Una compañera para el conde (Los Lores de Voluptas nº 4) Capítulo Nueve #3
40%

Capítulo Nueve #3

Clarissa se sonrojó, pero se acurrucó contra su esposo, mientras él acariciaba la leve hinchazón de su vientre, la única señal que estaba embarazada.

Anne movió los pies, sin saber dónde mirar.

Una vez le había preguntado a su madre de dónde venían los bebés y la habían reprendido por preguntar sobre asuntos tan delicados.

«Las damas», le había dicho su madre, «deben evitar mencionar cualquier actividad física, especialmente aquellas que involucren funciones corporales vulgares y vergonzosas».

Anne se había quedado perpleja. Pensaba que los bebés eran adorables, no vulgares ni una vergüenza, pero aún se sentía incómoda, cuando la gente mencionaba esos temas.

A pesar de su vergüenza, Anne se sintió intrigada por el afecto abierto y el amor evidente que Lord Donnington le demostraba a Clarissa.

El duque y el marqués trataban a sus esposas con la misma ternura.

Con una mirada tímida al conde, que estaba detrás de ella, mucho más cerca de lo que dictaban las buenas maneras, se preguntó cómo sería que él la mirara con semejante afecto.

Una oleada de calidez la inundó al recordar la sensación de estar acurrucada contra él, cuando la había abrazado tras rescatarla del señor Hargrave.

Se mordió el labio. No convenía dejar que las fantasías echaran raíces.

Sería una tontería dejarse llevar por él, enamorarse de un hombre que constantemente proclamaba no creer en el amor, y que seguramente querría casarse con una dama de distinción y rango con una gran dote.

No obstante, su corazón se aferraba obstinadamente a su fantasía.

Consciente del calor que irradiaba su cuerpo, ella suspiró.

Esa fragancia especiada la embriagaba y podía sentir cada respiración que él daba.

Se permitió soñar un poco más, imaginando que su interés en ella, ese día, iba más allá de la simple amabilidad.

Pero la sensatez se impuso, y cuando él se estiró para mover una pelota sobre la mesa, ella se movió hacia adelante, en un vano intento de alejarse.

Pero estaba atrapada entre la sólida mesa y la insistencia de esa cercanía.

Ella se quedó inmóvil, intentando que la dureza de esos muslos, al presionarla, o la forma en que esos brazos rozaban los de ella, rozando su pecho, no la desataran.

Satisfecho que las bolas estuvieran en su sitio, el conde le puso las manos en la cintura y se inclinó hacia adelante, rozándole la oreja con su aliento sensual.

El peso de esas manos la mantuvo firme, y tras unas cuantas respiraciones profundas, empezó a relajarse, saboreando las sensaciones que la recorrían.

—Así está mejor, pajarita —murmuró tan cerca que su boca le rozaba el cabello. Ella se estremeció más por deseos que por temor, al sentir ese cálido aliento en su cuello. Se aferró al borde liso de madera de la mesa, intentando estabilizar sus rodillas temblorosas.

Entonces, como si no se percatara de la excitación que ella sentía por esa cercanía, él comenzó a explicarle los fundamentos del juego.

Mientras hablaba, ella podía sentir la dureza de esos muslos, el calor de esas manos y el aroma dulce de ese aliento.

Él le acariciaba la cintura con los pulgares, mientras hablaba, y a ella le resultaba muy difícil concentrarse en otra cosa que no fueran las sensaciones que la invadían.

Cuando él terminó de explicarle, soltó sus dedos, que aún se aferraban con fuerza a la mesa, y los enderezó con caricias firmes, pero suaves.

Recorrió con sus dedos los de ella, acariciándole las palmas y frotándole las muñecas.

Una oleada de calor la invadió. Con un suave suspiro, relajó los dedos y los dejó descansar en esas manos grandes y hábiles.

Entonces, apoyándose en ella, Lord Laurence le entregó el taco, envolviendo sus dedos alrededor del extremo y colocando la otra mano sobre la superficie de fieltro verde.

Ella se sintió incómoda y aplanó los dedos, pero sin decir palabra, él los volvió a colocar como quería.

Él le colocó una mano en la espalda y la otra alrededor de la cintura, inclinándola hacia adelante.

Esas nalgas sobresalían y ella se retorció, intentando disimularlas, pero él la sujetó con firmeza.

Ella se atrevió a mirarlo por encima del hombro y se sorprendió por la intensidad de esos ojos color whisky, que brillaban con una mezcla de emociones.

Estaba el habitual destello de humor, pero también una inusual ternura y un atisbo de deseos.

Ella tragó saliva y desvió la mirada hacia la curva de esa boca sensual y la firmeza de esa mandíbula.

Él arqueó una ceja y ella volvió a apartar la vista, insegura de esas intenciones, aunque estaba decidida a disfrutar de aquella inusual e inesperada intimidad.

