Un viaje sin retorno (Hermanas Maxwell 1) Chapter 2
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Un viaje sin retorno (Hermanas Maxwell 1)

Un viaje sin retorno (Hermanas Maxwell 1)

Por Annabeth Berkley

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Chapter 2

Un viaje sin retorno

Jade Maxwell salió indignada a la calle.

El frío invernal le hizo estremecerse. Contrastaba con toda la furia que sentía dentro, pero no quería pararse ni un solo minuto a pensar.

Se abrazó con más fuerza el abrigo sobre su cuerpo mientras las lágrimas de rabia se mezclaban con los pequeños copos de nieve que habían empezado a caer.

Empezó a andar decidida, sin rumbo. Sus pasos resonaban en la acera y rompían la oscuridad que ya se cernía sobre la última hora de la tarde.

A la mierda la nieve, a la mierda Henry, a la mierda todo, pensaba una y otra vez, en bucle, como si fuera un mantra.

No estaba segura de dónde ir. Había salido de casa como un vendaval sin tener elegido su destino, pero decidida a mandar a la mierda todo lo que allí se quedaba. Eso era lo único que tenía claro.

Parker Wallace aparcó su viejo chevrolet en el primer sitio que vio y se frotó las manos entre sí para combatir el frío que sentía en ellas.

No quería poner la calefacción del coche.

Necesitaba despejarse la cabeza para alejar el bloqueo que sentía desde hacía unos meses.

Sabía que la inspiración aparecería tarde o temprano, pero hacía tiempo que no le tardaba tanto en llegar y estaba empezando a preocuparse.

La puerta trasera del coche se abrió de repente sobresaltándolo.

—Lléveme a Polson, Montana —le ordenó una enérgica voz femenina.

—¿Perdone? —preguntó extrañado girándose para mirar a la joven que acababa de entrar y sentarse entre las sombras del asiento de atrás.

—Arranque, lléveme a Polson, Montana —repitió impaciente la joven cerrando la puerta y mirando distraída y furiosa por la ventana.

Parker se extrañó por la situación.

—A ver, señorita…

—A ver nada —le dijo furiosa señalándole el letrero de la parada de taxi donde había estacionado—. Quiero ir a Montana, por favor.

Parker miró hacia donde le señalaba la joven.

Justo frente a él había una señal de estacionamiento.

Había aparcado en la parada de taxi y ella se había limitado a subir sin darse cuenta de que su coche no tenía ningún distintivo que lo hiciera parecer siquiera un taxi.

Fue a replicar, pero en un segundo cambió de idea.

No tenía nada mejor que hacer. Quizá fuera lo que necesitaba para distraerse y que la inspiración le llegara.

—Eso está a tres días en coche —le mantuvo la equivocación sin dejar de mirarla por el espejo retrovisor. Apenas le veía la silueta.

—No me importa —le respondió cruzándose de brazos sin mirarle—. Le pagaré cuando lleguemos.

—¿Y su equipaje?

Jade hizo un mohín y resopló molesta. Ya sabía que no llevaba equipaje. Se había ido de casa solo con lo puesto.

—Compraré lo que necesite por el camino— respondió tajante fundiéndose con el silencio y el frío de la noche.

—Pero yo tampoco llevo equipaje —replicó sorprendido y expectante ante la inesperada e imprevista situación.

Jade resopló impaciente.

—Le compraré lo que necesite, por favor, ¡¡arranque!!

Parker obedeció sin inmutarse. No era amigo de grandes riesgos ni aventuras en su vida personal, cosa que suplía con éxito en sus novelas, pero no tenía nada mejor que hacer así que decidió dejarse llevar por la situación.

Además, dejarse llevar era algo que se le daba muy bien, o de eso lo acusaban siempre las mujeres con las que se relacionaba.

Jade se limpió alguna de las lágrimas que aún le recorrían las mejillas.

La primera reacción antes de salir de casa había sido sacar la maleta para meter su ropa y largarse, pero tener que dejarla sobre la cama donde acababa de descubrir a su novio con una mujer, era algo que no podía soportar.

Así que haciendo uso de su fuerza mental y repasando rápidamente lo que tenía de valor en el piso, solo metió en el bolso sus tarjetas del banco y el dinero que tenía reservado para emergencias.

Haciendo un inventario ligero de lo que había dejado pensó que solo echaría de menos sus libros de medicina y aun así también podría reponerlos, igual que la ropa. De todas maneras, siempre podía volver a coger sus pertenencias, algún día. En ese momento solo quería alejarse. Irse lejos, muy lejos.

Parker la observaba de reojo por el espejo retrovisor. No podía distinguir sus rasgos, pero sí podía ver como ella se limpiaba las lágrimas que caían silenciosas por sus mejillas y como miraba con rabia su móvil, que no dejaba de vibrar, una y otra vez.

—Pare un momento —le pidió nada más salir de Boston por la autopista.

—¿Ha cambiado de idea?

—No. Pare un momento —le ordenó ella impaciente.

—¿No prefiere una gasolinera? —. Le propuso suponiendo que tendría ganas de ir al servicio y estaban en mitad de la nada, con solo tierra a ambos lados de la carretera.

