Una historia diferente Capítulo 1 Inconfundibles
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Capítulo 1 Inconfundibles

Inconfundibles

Uxía

—Espero que pasen un buen día. El bufé de la cena estará dispuesto en el comedor a partir de las nueve —anuncio a la encantadora pareja de recién casados, que salen por la puerta de lo más acaramelados y cogidos de la mano.

Una risita maliciosa llega a mis oídos y dirijo una mirada a las dos nonagenarias que cuchichean de lo más risueñas y entretenidas, acomodadas en uno de los sillones de la recepción.

—¿Qué estáis tramando vosotras dos? —les pregunto en tono de advertencia a la vez que guardo las tarjetas de dos habitaciones que han quedado libres esta mañana.

Ellas me dedican una mirada cargada de picardía y malicia que me hace soltar un gemido.

—Mejor no digáis nada, prefiero no saberlo —murmuro.

—Mujer, qué mal pensada, ni que no nos conocieses —responde Manuela, la inseparable cómplice de mi abuela, con un brillo de lo más sospechoso bailando en sus ojos, los cuales, aunque permanecen rodeados de las arrugas propias de la edad, continúan llenos de lucidez y vitalidad.

—Pues precisamente por eso, porque os conozco, prefiero no saberlo —repito.

Ambas se ríen por lo bajini y eso garantiza que lo que sea que esté pasando por sus cabecitas es todavía peor de lo que cabría imaginar, así que niego con la cabeza y oculto la sonrisilla que asoma a la comisura de mis labios.

Mi abuela Carmen, lela, como la llamo de forma cariñosa desde que tengo uso de razón, y su amiga Manuela son genio y figura, y nadie sospecharía que bajo esa fachada de ancianitas amorosas se esconden dos liantas de mucho cuidado que lo mismo se dedican a hacer de celestinas con los vecinos del edificio de al lado que a organizar una manifestación en el barrio.

Despiertas, sin pelos en la lengua y siempre dispuestas a dar su opinión se les pida o no, están en un momento de sus vidas en que lo que opinen los demás les importa un bledo y se sienten con la libertad de hacer y deshacer a sus anchas.

Por suerte, al menos de momento, la salud las acompaña y, a pesar de que hace ya unos añitos que las dos cruzaron la frontera de los noventa, ambas son independientes y, aunque tienen sus achaques y ya no se libran de tomar alguna que otra pastilla, su calidad de vida es digna de admirar y eso les permite gozar de cierta autonomía compartiendo un pequeño apartamento de dos habitaciones, justo al lado del mío, en la quinta planta de nuestro hotel familiar.

Así ellas gozan de su ansiada libertad y yo puedo tenerlas un poco más controladas, o al menos lo intento, porque son una fuerza de la naturaleza imposible de frenar y siempre terminan haciendo lo que les da la real gana.

—Ni se os ocurra espiar de nuevo a Federico —les ordeno.

—¿Federico? ¿Quién es Federico? —pregunta mi abuela.

Es increíble el arte que tiene la cabrita haciéndose la tonta.

Cruzo los brazos sobre mi pecho y ladeo la cabeza, conteniendo una sonrisa y tratando de mostrarme firme y seria.

—Como las dos sabéis de sobra, Federico es el señor del tercero —digo refiriéndome a nuestro vecino del edificio de al lado.

—Llamar señor a ese tipejo es decir demasiado —replica mi abuela alzando el mentón con orgullo.

—Ya empezamos… —murmuro resoplando.

—Además, nosotras no espiamos, solo observamos —me corrige su amiga.

—Acorralasteis a la chica del primero cuando iba a entrar en el portal con la excusa de ayudarla con la compra y os escondisteis en el hueco de la escalera —les recuerdo.

—Es que las bolsas le pesaban mucho… —se defiende Manuela.

—¡Tiene casi treinta años menos que vosotras! —exclamo divertida e incapaz de creer la cara dura que se gastan estas dos.

—Pero está muy estropeada, la vida no la ha tratado bien —insiste ella.

Niego con la cabeza.

Alucino, de verdad que alucino con ellas. ¡La mujer a la que se refieren sale a correr todos los días y está más en forma que yo!

—Y por si espiar no fuese suficiente —continúo regañándolas—, le sacasteis una foto a Federico entrando en su casa con la chica que lo acompañaba.

—Nosotras solo fotografiábamos la puerta de su casa, nos gusta tanto esa madera que queríamos conseguir una igual. Que él estuviese ahí con la pelandrusca esa fue mera casualidad —rebate mi abuela.

—Y lo peor es que aún no sé cómo os apañasteis para hacerle llegar esa foto a su mujer —añado ignorando su comentario.

—Eso fue pan comido, se la metimos en el bolso cuando estaba despistada cogiendo tomates en la frutería —me explica Manuela como si fuese lo más natural del mundo.

Boqueo una y otra vez… Lo malo ya no es que lo hagan, lo peor es lo mucho que lo disfrutan las muy condenadas…

—¡Imaginaos que llegan a pillaros! —exclamo conteniendo la risa, porque en el fondo, aunque no lo admita en voz alta, me hacen gracia sus pillerías.

Ellas comparten una mirada cómplice y se encogen de hombros.

