Una espina en cada corazón (Encanto 1) Capítulo 11
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Capítulo 11

ALIX

No pego un solo ojo después de que Daemon sale de mi habitación, pero da igual. Muy pronto llega el momento de reunirme con los demás abajo y partir hacia el palacio.

El hijo del posadero nos espera afuera con una carreta grande enganchada a dos caballos blancos. La parte trasera está llena de heno y mantas acogedoras, y me sorprende lo cálida y cómoda que es mientras avanzamos por el bosque.

Hay algo en el trayecto que se siente nostálgico, aunque jamás haya vivido algo parecido. El aire frío huele intensamente a pino mojado por la lluvia y a rosas, y no pasa mucho antes de que la lluvia se transforme en copos de nieve esponjosos. Saco la lengua para atrapar uno y sonrío.

Siento una mirada sobre mí y levanto la vista: Jett me observa con sus ojos oscuros y curiosos.

—Es infantil, lo sé.

—No, no lo es. —Niega con la cabeza, sonriendo como siempre—. Solo que nunca había visto a nadie disfrutar la nieve.

—¿De verdad?

—Antes de Dyaspora, jamás había visto nieve.

Inclino la cabeza, intrigada.

—¿De dónde eres?

—Solistine —responde con una sonrisa torcida—. Pero supongo que no sabes qué es eso.

—Sí lo sé —digo rápido—. Es el reino al este de aquí, ¿no?

—¡Exacto! Prácticamente todo el lugar es un gran desierto, y lo que no está cubierto de arena son montañas. Siempre hace calor, incluso en la temporada de lluvias.

—¿Lo extrañas?

Asiente despacio y, por un instante parece que su sonrisa podría desvanecerse, pero no sucede.

—Tampoco puedo quejarme mucho, ¿cierto? Este lugar es mil veces mejor que Dyaspora, aunque siga siendo frío.

Arrugo la frente. De todas las cosas de las que tengo que preocuparme, el historial criminal de Daemon y sus amigos no está precisamente en la cima de la lista. Pero quizá sí debería saber, al menos, con quién viajo.

—¿Por qué te enviaron a prisión?

—Robo —dice con total naturalidad.

Hago una mueca.

—Ojalá al menos hayas robado algo que valiera la pena.

Por primera vez, su sonrisa titubea y un destello de furia brilla detrás de sus ojos negros.

—Valió la pena —exclama, sonando un poco como Daemon.

Las palabras de Jett pesan en el aire por un segundo. Luego, oculta su reacción con rapidez y recupera una sonrisa todavía más amplia. Pasa un brazo por detrás y rodea el cuello de Fox, atrayéndolo hacia nosotros.

—Pero basta de mí. Fox aquí es el único acostumbrado al frío. Haz que te cuente sobre Thermia.

—¿De ahí eres? —pregunto, girándome hacia Fox.

Los ojos azul ártico de Fox se entrecierran un poco, como evaluando si vale la pena gastar saliva en contestar.

—Sí.

Espero, pero no añade nada.

Recuerdo lo que Kastian dijo ayer: «Fox no habla mucho, no te lo tomes personal». Dios, de verdad no estaba bromeando. Y para alguien que se toma todo personal y busca validación constante, esto es como una terapia de inmersión infernal.

Pronto distinguimos luces entre los árboles, más adelante. Parecen mágicas, como si nos acercáramos al Polo Norte en Navidad. En el borde del bosque, la carreta se detiene justo cuando el camino de tierra comienza a transformarse en adoquines cubiertos de escarcha.

—¿Pueden seguir desde aquí? —pregunta el conductor, girándose en su asiento para vernos.

—Sí —responde Daemon con brusquedad; luego, como si lo recordara a último momento, añade—: Gracias.

Me arrastro entre el heno y las mantas, siguiendo a los demás fuera de la carreta. Me aferro al barandal, levanto el borde de mi falda y estiro la pierna para tocar el suelo.

De pronto, uno de los caballos suelta un bufido y patea el piso.

Me estremezco de sorpresa y mi pie resbala.

—¡Eh! —Jett me sostiene—. ¿Estás bien?

—Sí. —Me sonrojo otra vez mientras tomo su mano y me apresuro a bajar de la carreta—. En realidad, no me gustan los caballos. Mientras se queden allá, todo bien, pero si uno se me acerca…

Jett pone cara de confusión.

—¿Por qué te dan miedo los caballos?

—Yo…

—¿Ya terminaron de charlar ustedes dos? —ladra Daemon, interrumpiéndonos—. ¿O quieren perder el resto de la noche aquí, parados en la maldita nieve?

Me doy vuelta y noto que Daemon, Kastian y Odessa —que carga a Sushi en su cesta— ya están unos treinta metros más adelante, caminando hacia el castillo que se eleva sobre la ciudad. Solo Jett, Fox y yo seguimos junto a la carreta.

—Ya voy —suspiro—. Ya vamos. Lo siento…

Daemon refunfuña algo entre dientes y nos da la espalda.

—¿Qué le pasa? —murmura Jett.

—¿Qué, no suele ser así?

Niega con la cabeza.

—Para nada. Ashwater es intenso, pero no suele ser un imbécil. Desde que fuimos al reino humano, hay algo raro. Me pregunto si…

Fox lo golpea en el hombro con fuerza.

—No te preguntes nada —dice en voz baja—. Podrías torcerte un pie.

Jett parece tomarse el comentario en serio y no continúa. Aun así, mi mente vuelve de inmediato a lo que Daemon dijo anoche: «Para que esto funcione, tú no puedes significar nada para mí».

Ahora soy yo la que empieza a preguntarse cosas.

