Una historia diferente Capítulo 10 Nuevos amigos #3
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Capítulo 10 Nuevos amigos #3

Ese simple movimiento basta para que Ben pierda por completo el control y, dándole la espalda al toro, comience a correr a toda la velocidad que le dan las piernas en mi dirección.

—Muuuuuuuuu —escucho bramar al morlaco.

El asunto pasa de resultarme divertido a asustarme cuando veo que el toro baja la cabeza y, sin perderlo de vista, echa a correr tras él.

—¡Apúrate! —le grito—. ¡Tienes que acelerar o te va a coger!

—¡Eso intento! —exclama Ben con expresión de pánico y voz sofocada.

—¡Si no quieres acabar con algún agujero adicional en el cuerpo, vas a tener que hacer algo más que intentarlo! —le advierto conteniendo la respiración.

Le faltan pocos metros para llegar a la valla, pero el animal va recortando la distancia y casi lo ha alcanzado.

—¡Tírate! ¡Salta a este lado! —le ordeno ansiosa, convencida de que, si no lo hace, no va a conseguir escapar.

Por suerte, esta vez sí me hace caso y, cuando el toro ya se prepara para embestirlo, se lanza en plancha y, valiéndose de los brazos para tomar impulso en la valla, consigue saltarla y cae de espaldas a pocos metros de donde me encuentro.

De inmediato, me bajo de la madera de un salto y me acerco corriendo a él mientras el animal, al ver que ha perdido a su presa, se detiene resoplando y, tras echarle una última mirada de advertencia, nos da la espalda y se aleja en dirección a su compañero.

—¿Estás bien? —me intereso, preocupada.

—Me pica el brazo —responde poniéndose en pie.

Le echo un vistazo.

—Has caído sobre una zona de ortigas —le informo, observando los granitos rojos que comienzan a extenderse por su brazo.

—Joder con la ortiga, cómo escuece —protesta apretando los dientes.

—No te quejes, peor hubiese sido llevarte una cornada —respondo mientras busco entre las hierbas la planta apropiada para frotársela por el brazo.

—¿No decías que no me iba a atacar? —me echa en cara.

—También te dije que avanzases despacio y no le dieses la espalda —le recuerdo.

—Aquí está —murmuro arrancando un manojo de la hierba que estoy buscando.

—¿Qué haces? ¿Estás loca? —me pregunta Ben, que se aparta al ver que me acerco a él dispuesta a pasársela por la zona afectada.

—Esto no son ortigas, es menta —le explico—. Suele crecer a su lado y ayuda a calmar el picor.

Él acerca la nariz a la planta con desconfianza; no obstante, al comprobar que tengo razón, extiende el brazo en mi dirección.

—¿Cómo sabes eso? No pareces una chica de campo.

—No lo soy, sin embargo, cuando era pequeña, sí que iba a dar paseos de vez en cuando por el monte con mi abuelo, y él fue quien me enseñó estas cosas.

Estamos cerca, tan cerca que no puedo evitar fijarme en la forma en que el pelo le cae desordenado sobre la frente o en cómo sus profundos ojos grises adquieren una tonalidad un poco más clara en la parte interna de la pupila al entrar en contacto con la luz del sol.

Son detalles pequeños, sin importancia, pero que, por alguna extraña razón, me hacen sentir cosquillas y contener la respiración, así que intento no mirarlo a la cara y me concentro en el movimiento de las hojas de menta sobre su piel enrojecida como si estuviese llevando a cabo una operación a corazón abierto y esta requiriese toda mi atención.

—Anda que también manda narices… —murmuro echándole un vistazo de arriba abajo.

—¿Qué pasa? —Sus ojos permanecen fijos en mi mano y el tono bajo de su voz le otorga a la pregunta cierto grado de intimidad.

—Tiene tela que no solo te pongas a correr delante de un toro, sino que además no se te ocurra nada mejor que hacerlo llevando puesta la camiseta roja de la selección española.

—Te garantizo que no era una actividad que entrase en mis planes de hoy —responde—. Cuando me levanté quise cambiarme de camiseta y esta fue la primera que encontré dentro de mi maleta.

—¿Y se puede saber por qué entraste en ese prado?

—Tenía que atender ciertas necesidades fisiológicas y no quería despertarte, así que me alejé un poco del coche y decidí acercarme a ese árbol —me explica—. Estaba de lo más tranquilo meando y, cuando me di la vuelta, esas dos bestias ya estaban ahí, acechando.

—No sé si quiero saber cuánto tiempo llevabas ahí parado. —Una sonrisa vacilona asoma a la comisura de mis labios y él frunce el ceño.

—Mejo que no, porque yo no tengo ningún interés en contártelo —resopla—. Y ahora vamos.

—¿A dónde? —pregunto.

—Al pueblo habitado más cercano —responde—. Me muero de hambre y, además, antes de empezar a buscar las cartas necesitamos hacer unas cuantas compras para adecentar este lugar… Tengo el cuello fatal, no pienso volver a dormir en el coche.

—¿Unas cuantas compras? —repito.

—Solo lo básico —responde—. Pero lo primero es lo primero: necesito desayunar.

—Eso mismo debía de estar pensando el toro… —murmuro.

—Ja, ja, ja, muy graciosa —protesta poniendo mala cara y echando a andar de nuevo en dirección al coche.

Sonrío y lo sigo.

Desde luego, en lo que a mí respecta, la gente que dice que la vida en los pueblos no tiene emoción no puede estar más equivocada. Es nuestra primera mañana y, por lo menos hasta ahora, de tranquila y aburrida no ha tenido nada.