Un verano para recordar (Las Estaciones 4) Ezra
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Ezra

Kioto, Japón

«Esta vez no es un sueño».

No he pegado ojo en toda la noche para estar seguro, por el miedo de despertarme y descubrir decepcionado que Jasmine no era más que el fruto de mi imaginación desesperada.

Pero es real. Lo sé por los escalofríos que me recorren los brazos, por el aliento adormilado que noto contra el cuello, por el pelo que me hace cosquillas en la barbilla… por los pechos desnudos bajo las sábanas, pegados a mi costado.

La observo dormir. Los rayos del amanecer le iluminan el rostro inocente. El pelo, de nuevo castaño, le acaricia el contorno de las mejillas. Le aparto unos mechones para dejarle al descubierto los ojos cerrados, hipnotizado por su belleza.

Todavía recuerdo la primera vez que la vi con aquel vestido verde manzana bajo el cielo de Positano . Parecía un ángel bañado por la luz.

—¿Me estás mirando dormir? —susurra sin abrir los ojos.

Intento disimular la sonrisa, en vano. Ayer, tras semanas juntos en Japón y meses de añorarla, por fin le confesé lo que sentía.

Me respondió con un beso. El resto se me ha quedado grabado en la memoria para siempre… con la luz encendida, esta vez.

Mis manos apartando su camiseta para desnudarla, a la vez que las suyas me desabrochaban el vaquero. Mis dedos agarrados con firmeza a su pelo, y su aliento de placer contra mi boca. Su lengua murmurando mi nombre cuando estaba dentro de ella, mientras me arañaba la espalda…

Abre los ojos justo en el momento en que le beso con ternura el hueso de la cadera. Yo temía que se arrepintiera al despertar, pero Jasmine me sorprende al girar sobre un costado.

Se me engancha a la cintura con el muslo, y me hace volcar, de modo que acaba medio encima de mí. Me despierta un deseo enorme, como un fuego avivado por el aire.

«No se arrepiente». Esta vez, Jasmine no se disculpa por haberme besado. Y lo más importante: sabía que era yo.

Cuento cada uno de sus lunares, y los sello uno a uno con un beso. Jasmine se deja hacer, desnuda debajo de mí. Le recorro las estrías con la boca, lo que le provoca escalofríos. Sonrío, feliz de ser la causa de tal reacción.

—Recorrerte el cuerpo con la mirada es como observar el techo estrellado de mi planetario…

Me incorporo sobre un codo para alcanzar un bolígrafo que está en la mesilla y lo destapo con los dientes. Jasmine me pregunta qué estoy tramando, pero yo solo le pregunto si confía en mí.

Asiente sin vacilar.

Me tumbo sobre ella para trazar líneas que van de un lunar a otro. Ella ríe, y se queja de que le hace cosquillas.

—Mira, hasta podemos inventar nuevas constelaciones —digo mientras le muestro mi obra.

—Interesante. Me gusta mucho esta de aquí —responde al señalar la que le he dibujado bajo el pecho, a lo largo de las costillas—. ¿Cómo se llama?

Pienso un instante, mientras me mira con atención.

—Los amantes ambulantes.

Deja escapar un gemido de protesta, señal de que entiende la referencia. Una mezcla entre la leyenda de Vega y Altair y El castillo ambulante.

—Son sesenta y uno —digo entonces.

—Te has dejado uno —proclama con una sonrisa secreta.

«Tengo una ligera idea de dónde puede estar». La agarro por la cintura para girarla, con las manos en sus nalgas. Tiene la piel suave, tan sedosa…

Le apoyo la mejilla contra el vientre, y respiro ese maldito olor a naranja. Levanto el rostro para besarle la franja entre los pequeños pechos mientras ella me agarra del pelo.

—¿Por qué te lo has cortado? —protesta en un murmullo.

Le beso un pezón, y lo atrapo entre los labios. Casi puedo oír cómo se le acelera el corazón bajo el seno.