¿Mi presencia está haciendo que actúe frío no solo conmigo, sino con todos? Si Daemon no suele ser tan irritable y la única persona nueva aquí soy yo… ¿soy yo el problema?

A diferencia del Palacio de Verano, que está rodeado de jardines de rosas y de lo que parecían ser kilómetros y kilómetros de bosque, el Palacio de Invierno se alza en el corazón de una ciudad pequeña.

La ciudad está llena de actividad pese a lo avanzado de la noche, y pasamos junto a decenas de hadas y fae mientras avanzamos por la calle empedrada. Muchos se detienen a mirar, sobre todo a Daemon, pero él los ignora a todos.

Al llegar al centro del pueblo, mi mirada cae sobre una larga escalinata de mármol.

Se eleva desde el centro de la plaza —donde una esperaría ver una fuente o una estatua— y se extiende casi hasta perderse de vista.

En lo alto, la puerta principal del palacio, cubierto de rosas, se yergue sobre la ciudad inferior.

Los muros de piedra blanca y las torres de techos rojos y puntiagudos están cubiertos de enredaderas espinosas, y aun desde esta distancia puedo ver rosas rojas floreciendo de manera inverosímil a pesar de la nieve.

A los pies de la escalinata, dos soldados con casacas rojas nos observan sin disimulo, con expresiones indescifrables.

Me detengo, boquiabierta ante el palacio, completamente perdida en el asombro de que un lugar así exista. Es tal como lo imaginé miles de veces en las lecturas de los libros de Nana. Se me eriza la piel y un hormigueo oscuro me recorre los brazos.

—No sé si puedo hacer esto.

Todos se detienen al mismo tiempo y voltean a verme. Kastian y Odessa miran a Daemon, como si esperaran que él se encargara de mis ataques de pánico.

«Mátenme».

—¿Qué ocurre? —pregunta Daemon con brusquedad.

«¿De verdad tengo que explicar esto?».

—Eh… ¿todo? Toda la situación me está cayendo encima otra vez. Suponiendo que el rey no me reconozca de inmediato, ¿cómo se supone que voy a saber qué decir? ¿Y si me hace una pregunta cuya respuesta no sé? ¿Se supone que debo estar emocionada de verlo o molesta de haber vuelto? ¿Y si…?

—Tranquila —dice Odessa con suavidad.

—Está bien, la próxima persona que me diga que me tranquilice va a recibir un puñetazo en la cara.

Odessa pone cara de fastidio.

—De acuerdo, ¿qué tal «respira hondo»? Todo va a salir bien.

—¿Cómo puedes saberlo? Es decir, ¿cómo se supone que debo comportarme cuando lo vea?

—Thorne es un narcisista descarado —dice Daemon sin rodeos—. Si actúas como si te alegrara verlo, no va a cuestionarlo. Incluso si tuvieras todas las razones del mundo para odiarlo y décadas de rencor acumulado, va a asumir que estás encantada de estar en su augusta presencia.

Suena como si hablara por experiencia propia.

—¿Y si menciona algo de cuando Nana estuvo aquí antes y no lo entiendo?

Otra vez interviene Odessa.

—Belle y el rey no pasaron mucho tiempo juntos cuando ella estuvo aquí. No es como si hubiera muchos momentos que tendrías que recordar, y cualquier cosa que no sepas puedes atribuirla a la diferencia de sesenta años. Solo di que lo olvidaste.

«Bueno… podría funcionar, aunque es un “podría” bastante débil».

—¿Qué hacía ella cuando estuvo aquí? —pregunto.

—Sobre todo estaba en su habitación con Shar y conmigo, o en la biblioteca. Bueno, excepto por las cenas.

—¿Qué cenas? —pregunta Daemon, girando la cabeza para mirar a su prima.

—El rey Thorne siempre quería que Belle cenara con él.

—¿Y tú no estabas ahí? —pregunto, procurando que el pánico y la frustración no se me noten.

Odessa niega con la cabeza.

—Nadie estaba ahí.

Daemon hace una mueca.

—En otras palabras, no tenemos idea de lo que conversaban.

«Dios mío, estoy a punto de colapsar».

Empiezo a dar vueltas sobre mí misma, buscando con ansiedad un sitio donde sentarme, hasta que unas manos grandes se posan sobre mis hombros y me detienen. Alzo la vista y me encuentro con los ojos, demasiado verdes, de Daemon.

—Detente, Duraznito —dice, no del todo áspero—. Confiemos en que no te reconozca. Si la corte sigue igual que antes, habrá cientos de personas en la sala cuando vayamos a verlo. Tal vez no tenga tiempo de hacerte muchas preguntas.

Abro más los ojos. No sé por qué cree que una audiencia de cientos va a calmar mis nervios.

Se acerca más y algo me punza en el pecho. Me toma del mentón y me obliga a mirarlo, reteniendo mi atención de forma literal.

—Ya te dije que no voy a dejar que te pase nada. Mientras respire, nadie te va a tocar.

Parpadeo, convencida por un instante de haber oído mal. «¡Dios! ¿Quién dice cosas así?».

Aspiro una bocanada profunda y dejo mis manos caer a los costados. No tengo razones para creerle, especialmente cuando todo lo demás que sale de su boca resulta un poco insultante.

Pero, por alguna razón, le creo.

DAEMON

Las mejillas de Alix se sonrojan cuando aparta su mentón de mi mano y retrocede un paso.

Parpadeo, de pronto consciente de que hemos pasado varios segundos mirándonos, mucho más de lo normal. Sacudo la cabeza para despejarla.

«¿Qué demonios me pasa?».