Abbeville #2
Un criado anciano y dos lacayos salieron a recibirles, pero el anfitrión y señor del castillo brillaba por su ausencia, también su prometido. Fue una bienvenida muy fría.
—¿Es usted mademoiselle de Poitiers? —preguntó quién debía ser el mayordomo. Un hombre delgado y muy alto, poco agraciado y de mirada impasible.
Ella asintió y entonces un grupo de criados la escoltaron hacia el interior llevándose luego sus maletas con ademanes enérgicos.
Nada más entrar sintió que un viento helado la envolvía como una mortaja y se le pegaba al cuerpo de forma irremediable, haciéndola tiritar hasta castañear los dientes.
Porque en su interior el castillo se veía mucho más aterrador y extraño, lleno de sombras y por momentos vacío y desolado.
Observó intrigada los tapices medievales y los cuadros de la sala principal y se preguntó por qué sus anfitriones habían sido tan descorteses al brillar por su ausencia en esos momentos.
¿Acaso no esperaban su llegada o no deseaban que estuviera allí?
Vaya, había esperado que fueran más corteses y atentos.
Ese gesto la había desanimado y avanzó sigilosa y alerta.
—Por aquí, mademoiselle de Poitiers—le indicó una criada alta de mirada oscura y cofia muy blanca. Parecía muy importante en la mansión. Se preguntó si sería el ama de llaves pues al parecer nadie allí tenía intención de presentarse.
Avanzó con paso inseguro hasta llegar a una habitación de cortinados rojos, una tonalidad oscura y cobriza, allí aguardaba un grupo de damas y caballeros y en el centro un hombre alto de mirada maligna que la miró con expresión hostil.
¿Quién sería? Se preguntó mientras sentía las miradas de la nutrida concurrencia.
Odiaba que pasara eso, llamar la atención de esa forma y se sintió peor cuando la criada que la guiaba le dijo en voz baja que el señor del castillo la recibiría en el acto.
¿Entonces el actual marqués de Ferbes se encontraba entre ese grupo de cortesanos de vistoso atuendo y mirada antipática?
Se acercó con la mirada baja, esforzándose por dominar sus nervios al sentir ese montón de ojos puestos en ella.
Entonces escuchó su voz y tuvo que alzar la vista.
Estaba dándole la bienvenida al castillo con gentiles palabras mientras sus ojos se detenían en los suyos y la recorrían con cierta curiosidad y sorpresa.
Fue un momento extraño, más turbador que haber entrado en el salón atestado de gente elegante observándola con fijeza.
Fue algo desconcertante a decir verdad, porque estaba segura que nunca antes le había visto y sin embargo, la intensidad de su mirada oscura la traspasó por completo haciéndola sentir un terror auténtico,
mucho peor que las sombras sinuosas que recorrían el antiguo castillo o el espeso y negro bosque que lo rodeaba, esos ojos parecían mantenerla allí, cautiva y aterrada, incapaz de dar un paso o decir palabra,
al tiempo que sus mejillas se encendieron cuando él al verla tan turbada dio un paso enfrente y se acercó y sonrió algo burlón.
—Disculpe mademoiselle Angelyn, no quise asustarla. Soy el marqués Maurice de Ferbes y hermano de su futuro esposo—dijo.
Era un caballero alto, de movimientos seguros y ágiles y el hombre más guapo que había visto en su vida. Lleno de energía y vitalidad, sus ojos emanaban una fuerza especial.
La joven asintió murmurando una frase corta en son de saludo.
—Vaya, es usted realmente muy bella, señorita Poitiers. Mi hermano es muy afortunado—dijo el marqués de forma inesperada.
Ella lo miró con curiosidad y notó que vestía una casaca con botones dorados pantalones negros y una camisa de cuello almidonado muy blanca. Su atuendo era cuidado y también, al estar tan cerca de ese caballero pudo percibir un perfume agradable y seductor.
—Gracias señor marqués, es usted muy gentil—respondió y desvió la mirada con timidez hacia el grupo.
Él no hizo ningún ademán para presentarla, sino que se quedó allí muy cerca, observándola, haciéndola sentir mucho más turbada que antes porque se preguntó si aprobaba la boda de su hermano con ella.
Sin embargo, el caballero no pensaba en si sería o no una buena esposa para su hermano, la boda había sido concertada en vida de su padre así que nada podría cambiarse.
—Lamento mucho no haber podido asistir al funeral de su padre señorita Poitiers—dijo de pronto muy serio.
