Una historia diferente Capítulo 1 Inconfundibles #2
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Capítulo 1 Inconfundibles #2

Aun así, me trago de nuevo mis ganas de mandarlo directamente a la mierda y, como mi profesionalidad es incuestionable, me dispongo a responder justo cuando me interrumpe la voz de mi abuela, quien se ha levantado y camina con lentitud hacia nosotros mientras lo observa como si el recién llegado fuese un unicornio que ante cualquier movimiento brusco pudiese esfumarse y desaparecer delante de nuestros ojos.

—Tienes la misma mirada que ella. —Sus palabras a mí me sorprenden, pero a él lo dejan con la boca abierta.

—¿Perdón? —cuestiona el chico, y ahora es él quien la estudia a ella como si fuese un dragón de tres cabezas.

—Tienes los ojos de tu abuela —repite con firmeza.

La miro sin decir palabra. Está seria, demasiado para ser ella. Diría que la veo incluso impresionada.

—¿Usted conocía a mi abuela? —La voz del chico no ha perdido firmeza ni seriedad, pero ahora también se puede distinguir en ella un deje de esperanza que la hace parecer más cercana—.

Estuvo aquí en el cuarenta y siete —añade colocando encima del mostrador una fotografía en blanco y negro en la que se ve a una chica joven y guapísima, apoyada en un coche que permanece aparcado justo delante de la fachada del hotel, de mi hotel.

Mi abuela no mira la imagen; en lugar de eso, continúa con los ojos fijos en el chico quien a su vez la contempla ensimismado.

—¿Estás segura, Carmen? —le pregunta Manuela uniéndose a nosotros.

El sutil y casi imperceptible gesto que intercambian azuza todavía más mi curiosidad.

—Esos ojos… —Niega con la cabeza—. Son inconfundibles y no había vuelto a tenerlos delante desde la última vez que vi a Marie —responde ella.

El semblante del chico se descompone y su piel palidece un tono al escuchar ese nombre.

—Me llamo Benjamín —se presenta con cierto nerviosismo—. Ben —matiza—. Y, tal y como usted acaba de adivinar, Marie era mi abuela…

—Siento escucharte hablar en pasado —le contesta ella dedicándole una sonrisa amable—.

Pero me alegro de conocerte, Ben, te pareces mucho a ella —añade—.

Yo soy Carmen, esta es mi amiga Manuela y esa de ahí es mi nieta, Uxía —añade señalándome con la mano—.

Y ahora que las presentaciones están hechas, dinos, ¿qué te trae por nuestro pequeño hotel?

El recién llegado parece dudar, por la forma en que se mueve diría que su fachada imperturbable se ha resquebrajado un poco, dándole una apariencia un poco menos autómata y un poco más humana y real.

—Verá, doña Carmen… —comienza a decir en tono firme.

—¡Uy, doña! ¡Quita, quita, hijo, yo soy Carmen a secas, por favor, no me trates de usted que me haces sentirme más mayor de lo que ya soy!

—Está bien, Carmen —se corrige él dedicándoles a ambas mujeres una sonrisa con la que, sin inmutarse, consigue metérselas en el bote—. ¿Te importaría que te hiciese algunas preguntas sobre mi abuela? —pregunta con cierta ansiedad impresa en su voz.

—¿Sobre Marie? —Mi abuela entrecierra los ojos como si ella misma estuviese reviviendo momentos del pasado.

Él asiente.

—Te prometo que no te robaré demasiado tiempo.

Mi abuela y Manuela intercambian un nuevo gesto con el que sé que entre ellas se lo están diciendo todo, aunque a los demás no nos estén diciendo nada.

—¿Planeabas quedarte a pasar la noche aquí? ¿Te gustaría cenar con nosotras? Así podremos hablar con más calma —le ofrece como respuesta.

—Sí, por supuesto. Me encantaría —acepta él de inmediato.

—Me alegra escucharlo. Mi nieta te acomodará en una habitación —anuncia fijando su inteligente mirada en mí—. Por supuesto, estás invitado.

—Ehhh, lela, creo que olvidas que estamos completos —le recuerdo, incómoda y algo molesta por que vaya por ahí ofreciendo habitaciones sin consultarlo primero conmigo.

—¿No se han ido dos parejas esta mañana? —inquiere, frunciendo la nariz de tal forma que en su cara se forman todavía más arrugas de las que ya de por sí le ha ido regalando el paso de los años.

—Sí, pero esas habitaciones ya están reservadas para esta noche, los clientes avisaron de que se iban a retrasar, pero harán el check in esta noche.

—Seguro que puedes hacerle un huequecito… —insiste la muy tozuda, como si por el mero hecho de que, porque a ella se le ha metido entre ceja y ceja, pudiese sacarme una habitación inexistente de debajo de la manga.

La observo con cara de pocos amigos. ¿Se puede saber qué mosca le ha picado con el chico este?

Vale que conocía a su abuela, y no dudo que la mujer igual era maravillosa, pero él tiene una pinta de soberbio y prepotente que tira para atrás.

Que quiera hablar con él un rato vale…, pero ¿invitarlo a quedarse?

Me parece excesivo y no veo la necesidad.

—No sé de qué manera pretendes que lo haga. Como no lo meta en el armario de la colada… —protesto cruzando los brazos sobre mi pecho.

—Me considero adaptable, pero quizás el armario de la colada resultaría un espacio demasiado pequeño para mí. No hay problema, puedo hospedarme en otro hotel y venir a cenar —sugiere él.

—Me parece una buena idea —contesto.

—¡De ninguna manera! —exclama Manuela tan horrorizada como si el chico acabase de insinuar que va a dormir tirado en el arcén de una carretera.

—No pretendo ser una molestia, soy consciente de que no tengo reserva, por lo que, si no hay habitaciones disponibles, puedo buscar alojamiento en algún…

Mi abuela lo interrumpe con expresión mosqueada.

—No digas tonterías. El nieto de Marie no va a hospedarse en otro hotel que no sea el nuestro. Eres amigo de la familia. No le hagas caso a mi nieta. Es un amor de chica, pero cuando está cansada se vuelve un poco cascarrabias. Algo se nos ocurrirá.

Mis mejillas enrojecen por la mezcla de vergüenza e indignación. ¿Que yo soy cascarrabias? ¡Manda huevos lo que hay que escuchar!

—Ah, ¿sí? —cuestiono nada conforme con la situación atravesándola con la mirada—. ¿Algo como qué?

No me gusta que me desautoricen delante de nadie, sobre todo, porque no es un capricho, ¡es que no hay habitación!

—Solo tengo que pensar unos segundos —responde ella como si tal cosa.

Suspiro con frustración.

—Por muy amigo de la familia que sea… —Mi tono da a entender que amigo mío ni lo es ni lo va a ser—. Si no hay habitaciones libres, no comprendo dónde pretendes que duerma —trato de hacerla entrar en razón.

—Hay una libre, en la última planta. Justo al lado de la nuestra —tercia Manuela supersatisfecha de sí misma por haber aportado una solución.

La contemplo con los ojos abiertos de par en par.