—No —le contestó molesta.

Él paró en la orilla del camino. Había empezado a llover suavemente. Todo estaba a oscuras y en silencio. Ella salió cerrando la puerta tras de sí.

—¡¡¡Hijo de puta!!! —. Gritó como si le fuera la vida en ello.

Parker se sobresaltó alarmado en su asiento.

La miró sorprendido mientras ella lanzaba por su boca una amplia colección de improperios mientras pateaba el suelo y agitaba los brazos con cada palabrota.

Le pareció una situación surrealista. La chica no le había parecido desequilibrada pero su comportamiento le había descolocado.

La miró bien, o todo lo bien que podía en la oscuridad de la noche.

No le pareció peligrosa. Parecía delgada, de estatura normal.

Miró hacia su bolso que había dejado en la parte trasera.

Era un bolso normal, no tenía por qué ser una asesina en serie.

Como estaba abierto echó un vistazo rápido y no le pareció ver ningún arma de fuego.

Cuando los insultos pararon volvió a meterse en el coche.

Jade carraspeó como si nada hubiera sucedido.

Ahora se sentía mucho mejor. La rabia contenida le estaba ardiendo en la garganta y casi le estaba impidiendo respirar.

Sentía que también se había deshecho del nudo en el estómago que se le había formado ante lo que había visto.

Ahora se sentía más ligera. Bastante mal, pero sin la opresión de las palabras no dichas.

Suspiró empezando a sentir lástima por ella misma. Lástima y enfado.

—Puede continuar, por favor —le pidió como si nada hubiera pasado.

Parker asintió.

—¿Polson, Montana? —confirmó.

—Sí —le dijo ella echándose el aliento en sus manos—. Y, por favor, encienda la calefacción. Vamos a morir de frío.

Parker obedeció divertido por la situación.

—¿Pongo música?

—Si no la canta... —le respondió ella encontrando su mirada a través del espejo retrovisor.

Parker sonrió por la ironía del comentario y arrancó el coche.

Jade sintió que se le secaba la garganta ante esa sonrisa.

No se había fijado antes en el conductor.

Era un hombre joven y muy guapo. Ella esperaba un taxista de mediana edad, con el pelo canoso y bonachón.

Y se encontraba con un adonis emprendiendo un viaje de tres días en coche.

Bueno, quizá no fuera tan atractivo y tuviera barriga.

Intentó mirar un poco más abajo de lo que el espejo retrovisor le permitía, pero no podía ver nada desde donde estaba.

Recordó entonces que acababa de encontrar a su novio desde hacía tres años en la cama con otra y bufó.

No quería saber nada de ningún hombre. En cuanto entró ligeramente en calor se quitó el abrigo y lo dejó a su lado.

El viaje era realmente largo. Se relajó en el asiento.

Pasaron las siguientes tres horas en silencio escuchando música y sin que ninguno de los dos intentara mantener una conversación.

Jade recordó sus tres años de convivencia.

No había visto ninguna señal de infidelidad antes de esta, pero eso no quitaba que no las hubiera habido.

Había conocido a Henry por unos amigos en común.

Le había parecido culto e interesante. Estaba persiguiendo el sueño americano: triunfar escribiendo novelas.

En poco tiempo se habían ido a vivir juntos a un piso de alquiler.

Sin saber cómo, se había encontrado doblando turnos en el hospital y corriendo con todos los gastos, mientras él pasaba las horas en casa escribiendo una novela que parecía no acabar nunca. Aunque, claro, quizá no solo escribía.

Se sentía estúpida y muy furiosa. No recordaba la última vez que habían mantenido relaciones sexuales. Entre su trabajo, sus horarios y la apatía de él, el tiempo había pasado demasiado rápido y sin gran pasión, y ella se había acomodado.

Parker se dejó llevar por su imaginación y la inspiración acudió inmediatamente.

Invierno, noche fría y solitaria, las oscuras calles de la ciudad...

Hunter Brown, el protagonista de sus novelas, podía verse envuelto en un viaje con su antagonista…

una espectacular y exuberante asesina en serie…

inconveniente que él confirmaría, muy a su pesar, a mitad de novela después de haber mantenido un tórrido romance…

Un pitido en el salpicadero interrumpió sus descriptivos pensamientos.

—Tengo que repostar gasolina y quizá deberíamos pensar en buscar un sitio para dormir. La noche parece que será fría —informó a su desconocida pasajera.

Jade volvió a la realidad y asintió despreocupada.

Parker se desvió hasta la gasolinera para llenar el depósito.

Bajó del coche pensando, divertido, en las sorpresas que podía deparar la vida.

El frío le hizo estremecerse, pero lo agradeció para relajar sus pensamientos.

Jamás hubiera pensado al salir de casa esa tarde que no solo no volvería a dormir, sino que viajaría hasta Montana. Distraído, pagó con su tarjeta.

Jade aprovechó para mirar su móvil y con una mueca lo dejó caer y mezclarse con el resto del contenido del bolso. No le apetecía saber nada de Henry. Apenas reparó en que Parker había salido hasta que volvió al coche.

—Deme el ticket, por favor —le pidió para ver el importe.