Una compañera para el conde (Los Lores de Voluptas nº 4) Capítulo Once
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Capítulo Once

Las damas salieron del salón en grupo, riéndose, con Anne en el centro.

Su corazón rebosaba de la calidez de una inesperada camaradería.

Estas jóvenes la habían aceptado como una más, subvirtiendo la creencia que los miembros de la alta sociedad se consideraban superiores a los de las clases bajas, en las que los padres eran profesionales en lugar de aristócratas.

La voz de Lady Lydia resonó por el pasillo, y Anne aminoró el paso, quedándose atrás.

Parpadeó rápidamente, intentando aliviar la opresión que de repente sentía en los ojos.

Por muy amables y comprensivas que fueran aquellas ladies, Anne debía recordar que ella seguía siendo una sirvienta.

No pertenecía a ese mundo de modas, bailes, cenas y placeres sin fin.

No podía dejarse llevar por la euforia de la agradable compañía ni por las diversiones de la Navidad.

Disfrutaría del placer que le produjeran los coqueteos de Lord Laurence, y ya se ocuparía del dolor que le causaría, cuando él se decantara por otras distracciones más atractivas.

Se sobresaltó cuando Lady Sylvia, que también había disminuido el paso, y ahora caminaba junto a Anne, le preguntó: —¿Lo está pasando bien?

Anne balbuceó una respuesta: —Milady, yo... sí, gracias. Es un placer trabajar para Lady Lydia.

Sylvia sonrió y tomó la mano de Anne. —Lady Lydia es peculiar y muy directa, pero tiene un corazón de oro. Laurie es muy amable y cariñoso, aunque se ha ganado a pulso la imagen de libertino despreocupado.

Anne se mordió el labio. —Ha sido muy amable y me ha ayudado mucho.

Sylvia se rió. —Sí, lo ha hecho. Desde aquel desafortunado incidente de hace algunos años, no ha dejado de declarar que jamás se enamorará, que el amor es una ilusión, un cuento de hadas.

—Hizo una pausa, observando la ancha y recta espalda del conde, mientras entraba en el comedor—.

Pero, creo que la mujer adecuada le ayudará a descubrir la belleza y la bondad del amor.

—Su voz adquirió un tono melancólico—. Amé mucho a mi marido y sufrí profundamente su muerte.

Pensé que nunca volvería a amar, pero… —Su voz se apagó en el silencio.

El corazón de Anne dejó de latir por un instante. —Debo disculparme, Lady Sylvia, no quise... —A ella también le resultó imposible articular sus pensamientos confusos.

Lady Sylvia le apretó la mano. —No entiendo por qué cree que es necesario disculparse.

—Se inclinó hacia Anne y su voz bajó aún más, mientras le confiaba—.

Antes de casarme, estaba enamorada de otra persona, alguien que no era mi marido.

—Se quedó en silencio al recordar la compleja red de emociones, en la que se había visto atrapada cuando tenía solo diecinueve años, hacía más de diez años—.

Por muchas razones, no nos fue posible estar juntos, él se fue de Inglaterra y yo me casé con Harry.

—Acarició con los dedos una carta cuidadosamente doblada, que había sacado del bolsillo—.

Pero ahora él ha regresado y tengo un repentino deseo de volver a Londres para ver si todavía se acuerda de mí.

—Una suave y tierna sonrisa iluminó su rostro.

Anne la miró fijamente por un instante, cautivada por las posibilidades de amor que aquella historia despertaba en ella, pero también confundida. —¡Oh! Pensé, que el conde...

Los profundos ojos azules de Sylvia reflejaban su confusión.

—Lo siento, Anne. Debería haberme explicado mejor.

Me cae bien Laurie. Ha sido un buen amigo, pero nunca lo he amado, como una mujer ama a un hombre, como Laurence necesita ser amado.

Mi corazón pertenece a otra persona, alguien a quien nunca pensé volver a ver.

Anne se detuvo frente a una mesita auxiliar, justo fuera del salón, y miró fijamente, sin comprender, una pequeña estatua de Cupido y Psique. No sabía por qué Lady Sylvia le contaba esa historia, pero su corazón se aceleró y sus pensamientos desbocados volvieron a volar hacia sueños imposibles.

Lady Sylvia tiró de la mano de Anne, llevándola al comedor, donde los demás invitados se sentaban alrededor de la larga mesa.

—Le presenté a Laurie, a muchas posibles novias, pero ninguna lo afectó más allá del placer pasajero que encontraba en sus camas.

—Ignoró el leve jadeo de Anne—. Pero, algo ha cambiado.

¿Usted sabe que ni siquiera ha coqueteado conmigo, desde que llegué a Dalen Court esta semana?

Estuvo muy atento con usted esta tarde, y nunca lo he visto mirar a ninguna otra mujer, como la mira a usted.

—Su voz estaba teñida de diversión y compasión.

Anne soltó un pequeño gemido y se cubrió la cara con las manos. Su voz se oía amortiguada, cuando dijo: —No, no, estoy segura que se equivoca. Él no… no puede…

Lady Sylvia se rió suavemente. —Sí, lo hace y puede hacerlo.

