Un rival inolvidable Capítulo Once
33%

Capítulo Once

ZACHARY

Gaston y Felicia fueron unos excelentes anfitriones; nos contaron con todo lujo de detalles cómo organizaban las comidas durante en los campamentos, y cómo se las apañaban con los grupos grandes.

Ver a los niños felices y contentos y a los veteranos encontrando paz, sanando las heridas emocionales de la guerra, era el motor que los impulsaba y llenaba de orgullo.

Grace también parecía más relajada, en especial después de la segunda copa de brandy, pero con todo lo que habíamos comido era imposible emborracharse.

No dejaba de preguntarme por qué había rechazado de plano la propuesta de una inversión conjunta.

Su respuesta fue puramente visceral, como si ni siquiera pudiera considerar la idea.

No lo percibía como algo personal… sino más bien como una aversión a compartir el control con cualquiera.

Tenía que llegar al fondo del asunto, pero no quería hablarlo delante de Gaston y Felicia; ya habría tiempo para abordarlo más tarde.

—Bueno, creo que es hora de que os vayáis a la cabaña —dijo Felicia—. La lluvia ha disminuido, pero no por mucho tiempo. Coged un paraguas.

—Estupendo —respondió Grace con un bostezo—. La verdad es que estoy muy cansada.

—No me extraña —comentó Gaston, señalando el reloj de pie. Era casi medianoche.

—Encontraréis toallas limpias allí —añadió Felicia—. Tenía la cabaña preparada porque mi hermana iba a visitarme. Lamento no tener pijamas ni nada parecido que prestaros.

—Nos apañaremos —aseguré con confianza.

—El sofá es pequeño, pero bastante cómodo —comentó Felicia.

—Seguro que estará bien —dije—. ¿Qué cabaña es?

Felicia nos entregó una llave con el número catorce y señaló hacia la derecha:

—Es la primera, y la que está en mejores condiciones. No tiene goteras. Y si necesitáis algo, no dudéis en llamarme.

Tres relámpagos iluminaron el cielo, seguido de un fuerte trueno.

—Será mejor que os deis prisa. Tengo la sensación de que se va a desatar la tormenta —dijo Felicia.

—Tienes razón —respondió Grace mientras salíamos de la casa, y se adelantó caminando a paso rápido.

Había barro por todas partes y el aire era muy fresco. Abrí rápidamente la puerta de la cabaña y cerramos los paraguas antes de entrar. Grace encendió la luz y la sorpresa me dejó sin aliento.

—Vaya. Esta casita es más pequeña de lo que imaginaba —dijo.

El sofá era tan diminuto que, aunque se hiciera cama, no iba a poder dormir estirado. La cabaña en sí era claustrofóbica; el dormitorio estaba justo al lado de la sala principal, sin ninguna puerta de separación.

Grace se mordió el interior de la mejilla y se giró ligeramente hacia mí. Mientras dejábamos los zapatos en la puerta, dijo:

—Tú quédate en el dormitorio.

—¿Qué?

—Zachary, no puedes dormir aquí. Mira el tamaño del sofá.

—Entonces dormiré en el suelo, Grace, pero no permitiré que tú duermas en el sofá.

—Vas a estar incómodo toda la noche, dando vueltas sin poder pegar ojo.

—Me las arreglaré.

Ella curvó los labios en una sonrisa:

—Sí, pero como el dormitorio no tiene puerta, tampoco me dejarás dormir a mí.

—¿No puedes hacer el esfuerzo? —la provoqué.

—¡Bueno, está bien! Ya que estás dispuesto a destrozarte la espalda en el sofá, tendré que ceder y aguantar tus quejas durante la noche. Pero podemos preguntar si hay alguna otra cabaña habitable… con que tenga una cama es suficiente.

—Grace, ya has visto las otras cabañas: están en ruinas.

—Tienes razón —respondió, encogiéndose de hombros—. Entonces, ¿quedamos así?

¿Qué otra alternativa tengo? Sin embargo, había aprendido a ver el lado positivo de las cosas; quejarse no serviría de nada, y no podía encontrar otra solución a esas horas de la noche. Volver a Nueva Orleans estaba completamente descartado.

—Sí. ¿Quieres ducharte tú primero? —pregunté.

—Justo te iba a preguntar eso —respondió, y se alejó rápidamente.

—Grace, puedo dormir en el coche si lo prefieres —sugerí, al notar que quizá le incomodaba compartir la cabaña conmigo.

Sería aún más incómodo que el sofá, pero no quería ponerla en un aprieto o hacerle pasar nervios. Menos después de todo lo que me había contado sobre su ex.

—¿Qué dices? —preguntó, dándose la vuelta—. No seas ridículo. Tranquilo, haré como si no estuvieras.

—¿Y eso por qué? —me reí muy a mi pesar.

—Porque es la primera vez que comparto dormitorio con un hombre que no es mi marido.

—Grace…

—Perdona el comentario —respondió, llevándose las manos a las caderas y negando con la cabeza.

Me acerqué a ella; incapaz de mantener la distancia. Quería mirarla a los ojos, así que me incliné para quedar a la altura de su rostro.

—No hace falta —dijo con una sonrisa—. Puedo levantar la mirada.

