Epílogo
ANTHONY
—¡Hace un tiempo increíble! —exclamó Daisy mientras nos acercamos al barco—. ¿Cabremos todos?
—No estoy seguro.
El abuelo David quería que estuviéramos todos para celebrar su cumpleaños en el pantano. El barco era grande, pero la familia LeBlanc Broussard era enorme.
Mi prometida sonrió, acercándose a mí. Nunca me cansaría de llamarla así.
Cuando la presentaba, siempre decía: “Ella es Daisy, mi prometida”, en lugar de solo “Daisy”. Al principio me miraba extrañada, pero luego se acostumbró. Estaba loco por ella y quería que no hubiera duda, que todo el mundo lo supiera.
Cuando llegamos, el grupo ya había empezado a embarcar. David nos esperaba delante del barco. Nos recibió con una sonrisa y dijo:
—Gracias a los dos por venir.
—¡Faltaría más! No me perdería tu cumpleaños por nada del mundo, abuelo.
—Y tampoco tu encantadora prometida —comentó, mirando a Daisy con una gran sonrisa. Sí, lo de la “prometida” se había vuelto una muletilla recurrente en mi familia, pero no me importaba lo más mínimo.
Eché un vistazo al barco. Aunque éramos muchos, todavía quedaba espacio suficiente; era más grande de lo que parecía.
Mis abuelas iban vestidas de punta en blanco. Resultaba un poco extraño verlas con esos vestidos largos en pleno pantano; pero mis abuelos tampoco se habían quedado atrás: iban de traje. Todos los demás se habían puesto ropa informal, incluido yo.
—Bueno, ya estamos todos —anunció David—. Excepto Beckett, que me ha enviado un mensaje diciendo que no puede venir.
Mis ojos se abrieron como platos. Eso era, como mínimo, preocupante. Nadie en la familia se perdía un cumpleaños a menos que la razón fuera realmente importante.
Daisy me miró con el ceño fruncido.
—¿Crees que le ha pasado algo? —preguntó en voz baja, poniendo una mano en mi pecho y la otra en mi brazo. Se inclinó, y el lateral de su pecho se apretó contra mi torso. Me encantaba sentir su cuerpo contra el mío; nunca me cansaría de ello.
—Algo debe ir mal —asumí. Cuando el barco empezó a moverse, saqué mi teléfono y le envié un mensaje.
Anthony: ¿Por qué no has venido al cumple del abuelo? Dime la verdad, no te inventes excusas de mierda.
—Oye, no seas tan duro —comentó Daisy, leyendo el mensaje por encima de mi hombro.
—Si se lo hubiera preguntado de forma indirecta, seguro que habría intentado evadirme. Ha tenido que pasar algo grave. Si no, no se lo perdería.
—Vaya… —dijo Daisy, frunciendo el ceño.
Le acaricié la mejilla con el dorso de la mano mientras los demás se agolpaban en las ventanas del barco para mirar fuera. Eché un vistazo a mi teléfono, pero no había recibido respuesta.
—¿En qué piensas? —preguntó.
—Que echo de menos tenerte en la oficina.
—Anthony, han pasado meses.
—Ya. ¿Y qué dice eso de mí?
—Muchas cosas buenas, pero en realidad me refería a qué piensas sobre lo de Beckett.
—No quiero jugar a las adivinanzas. Ya contestará. —Mi teléfono sonó dos segundos después—. Y hablando del rey de Roma… —dije, abriendo el mensaje.
Era una foto de Beckett con un recién nacido. ¿Acaso algún amigo suyo había tenido un bebé? No era excusa para faltar al cumpleaños de David. Al leer el pie de foto, se me heló la sangre.
Beckett: Acabo de descubrir que tengo una hija. He tomado un vuelo para ir a buscarla. Te cuento más detalles a la vuelta. No se lo digas a la familia.
Nunca me había sorprendido tanto en mi vida.
—Ay, qué bebé tan bonito —susurró Daisy, y al instante soltó un grito ahogado, lo que me indicó que también había leído el mensaje. Levantó la vista del teléfono y me miró, y luego echó un rápido vistazo a nuestro alrededor.
Seguí su mirada. Bella estaba preguntando a todos si creían que había caimanes cerca del barco. Nadie nos estaba prestando atención.
Anthony: ¡Madre mía! Vale, avísame si necesitas algo, hermano.
Beckett: Solo mantén la boca cerrada. Quiero ser yo quien se lo diga a la familia.
Anthony: Cuenta con ello.
Tragué saliva, guardé el teléfono y miré a Daisy. Parpadeaba rápidamente, negando con la cabeza y frunciendo el ceño a la vez. Luego me miró con los ojos muy abiertos, intentando asimilar la noticia:
—¿Qué narices…? —preguntó.
Negué con la cabeza.
—Más tarde.
—¿Sospechabas algo?
—Para nada.
Me pregunté qué le habría dicho mi hermano a David.
Me acerqué a Daisy y le susurré al oído:
—Centrémonos en disfrutar del día. Sabremos más cuando vuelva Beckett.
Daisy asintió. Se había integrado en mi familia a la perfección. Me gustaba especialmente verla interactuar con Bella, que justo en ese momento venía directa hacia nosotros.
—Tío Anthony, tú siempre me dices la verdad.
Era un comienzo interesante… sobre todo si le daba por preguntarme por Beckett.
—¿Hay caimanes en esta zona?
