Una hija para Ethan Carter (Para siempre en Willow Creek nº 1) CAPÍTULO DOCE
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CAPÍTULO DOCE

Ethan

El jueves llegó la correa y perdí el día entero cambiándola en la máquina.

No es un trabajo difícil para alguien que lo ha hecho mil veces, pero es tedioso: nueve pernos a los que nadie llega, tres horas tumbado debajo de una máquina con polvo de maíz cayéndome en la cara, y luego dos horas de pruebas, porque no tiene sentido arreglarlo y salir a cosechar sin estar seguro.

Terminé a las seis y veinte, con la mano sangrando por un corte que ni siquiera recuerdo haberme hecho.

Guardé las herramientas, cerré el cobertizo y estaba a punto de entrar en casa. Pero la mirada se me fue hacia la vieja casa de mi abuelo. La luz de la cocina estaba encendida, y después de tantos años, verla así todavía me aceleraba el corazón.

Solté el aire.

Desde lejos se veía una silueta yendo y viniendo frente a la ventana, con una niña en brazos.

Hacia un extremo. De vuelta. Hacia el otro. De vuelta.

Llevaba unas cuatro noches viendo aquello.

✽✽✽

LLAMÉ a la puerta a las siete y veinte con una cesta de leña, que era la excusa que llevaba en la mano.

Lilian abrió con Josephine a gritos sobre su hombro.

Y tenía una cara que nunca le había visto a esa mujer: el pelo revuelto, una mancha en el hombro de la camisa y unos ojos de alguien a punto de sentarse en el suelo y rendirse.

—Hola —dijo, casi a gritos para hacerse oír por encima del llanto.

—¿Cuánto tiempo lleva así?

Arqueó las cejas.

—El llanto. ¿Cuánto tiempo?

—Una hora y veinte minutos —se cambió a la niña al otro brazo—. No tiene fiebre, no tiene el pañal sucio, no quiere el biberón, no quiere el conejo, no quiere nada. Lo he intentado todo.

Dejé la cesta de leña junto a la puerta.

—¿Puedo?

Me miró, y luego me pasó a la niña sin discutir, sin explicar, sin preguntar si estaba seguro, sin ese montón de instrucciones que da la gente agotada cuando no se fía de quien toma el relevo.

Sin más, me la pasó.

Luego apoyó la frente en el marco de la puerta, cerró los ojos y se quedó así unos cinco segundos.

Josephine gritó más fuerte en mis brazos. Después supe que los bebés hacen eso. A veces empeora antes de mejorar cuando cambian de brazos. Esa noche solo pensé que había hecho algo mal en los primeros tres segundos.

Empecé a pasearla por el salón.

—Sí —dije—. Lo sé.

Caminé hasta la chimenea. Caminé hasta la ventana. La niña pataleaba y me empujaba el pecho con el brazo, con esa fuerza absurda que tienen los niños pequeños.

—Estás enfadada, ¿eh?

Me respondió con un grito en el oído.

—Entendido.

Fui por el pasillo.

Volví.

Y al otro lado de la habitación, en la silla de la cocina, Lilian me observaba con cara de estar esperando el momento adecuado para decir algo.

Al cabo de unos cuatro minutos, se levantó.

—Ethan.

—¿Sí?

—La estás sujetando como quien sujeta un saco de pienso.

Miré a la niña.

—La estoy sujetando con cuidado.

—Ese es el problema. La tienes lejos.

—¿Lejos de qué?

—De ti.

Se acercó.

—Entonces, ¿qué hago?

—Acércala.

Y entonces me puso una mano en el codo y la otra en mitad de la espalda. Me empujó el brazo hacia dentro, contra el pecho, con Josephine en medio.

—Aquí. Su cabeza tiene que estar justo aquí.

Señaló el hueco bajo mi barbilla.

—Y toda la mano en su espalda. No solo los dedos. Necesita sentir el peso de tu mano.

Hice lo que me decía.

