Capítulo 20
ALIX
No puedo dormir
Con Daemon fuera, me quedé dormida apenas cinco minutos antes de volver a despertar, jadeando y temblando. Enrollé los dedos en la manta y esperé a que los espasmos cedieranmientras aspiraba bocanadas profundas de aire.
Después de eso, permanezco despierta toda la noche, caminando de un lado a otro por la habitación y pensando.
Es imposible no notar que esta es la primera pesadilla desde aquella noche en la posada.
Por lo general, ocurre casi a diario, pero aquí he pasado varias semanas sin entrar en pánico ni despertar gritando.
¿Tendrá algo que ver con el horario invertido?
¿O será lo que empiezo a sospechar… que esta es la primera noche en la que siento que Daemon no está afuera custodiándome?
Incluso antes de saber que dormía ahí, creo que me sentía… más tranquila. Más segura.
Uf, prefiero no pensarlo.
Porque en cuanto empiezo a tirar de ese hilo, todo se deshace. Si pienso en las pesadillas, tendré que pensar en las alas, en las promesas intensas y en cómo mi estúpido corazón se encoge cada vez que me mira.
Y si pienso en eso, me deprimo, porque esto no va a funcionar.
Aquí no hay un final feliz. El mejor escenario es casarme con su hermano, manipularlo de algún modo para que ponga fin a una maldición de décadas, sobrevivir como pueda a una noche de bodas con un tipo que claramente me detesta y luego fingir mi muerte.
Francamente, hasta las versiones de los hermanos Grimm de los cuentos de hadas suenan mejor que eso.
Estoy nerviosa y no sé qué hacer con mi cuerpo, así que decido darme un baño. Ya pasó suficiente tiempo desde que caí a través del hielo, en teoría, es seguro sentarme en agua caliente.
Entro al baño y, por primera vez, veo la luz atravesar las ventanas. Los vitrales arqueados dibujan patrones de colores sobre los azulejos, y sonrío mientras los observo. La sonrisa se me borra de la cara cuando veo el montón de ropa mojada en el suelo.
«Uf».
Cruzo la habitación, abro la llave de la tina y me siento en el borde hasta que el agua casi la llena. Cierro la llave y me sumerjo despacio. Durante un largo segundo espero, nerviosa, a que mis músculos se paralicen de golpe o a que mi corazón falle, pero no ocurre nada.
Todo en lo que puedo pensar es en lo que voy a decirle a Daemon cuando vuelva a ponerse el sol. No es posible que quiera pretender que no pasó nada, ¿verdad? Entiendo que las cosas son complicadas, pero eso sería tan… infantil. Al menos tenemos que hablarlo.
Solo que no sé qué quiero decir.
Me refiero a que una gran parte de mí piensa: «Al diablo con las complicaciones, podemos preocuparnos por eso después de volver a acostarnos… quizá unas cuantas veces». ¿Cuántas, antes de que quiera detenerme y hablar de sentimientos? ¿Ocho? ¿Diez? ¿Nunca?
El enamoramiento circunstancial que estaba tratando de justificar en la biblioteca de pronto se siente mucho más grande, más en serio de lo que se suponía que fuera.
Apoyo la cabeza contra el borde de la tina y cierro los ojos. Cuando los abro de nuevo, la habitación está a oscuras y un golpe seco y agudo retumba en la puerta.
—¡Mierda! —Me pongo de pie y el agua tibia salpica por todas partes—. ¡Un segundo!
Está claro que es de noche y que he estado en el baño durante horas. Salgo de la tina a tientas y cruzo el piso resbaladizo, tratando de no caerme y partirme el cráneo en la oscuridad. Eso sí sería muy yo.
Doy una vuelta desorientada buscando una toalla. Por fin llego al umbral y avanzo unos pasos hacia mi habitación, donde puedo encender la lámpara de la mesita de noche.
El golpe suena otra vez, más urgente.
—Un minuto —repito, más fuerte.
A pesar de la molestia en mi voz, siento un pequeño destello de emoción al saber que Daemon está despierto.
Me seco rápido, tomo la primera prenda seca que encuentro en el suelo y me la pongo. Luego marcho hacia la puerta.
Está oscuro afuera, así que no me molesto en preguntar quién es antes de abrir. Error.
Abro la puerta de golpe y alzo la vista hacia unos ojos color azul hielo.
—¡Dios mío! —suelto, dando un salto hacia atrás.
—¿Isabelle? —pregunta el rey Thorne, con un leve tono interrogativo.
Parpadeo y recorro el pasillo con la mirada.
El rey Thorne está frente a mí, cargando una caja enorme entre los brazos.
Detrás de él hay dos soldados que no reconozco —presumiblemente sus guardias— y, a la izquierda, Kastian se apoya contra la pared, con una expresión a partes iguales divertida y horrorizada.
—Buenos días —digo atropelladamente—. Es decir, buenas noches. Perdón, yo… eh… acabo de despertar.
Los ojos del rey bajan de mi cabello mojado al resto de mi cuerpo. Yo también miro hacia abajo y el corazón se me hunde cuando noto que llevo puesta la camisa de Daemon. Debí tomarla del suelo… mierda.
Cruzo los brazos sobre el pecho.
—¿Necesitas algo?
La expresión del rey es completamente plana e ilegible cuando vuelve a mirarme.
—Te traje esto —dice, extendiéndome la caja—. Para esta noche.
—Ah, claro, gracias… —murmuro.
