Una historia diferente Prólogo
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Una historia diferente

Una historia diferente

Por Andrea Lopez

© inepub.com

Prólogo

Ben

Me apoyo en una de las paredes de madera y contemplo con cierta nostalgia como los rayos del sol penetran por el tragaluz incidiendo sobre el viejo piano de cola, el cual permanece en uno de los laterales, justo al lado del montón de objetos y cajas que todavía nos faltan por revisar.

Me encanta esta buhardilla; por muy polvorienta y abarrotada que estuviese o por mucho que crujiesen las tablillas de la tarima bajo nuestros pies, siempre ha sido una de mis partes preferidas de la vieja casa victoriana que perteneció a mi abuela materna y en la que mis padres, mi hermano y yo siempre hemos vivido con ella.

Esta casa fue hasta hace pocos años el único hogar que Finn y yo conocimos, y por ello, el ático es nuestro contenedor particular de recuerdos del pasado, un almacén de historias y momentos y el lugar perfecto donde mi hermano y yo podíamos escondernos del mundo real y de las rígidas normas que mi padre nos imponía para vivir durante unas horas en nuestro propio universo de tranquilidad, locura o fantasía.

Momentos de risas, disfraces, tardes lluviosas acomodados sobre una vieja manta con la única compañía de un buen libro de aventuras y una taza de chocolate o las golosinas que mi abuela nos compraba a escondidas y devorábamos lejos de las miradas de los adultos se reproducen en mi mente y, durante unos segundos, me siento como si volviese a tener diez años.

—En serio, con todas las que hay, estoy convencido de que en este lugar podrían encontrar alguna variante arácnida que todavía no esté documentada… —comenta mi hermano trayéndome de nuevo al presente.

Me vuelvo hacia él y, divertido, niego con la cabeza al verlo poner una mueca de lo más cómica mientras libra una ardua batalla con una enorme tela de araña.

—Eres un exagerado —lo acuso.

—¿Exagerado? —repite señalándose con el dedo índice—. Perdona, pero durante las últimas dos horas he visto algún espécimen que nada tendría que envidiar a los del Amazonas. No me extrañaría que saliésemos de aquí con superpoderes, como Spiderman —añade.

—Piensa que cuanto antes acabemos antes podrás salir de aquí para ir a ese circuito de spa que tienes reservado —le recomiendo, conteniendo la risa.

Él inspira y espira varias veces.

—Circuito de spa , circuito de spa , circuito de spa … —repite con los ojos cerrados, en voz baja, una y otra vez cual mantra.

No puedo evitar pensar una vez más en lo diferentes que somos Finn y yo, no podría haber dos hermanos mellizos más distintos que nosotros dos, y no solo me refiero al aspecto físico, que también, pues mientras que yo tengo el pelo negro y unos ojos grises heredados de mi abuela materna, él es rubio y los tiene de color café.

Y qué decir de nuestro tono de piel, por supuesto, tampoco tiene nada que ver; la mía luce siempre un ligero tono bronceado mientras que la de mi hermano es pálida incluso en verano.

Por si los rasgos físicos no fuesen suficientes para diferenciarnos, nuestro carácter no podría ser más opuesto.

Yo me considero un tanto serio, reservado, metódico y, por qué no decirlo…

, quizás un pelín cuadriculado; Finn, sin embargo, es un ser despreocupado, demasiado extrovertido, un tanto atolondrado y, a pesar de que eso no le ha impedido sacarse una Ingeniería en Biomedicina, porque inteligente es un rato, el tío siempre siempre es el rey de todos los saraos.

Yo visto casual y elegante, él adora la ropa deportiva.

A mí me gusta aprovechar el día, mi mellizo es más nocturno que los búhos.

Yo adoro el mar y Finn es más de secano que un grano de arena en medio del desierto.

A mí me encantan los gatos y mi hermano pierde el culo por los perros.

Vamos… que, a pesar de haber compartido útero durante nueve meses, somos como el día y la noche y, aun así, pocos hermanos encontrareis más unidos que nosotros.

—Todavía no me puedo creer que mamá haya decidido vender… —murmura agachándose al lado de una vieja caja de cartón.

—Dice que le toca disfrutar, y tiene razón —respondo encogiéndome de hombros.

Mi madre heredó la casa al morir mi abuela, y estaban tan unidas que pensé que nunca iba a deshacerse de ella, pero después de que mi padre falleciese y Finn y yo nos independizáramos mudándonos a una urbanización en la que somos vecinos, empezó a decir que era demasiado grande para ella sola, y hace poco se decidió a venderla.

Entiendo que lo hiciese; mi madre todavía es joven, es lógico que quiera algo más pequeño y manejable, que no la ate tanto y le dé más libertad y menos trabajo. Quiere vivir, disfrutar, y yo la respeto por ello.