Josephine encajó la cabeza en el hueco bajo mi barbilla, exactamente como había dicho, y sentí cómo todo el peso de la niña se acomodaba en mi brazo.

El llanto bajó medio tono.

—Ahora mécela —dijo Lilian.

—La estoy meciendo.

—Estás meciendo con el brazo. Sale de la rodilla —y todavía tenía la mano en mi espalda—. Dobla y estira. Despacio. No es una nana, es para que recuerde cuando vivía dentro de alguien que caminaba.

Doblé la rodilla y la estiré.

Doblé y estiré.

El llanto se convirtió en quejidos. Luego un hipo. Luego nada.

Tardó unos cuarenta segundos.

Fue entonces cuando pasó.

Necesito intentar explicar esta parte y no sé si puedo, porque no tengo palabras para algo así. Soy un hombre que sabe hablar de correas, de humedad del grano y de probabilidades de lluvia.

Ella todavía tenía la mano en mi espalda.

No era afecto, y eso es importante.

Era la mano de una maestra. Firme, práctica, que corrige la postura. Seguramente estaba pensando en mi codo, o en la cabeza de la niña, o en cualquier cosa que no fuera yo.

Y yo tampoco sentí lo que un hombre siente normalmente cuando lo toca una mujer guapa.

No era deseo. De haberlo sido, habría sido más fácil. Habría entendido lo que pasaba y habría sabido exactamente qué hacer: apartarme.

Era otra cosa. Casi como entrar en una casa desconocida y, a oscuras, saber dónde está el interruptor.

Me quedé allí en medio del salón, con una niña dormida bajo mi barbilla y la mano de esa mujer entre los omóplatos, y tuve la sensación más extraña de mi vida adulta, y fue esta:

Ah. Eres tú. ¿Dónde has estado todo este tiempo? Te he echado de menos.

Así sin más, de la nada. Sin razón, sin sentido, nada que lo justificara. Ah. Eres tú. Como si hubiera estado esperando a alguien durante mucho tiempo sin saber que esperaba, y esa persona hubiera llegado, y lo único que tenía que decir fuera eso. Como si mi alma la conociera de otra vida.

Ridículo.

Conozco a esa mujer desde hace doce días.

Doce días. Lo conté después, calendario en mano, porque no me creía mi propia locura.

Y había estado enamorado antes. A los diecisiete, de una chica de Boscobel. A los veintitrés, de una que estudió conmigo y se mudó a Colorado. Y Charlotte, a quien elegí con los ojos abiertos, con quien iba a casarme en junio, y por quien sentí mucho durante tres años.

Nunca había sentido eso.

Ni de lejos.

Esto no es una declaración y no es hermoso, es lo contrario, da tanto miedo que duele.

Porque no había nada romántico en esa habitación.

Había leña en el suelo, una mancha de comida en su camisa, una niña de catorce meses roncando con la boca abierta, y una mujer explicando a un hombre de treinta y cinco años con la mano sangrando cómo se sostiene a un bebé.

Y aun así.

Ah. Eres tú.

Retrocedí.

No bruscamente, porque había una niña dormida sobre mí. Di un paso a un lado y su mano resbaló de mi espalda con naturalidad, y ella ni siquiera se dio cuenta, porque para ella no había pasado nada en absoluto.

Y es verdad. No había pasado nada.

—Listo —dijo en voz baja, mirando a Josephine—. Ahora llévala a la cuna muy despacio. Mantén la mano bajo su cabeza hasta el último segundo. Si la quitas antes, se despierta.

—De acuerdo.

—Y ponla de lado primero.

—De lado.

—Luego gírala boca arriba.

—Luego boca arriba.

—Despacio.

—Entiendo, Lilian.

—Solo digo.

Llevé a la niña al dormitorio e hice exactamente lo que me había dicho, en el orden en que me lo había indicado, y Josephine no se despertó.

Me quedé a oscuras en la habitación unos segundos, viendo dormir a la niña.

