Una espina en cada corazón (Encanto 1) Capítulo 19 #2
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Capítulo 19 #2

Tiene los labios azules, la piel demasiado pálida y, en cuestión de segundos, empieza a temblar con violencia.

Con el corazón golpeándome las costillas, la tomo en brazos y me elevo hacia el cielo.

La habitación de Alix tiene un balcón que da a la ciudad y es mucho más rápido llegar volando que regresar corriendo por el castillo.

Aterrizo y cruzo el balcón en dos zancadas. No logro mover los dedos para abrir las puertas dobles con magia, así que las embisto con el hombro, sin importarme la madera y el vidrio que se astillan.

Vamos dejando un rastro de agua mientras cruzo la habitación hacia el baño.

—Voy a bajarte —le digo—. Tengo que preparar el baño.

Por un momento no responde, pero cuando la coloco en el suelo y me doy vuelta, extiende una mano para detenerme.

—Espera. No. —Sus dientes castañetean con cada palabra—. Solo ayúdame a quitarme este vestido.

Miro los cordones apenas un segundo antes de decidir que no vale la pena el esfuerzo. Tomo la tela con ambas manos y la rasgo de arriba abajo.

El vestido pesado se desliza por sus hombros y Alix se lo quita, dejando que la tela caiga al suelo.

Debajo lleva un camisón fino sobre un corsé, medias y un calzón de encaje rosa. De inmediato empieza a quitárselos también, con las manos temblorosas mientras lucha por desatar los zapatos y sacarse las medias.

Sin saber cómo ayudarla, la observo con los ojos muy abiertos. Toda su ropa queda ahora apilada en el piso y ella camina por la habitación completamente desnuda. Corro tras ella.

—¿A dónde vas? Podrías morir si no entras en calor.

—Lo sé —responde con brusquedad.

Se mete en la cama y se cubre por completo con las mantas. El bulto de cobijas que es Alix tiembla violentamente y sus palabras salen en jadeos entrecortados.

—Si me caliento demasiado rápido, podría darme un infarto. Esto es lo mejor que se puede hacer en caso de hipotermia.

—¿Y sabes eso así, sin más? —refunfuño.

—S-sí —balbucea—. Es una de esas cosas que aprendes de niña. Si caes a través del hielo, te quitas la ropa y entras en calor poco a poco.

Quisiera saber qué clase de infancia tuvo para que eso fuera un conocimiento común. Me siento completamente impotente, una sensación que no me resulta familiar.

—¿Qué necesitas que haga? —pregunto, casi desesperado.

Hay una pausa larga, en la que claramente está pensando… o armándose de valor para algo.

—Quítate la camisa y métete aquí conmigo —dice al fin—. Necesito calor corporal.

No me detengo a cuestionarlo. Me quito la camisa, me descalzo y empiezo a desabrocharme el cinturón.

—¿También el pantalón? —le pregunto al bulto tembloroso bajo las mantas.

Alix no responde, lo que interpreto como que deja la decisión en mis manos. Me quito el cinturón, pero me dejo puesto el pantalón; con suerte, me servirá para recordarme que esto no es una invitación a perder el control con ella.

Tomo la esquina de la manta. Alix suelta la tela y me permite apartarla y meterme a su lado.

—Solo vuelve a taparnos y quédate ahí —dice.

Asiento, pero ya sé que será imposible quedarme quieto en silencio. En lugar de eso, la estrecho entre mis brazos y apoyo su cuerpo tembloroso sobre mi pecho. Alix apenas protesta mientras vuelvo a cubrirnos.

Es imposible no ser consciente de que está acostada sobre mí, completamente desnuda, con la presión firme de sus pezones contra mi pecho y su respiración agitada en mi cuello.

Si no estuviera temblando de frío, sería imposible mantener las manos lejos de ella, en cambio, la rodeo por la espalda con ambos brazos y la sostengo con fuerza.

—No dejes que me quede dormida —murmura contra mi garganta.

Un escalofrío me recorre la espalda, pero me obligo a ignorarlo.

—¿Cómo?

Ya siento que su cuerpo tiembla menos y que su respiración se vuelve más regular. Bosteza.

—No lo sé. Habla de algo.

No se me ocurre nada de qué hablar, salvo lo aliviado que estoy de que esté bien… y lo preocupado que estoy por empezar a obsesionarme con ella. Me aclaro la garganta.

—Tal vez deberías ser tú quien hable, si eres la que necesita mantenerse despierta.

No responde y, al cabo de un momento, la sacudo con firmeza.

—¡Alix! —le digo fuerte al oído—. Vamos, háblame. Dime cómo es que sabes qué hacer si caes a través del hielo.

Bosteza otra vez, pero veo cómo le tiemblan los párpados.

—Donde crecí no hacía frío todo el año, pero los inviernos podían ser muy duros. Me gustaba patinar sobre hielo.

Asiento con la cabeza. Recuerdo haber visto niños patinando durante mis años en el mundo humano.

—¿Te caíste alguna vez?

Ella niega con la cabeza.

—No, pero mi papá solía llevarme a un estanque cerca de nuestra casa y era muy paranoico con la posibilidad de que el hielo se rompiera.

Antes de dejarme patinar, siempre saltaba alrededor para comprobar si había zonas delgadas y luego me recordaba qué debía hacer si alguna vez me caía.

—Se ríe suavemente—. Supongo que tenía razón en preocuparse.

