Una herencia inesperada (Maplewood Falls 1) 26 Alex
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26 Alex

ALEX

Revisé el correo electrónico en mi portátil y borré la mayor parte del spam sin leerlo realmente: materiales para techos, recordatorios del impuesto a la propiedad, un boletín al que no recordaba haberme suscrito.

El único que no mandé a la papelera fue el correo de Whitlock Golf sobre el torneo anual de otoño.

Lo miré fijamente un segundo más de lo necesario.

El golf era uno de los pocos deportes que de verdad me gustaban. Estabas al aire libre sin ruido, sin una multitud gritándote al oído. Y, al final, no competías contra nadie más que contra ti mismo. Tu swing, tu paciencia, tu capacidad para dejar de darle vueltas a algo que debería ser sencillo.

Eso me parecía bastante relevante últimamente.

Miré el reloj digital en la esquina de la pantalla. 9:35 a. m.

Demasiado temprano.

Me recosté en la silla y me pasé una mano por la cara, exhalando despacio.

Ya me había duchado. Ya había tomado café.

Ya había reorganizado un cajón de herramientas que no necesitaba reorganización.

Incluso había hecho la cama, lo que debería haberme advertido que algo no iba bien.

Yo no hacía la cama a menos que estuviera intentando convencerme de que tenía control sobre algo.

Hoy iba a ir a ver a Nueva York. Pero… todavía no.

Aún era muy temprano. Las diez de la mañana sonaban razonables.

Lo suficientemente tarde como para que la posada no estuviera en pleno caos, lo suficientemente temprano como para que el día no se le hubiera ido de las manos.

Entraría como si supiera exactamente lo que hacía, pediría hablar con ella en privado, le explicaría lo idiota que había sido y esperaría su reacción.

Podía salir bien o podía salir mal. Tal vez me mandara a la mierda.

Tal vez no. De cualquier forma, iba a hacerlo.

Debería haber hablado contigo, me dije. No debería haber decidido por ti. Me fui porque no confiaba en mí mismo para quedarme a medias.

La verdad pesaba, pero seguía siendo la verdad. Y ya estaba harto de evitarla.

Cerré el portátil y me levanté, estirando los hombros. Estaba a medio camino de la cocina cuando sonó el timbre.

Me detuve.

¿Quién demonios tocaba a mi puerta a esa hora?

Frunciendo el ceño, miré el reloj otra vez por pura costumbre y luego fui hacia la puerta principal, descartando mentalmente todas las posibilidades que no incluían a la persona que estaba al otro lado.

Abrí.

Nueva York estaba en mi porche.

Me quedé inmóvil, como si mi cuerpo hubiera entendido el mensaje antes que mi mente.

Estaba allí, con la chaqueta abrochada, los pies firmes y las llaves apretadas en la mano, como si no tuviera intención de moverse hasta conseguir lo que había ido a buscar.

Mis ojos registraron primero su cuerpo —las curvas, la calidez, la presencia— antes de subir a su rostro.

Estaba decidida y no parecía dispuesta a disculparse por nada, como si hubiera venido exactamente a propósito.

—¿Puedo hablar contigo? —preguntó.

Abrí la boca una fracción de segundo antes de que mi cerebro reaccionara.

—Sí. Sí, claro.

Di un paso atrás automáticamente, dejándole espacio, mientras seguía intentando entender cómo había llegado ella hasta mi puerta cuando yo tenía pensado ir a verla.

—¿Cómo…? —empecé, pero me detuve—. ¿Cómo encontraste mi casa?

Levantó apenas la barbilla.

—Becca me dio la dirección.

Asentí.

—Eso lo explica.

Entró y la puerta se cerró detrás de ella, con un sonido definitivo y demasiado fuerte en la casa silenciosa.

—¿Quieres algo de beber? —le pregunté, todavía medio segundo por detrás de la realidad de tenerla en mi casa—. ¿Café?

Los ojos de Nueva York fueron directo al vaso de poliestireno que había sobre la encimera. La tapa barata y la mancha en el costado, la prueba de que un hombre se había tomado el café de pie y no se había quedado.

—No, gracias.

Echó un vistazo alrededor, fijándose en las líneas limpias, los colores neutros, la ausencia casi total de objetos personales.

—Bonita casa —dijo—. Muy moderna. Muy… tú.

No estaba seguro de qué significaba eso, pero no sonaba ni a cumplido ni a insulto. Solo una observación, lo que de alguna manera me cayó peor.

—Siéntate —le dije—. Por favor.

Le indiqué la sala con un gesto.

