Una corte de siervos y espinas (El Cuarto Gremio nº 1) Capítulo
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Capítulo

Nueve

Descansa, belleza, murmuró la voz de Siergen en mi mente, con un deje de diversión. Cuando despiertes, los ecos del pasado no te parecerán tan terribles.

Suspiré, con el cuerpo pesado por el agotamiento, y cerré los ojos, dejándome arrastrar por el sueño.

Cuando desperté, el cuartel estaba en silencio.

La luz de la luna se filtraba por la pequeña ventana, proyectando suaves sombras sobre mis compañeros de escuadrón, que respiraban profunda y acompasadamente.

Es hora de irse, ronroneó la voz de Siergen en mis pensamientos.

Me deslicé fuera de la cama, con cuidado de no despertar a nadie, y me enfundé en mis cueros negros. A diferencia de los otros escuadrones, nuestro uniforme no llevaba costuras identificativas ni marcas de gremio.

Una ventaja.

Me moví en silencio: me ajusté el cinturón, guardé las dagas en sus fundas ocultas y me até las botas con fuerza antes de dirigirme a la puerta lateral.

El pasillo que salía del cuartel era fresco y estaba en penumbra; las antorchas parpadeantes a lo largo de las paredes de piedra proyectaban largas sombras danzantes.

Caminé bajo las almenas con pasos silenciosos. El corredor se extendía ante mí, flanqueado por habitaciones más pequeñas, cada una seguramente de jinetes de mayor rango que no tenían que compartir alojamiento.

Diez minutos después, lo encontré.

Siergen estaba al final del pasillo, con las escamas escarlata brillando bajo la tenue luz de las antorchas y las alas plegadas con pulcritud contra el cuerpo. Sus ojos dorados se encontraron con los míos, chispeantes de socarrona diversión.

—Hola, Red —saludé.

Hola, belleza, respondió con aire pensativo.

—Ojalá fuera tan hermoso como tú —dije con una sonrisa burlona.

Se le hinchó ligeramente el pecho y entornó los ojos, como si sopesara si aceptar el cumplido. Soportaré tu adulación porque es cierto que soy magnífico.

¿Todos los dragones eran susceptibles a la adulación?

Lo dudaba. Estaba bastante segura de que la mía no lo era. Kaelith hacía que la palabra «perra» sonara como un apodo cariñoso.

La voz de Kaelith se coló en mi mente, con un tono burlón y afilado como el acero. Te chamuscaré solo para calentarme las garras.

—Oh, vaya, qué amable —respondí con sequedad.

Siergen se rio entre dientes. No le hagas caso. Tiene más fuego que sentido común.

Le lancé una mirada. Kaelith podría comérselo en tres bocados.

—¿Alguna idea de cómo entrar en la bóveda? —pregunté, cruzándome de brazos.

La cola de Siergen se movió perezosamente y sus alas se agitaron levemente. Por supuesto. He vagado por estos pasillos desde que los construyeron.

Arqueé una ceja. —¿Sabes dónde está la bóveda, entonces?

Sí. Ayudé a diseñar este castillo y su complejo. Es único en su especie.

Sin decir nada más, se giró y me guio hacia las profundidades del castillo.

El aire se volvió más fresco mientras descendíamos por una estrecha escalera de paredes rugosas y húmedas por el paso del tiempo; el olor a pergamino viejo, tierra y piedra flotaba denso en el ambiente.

Los corredores aquí abajo eran diferentes: más estrechos, más antiguos, destinados a sirvientes, no a la nobleza. La cola de Siergen se agitó una vez mientras su mirada aguda recorría las paredes al caminar.

Aquí, dijo finalmente, deteniéndose junto a un aplique de pared con un cristal de iluminación incrustado en su marco de hierro.

Lo miré fijamente. —¿Y?

Gíralo.

Extendí la mano, agarré el metal frío y lo giré.

La pared gimió.

Un suave clic resonó por el corredor y entonces la pared de piedra se desplazó, girando sobre su eje para revelar un pasadizo oscuro al otro lado.

Miré a Siergen, impresionada. —Eres el mejor, Red.

Por supuesto.

Bajó la cabeza, me rozó la frente con el hocico durante medio segundo, y de repente...

Una imagen estalló en mi mente.

Un mapa perfecto: cada recodo y cada curva, cada corredor oculto, cada punto de entrada a la bóveda real, junto con la secuencia exacta del código para abrirla.

Me tambaleé ligeramente, ajustándome a la avalancha de información.

Soy demasiado grande para seguirte, murmuró Siergen. Pero no perderás el camino.

Exhalé, me preparé y me adentré en el túnel oscuro.

Los corredores estaban inquietantemente silenciosos, salvo por el parpadeo ocasional de las antorchas, que proyectaban largas sombras cambiantes sobre las paredes.

Me moví con rapidez, con las botas sin hacer ruido contra el suelo frío, pegada a la oscuridad donde la luz de las antorchas no alcanzaba.

Un murmullo tenue vibró en el aire, apenas perceptible.

No eran voces.

No, era algo más profundo, algo casi primordial. Un pulso constante y rítmico que me provocaba un extraño escalofrío recorriéndome la columna.

Me quedé inmóvil, con la espalda pegada a la piedra fría, aguzando los sentidos.

Latidos.

Podía oírlos. Distantes, pero acercándose.

Apreté la mandíbula, obligándome a ignorarlo. No era momento de desentrañar qué era aquello.