Angelyn asintió y sintió pena al pensar en su padre, en su antiguo hogar.
—Damas y caballeros, quiero presentarles a la dama Angelyn de Poitiers, la prometida de mi hermano Etienne—dijo entonces su anfitrión.
La joven se sonrojó al notar que uno a uno se acercaban los invitados para rendirle el debido homenaje, saludándola y felicitándola por su boda.
Ella mantuvo la mirada baja sin saber qué hacer o decir mientras le subían los colores a su rostro.
No se sentía cómoda, tantas damas y caballeros ricamente ataviados en el salón del magnífico castillo y ella con su traje de media tarde pues no quería lucir sus vestidos más costosos durante una travesía tan dura.
Fue un alivio poder escapar de esa inesperada exhibición, cuando el marqués dijo en voz alta:
—Creo que la futura esposa de mi hermano necesita descansar luego de tan largo viaje. ¿No es así? —dijo de repente.
La joven lo miró agradecida y luego aceptó que una criada la llevara a sus aposentos.
El señor del castillo le dijo algo al oído a la criada y esta asintió con un gesto mecánico.
Qué extraño. Sin embargo, se sintió aliviada de que esa noche no la exhibieran ante ese séquito de nobles remilgados y tuviera que conversar con ellos.
Pero cuando llegó a sus aposentos se sintió extraña.
A salvo de la mirada del marqués, pero desconcertada porque todo le parecía nuevo y peculiar, distante.
Ese no era su hogar y era un lugar tan raro y sombrío...
bueno es que no estaba acostumbrada a vivir en un castillo, tal vez fuera eso.
Toda su vida había vivido en una mansión campestre, una casa inmensa y antigua, pero con algunas comodidades modernas.
Observó el mobiliario antiguo a su alrededor estilo barroco que abundaba con sus arabescos y dorados en sillones y poltronas, mesas de tocador y para escribir cartas.
Esa mesita dorada la atrajo como un imán, era hermosa, y luego vio la cama con cortinados, una habitación inmensa y espaciosa como de princesa y se sintió afortunada.
A pesar del clima enrarecido del castillo esa habitación era hermosa.
Una criada llegó poco después y le llevó una bandeja de plata con la cena: un delicioso pollo con salsa de especias, pan recién horneado y una gran manzana de postre.
Observó los alimentos hambrienta y mientras se sentaba en la mesa que había en un costado para comer se preguntó dónde estaba su prometido.
Diablos, ¿acaso le fue presentado y ella aturdida y asustada como estaba no le prestó atención? ¡Qué descuido tan imperdonable!
Luego cuando fue su nodriza a saludarla supo la verdad.
—Mañana me iré mademoiselle, a primera hora. El marqués insistió en que me quede a pasar la noche hoy y que puedo quedarme el tiempo que desee, pero no deseo abusar de su hospitalidad—declaró.
Angelyn le agradeció su compañía y ayuda.
—Madame Gauvine, ¿ha visto a mi prometido en el salón?
La dama la miró perpleja.
—No. No le he visto... bueno sólo conversé con el marqués, mademoiselle.
—Es que creo que no estaba. ¿No es extraño que no estuviera?
—Oh, no lo es para nada. Esos caballeros viajan todo el tiempo. No se inquiete, mademoiselle. No le dé importancia.
Tras decir eso su vieja nodriza se marchó.
Así que su prometido brillaba por su ausencia.
Cuánta frialdad de su parte, o tal vez desinterés al no presentarse en el comedor para darle la bienvenida.
Había hecho un largo viaje para casarse con él y ni siquiera se dignó a verla, ¿acaso no sentía curiosidad, no lo obligaba el decoro y la educación a presentarse por lo menos?
Pronto iban a casarse y ella había viajado durante días para llegar al castillo y en cambio encontró a quien sería su cuñado mirándola con expresión rara...
qué hombre tan extraño, maligno y a la vez...
no sabía qué pensar del señor del castillo.
No le agradaba la forma en que la había mirado ni la agitación y el terror que le había provocado esa mirada y su presencia.
Nunca había sentido algo como eso, jamás un caballero le había despertado tal miedo y turbación.
Tal vez debió ser el viaje, el castillo y sus nervios lo que le provocaron tal desconcierto.
No estaba segura, pero por el momento estaba demasiado cansada para investigar la habitación y al ver la cama aguardando, blanca y blanda no pudo menos que acercarse y tenderse luego de quitarse la capa de fino paño que había llevado ese día para el viaje.