—¿Te gustaba más largo?

—Ya no me puedo agarrar cuando tú… —admite antes de interrumpirse con otro suspiro de placer.

Lo mordisqueo con suavidad, sin hacerle daño, lo justo para excitarla.

—Entonces me lo dejaré largo otra vez.

Recuerdo su sabor en la lengua, y la sed me invade.

«Mejor que cualquier fuente de juventud». Como si estuviera saboreando el sol, al final de un maldito arcoíris.

Querría poder llevarla a Italia, a mi cama, a mi piscina, a mi sofá… a mi sala secreta, donde podríamos hacer el amor bajo las estrellas, literalmente.

— Ezra .

La observo, intrigado. Jasmine me toma el rostro entre las manos, con el aliento entrecortado.

—Me haces sentir viva. Me haces sentir… yo misma.

«Si eso no es una declaración de amor, no sé lo que es».

Dedico más de una hora a mostrarle lo que ella me hace sentir. Venero su cuerpo e intento grabar cada palmo de piel en la memoria. Engullo todos sus suspiros para hacerlos míos y beso cada lugar donde un día pudo hacerse daño, con el deseo de borrar ese dolor.

Siento que se me va a salir el corazón cuando estoy dentro de ella y me duele tener que marcharme pronto sin saber si tendremos un futuro.

—Quédate un poco más —susurra al abrazarme.

Cierro los ojos contra su cuello, desgarrado. Me encantaría, pero no puedo. Ya me he demorado demasiado.

—Vuelve conmigo —le suplico, aun sabiendo que no lo hará.

Gime cuando le toco en un punto sensible y me muerde el hueso del hombro. Sigo entrando y saliendo de ella, mientras hago magia con los dedos entre sus hermosos muslos.

Ninguno de los dos responde al otro.

Su cuerpo tiembla entre mis manos cuando llega al orgasmo, tan fuerte que temo romperla. Ya sé que una sola noche nunca será suficiente, pero me asusta que toda una vida me condene a la dependencia.

«Creo que la aceptaría, si me diera la oportunidad».

—No me lo creo ni por un segundo.

Jasmine niega con la cabeza, con una enorme sonrisa en los labios. Estamos sentados en las sillas del estrecho balcón, en albornoz, desayunando. Hace tres horas que ha amanecido en Kioto.

El paisaje ante nuestros ojos parece sacado de una película: la naturaleza japonesa cubierta por un manto de nieve y nuevos copos que parecen terminar su descenso desenfrenado en los tejados de las casas tradicionales.

—Te lo juro —insisto, mientras bebo un sorbo de café—. Llevaba aparato, tenía acné y un corte de pelo más que cuestionable… Ni te hubieras dignado a mirarme en el instituto.

Jasmine acaba de enseñarme una foto suya a los dieciséis, y entiendo por qué Andréa cayó rendido a sus pies.

Por más que le diga que yo también he cambiado de arriba abajo, ella piensa que finjo modestia.

—Mmh. Le pediré fotos a Kai para que lo confirme. Y para que lo sepas —añade tras darle un mordisco a la tostada—, no te habría hecho caso porque eras un mujeriego, no porque fueras feo. No soy tan superficial.

Me río por lo bajo. ¡Si ella supiera! Yo era un auténtico pringado en el instituto, al menos todos me consideraban así, a diferencia de Kai .

—No soy un mujeriego.

Jasmine abre mucho los ojos, convencida de que niego la evidencia. No voy a mentir y decirle que soy un santo. Sí, me gusta flirtear cuando estoy soltero. Sí, me he acostado con muchas mujeres. Pero, en realidad, no me acuesto con cualquiera.

—¿Sabes por qué te llamo Sophie ? —le pregunto de pronto.

—Porque yo te llamé Howl la primera vez que nos vimos y tu pasatiempo favorito es chincharme —aventura ella haciéndose la lista.