Me deslicé en el nicho más cercano y me agaché justo cuando dos guardias de patrulla doblaban la esquina del corredor.

Sus pasos resonaban en el pasillo, lentos y deliberados, y su armadura tintineaba suavemente con cada zancada. Contuve la respiración, a la espera, con el cuerpo tan inmóvil como las sombras.

Los guardias pasaron sin echar un vistazo al nicho.

Bien.

Exhalé y continué, con la mente fija en el mapa que Siergen había grabado en mis pensamientos.

Serpenteando por pasillos tortuosos, seguí el camino invisible, con pasos decididos y el corazón sereno.

Y entonces llegué a la bóveda.

Esperaba encontrar guardias.

Al menos dos. Quizá más.

Pero la entrada de la bóveda permanecía desguarnecida, como desafiando a cualquiera a intentarlo.

Algo no cuadraba.

Dudé, con los instintos en alerta, pero entonces observé más de cerca la puerta de hierro y las runas meticulosamente grabadas en la piedra que la rodeaba.

Solté el aire lentamente.

Siergen tenía razón.

Ni siquiera yo habría podido entrar en esta bóveda.

Mi padre había sacrificado a gente por menos. Si me hubiera enviado a ciegas, habría muerto en el intento.

Habría muerto para nada.

Aparté el amargo pensamiento y deslicé los dedos sobre los antiguos símbolos, notando el tenue zumbido de magia bajo mi tacto.

Diez runas.

Eso era lo que Siergen me había mostrado. Diez símbolos específicos, que debía presionar en orden.

Me concentré, siguiendo la secuencia precisa grabada en mi mente.

Presionar. Presionar. Presionar.

Cada runa me calentaba las yemas mientras avanzaba en la secuencia, y la magia pulsaba débilmente bajo mi piel.

Al presionar la última runa, un chasquido profundo resonó en el silencio.

La bóveda se abrió por el centro; la enorme puerta se dividió sin esfuerzo y reveló la cámara tenuemente iluminada en su interior.

Me deslicé dentro y la puerta se cerró tras de mí con un golpe definitivo.

El aire aquí era diferente.

Olía a pergamino y metal, a tinta añeja y a algo vagamente eléctrico.

A diferencia de las antorchas de los pasillos, esta estancia estaba iluminada por enormes cristales luminosos, mucho más grandes que los de nuestros barracones. Estaban incrustados en el techo de piedra y proyectaban un resplandor frío sobre la cámara.

Hileras de estantes cubrían las paredes, repletas de pergaminos, libros y cofres sellados. Algunos llevaban insignias reales, otros no tenían marca alguna.

También había tesoros, pero no había venido por ellos.

Recorrí el espacio con la mirada mientras el pulso se me aceleraba.

—Y bien, ¿dónde escondería un miembro de la realeza su correspondencia comprometedora?

Me moví con rapidez, recorriendo con los dedos los lomos de los libros y registros apilados en los estantes, deslizándolos sobre las encuadernaciones gastadas. Algunos carecían de marcas, otros llevaban la insignia real, y otros...

Linajes Nobles y Matrimonios

Saqué el pesado diario y lo abrí. Las entradas estaban fechadas, pero lo primero que noté fue que el diario en sí tenía más de cincuenta años.

Fruncí el ceño.

Los matrimonios nobles registrados en estas páginas ni siquiera habían tenido lugar cuando se escribió este libro.

Concertados.

La palabra se asentó en mi pecho como una roca.

Nunca había oído que todos los matrimonios nobles estuvieran concertados, pero si este libro decía la verdad, así había sido: cuidadosamente planeados y registrados mucho antes de que las parejas hubieran nacido siquiera.

Un escalofrío me recorrió la columna.

¿Cuánto del linaje noble de Warriath había sido diseñado?

¿Cuánto había sido calculado?

Devolví el diario al estante y alcancé otro.

Entrevistas con el Único Superviviente

Lo abrí y se me cortó la respiración.

No era un registro cualquiera: era conocimiento de primera mano del Reino Feérico antes de la guerra con los Fae de Sangre.

Las páginas describían un mundo que la oscuridad no había tocado, donde la tierra prosperaba en armonía, donde los fae vivían en pacífica coexistencia con la naturaleza.

No había habido Fae Oscuros.

Ni criaturas retorcidas y monstruosas.

Las descripciones eran de una belleza sobrecogedora, y resultaba fácil olvidar que los Fae de Sangre fueron una vez seres que amaban la naturaleza, antes de volverse contra nosotros. Antes de buscar nuestra destrucción.

Me pasé una mano por el pelo. ¿Cómo había escapado este superviviente? ¿Quién había sido?

El tiempo se agotaba.

Tenía que irme antes del amanecer, antes de que alguien descubriera que me había ido.

Pero justo cuando me giré hacia la salida, algo más captó mi atención.

Una carpeta gruesa, repleta de pergaminos.

La saqué y la abrí; el pulso se me aceleró.

Cartas escritas a mano. Algunas selladas con cera, otras meras páginas sueltas apiladas dentro.

Órdenes. Solicitudes. Informes.

Parte del contenido era mundano: logística sobre cadenas de suministro, movimiento de mercancías a través de los reinos exteriores. Pero otras...

Una carta que hablaba de un «retraso imprevisto» en los refuerzos. La respuesta era breve, irritada, y simplemente decía:

Si no mantienes la frontera oriental, personalmente me aseguraré de que tu mando sea revocado.