamos con las bolsas y nos dirigimos de nuevo al coche con el estómago lleno y dispuestos a volver al pueblo, porque ahora sí, toca ponerse manos a la obra, hay mucho que limpiar y cuanto antes terminemos antes podremos empezar a buscar.