Los recuerdos vuelven a apropiarse de mi mente. Mi padre era un hombre de trato difícil, por lo que la vida de mi madre no fue fácil y, aunque ella siempre fue económicamente independiente y podría haberlo dejado, no lo hizo, y yo creo que fue, sobre todo, por mi hermano y por mí.

—¿No te da pena? —cuestiona él con el ceño fruncido.

De los tres, Finn es sin duda quien peor lleva la idea de deshacerse de la mansión.

—Hay que ser práctico —contesto—. Una casa como esta conlleva mucho trabajo y muchos gastos.

—Ya habló el hombre de hielo… —dice poniendo los ojos en blanco.

—De hielo nada, solo soy pragmático.

—¿Pragmático dices? ¡Tú dentro del pecho debes de tener cubitos de hielo en lugar de corazón! Y desde que lo dejaste con…

—No quiero hablar de eso —lo corto en seco.

Él suspira con resignación.

—Solo digo que bajar un poco la guardia y sonreír de vez en cuando no te va a hacer daño.

—¿Quieres ir a la piscina? Pues deja de hablar y sigue revisando —le ordeno mientras yo me dirijo al extremo opuesto.

Él pone una mueca, pero me hace caso y se acuclilla al lado del piano para abrir una de las cajas que todavía no hemos tocado.

—Mira esto… —exclama con asombro Finn—. Es la abuela.

La sorpresa de su tono consigue captar toda mi atención.

—¿La abuela? —pregunto acercándome hasta donde se encuentra.

Él asiente y me tiende una foto tomada en blanco y negro con los bordes algo amarillentos debido al paso del tiempo.

La imagen muestra a mi abuela de joven, no tendrá más de veintipocos años y su sonrisa irradia felicidad mientras posa delante de lo que parece un pequeño hostal.

Detrás de la foto, escritas a bolígrafo, hay una fecha y una dirección.

«Mayo de 1947. C/ Arenal, n.º 39. Vigo».

—Vigo… —leo en voz alta.

—Está en el noroeste de Galicia, en España —anuncia mi hermano.

—Sé dónde está —afirmo.

—¿Tú sabías que la abuela había estado en España? —cuestiona él en voz baja.

Niego con la cabeza.

—No, no tenía ni idea —reconozco.

Mi abuela hablaba un perfecto español que aprendió de su padre y que se encargó de transmitir primero a mi madre cuando era pequeña y después a nosotros. Sin embargo, jamás mencionó que hubiese estado en España.

—Mira este vestido, es precioso —murmura estirando un increíble vestido negro, de flecos y pedrería, tipo charlestón, que permanecía envuelto con mimo en papel de seda en el interior de la misma caja—. Igual pasó allí unas vacaciones —sugiere.

Al mover la tela, una nueva instantánea, que permanecía escondida en el forro de la prenda, cae al suelo.

—Otra foto —susurro cogiéndola con cuidado.

Abro la boca y la cierro de nuevo, sorprendido al descubrir que, al igual que en la anterior, también aquí sale mi abuela.

No obstante, en esta ocasión, aparece flanqueada por cuatro hombres, dos a su derecha y dos a su izquierda; todos llevan traje y ella luce el precioso vestido que mi hermano sostiene entre sus manos.

Al igual que en la otra foto, también sonríe, pero en esta ocasión, es una sonrisa forzada, fingida, que no llega a su mirada mientras hacen un saludo que me deja de piedra.

—¿Eso que están haciendo es…? —Su tono oscila entre la incredulidad y la sorpresa.

—Cállate —le ordeno con voz seca al mismo tiempo que le doy la vuelta a la imagen a toda velocidad. Creo que de forma inconsciente estoy buscando una explicación o una señal, sin embargo, lo único que encuentro es el nombre de la misma ciudad, Vigo, y otra fecha diferente…: junio de 1947.

La giro de nuevo y tanto mi mirada como la suya se clavan en el brazo de mi abuela.

—Lo que tiene en el brazo… —Su voz suena dubitativa. Mi cuerpo permanece en tensión.

—Ni lo menciones. —Sueno tan tajante que Finn ni siquiera termina la frase.

—Es que no lo comprendo —farfulla, frotándose el pelo con una mano.

—Yo tampoco —admito sin apartar la mirada de ese trozo de papel que ha conseguido acelerar mis pulsaciones y cortarme la respiración.

Es cierto, no lo entiendo, ¡no tiene ningún sentido! Niego con la cabeza de forma enérgica y parpadeo varias veces seguidas, porque soy incapaz de creer lo que ven mis ojos, y mucho menos de asociar lo que eso representa con mi dulce, cariñosa y abnegada abuela…

Ella fue una de las personas más importantes de mi vida, un pilar sobre el que apoyarme cuando me sentía incomprendido o cuando la situación con mi padre se ponía fea. No puedo aceptar que lo que sugieren esas fotografías tenga algo que ver con ella.