Niego con la cabeza, orgulloso de dejarla con la boca abierta.

—¿Porque es tu peli favorita de Ghibli?

—No solo por eso.

—¿Porque te recuerdo a ella?

Asiento con una sonrisa. No tenía intención de contárselo tan pronto, porque todavía no le hemos dado nombre a lo nuestro. Pero supongo que ha llegado el momento.

—Hace tres años, Ginevra me dijo que iba a conocer a una chica —confieso, mientras me recuesto en la silla—. Conoces su don, ya sabes de lo que es capaz. Así que, claro, me lo creí al instante.

—¿Una chica? ¿Eso es todo?

—Chss, ten paciencia y déjame terminar.

Ella pone mala cara a modo de disculpa, estira las piernas y apoya los pies en mis rodillas como si nada, mientras yo continúo:

—Exactamente, me dijo que iba a «darle mi corazón» a esa chica. Cuando le pedí más detalles, vio tres cosas.

Jasmine entrecierra los ojos, curiosa. Espera que sea una broma, se lo veo en las pupilas oscuras.

—Un nombre de flor —digo, mientras cuento con los dedos.

« Jasmine ».

—Una boda.

« Clémence y Kai ».

—Y una golondrina.

«Su tatuaje».

A Jasmine se le desvanece la sonrisa y se queda atónita. Puede llamarme loco, pero eso no cambia nada.

Yo me lo creí. ¿Cómo no iba a hacerlo?

—Después de eso, busqué a esa chica como un loco. Ginevra me repetía que era una tontería, que aparecería cuando ella lo decidiera. Aun así, intenté forzar las cosas, sin éxito.

Jasmine me escucha inmóvil, con atención. Sé qué aspecto tiene todo esto. Muy pocos lo creerían. Pero…

—Cuando te vi en la boda, aquel día, me lo pregunté. No estaba seguro, aunque el corazón me latía a toda velocidad a tu lado. Luego, el día que nos tatuamos, me entró el pánico. Pensé: «Es ella de verdad».

Recuerdo haberme quedado en blanco ante la elección de su tatuaje. Tardé unos minutos en recuperar el control.

Cuando comprendí que aún sentía algo por Andréa , me sentí decepcionado. Hice todo lo posible por convencerme de que Ginevra se había equivocado.

Pero, sin quererlo, me encariñé con Jasmine . No porque la anciana me hubiera anunciado su llegada, sino simplemente por lo que era: divertida, dulce y aventurera.

—En la boda, cuando me dijiste «Te he estado buscando por todas partes»… —murmura ella, al encajar las piezas del rompecabezas.

—Era una referencia a Howl y Sophie . Intentaba parecer ingenioso.

—Pero, si lo piensas bien, también era verdad.

Le dedico una pequeña sonrisa que confirma su teoría. Jasmine digiere la información en silencio, atónita. Cuando le pregunto si se lo cree, se encoge de hombros.

—Yo me creo todo lo que pueda decir Ginevra . La he visto en acción, sería absurdo dudar…

—Es tan fascinante como inquietante.

Me quedo mirando la pulsera que no se ha quitado en seis meses, la que le hice el verano pasado. Sonrío al ver la cuenta del sol —yo— y la del pájaro —ella— enfrentadas.

—¿Te dijo cómo terminaba? —pregunta Jasmine .

No se atreve a mirarme a los ojos al hacerlo. Sé lo que quiere saber: si merece la pena lanzarse, si al final va a acabar mal.

—No —confieso, mientras le masajeo la planta de los pies—. Creo que eso nos toca descubrirlo a nosotros.

Le estoy tendiendo una cuerda, a la espera de que la agarre con fuerza. Ella lo entiende, porque me mira fijamente a los ojos y sonríe.

Un corazón pesa mucho.

Pero, a veces… en momentos como este… merece la pena sentirlo.