Él se inclinó sobre ella, amoldando su cuerpo al suyo, y cubrió esas manos con las suyas.

Lentamente, movió el taco hacia adelante y hacia atrás, ayudándola a controlarlo, pero Anne no podía concentrarse en la mesa de billar.

Solo era consciente de la dureza de esos músculos, del peso de ese cuerpo sobre el suyo y de cómo esa voz poderosa y profunda la hechizaba.

La sangre corría por sus venas tan rápido que sentía un calor casi insoportable, pero no quería que se moviera.

Se entregó a ese dominio. Cerró los ojos, grabando en su mente las sensaciones que esa cercanía evocaba.

Cuando se acostara por la noche, recordaría esos sentimientos y dejaría que se encendieran sus sueños apasionados.

Su cuerpo anhelaba más de ese contacto, e inconscientemente se apretó contra él tan cerca que podía sentir los botones de ese chaleco clavándose en la carne de su espalda.

Los músculos tensos de esos brazos la estabilizaban, y el calor de ese aliento le calentaba el cuello.

Una risa baja, desde el otro lado de la sala, le recordó de repente lo impropio de su posición, y se retorció, intentando liberarse de la jaula de los brazos del conde.

Solo logró empujarse más cerca de él. Se quedó paralizada, cuando sintió la dura protuberancia de ese miembro presionando contra su espalda.

Esa risa baja la hirió, y siseó, pero él ignoró la incomodidad de ella.

Lentamente y deliberadamente, él frotó su cuerpo contra el de ella, asegurándose que supiera lo grande que era su miembro.

Entre sus rubores confusos, ella sintió un placer inesperado recorriendo su cuerpo.

Le gustaba ser sostenida por él, guiada por él y tocada por él.

Cuando su cuerpo se ablandó dócilmente bajo el de este hombre, él continuó con sus instrucciones.

Ella se entregó a él con la mente confusa, pero aliviada de no tener que pensar, solo seguir esas instrucciones.

Con otro suave empujón de su cuerpo contra el de ella, el conde guió el taco, en sus manos, para golpear la bola blanca y enviarla a toda velocidad por la mesa, rompiendo el ordenado triángulo de bolas de colores.

Una bola roja rebotó contra el lateral de la mesa y rodó hacia una tronera.

Ella sonrió, y el conde, apretándole el hombro, se apartó.

Anne se puso de pie y realizó un pequeño baile de victoria, pero se detuvo al darse cuenta que los demás la observaban.

Miró tímidamente al público y de repente volvió en sí por la inesperada frialdad que la invadió.

El conde estaba a solo unos pies de ella, pero una sensación de pérdida la atenazaba.

Se estremeció por la inesperada falta de calor, que era mucho más que una simple sensación física.

Se había sentido segura, cuando Lord Laurence la había rodeado, pero ahora estaba expuesta y no podía mirar a nadie.

Contempló la mesa, mordiéndose el labio inferior.

La comprensión de lo descaradamente que había estado inclinada sobre la mesa hizo que la sangre le subiera a la cara.

Se cubrió el rostro con las manos y lanzó un gemido bajo.

El conde había estado observando la mesa, como si fuera un general inspeccionando la posición de sus tropas, pero al oír ese débil llanto, volteó hacia ella y la estrechó entre sus brazos.

La acunó contra su pecho firme y le acarició la espalda con movimientos suaves.

Murmuró palabras tranquilizadoras, asegurándole que todo estaba bien.

Sus tiernas caricias la calmaron y aliviaron esa angustia.

La voz de Clarissa, suave y melodiosa, logró disipar la confusión de Anne: —¡Bien hecho, Anne! Tiene talento para este juego y pronto jugará tan bien como los hombres.

Anne se atrevió a echar un vistazo a los demás.

La miraban con tanta amabilidad, sin el menor rastro de disgusto por su descarada exhibición.

Respiró profundamente y le sonrió a Clarissa, aunque intentó subirse un poco el corpiño para que sus senos no quedaran tan a la vista, al inclinarse sobre la mesa para el siguiente toque.

Lord Laurence le apartó un mechón de pelo del rostro.

Una sonrisa se asomó en las comisuras de sus labios, mientras la observaba arreglándose el vestido.

Un destello de diversión y comprensión suavizó su mirada, y cuando ella bajó las manos, él colocó su dedo justo encima de donde el escote cubría modestamente la curva de los senos.

Ella se estremeció, cuando ese dedo trazó una línea larga y lenta, comenzando en el centro y subiendo primero hasta su hombro izquierdo y luego regresando hasta llegar a su hombro derecho.

En todo momento, esos ojos estaban fijos en los de ella, manteniéndola firme con la mirada.

—¡Qué piel tan bonita y suave! —exclamó con aprobación.