Ella cruzó el espacio y se sentó en el extremo del sofá, con una postura alerta, como si ya tuviera planeada la salida. Como si hubiera venido con un propósito, no en busca de comodidad.

—Escucha —dijo, respirando hondo—. Sé que estás ocupado con…

Hizo un gesto vago con las manos, abarcando el trabajo, la vida y toda mi estrategia de evasión.

—Cosas, así que no te voy a quitar mucho tiempo.

Me quedé de pie un segundo más de lo necesario antes de sentarme frente a ella, con los antebrazos apoyados en las rodillas.

No podía dejar de mirarla. Ni siquiera lo intenté.

Estaba sonrojada, con los ojos brillantes y el pelo oscuro recogido como si se lo hubiera hecho rápido, sin mirarse al espejo.

Estaba jodidamente sexy: real, presente e imposible de ignorar.

De repente, las reglas por las que me había regido durante años me parecieron endebles e insuficientes.

Porque allí sentado, mirándola, lo vi con claridad: un futuro real con ella. El tipo de futuro con el que no sueñas despierto, sino que reconoces cuando lo tienes justo enfrente.

Ella en la posada por las mañanas, tomando café en una taza de verdad en lugar de un vaso de papel. Yo arreglando cosas que en realidad no necesitaban arreglo, solo porque me gustaba estar allí. El lugar más lleno, más ruidoso, vivo de una forma en que nunca lo había estado antes.

También nos vi más grandes. Eso fue lo que más me sorprendió. Mecedoras en el porche, el océano repitiendo su oleaje, ella hablando con las manos, llamándole la atención a la gente por sus tonterías. Yo escuchando.

Quedándonos.

La idea no me asustó como debería haberlo hecho.

Me tranquilizó.

Todas esas reglas: no empieces lo que no puedas terminar; no te quedes donde no puedas comprometerte; no construyas donde no vayas a quedarte. Las había creado para mantenerme a salvo, para que mi vida fuera ordenada y manejable.

Pero Nueva York no complicaba las cosas.

Hacía que importaran.

Y, por primera vez, entendí que la razón por la que las reglas fallaban no era que estuvieran equivocadas.

Era que ella era la excepción.

Entonces me miró, con esos ojos agudos y sinceros, y fuera lo que fuera lo que estaba a punto de decir, yo sabía una cosa con absoluta certeza.

No iba a alejarme de esto otra vez. Nunca.

—¿Por qué sonríes? —preguntó Nueva York al cabo de un momento.

No me había dado cuenta de que lo estaba haciendo. Mi cara no había recibido el mensaje de que se suponía que esto debía ser tenso, incómodo y manejarse con cuidado. Me pasé una mano por la mandíbula, pero ya era demasiado tarde.

—Eres preciosa cuando te enojas —dije.

Sus labios se entreabrieron apenas, como si las palabras la hubieran tomado desprevenida antes de que pudiera rechazarlas. Me señaló con un dedo.

—Los halagos no te van a llevar a ninguna parte, amigo.

Se movió en el sofá.

Así que sí. Había funcionado.

Me incliné apenas hacia atrás, permitiéndome mirarla de verdad esta vez.

No como lo había hecho en la posada —a medias, distraído y a la defensiva—, sino mirarla de verdad.

La forma en que se mantenía erguida, como si estuviera preparada para el impacto.

La forma en que había venido hasta aquí dispuesta a pelear, no a buscar consuelo.

No estaba aquí para que la convencieran.

Estaba aquí para que la escucharan.

—Vine porque… —empezó, pero se detuvo, corrigiéndose como si la precisión importara—. Cuando nos besamos… cuando te besé, tú me devolviste el beso. Y, por un segundo, sentí algo. Y sé que tú también lo sentiste.

Me miró fijamente, con los ojos clavados en mí, esperando a ver si lo esquivaba.

—Lo sentí —dije, sin pensar en mentir al respecto.

Sus hombros se relajaron un poco.

—Entonces no estoy loca.

—No lo estás.

Exhaló un suspiro breve y negó con la cabeza, como si intentara despejarse.

—Entonces, ¿por qué te fuiste?

Su mirada se agudizó.

—¿Estás casado?

—No.

—¿Novia?

—No.

—¿Novio?

Solté una risita antes de poder contenerme.

—Rotundamente no.

Su boca se torció a pesar suyo. Bien. El humor significaba que todavía estaba conmigo. Pero, debajo de esa máscara, podía ver la verdadera pregunta acumulándose en su mente.

Si nada me ataba… ¿por qué no estaba allí?