—Su voz se tornó un poco más seria—. Lamento tener que irme, antes de poder enseñarle un poco sobre cómo seducirlo, cómo complacerlo.

Es un hombre de pasiones profundas, que pueden ser abrumadoras, incluso aterradoras, aunque haya cultivado un aire de indiferencia.

Necesita una mujer, como usted, para nutrir los aspectos más tiernos y dulces de su carácter —negó con la cabeza y logró parecer tan recatada, como una institutriz que hubiera descubierto a sus pupilos leyendo novelas prohibidas—.

Laurence la ha encontrado justo a tiempo.

Me temo que si lo hubieran dejado seguir con sus costumbres por mucho más tiempo, se habría convertido en un libertino disoluto, olvidando el poder de la ternura y el amor.

—Sylvia acarició la mano de Anne—. Usted es la esposa perfecta para él.

Anne negó con la cabeza. —Lord Sherbonne no se va a casar conmigo.

Cuando se case, elegirá a alguien de su mismo rango, alguien que haya sido educada para desempeñar un rol público, no a una muchacha de pueblo, que pasó unos años en una escuela provincial, y no sabe nada de la sociedad.

—Parecía más bien que intentaba convencerse, a sí misma, que a Lady Sylvia.

Lady Sylvia asintió en señal de agradecimiento a Lord Watford, quien le ofrecía una silla. —A Laurie le gusta fingir que seguirá el patrón habitual de los matrimonios concertados en la sociedad, que el matrimonio no es más que una conveniencia, pero en el fondo sabe que el placer es el mayor bien.

Anne frunció el ceño. —No estoy segura de entender qué tiene que ver eso con el amor o con lo que el conde pueda pensar de mí.

—A Laurie le han inculcado la creencia que el placer encierra poder, el poder de hacer el bien, de marcar la diferencia en el mundo.

También sabe que perseguir el placer sin un propósito es vacío, sin sentido, y conduce al egoísmo y la autodestrucción.

En cierto modo, es tan peligroso como negar el placer, lo que a menudo desemboca en una intolerancia estrecha de miras.

Anne permaneció junto a Sylvia, mientras las demás damas tomaban asiento. —Tiene sentido. Nunca pude comprender la insistencia de mi padre en que el placer es algo malo.

Anne vio cómo su mirada se perdía en el amplio comedor hasta que sus ojos se posaron en Lord Laurence.

Él estaba de pie detrás de su silla con las manos apoyadas en el respaldo, pero sus ojos estaban fijos en ella.

No había rastro de la habitual mueca cínica en sus labios, pero sí le guiñó un ojo, cuando ella lo miró.

Le respondió a Lady Sylvia en voz muy baja: —Me gustaría creer que el conde podría amarme.

—Se sonrojó—. Creo que ya estoy enamorada de él, pero no es propio de una dama admitir tal cosa, antes que el caballero haya hablado.

Sylvia se rió y empujó suavemente a Anne hacia la mesa, donde la esperaba el conde. —Sigua su corazón, sobre todo cuando la lleve al bien, y no se preocupe tanto por lo que diga la sociedad. A Laurie desde luego, esto no le importa.

***

Lord Laurence no se percató que había estado conteniendo la respiración hasta que la soltó con un suave suspiro de alivio, cuando Anne inclinó la barbilla y se dirigió a la silla vacía, junto a la suya.

Mientras ella hablaba con Sylvia, él había observado una gama de emociones reflejadas, en ese expresivo rostro.

La timidez había dado paso a la incertidumbre, la confusión, la esperanza y, finalmente, a la determinación.

Cuando ella lo miró, sus ojos reflejaban reflexión, pero también un brillo de anticipación y deseos que elevaron los de él, a tal punto que el conde se sintió ligeramente mareado.

Cuando ella llegó a la silla vacía, él rápidamente disimuló su expresión con su habitual despreocupación. Acercó la silla, pero Anne vaciló. —Seguro que la duquesa o alguna otra persona de alto rango debería sentarse aquí.

Amelia estaba lo suficientemente cerca como para oír.

—Prefiero sentarme junto a mi querido duque, aunque las normas sociales digan que los maridos y las mujeres no deben sentarse juntos en la cena.

—Señaló a los demás invitados, que se habían sentado al azar, sin ningún tipo de orden ni protocolo—.

Nos gusta seguir nuestros propios impulsos y hacer lo que nos agrada a todos.

—Siéntese, querida Anne —insistió Lady Lydia—. No conviene que la sopa se enfríe por tanta indecisión.

Anne volteó hacia la condesa viuda con las disculpas, a punto de brotar de sus labios, pero aquella formidable dama le guiñó un ojo, sonriendo y asintiendo con aprobación, dejando a Anne sin palabras.

Lord Laurence, cuya paciencia se estaba agotando, le puso la mano en el hombro y ejerció la presión justa para que cediera.

—Le prometo que no se arrepentirá de estar aquí.