Me enderecé y ella no apartó la vista.

—Dime qué necesitas y lo conseguiré —dije.

—No puedes —respondió con la mirada entornada.

—Haz una prueba.

—Me gustaría tener dos camas ahora.

—Tienes razón, no puedo hacer nada al respecto.

Me guiñó un ojo, y lo interpreté como una buena señal.

—Bueno, voy a darme una ducha —añadió.

—Bien, prepararé el sofá cama.

Después de que Grace cerrara la puerta del baño, coloqué los cojines en una esquina de la habitación y desplegué el desvencijado mueble.

Una vez abierto, comprobé que no había forma de que pudiera acostarme con comodidad: al tumbarme mis pies colgaban fuera de la cama.

Me incliné hacia un lado, pensando que así tendría más espacio, y para rematar, era duro como una roca. Quizás el suelo sería mejor.

Da igual, tendré que aguantar.

Grace se estaba tomando su tiempo en la ducha, lo cual me parecía bien. Encontré algunas sábanas en una cómoda junto al televisor y muchas mantas. Puse todo lo que necesitaba en el sofá cama, incluyendo tres almohadas, aunque no sirviera de mucho. Por suerte, solo sería una noche.

Grace salió unos segundos más tarde, completamente vestida, y se sorprendió al ver el sofá.

—Zachary, de verdad. No vas a conseguir dormir bien en ninguna posición.

—Lo he intentado, y no… no quepo. Pero no te preocupes, he pasado por cosas peores.

—¿Ah, sí? —replicó, alzando una ceja.

—No, pero quiero quitarle importancia.

—Bueno, Señor Positivo, a la ducha. El agua tarda una vida en calentarse, así que si vas ahora, quizás aún quede algo caliente.

—Ya voy —contesté, y me fui al cuarto de baño.

Mientras me duchaba, pensaba en un plan para seguir adelante con el proyecto.

Al igual que Grace, quería participar en la inversión de la finca, y no entendía por qué esa firme negativa a trabajar juntos.

Nos habíamos disculpado y creía haber aclarado las cosas.

Ella sabía que no tenía malas intenciones, en especial después del incidente en el río Misisipi.

Pero quizá seguía pensando que era un capullo.

Salí con la intención de abordar ese tema, pero me quedé mudo al encontrar a Grace acurrucada en el sofá, tapada hasta la barbilla.

—Voy a dormir aquí, ¿vale? —dijo—. He puesto las sábanas en la cama, pero el sofá es cómodo y como soy pequeña encajo perfectamente, ¿ves?

Me fijé en que tenía la cabeza apoyada en una almohada y los dedos de los pies asomaban por debajo de las mantas. No pude evitar reparar en sus bonitas uñas pintadas de rojo.

—Grace —musité.

—No. De verdad, no voy a dar el brazo a torcer. Tú duermes en la cama y yo aquí. Además no cruje, así que si doy vueltas todas la noche, no haré ruido. Es una gran ventaja, ¿no? La única quizás… —balbuceó.

Me acerqué al borde del sofá donde estaba tumbada:

—No vas a dormir aquí —dije con firmeza.

—Sí, está decidido.

Me incliné sobre ella y la miré directamente a los ojos:

—No vas a dormir aquí.

—¿Qué vas a hacer para impedírmelo?

Con un brazo la levanté del sofá; con el otro, le quité la manta de la que se agarraba inútilmente con todas sus fuerzas. Después, la llevé al dormitorio.

—¡Zachary! —exclamó con voz frenética—. ¡Zachary! ¡Para, por favor!

Me llevó unos segundos darme cuenta de por qué estaba tan exaltada: Grace no llevaba puestos sus vaqueros. Y tampoco podía determinar si llevaba bragas porque mis manos cogían con fuerza sus nalgas desnudas.

Mi polla se puso dura en un instante; me había excitado tan rápido que dolía y sentí que la bragueta iba a reventar.

—Madre mía, Grace —dije, apoyándola en la cama—. Lo siento, no me había dado cuenta.

—Intenté avisarte.

Su rostro se sonrojó mientras se apresuraba a cubrirse con las sábanas, pero lo único que logró fue apartarlas por completo.

Llevaba unas diminutas braguitas negras y la misma camiseta de antes.

Sin sujetador, esos pezones me estaban volviendo loco.

No había podido dejar de fijarme en su pecho desde que nos sorprendió la lluvia al volver de los establos la primera vez.

Había conseguido borrar esa imagen de mi mente durante la cena, pero ahora me sería imposible.

—Uf, ¿por qué no consigo que esta manta me cubra?

Tiré de la manta con la intención de ayudarla, pero accidentalmente le rocé el muslo y su piel se erizó al instante. Grace respiró hondo y me quedé completamente inmóvil. Al ver que apretaba los muslos, me di cuenta de lo que pasaba… ese minúsculo roce la había excitado.

—Grace…

—Zachary, yo…

No pude contenerme más. Apoyé una rodilla en la cama y ella me recibió al instante abriendo las piernas. Perdí todo sentido de la decencia y la besé con tanta intensidad que perdió el equilibrio. La necesitaba aún más que la última vez.