Una captura mortal en Moose Lake
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Prólogo
Solo en su bote, a la deriva en las aguas abiertas del lago, sin más compañía que el suave murmullo del agua a su alrededor, primero notó un hormigueo en los labios y en la lengua, y luego en las puntas de los dedos.
Al principio no le dio importancia: echó otro trago a la petaca y sacudió los dedos antes de cerrarlos de nuevo sobre la caña.
Con los minutos, cada vez le costaba más tragar, y cuando intentó abrir de nuevo la petaca, los dedos le fallaron, torpes e inútiles.
Apretó entonces la caña con más fuerza y se dijo que debía regresar antes de que aquello, fuera lo que fuese, empeorara, pero la idea, tan sencilla, no se correspondía con la respuesta lenta y remisa de su cuerpo.
El motor quedaba justo al alcance de la mano, pero el brazo le respondía con retraso, pesado y torpe, y un hilo afilado de pánico se le fue colando en el pecho mientras la respiración se le volvía trabajosa e irregular.
La sensibilidad lo abandonaba poco a poco y lo dejaba atrapado en un cuerpo que ya no obedecía; Buck no pudo hacer más que echar la cabeza hacia atrás y mirar el ancho cielo de la mañana, donde un águila calva trazaba círculos en lo alto, lejana y libre, mientras lo poco que le quedaba de control cedía sin ruido.