Capítulo 1 Inconfundibles #3
La última planta está reservada para la familia.
Ahí están su pequeño apartamento, el mío y, tal y como ella acaba de decir, también contamos con una habitación con baño para cuando vienen a visitarnos amigos de mucha confianza o alguien de la familia…
¡Y este tipo no es ni una cosa ni la otra, es solo un desconocido que acaba de entrar por la puerta y que, para colmo, ni siquiera me cae bien!
Estas dos están más locas de lo que pensaba si pretenden que lo deje alojarse en nuestra zona de uso personal. La quinta planta es nuestro refugio, nuestro hogar, el sitio donde el hotel se convierte en nuestra casa.
—Esa es nuestra planta —susurro entre dientes.
—Lo sé, te recuerdo que vivo ahí —contesta Manuela con un brillo de diversión bailando en sus avispados ojos.
—Es una zona privada —les recuerdo en el mismo tono, observando de reojo al chico, que parece empezar a sentirse incómodo—. No está abierta ni disponible para huéspedes del hotel.
—Bueno, mujer, privada privada… Ni que esto fuese el palacio de la Zarzuela —objeta mi abuela levantando la voz más de lo que me gustaría y gesticulando a la vez que pone los ojos en blanco—. Además, Ben no es un huésped cualquiera.
Le dedico una mirada poco amistosa al tal Ben.
En eso estoy de acuerdo, no es un huésped cualquiera, la mayoría de ellos son agradables, este ni siquiera se molesta en disimular que no lo es.
Aprieto la mandíbula y me quedo callada para evitar decir alguna burrada; mal hecho por mi parte, ya que estas dos liantas interpretan mi silencio como una victoria y, sin perder un segundo, la inconsciente de mi abuela se gira hacia el «nuevo huésped» encantada.
—Quinta planta, la habitación que está más a la derecha —le informa.
Ben me dedica una mirada de disculpa y aguarda quieto, sin decir nada… Es obvio que está esperando a ver si estoy de acuerdo o no. Es un detalle por su parte, a pesar de que ambos sabemos que no me han dejado otra opción.
De mala gana, le tiendo la tarjeta de la puerta y él la coge sin dudar.
—Espera, te doy mi carnet de identidad —afirma echando la mano al bolsillo de su pantalón.
—¡Chorradas! —exclama Manuela—. ¡Tú no eres un huésped, eres un invitado, no hace falta que nos des nada!
Aprieto una vez más la mandíbula, la aprieto tanto que no me sorprendería que de un momento a otro uno de mis dientes se partiese por algún lado.
¡Genial, lo que me faltaba! ¡No solo voy a tener alojado puerta con puerta a un desconocido! ¡Es que además va a estar indocumentado! ¡Vamos que podría ser un asesino en serie y nosotras ahí, tan panchas, durmiendo a pierna suelta sin saber nada!
Él vuelve a mirarme de forma disimulada, y me encojo de hombros, de mala gana, dándole a entender que no es cosa mía y que, por lo visto, yo aquí no pinto nada.
—¡Todo listo entonces! —exclama Manuela—. Ve a acomodarte y descansa un rato, quedamos para cenar en el comedor a las nueve y media.
—Muchas gracias, allí estaré. —Él les dedica otra sonrisa a las dos a modo de despedida y ellas lo contemplan embelesadas mientras se dirige al ascensor.
Espero a que la puerta se cierre tras él y, en cuanto lo hace, las encaro, enfadada.
—¡Desde luego ya os vale! —les recrimino de mal humor.
—No me digas que no es un bombón —me suelta Manuela con aire malicioso—. ¿Has visto qué sonrisa? —suspira.
—Pues no, no me he fijado —miento.
¡Pues claro que la he visto! Para no hacerlo tendría que estar ciega, así que sí, vale, lo admito, puede que su sonrisa sea ridículamente atractiva, pero eso es solo un detalle, uno muy pequeñito que no significa nada si lo comparamos con toda esa prepotencia que destila.
—¡Ay, si yo tuviera veinte años menos! —suspira Manuela.
—¿Veinte? ¿No querrás decir sesenta? —la corrijo con guasa.
—Unos añitos arriba o abajo… Qué más da, aquí lo que importa es el meneo que le iba a dar.
—Hace nada estabas poniendo a caer de un burro al pobre Federico por liarse con una chica más joven…
—Federico está casado, yo soy libre como un colibrí —rebate—. Además, una alegría para la vista no le hace daño a nadie. ¿Verdad, Carmen? —le pregunta a mi abuela, que no ha dicho ni una palabra desde que Ben entró en el ascensor.
Las dos centramos nuestra atención en ella, es raro que lleve tanto tiempo callada, sin participar en la conversación. Por normal general, hace rato que se habría puesto del lado de su amiga y le habría dado la razón.
Al darse cuenta de que ambas la miramos, parpadea varias veces.
—Marie fue importante para tu abuelo. Así que debemos tratarlo como merece —dice con solemnidad.
—¿Dices que fue importante para el abuelo? —repito sorprendida—. No recuerdo que nunca la mencionase ni me hablase de ella.
Ella asiente y su gesto se tiñe de melancolía.
—Es una historia de otra vida… —susurra con aire enigmático y la mirada perdida—. Pero ese chico… —Niega con la cabeza—. Cuando entró por la puerta fue casi como volver a verla, como volver a tenerla delante, como recuperar una parte de ella.
—¿Abuela? ¿Te encuentras bien? —me intereso, algo preocupada al verla tan ausente y ensimismada.
—Es el nieto de Marie… El nieto de Marie está aquí —repite una y otra vez como si ni ella misma pudiese creer sus palabras—. Me he preguntado muchas veces qué habría sido de su vida, y ahora él está aquí —murmura más para sí misma que para mí.