—Alguien tenía que abrirle los ojos a esa pobre mujer —afirma mi abuela con convicción.

—¿Y teníais que ser vosotras? —pregunto fingiendo enfado, porque, aunque por dentro esté aplaudiéndoles y pensando que bien por ellas, por fuera tengo que intentar mostrarme seria, ya que soy consciente de que, con las ideas que se les ocurren a ellas solas, como encima yo les dé alas, cualquier día terminamos saliendo todas en el telediario.

—No se me ocurre nadie mejor… —se encoge de hombros Manuela.

—Pero ¡¿quiénes os pensáis que sois vosotras dos?! ¿Batman y Robin? —exclamo.

Su gesto de disgusto resulta de lo más cómico.

—Ni en broma, demasiada licra —contesta mi abuela.

—Cierto, desde luego el que les diseñó el vestuario tenía un gusto bastante cuestionable… —corrobora Manuela.

—Y Batman por lo menos iba de negro…, pero ¿Robin? ¿Qué me dices de la combinación de colores que le pusieron al pobre? —añade mi abuela.

—Calla, calla —le pide su amiga fingiendo un estremecimiento.

Las contemplo con los ojos abiertos de par en par, y estoy a punto de decirles que no cambien de tema, algo en lo que son expertas cuando les interesa, cuando el sonido de la puerta al abrirse atrae nuestra atención.

Al volver la vista hacia allí, me encuentro con un chico que estará entre los veintipico y los treinta años y que, tras quedarse unos segundos parado estudiándolo todo con curiosidad, avanza con decisión en dirección al mostrador.

Es alto, tiene el pelo negro algo despeinado y camina tan rígido y envarado como si acabase de tragarse un palo; su expresión distante e indescifrable concuerda a la perfección con su forma de moverse, dándole un aire altivo y de cierta superioridad.

Sin embargo, lo que más llama mi atención son sus ojos.

Tiene unos impresionantes ojos grises, tan grises como el cielo cubierto, oscuro y tormentoso que precede al huracán que aguarda listo para tocar tierra y destrozarlo todo.

La combinación de vaqueros negros, camisa gris y cazadora oscura le da un aspecto elegante pero informal, y su apariencia seria le confiere un aire intimidante y, más que frío, casi glacial.

No me gusta. No sabría explicar por qué, pero hay algo en él que me hace levantar los escudos y las murallas.

Contemplo a las supernenas quienes, desde el sillón donde siguen sentadas, están escaneándolo de arriba abajo sin una pizca de disimulo y, volviendo a fijar la mirada en el recién llegado, pregunto forzando una sonrisa profesional:

—¿Puedo ayudarte?

Él, que continuaba mirando a su alrededor y que, por lo visto, no había reparado en mí a pesar de que estoy a menos de un metro de su cara, justo detrás el mostrador, parpadea varias veces, como si mi voz acabase de sacarlo de alguna ensoñación.

Sin duda, es un tipo de lo más extraño.

—Me gustaría hablar con algún responsable —me dice yendo directo al grano sin ni siquiera saludarme.

En cuanto lo escucho comprendo que, a pesar de hablar el español con fluidez, no es de aquí; su acento lo delata y, al parecer, además de su apariencia de prepotencia, en su caso, la educación y los modales brillan por su ausencia.

—Yo misma puedo atenderte —respondo fingiendo no inmutarme.

—¿Podría hablar con el director? —solicita de nuevo.

—Yo soy la directora del hotel —respondo en un tono un poco más seco de lo que me gustaría.

Él me dedica una mirada un tanto escéptica, y yo continúo sonriendo como si la cosa no fuese conmigo mientras cuento hasta diez para contener las ganas que tengo de decirle un par de cositas a este tío.

—¿Podrías confirmarme que este es el número treinta y nueve de la calle Arenal? —me pregunta al fin.

—Eso pone en la puerta —asiento, todavía molesta.

Al trabajar de cara al público estoy acostumbrada a tratar con todo tipo de personas y tengo una paciencia casi infinita, pero hoy estoy agotada.

El hijo del matrimonio de la cero dos de la segunda planta dejó el grifo del lavabo abierto con el tapón puesto y, cuando se dieron cuenta, la habitación estaba llena de agua; el ordenador decidió dejar de funcionar durante algo más de dos horas; se nos estropeó uno de los microondas y la puerta del garaje decidió que era un buen momento para bloquearse y dejar de funcionar.

He estado todo el día a cien y, cuando al fin parecía que había conseguido solucionar todos los problemas e iba a poder relajarme y descansar, aparece por la puerta un tipo con la capacidad de agotar mi envidiable paciencia casi sin abrir la boca, solo con su mera presencia.

El chico saca algo del bolsillo, diría que una foto y, durante unos segundos, la contempla con interés.

—La fachada es la misma… Estoy seguro —murmura para sí mismo.

Tras un momento, sus ojos se elevan hacia mí y me pregunta de nuevo.

—¿En qué año se construyó este edificio? ¿Siempre fue un hotel?

Su tono es casi severo y mi malestar aumenta al sentirme como si estuviese en medio de un examen sorpresa al que ni siquiera me he presentado.