Me incliné hacia delante, con los antebrazos apoyados otra vez en las rodillas, afianzándome en esa postura.

—No me fui por otra persona.

Nueva York no parecía aliviada. Más bien parecía confundida.

—Me fui porque pensé que estaba haciendo lo correcto —continué—. Y porque no tengo un gran historial cuando se trata de… quedarme.

Eso llamó su atención.

Inclinó la cabeza, estudiándome ahora como solía hacer con la posada cuando algo no terminaba de cuadrar.

—Esa no es una respuesta.

Asentí una vez. Era justo.

—No confiaba en mí mismo para quedarme a medias —dije con cautela—. Y no creía que te merecieras algo a medias.

Ahí estaba: la verdad que llevaba días dando vueltas.

No me interrumpió. Se limitó a mirarme, con esos ojos penetrantes, asimilándolo todo.

—No empiezo cosas que no puedo llevar hasta el final. Y contigo… sabía que, si me quedaba, no iba a ser algo casual. No iba a ser temporal. Y no creía tener derecho a entrar en tu vida a menos que pudiera hacerlo bien.

Hice una pausa y añadí la parte que todavía no había dicho en voz alta.

—Así que decidí por ti.

Apretó la mandíbula y sus preciosas mejillas se ensombrecieron. Y sí, ahí estaba.

La parte que me merecía. Ya viene…

Nueva York se echó apenas hacia atrás y cruzó los brazos.

—No puedes hacer eso. Soy una mujer hecha y derecha. Puedo decidir por mí misma.

—Lo sé —dije.

El silencio se extendió entre nosotros, denso, pero no hostil. Podía sentir cómo cambiaba, como si algo inestable por fin encajara en su sitio.

La observé respirar. La observé pensar. Y, por primera vez desde que había entrado, no estaba intentando controlar el resultado.

Ella me estudió durante un largo segundo, como si se estuviera recalibrando. Como si hubiera venido dispuesta a pelear y, en cambio, hubiera encontrado… claridad. O al menos algo parecido.

—¿Y ahora qué? —preguntó por fin—. ¿Te quedas?

No era una pregunta. No del todo. Era una línea trazada en la arena.

No la esquivé.

—Sí.

Sus ojos buscaron en mi rostro algún atisbo de vacilación. No iba a encontrar ninguno.

—Si tú quieres —añadí—. No estoy dando nada por sentado. No voy a volver a decidir por ti, pero sí, quiero quedarme. Quiero estar aquí contigo.

Se le movió la garganta al tragar saliva.

—No puedes decir eso a la ligera.

—No lo estoy haciendo —dije—. No soy de los que se toman estas cosas a la ligera.

Eso le arrancó una risa entrecortada, breve e incrédula.

—Dios, eres agotador.

—Sí —asentí—. Eso me han dicho.

—Serías un personaje estupendo para mi próximo libro —dijo ella—. El Exasperante. Medirás algo más de metro ochenta. Buena mandíbula, arruinas vidas.

Sacudió la cabeza, sonriendo incluso mientras suspiraba.

—Sabes que no vine aquí para hacer una gran declaración.

Exhalé por la nariz, con la mandíbula apretada.

—Lo sé. Viniste a regañarme.

Inclinó la cabeza hacia un lado.

—Estaba muy preparada. Tenía argumentos.

Asentí, observándola de cerca.

—Me lo imaginaba. Pareces de las que ensayan en el coche.

Abrió la boca para decir algo, para aclarar o añadir algún comentario, pero no le di oportunidad.

Me levanté y crucé el espacio que nos separaba en dos zancadas. Le tomé la mano y la puse de pie con suavidad, pero con firmeza.

Ella soltó un pequeño jadeo, más sorprendida que alarmada.

—¿Qué estás haciendo?

La sostuve con fuerza. Estaba cálida, firme y real. Me di cuenta de que no intentaba soltarse. Bien.

—Hablas demasiado, Nueva York —dije en voz baja.

Sus ojos se oscurecieron.

—Así soy.

Me incliné y la besé, tomando su boca como si ya supiera dónde pertenecía.

Se quedó inmóvil durante medio latido y luego cerró los puños sobre mi camisa mientras me devolvía el beso. Con fuerza.

Me aparté apenas lo suficiente para verle la cara. Tenía las pupilas dilatadas, la respiración entrecortada y los labios entreabiertos, como si hubiera olvidado lo que estaba a punto de decir. Vi allí calor. Deseo real, inconfundible, claro y sin filtros.

Coincidía con lo que me quemaba por dentro, firme y seguro.

Sí.

Era mía.