Y el pecho me estaba haciendo eso otra vez, eso de latir mal, y me quedé allí esperando a que pasara como se espera a que pase un dolor de espalda.

No pasó.

✽✽✽

CUANDO VOLVÍ, Lilian estaba sentada a la mesa con las dos manos alrededor de una taza vacía.

—Está dormida.

La mujer cerró los ojos.

—Gracias.

—No tienes que dármelas.

—Sí, tengo que hacerlo —abrió los ojos—. Estaba llegando a un punto muy feo, Ethan. Una hora y veinte minutos de llanto te hace algo en la cabeza que no sabía que existía. Llegué a pensar en dejarla en la cuna y salir al porche.

—Eso es lo correcto.

—¿Perdona?

—Dejarla en la cuna y salir.

Me miró como si hubiera dicho algo monstruoso.

—En un lugar seguro —añadí—. Y salir diez minutos.

—¿Estás seguro?

—Un ternero no es un niño, ya lo sé...

Cerró los ojos.

—Dios mío.

—...pero he asistido a una vaca en un parto difícil tres noches seguidas casi sin dormir. Llega un punto en el que no sirves para cuidar de nada. Así que dejas al animal en un lugar seguro, sales, respiras, y vuelves cuando la cabeza te funciona otra vez.

Se quedó mirándome.

—Acabas de comparar a mi ahijada con una vaca.

—No es verdad.

—¡Ethan!

—Te comparé a ti con el ganadero. No a Josephine con la vaca.

Me miró un segundo más y se echó a reír.

Era la primera vez que veía reírse a esa mujer. Fue breve, un poco ronca, la risa de una persona exhausta que no esperaba reírse, y pareció sorprenderse a sí misma, porque se tapó la boca justo después, como si hubiera hecho algo malo.

Tuve que apartar la mirada.

—Me voy —dije—. Mañana a las cinco.

—¿Te levantas a las cinco?

—Empiezo a las cinco.

—Eso es inhumano.

—Al maíz no le importa.

Ella casi se rió de nuevo.

Casi.

—La leña está junto a la puerta. No la pongas toda de una vez o la casa se convierte en un horno y la pequeña no dormirá.

—De acuerdo.

—Buenas noches, Lilian.

—Buenas noches, Ethan.

Me marché.

✽✽✽

Recorrí los ochenta metros hasta la casa principal en la oscuridad, con Duke a mi lado, y no entré.

Me quedé en medio del patio.

Miré hacia atrás una vez: la luz de la cocina en la casa vieja se apagó, luego se encendió la del dormitorio, y unos diez minutos después también se apagó.

Y me quedé allí, sobre la grava, en el frío, con la mano sangrando y la cosecha retrasada, intentando entender qué me había pasado en aquel salón.

No había pasado nada.

Me lo repetí unas veinte veces. Y era cierto: objetivamente, si alguien lo hubiera grabado, no habría pasado nada. Una mujer le enseñó a un hombre a sostener a un bebé. Eso es todo.

Tengo prometida. Fijamos la boda para junio. Ella, en este momento, está eligiendo flores.

Yo era un hombre decente. Todo el mundo en Willow Creek lo decía desde que tenía dieciocho años. Y creo que cuando escuchas algo el tiempo suficiente, empiezas a creer que es una característica.

Como tener los ojos marrones.

O ser alto.

Esa noche descubrí que no lo es.

Ser decente no es algo que eres. Es algo que haces. Cada día. Una y otra vez. Para siempre. Y puedes dejar de hacerlo en cualquier momento.

Entré a las ocho y cuarenta. Encendí la luz de la cocina. En el lugar donde comía todos los días había un plato lavado y puesto boca abajo en el fregadero, una silla arrimada a la mesa y una taza en el escurridor.

Todo exactamente como lo había dejado a las cinco de la mañana.

Nada había cambiado.

Toda la casa estaba quieta.

Me quedé en medio de aquella cocina, mirándola.

Nunca había notado el silencio de esta casa.