Un trato cruel Capítulo Nueve #2
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Capítulo Nueve #2

Es gruesa, está caliente e imposiblemente dura, y una gota de humedad ya brilla en la punta.

—Cierra los dedos.

Obedezco.

—Más fuerte.

Aprieto un poco más. Pone su mano sobre la mía para guiarme en dos caricias lentas y luego me suelta.

—No te apresures.

—Tranquilo, no lo haré. Anoche te pasaste una hora provocándome.

—No fue una hora.

—A mí me lo pareció.

—Esa era la idea.

Empiezo a mover la mano. La expresión de Carson sigue bajo control, pero su cuerpo lo traiciona de otras formas: la contracción de su abdomen, la tensión que se acumula en sus muslos y cómo se le curvan los dedos cuando deslizo el pulgar por la punta.

Una sensación de poder me recorre, desconocida y adictiva.

—Te gusta eso.

Carson me agarra del pelo y me echa la cabeza hacia atrás.

—No te vuelvas insoportable por haber descubierto lo evidente.

—Tú te pusiste insoportable después de un solo orgasmo.

—Me lo gané.

—Yo también me lo estoy ganando.

Algo parecido a una oscura satisfacción asoma en sus ojos.

—Quizá.

Su mano se desliza bajo mi suéter y se cierra alrededor de mi cintura. Sin soltarme el pelo, me atrae hacia él y me besa con tanta fuerza que me deja sin aliento.

Mi mano queda atrapada entre nuestros cuerpos, todavía cerrada alrededor de su polla, y cada movimiento hace que se deslice entre mis dedos.

Aprieto los muslos. Carson lo nota y me vuelve hacia la cama.

—Los jeans.

Lo suelto a regañadientes y me desvisto, bajándome los jeans y las bragas a la vez. Carson me saca el suéter por la cabeza y me desabrocha el sostén antes de que pueda incorporarme.

En cuestión de segundos estoy desnuda, mientras él permanece detrás de mí con la polla presionando contra la curva de mi culo.

No me penetra. Me rodea la cintura con las manos mientras se sienta en el borde del colchón y me coloca de lado sobre uno de sus muslos firmes.

Mi espalda descansa contra su pecho. Un brazo me sujeta por la cintura y la otra mano se extiende sobre mi rodilla desnuda.

—Ábrelas.

Dejo que mis piernas se separen. Sus dedos ascienden por el interior de mi muslo y mi cuerpo se tensa de anticipación.

Pasa de largo mi clítoris y desliza dos dedos por la humedad que hay debajo, recogiendo las pruebas antes de alzarlos ante mis ojos.

—¿Te distraía un libro?

Lo fulmino con la mirada por encima del hombro.

—Tal vez el duque era particularmente interesante.

Carson se mete los dedos relucientes en la boca. La imagen me roba cualquier respuesta. Los saca despacio, sin dejar de mirarme.

—El duque no tuvo nada que ver con esto.

Su mano vuelve entre mis piernas. Un dedo se introduce en mí y mi cuerpo se resiste durante una fracción de segundo, sorprendido por la intrusión. Entrecierro los ojos.

Carson se detiene con el dedo introducido hasta el primer nudillo, pero no se retira. Su boca me roza la oreja.

—Quédate conmigo.

Le agarro el antebrazo. El brazo que me rodea la cintura me mantiene pegada a su cuerpo, sin permitirme fingir que estoy sola, mientras su erección presiona con fuerza contra mi cadera.

Respiro hasta que se me pasa la tirantez y luego empujo las caderas hacia abajo.

Carson introduce más el dedo. La sensación no se parece en nada a la del vibrador. Es más cálida, más lenta y más invasiva.

Siento cada movimiento: el roce de su nudillo, la presión cuando curva el dedo en mi interior y el contacto de su palma con mi clítoris.

—Ah.

Noto la curva de su sonrisa contra mi sien.

—Ahí estás.

