Una espina en cada corazón (Encanto 1) Capítulo 19
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Capítulo 19

ALIX

Los siguientes diez segundos en la biblioteca transcurren en cámara lenta, tanto que, más tarde, cuando intente recordarlos, no podré reconstruir cómo sucedieron en realidad.

Un segundo, Foulo me tiene inmovilizada contra la pared, estrangulándome con la cadena de mi collar.

No logro tomar suficiente aire ni siquiera para gritar y unas manchas negras empiezan a invadir mi visión.

Sé que estoy perdida. Esta es mi tercera experiencia cercana a la muerte desde que llegué y parece que mi suerte se agotó.

Luego, una fracción de segundo después, escucho el silbido de una hoja cortando el aire.

La presión sobre mi garganta desaparece y toso, aspirando una bocanada desesperada al mismo tiempo que algo cálido y gelatinoso salpica mi cara.

Algo cae al suelo frente a mis pies con un golpe húmedo y nauseabundo; me llevo una mano, confundida, a la mejilla.

Entonces Foulo suelta un alarido desgarrador, distinto a cualquier cosa que haya escuchado antes, y se desploma en el suelo.

—¡Te dije que la próxima vez que la tocaras me aseguraría de que fuera la última, maldito! —ruge Daemon, con la cara deformada por la furia.

Ni siquiera sé en qué momento llegó y no tengo espacio en la cabeza para pensarlo cuando bajo la mirada, horrorizada, hacia el brazo cercenado que yace en el suelo frente a mí y el hombre que se retuerce y grita sobre un charco de su propia sangre, sujetando el muñón justo debajo del codo.

Daemon salta por encima de Foulo y corre hacia mí. Sus manos buscan mis mejillas y las embarran con la sangre que me salpica la cara.

—¿Estás bien? ¿Te hizo daño? ¡Alix!

Abro la boca, pero no sale ningún sonido. Tengo la cara cubierta de sangre y hay un brazo en el suelo, maldita sea.

Hay un brazo en el suelo …

Vuelvo a abrir la boca y, esta vez, mi grito se suma al de Foulo. Tropiezo con el brazo amputado y corro tan rápido como puedo entre las filas de estantes.

—¡Alix! —grita Daemon detrás de mí, aparentemente sin importarle que Foulo lo escuche llamarme por otro nombre.

Aun así, no me detengo.

Salgo corriendo de la biblioteca y giro bruscamente a la derecha.

Avanzo por un pasillo con la esperanza de que conduzca al vestíbulo principal.

No he pasado suficiente tiempo explorando este castillo y, cuando lo hice, siempre estuve acompañada.

Es como conocer una ruta gracias al GPS y perderse cuando el teléfono se queda sin batería.

Sin un guía, todos estos malditos pasillos se ven iguales.

Por fin encuentro una escalera. Miro hacia atrás, esperando que Daemon esté pisándome los talones. No lo está, pero aun así bajo los escalones de dos en dos.

Mi respiración es un jadeo pesado mientras corro.

«Maldita sea».

Esa no fue una reacción normal. Ya lo había escuchado amenazar a Foulo antes, pero asumí que exageraba.

Ahora el corazón me late con fuerza por el miedo; tengo la piel cubierta de sangre y no dejo de preguntarme si este comportamiento es normal entre las criaturas fae o si Daemon está completamente desquiciado.

A diferencia de él, a mí no me gusta la locura.

Llego al final de las escaleras y, otra vez, no tengo idea de dónde estoy. Aun así, no me detengo. Corro por otro pasillo desconocido y, por suerte, encuentro una puerta que da al exterior. La abro de golpe y aparezco en la parte trasera del castillo.

Frente a mí se extiende un terreno cubierto de nieve. A lo lejos hay una hilera de árboles y, sin pensarlo demasiado, corro hacia ella.

No estoy vestida para la intemperie y el frío me muerde la piel mientras avanzo.

El vestido se arrastra detrás de mí y mis pies rompen con facilidad la costra endurecida de la nieve, hasta que, de pronto, uno choca contra algo duro y sólido.

Me resbalo y me deslizo hacia delante unos metros, con los brazos girando en un intento desesperado por recuperar el equilibrio.

De algún modo logro mantenerme en pie. Bajo la mirada, plenamente consciente de que estoy sobre hielo sólido.

Me detengo, tanto para recuperar el aliento como porque no estoy segura de hacia dónde ir.

Entonces todo cobra sentido: la superficie completamente plana detrás del palacio no es un jardín. Es un lago congelado, cubierto por una capa de hielo y escarcha.

Sé que necesito salir de aquí. No sé qué tan congelada está el agua, pero no imagino que sea lo bastante sólida, considerando que, a menos de una hora a caballo, el clima es mucho más cálido.

Peor aún, la sangre que me salpicó se mezcla con el sudor y gotea por mi cara, cae sobre la nieve blanca y brillante como decenas de rubíes feroces.

Respiro con dificultad, intentando calmarme. Pero, antes de decidir qué hacer, la puerta del castillo se abre de golpe a mis espaldas.

No necesito mirar para saber quién está detrás de mí.

Y no miro. Trago saliva, intento controlar la respiración y vuelvo a correr, tan lejos del castillo y de las criaturas fae como me es posible.

—¡Alix, detente! —ordena Daemon.

No me detengo.