Suelto un largo suspiro. Estoy agradecido con ese hombre al que nunca conocí ni conoceré por haberle enseñado a Alix a cuidarse sola.

Entonces el estómago se me revuelve y recuerdo de golpe sus palabras en la posada, cuando despertó gritando por una pesadilla: «Vi morir a mi papá.

A veces sueño con eso… Muchas veces, en realidad».

«Mierda».

—¿Cómo murió tu padre? —pregunto, incapaz de contener la curiosidad.

Durante un largo momento no dice nada; finalmente contesta:

—En un accidente montando a caballo.

Me quedo helado.

—¿Cómo demonios pasó eso?

Suspira y siento cómo se tensa. Está claro que no le gusta hablar del tema.

—Cada vez que digo que vi morir a mi papá, la gente siempre asume que fue un suicidio, un accidente automovilístico o algo así.

Luego explico cómo pasó y termino teniendo que aclarar que los caballos matan a mucha más gente de lo que uno cree.

—Se detiene para tomar aire, temblorosa y con los dientes castañeteando—.

Hay miles de muertes cada año. En promedio, estarías más segura nadando con tiburones o haciendo paracaidismo que acercándote demasiado a un caballo.

No necesita explicarme eso. Monto a caballo desde antes de poder caminar y, si fuera tan frágil como un humano, probablemente no estaría aquí ahora.

Aun así, noto que se agita y, sin pensarlo demasiado, levanto una mano y la paso por su cabello húmedo, deslizando las uñas por su cuero cabelludo.

Se queda paralizada y guarda silencio, como si contuviera la respiración; luego exhala y se relaja.

Con otra respiración temblorosa, continúa, hablando contra mi pecho.

—Para mi sexto cumpleaños, quería paseos en poni, pero mi madre es una perfeccionista crónica, así que, en lugar de eso, mis padres me llevaron a una de esas cabalgatas para turistas donde amarran a un montón de personas que nunca han visto ni una granja al lomo de animales de casi una tonelada y los mandan al bosque con una supervisión mínima.

»Para no hacer el cuento largo: yo tenía seis años y no sabía que no debes pararte justo detrás de los caballos porque pueden patearte.

Estaba lo bastante cerca como para que me destrozaran el cráneo cuando alguien se lo señaló a mi papá.

Él intentó agarrarme y terminó recibiendo la patada en el pecho.

Probablemente habría estado bien, pero eso le detonó un infarto por un defecto valvular que no sabía que tenía y murió en unos diez segundos.

Es la única vez que he visto a mi madre realmente alterada por algo que no fuera ella misma.

Guarda silencio y yo me quedo inmóvil, con la mano atrapada en su cabello.

—No sé qué decir —admito al fin.

—Está bien. Nadie sabe realmente qué decir ante algo así, por eso odio explicarlo.

—Lo siento.

—No pasa nada —dice ella, intentando restarle importancia.

Mi mano se tensa en su cabello y la obligo a mirarme.

—No, en serio. Lo siento muchísimo, carajo. —Sacudo la cabeza—. Y lo siento especialmente por haberte hecho subir a un caballo en tu cumpleaños. Maldita sea…

Ella se ríe, lo cual me toma por sorpresa.

—La verdad, eso fue culpa mía. No quería decepcionar a nadie ni dar explicaciones…

—No lo habrías hecho.

—Lo sé —dice con una media sonrisa—. Estoy trabajando en no asumir siempre que soy una decepción para todos. Al parecer, es un proceso de toda la vida, o al menos de treinta y un años, porque todavía no llego a esa meta.

Me da vueltas la cabeza. ¿Cómo puede pensar que decepciona a alguien? Sobre todo ahora, cuando está aquí arriesgando la vida para ayudar a un montón de desconocidos. Pero incluso antes de eso, no entiendo cómo alguien como Alix puede sentirse así.

—¿Todavía patinas? —pregunto, solo para romper el silencio.

Niega con la cabeza otra vez y su cara roza mi clavícula de un lado a otro.

—No. Es una de esas cosas que haces de niña y para las que ya no tienes tiempo cuando creces. Siempre pensé que, si tenía mis propios hijos, volvería a hacerlo, pero eso nunca pasó, así que…

—¿No quieres tener hijos? —pregunto, solo para mantenerla hablando.

Se ríe con amargura.

—Claro que quiero. O quería. Pero tengo treinta años y me estoy divorciando.

—¿Y?

Se acomoda de nuevo sobre mí y cruza los brazos bajo la cabeza, como si fueran una almohada.

—Probablemente pasarán años antes de que todo eso se formalice y antes de que quiera volver a salir con alguien.

Luego tendría que estar con esa persona varios años antes de siquiera considerar volver a casarme.

Y todo eso suponiendo que logre regresar a mi mundo.

Así que, sí… los hijos probablemente no son una opción para mí.

Sé lo que intenta decir, pero aun así una punzada irracional de celos me atraviesa. No quiero imaginarla regresando a su mundo y encontrando a algún humano con quien salir y tener hijos.

Lo cual sé que es lo más estúpido que he pensado en mi vida. Yo fui quien prometió ayudarla a volver a casa. ¿Acaso espero que nunca siga adelante? ¿Que nunca tenga futuro solo porque yo no lo tendré?

—No tienes que preocuparte por eso —digo al final, con un tono de voz apagado.

—¿Por qué?