Vuelve a curvar el dedo y mis caderas dan una sacudida. Carson repite el movimiento, aprende cómo reacciono y lo aprovecha. Introduce un segundo dedo, llenándome más de lo que esperaba.

Aprieto más su antebrazo y él se queda quieto de inmediato.

Muevo las caderas contra su mano.

—No te detengas.

—Entonces, tómalo.

Sus dedos se internan más. Me arqueo contra él, dejando caer la cabeza sobre su hombro mientras la presión aumenta por todo mi cuerpo.

En esta postura no puedo ocultar la cara. Carson observa cada una de mis reacciones en el reflejo de la ventana oscurecida por la lluvia mientras su mano trabaja entre mis muslos.

—Mira.

Abro los ojos. Nuestro reflejo es tenue, pero inconfundible. Mi cuerpo desnudo está abierto sobre su regazo, su figura oscura detrás de mí, un brazo rodeándome la cintura y el otro desapareciendo entre mis piernas. Su polla descansa contra mi cadera, dura y expuesta.

La imagen es indecente y me moja aún más. Carson observa cómo la comprensión se refleja en mi cara.

—Te gusta ver lo que elegiste.

El calor me enciende las mejillas.

—Me gusta ver lo que te hago.

Sus dedos se quedan quietos dentro de mí. Me giro lo suficiente para volver a rodearle la polla con la mano, y Carson suelta el aire entre los dientes.

El triunfo me arde bajo la piel.

Lo acaricio mientras sus dedos vuelven a moverse. Al principio nuestros ritmos chocan, así que Carson me rodea la muñeca con la mano y me hace ir más despacio. Yo respondo moviendo las caderas con más fuerza contra su palma.

Aprieta el brazo que me rodea la cintura.

—Cuidado.

—¿Por qué?

—Porque yo decido cuándo termina esto.

Sus palabras deberían irritarme. En cambio, me provocan una nueva oleada de excitación. Uso la presión que él me enseñó y vuelvo a acariciarlo.

—Tal vez quiera decidir yo.

Los dedos de Carson se hunden más en mí y encuentran un punto sensible con fuerza suficiente para que me falle la mano.

—Apenas recuerdas tu propio nombre.

—Recuerdo el tuyo.

Sonríe con suficiencia. Su pulgar se posa sobre mi clítoris.

El placer aumenta deprisa. Es distinto al de anoche porque no estoy quieta mientras Carson me estudia. Lo estoy tocando, viendo cómo se le acumula la tensión en la cara y sintiendo que su polla late en mi mano cada vez que mi cuerpo se cierra en torno a sus dedos.

No es solo él haciéndome algo a mí. Estamos atrapados en el mismo ritmo cada vez más intenso, y cada reacción alimenta la otra. A Carson ya no le resulta tan fácil mantener el control, y quizá eso sea lo más embriagador de todo.

Su respiración se vuelve más áspera junto a mi oído. El brazo me ciñe con más fuerza la cintura mientras sus dedos se mueven con una constancia implacable. Aprieto la mano y la deslizo sobre la punta de su polla.

Un sonido grave escapa de su garganta. La sorpresa casi me hace perder el ritmo, pero Carson me agarra la muñeca.

—No te detengas.

Es la primera vez que oigo tensión en su voz al dar una orden. Obedezco porque quiero volver a oír aquel sonido.

Su pulgar traza círculos en mi clítoris, sus dedos se curvan dentro de mí y mi mano se mueve sobre él cada vez más deprisa bajo su dirección, hasta que el placer se concentra con tanta fuerza que ya no sé dónde termina mi cuerpo y empieza el suyo.

—Carson.

—¿Qué?

—Estoy cerca.

—Lo sé.

Su respuesta automática me irritaría si no tuviera la voz tan ronca.

Mi cuerpo se tensa, pero un pensamiento se cuela en el borde de la sensación.

Vuelve el viejo impulso de preguntarme si estoy tardando demasiado, si hago suficiente por él y si debería concentrarme en su placer en vez de en el mío.