El cielo está tan oscuro como siempre, pero la luna proyecta un resplandor índigo intenso sobre el hielo. Cruzo el lago congelado a toda velocidad, con el vestido ondeando detrás de mí, rezando con cada paso para que el hielo no se quiebre.

Unos pasos rápidos golpean la nieve detrás de mí.

Miro hacia atrás. Debí imaginar que no podía correr más rápido que un fae. Avanza con tal velocidad que parece volar.

Y, de pronto, lo hace. Sus alas se despliegan y pasa de correr a planear en un solo movimiento fluido. Extiende la mano para alcanzarme.

Mis pies resbalan y, en cámara lenta, caigo de espaldas, golpeándome la cabeza contra el hielo. Una explosión de dolor me recorre el cráneo y un grito involuntario escapa de mis labios, resonando en el aire frío y vacío.

Daemon aterriza sobre mí con expresión furiosa. Sus manos, cubiertas de sangre, se clavan en el hielo a ambos lados de mi cabeza, dejando marcas carmesí sobre el blanco. Sus ojos recorren los míos como si buscaran algo.

—¿Estás herida? ¿Te tocó ese maldito?

El labio me tiembla y niego con la cabeza.

—No.

El dolor en mi cabeza late con fuerza, pero es lo último que quiero decirle.

—Entonces, ¿por qué estás huyendo? Yo me encargué, él está… —Se interrumpe, claramente leyendo la respuesta en mis ojos, y sus pupilas se oscurecen hasta que el verde queda casi eclipsado por el negro—. Dime, Duraznito: ¿tienes miedo de mí?

Pienso sucesivamente: «Sí».

«No…».

«No estoy segura».

Vuelvo a negar con la cabeza, pero debe percibir el conflicto en mi mirada, porque su expresión de ira no se suaviza. Se inclina aún más, hasta que compartimos el mismo aire.

—Te lo dije: siempre te voy a proteger. Le advertí que la próxima vez que te tocara sería la última. Siempre debiste saber que esto es lo que soy.

—¿Y qué eres? ¿Un psicópata? —respondo, recuperando la voz.

Los ojos de Daemon bajan a mis labios por una fracción de segundo antes de mirarme directamente a los ojos.

—Tal vez, pero solo cuando se trata de ti.

Una chispa de excitación me atraviesa y dejo escapar un jadeo.

«Hay algo muy mal conmigo, maldita sea».

Es evidente que está desquiciado. Hace un momento corría por mi vida, pero ahora lo único en lo que puedo pensar es en lo cerca que estamos. Todo su cuerpo presiona contra el mío y la sensación es intensa: un frío glacial por un lado y un calor palpitante por el otro.

Todo mi cuerpo empieza a temblar; el pulso me retumba en la garganta y… más abajo.

Sin pensarlo del todo, muevo las caderas contra él. Siento cómo se endurece contra mí y el calor me inunda el centro del cuerpo en respuesta.

—¿Tienes miedo de mí? —repite.

—Sí.

Estoy aterrada de él, pero no porque crea que vaya a hacerme daño. Tengo miedo porque empiezo a creer que no lo hará.

Para mi sorpresa, sonríe de forma burlona.

—Bien. Si supieras la mitad de las cosas que pensé hacerle a cualquier hombre que te mire, deberías tener miedo. Mientras siga respirando, nadie va a tocarte, carajo, porque los mataré y luego te cogeré cubierta de su sangre.

«Cielo santo».

Un gemido leve se me escapa de los labios y no estoy segura de si es por miedo, por deseo… o por ambos.

Después de una declaración como esa, ya no hay espacio para preguntas ni dudas en mi cabeza. Me desea, pero…

—¿Qué hay del rey? —pregunto en un susurro apenas audible.

—¿Qué pasa con él? —refunfuña, presionándose con más fuerza contra mí.

—Me trajiste aquí por él. ¿Qué crees que va a pasar si seguimos comprometidos?

Su expresión vuelve a retorcerse de furia y sus alas se despliegan detrás de él. Su mano se mueve para sujetarme del cabello y acerca aún más nuestras caras.

—Eres jodidamente mía, Alix, y nadie más que yo volverá a tocarte.

En ese preciso instante, un crujido ensordecedor resuena en el aire y hace que las aves dormidas en los árboles cercanos emprendan el vuelo. El hielo se rompe debajo de mí y grito cuando el suelo literalmente desaparece bajo mis pies y caigo en el agua oscura y helada.

DAEMON

En una fracción de segundo, la bruma de lujuria y rabia que luchaba en mi cabeza se disipa. Desde que escuché a Alix gritar en la biblioteca no he logrado pensar con claridad, pero todo eso desaparece en el instante en que la veo hundirse bajo la superficie del agua.

Todavía tengo la mano en su cabello y este se me escurre entre los dedos con tanta rapidez que apenas alcanzo a sujetarlo.

Me lanzo al agua helada, hundo los brazos y agarro lo primero que encuentro. Mierda, está más fría que Dyaspora; el hielo se me clava en la piel y parece congelarme los huesos. Si eso me hace a mí, no quiero imaginar lo que le está haciendo a Alix.

Mis dedos se cierran alrededor del cuello de su vestido y la jalo hacia mí. No se mueve ni forcejea, y el miedo me atraviesa como un rayo.

—¡Alix!

La saco del agua con un enorme chapoteo y la recuesto sobre el hielo.

Ella tose y parpadea al mirarme; nunca me he sentido tan aliviado en mi vida.

Pero, un instante después, el alivio se esfuma.