No tengo idea de qué es «esta noche», pero no voy a empeorar las cosas preguntando.
Se produce un silencio largo e incómodo.
—¿Por fin regresaste a la biblioteca? —pregunta el rey con rigidez.
—¡Sí! Es incluso más hermosa de lo que recordaba.
En vez de parecer complacido, el rey arruga la frente.
—¿Fue un viaje sin incidentes, espero?
—Eh… sí —murmuro.
No puede saber lo que pasó con Foulo, ¿verdad? Si lo supiera, ¿no preguntaría directamente? Pero ¿qué otro «incidente» podría haber en una biblioteca?
El rey Thorne no aclara nada.
Da un paso atrás, alejándose de la puerta, y su mirada vuelve a recorrerme, deteniéndose en la camisa que llevo puesta. Me preparo, esperando que me agarre del cuello como hizo Foulo.
—Te veré en unas horas —dice con sequedad—. Asegúrate de estar lista a tiempo.
Sin decir nada más ni esbozar siquiera una sonrisa, da media vuelta y se va.
Me doy cuenta de que estoy temblando cuando miro a Kastian.
—¿Qué demonios fue eso?
— Suerte , eso fue suerte —dice Kas, soltando el aire y lanzando una mirada a la camiseta que llevo en vez de un vestido—. Deberías cambiarte.
Me ruborizo, pero asiento y me meto otra vez en la habitación.
Kastian puede pensar que fue suerte que el rey ignorara la camisa de Daemon, pero yo no estoy tan segura. Ni siquiera creo que la haya notado. No le importa.
Dios, ¿en qué universo sería normal que una pareja comprometida se comporte así? Si no supiera más, diría que al rey Thorne ni siquiera le agrado… a Nana, más bien. Si de verdad estuviera enamorada de Thorne, o me importara en lo más mínimo lo que piensa de mí, esta actitud me haría caer en picada.
Maldición, ni siquiera me importa lo que piense y aun así me molesta.
El desprecio evidente con el que me habla no encaja con lo que entiendo sobre la maldición. Al menos tiene que creer que ama a Isabelle, ¿no? ¿No?
En menos de una hora, todo cobra más sentido.
Bueno, no todo .
Sigo sin entender qué demonios le pasa al rey, y pensar en Daemon me provoca oleadas de incertidumbre, pero al menos averiguo qué hay «esta noche».
Había olvidado por completo el baile para presentar de nuevo a Isabelle ante la corte, hasta que Odessa aparece en mi puerta para ayudarme a arreglarme.
—¿De verdad tenemos que empezar tan temprano? —pregunto, mirando las ventanas—. El baile no empieza sino dentro de horas.
Odessa cruza la habitación con aire dramático y se sienta frente a mi tocador. Se detiene a evaluar su propio reflejo antes de responder:
—Créeme. Necesitamos todo el tiempo posible. Tienes suerte de que no haya derribado tu puerta mientras aún había luz.
Durante las siguientes horas me lava, me cepilla, me abrillanta, me pule y me depila de formas que ni siquiera sabía que existieran.
Voy a usar un vestido rojo para el baile, así que Odessa pasa más de una hora entretejiendo rosas reales en mi cabello y luego otra hora y media aplicando un maquillaje con sombras rosadas.
—Creí que dijiste que podía usar un saco y que no importaría —me quejo mientras me empuja las cutículas con algo que parece un tenedor—. Además, voy a llevar zapatos cerrados; nadie va a ver mis pies. ¿A quién le importa cómo se vean mis uñas?
—A mí —insiste—. Tuviste la suerte de nacer con piernas, lo mínimo que puedes hacer es cuidarlas.
Suspiro. También tuve la suerte de nacer con una vida limitada, pero eso no parece preocuparle demasiado en cuanto a aprovechar al máximo mi tiempo.
Por fin, por fin , Odessa declara que estoy lista.
Cruzo la habitación para mirarme en el espejo y abro los ojos de par en par. Esa no parezco yo. Es decir, sí soy yo, pero la persona que me devuelve la mirada es mejor en todos los sentidos imaginables.
El vestido que eligió Odessa es de un rojo rosado profundo, como el color de una granada o —de manera apropiada— como una rosa.
El corpiño es ceñido, parecido a un corsé exterior, mientras que la falda es amplia e iridiscente.
Las mangas son voluminosas y descansan sobre los hombros, y una abertura alta en el lado derecho de la falda deja ver apenas un atisbo de mi tatuaje.
Para complementar el conjunto, Odessa usó rosas del mismo color en mi cabello, fijadas a mis rizos en diminutas trenzas.
Doy una vuelta sobre mí misma, sonriendo de oreja a oreja.
—Te lo dije —dice Odessa con suficiencia—. ¿Ya ves cómo valió la pena todo ese tiempo?
—Tienes todo el derecho a decir «te lo dije». ¡Muchísimas gracias!
Hace un gesto despreocupado con la mano.
—No fue nada. Me gusta hacer este tipo de cosas.
—¿Y ahora qué? —pregunto, mirando hacia la ventana—. ¿A qué hora tengo que bajar?
—Solo tendrás que esperar unos minutos más —responde, guardando el maquillaje del tocador en el cajón.
—¿Daemon va a venir por mí?
Odessa niega con la cabeza.
—No, el rey lo hará. Después de todo, es el baile de ambos.
—Ah… claro. Por supuesto. —Me muerdo el labio—. ¿Crees que el rey de verdad ama a Isabelle?
—Me gusta pensar que sí. ¿Por qué?