Chad me lanzó una mirada de advertencia, pero yo no podía mentir. Como decía Bella, siempre era sincero:
—Sí.
Hubo un gruñido colectivo.
—Venga, familia, por favor.
—Lo sabía. ¿Por qué todos me tratan como a una niña pequeña? —preguntó Bella, volviéndose de inmediato hacia Chad—. Ya no soy una niña, papá. No le tengo miedo a los caimanes.
Chad abrió la boca, pero luego la cerró.
—¿No les tienes miedo?
—No —respondió, mirando a todos—. Por favor, dejad de tratarme como si fuera un bebé, ¿vale?
Menudo panorama. A mi hermano le tocaría sudar la gota gorda. Bella ya no era ninguna niñita.
Mi mente, al instante, voló hacia Beckett. ¡Había un nuevo bebé en la familia!
—Listilla —dijo Scarlett—. ¿O sea que nos has preguntado a todos solo para ver si estábamos compinchados en la mentira?
—¡Eso es! —respondió Bella con una sonrisa pícara.
—Bella —intervino Isabeau—. Solo queríamos protegerte, cariño.
Pero lo entendemos. Ya no eres una niña pequeña.
Bueno, ahora que eso está aclarado y que se ha descubierto el pastel —añadió, dirigiéndose a David—, por favor, llévanos a algún lugar donde no haya muchos caimanes.
Puede que a Bella no le den miedo, pero a mí sí.
Todos se echaron a reír.
—No te preocupes, Isabeau. Les pedí de antemano que nos llevaran a aguas más profundas. Hay menos posibilidades de que haya caimanes allí —dijo Xander.
Bailey se estremeció.
—Tengo que decir que a mí tampoco me hacen mucha gracia. Es una de las razones por las que no vengo muy a menudo al pantano.
—No os preocupéis —replicó David—. Hemos estado organizándolo todo con Xander. —Su tono era un poco burlón—. Resulta que conoce el pantano mejor que nadie, a pesar de que no viene casi nunca por aquí. Bueno, ahora necesito ayuda para descorchar las botellas y servir el champán.
Me ofrecí voluntario, junto con mi padre y el abuelo Félix. Daisy me sonrió y yo le dije con los labios, sin emitir sonido: “Te quiero”.
A veces no podía creer que fuera a ser mi esposa para siempre. Cuando le contamos a la familia lo de nuestro compromiso, todos le enviaron mensajes, emocionados. ¡Creo que sabían que acabaría formando parte de la familia mucho antes que yo!
Abrimos las tres botellas a la vez en la popa del barco y luego volvimos al interior, sirviendo champán en todas las copas. Hubo un momento de gran agitación mientras todo el mundo cogía una, incluida Bella. Se la veía la mar de feliz cuando Chad le dijo que podía dar un sorbito.
—Bueno, quiero decir unas palabras —dijo David mientras brindábamos—. Gracias por venir hoy aquí a celebrar mi cumpleaños y por darme el gusto de organizar esta fiesta en el pantano. —Sonrió a Isabeau—. A mi mujer ha sido a la que más me ha costado convencer.
Ella le hizo un gesto con la mano para que se callara:
—Oh, déjalo ya. No era mi intención ponértelo difícil, lo siento. Es tu cumpleaños, por supuesto que podemos celebrarlo como tú quieras.
Esa era la clave de su matrimonio: saber ceder cuando algo era verdaderamente importante para el otro. A Isabeau no le gustaba nada el pantano, y David no tenía problema en salir a navegar solo. Pero, por su cumpleaños, ella hizo una excepción.
—Pocas personas tienen la suerte de llegar a mi edad, y menos aún de poder pasar su cumpleaños con su familia a su lado.
Me acerqué a Daisy por detrás y la rodeé con el brazo por la cintura.
—Siempre me he considerado un hombre afortunado —continuó David—. En primer lugar, por haber nacido en la familia LeBlanc.
Hubo una carcajada general. Todos éramos muy conscientes del privilegio que suponía formar parte de nuestra familia.
—Ese fue el día más afortunado de mi vida. El segundo fue cuando conocí a mi querida esposa. —Le guiñó un ojo a Isabeau y ella le sonrió, radiante.
—Qué bonito discurso —murmuró Daisy.
—Estoy muy orgulloso de la vida que hemos construido juntos.
David miró entonces a Félix y Celine.
—Unir nuestra familia a la de los Broussard fue otro día de suerte, aunque al principio todos intentamos oponernos.
Mis padres soltaron una carcajada.
—Es verdad. No supisteis reconocer la suerte que teníais delante de vuestras narices —dijo mi padre.
David asintió:
—Fuimos bendecidos con seis nietos, quienes han enriquecido enormemente nuestras vidas. Y lo siguen haciendo, hasta el día de hoy. ¡Por muchas más celebraciones familiares! —concluyó, bebiendo un sorbo de champán.
Todos brindamos. Entonces Daisy me miró:
—De verdad que no puedo creer que a un LeBlanc le baste con una celebración de cumpleaños tan sencilla.
—Mis abuelos siempre lo han hecho así. Nos inculcaron lo mismo a todos nosotros, y me gustaría continuar con esa tradición con nuestros hijos.
Daisy sonrió, y luego se ruborizó:
—A mí también me gustaría —murmuró.
—De hecho —dije, besándole la sien—, me gusta el pantano tanto como a los abuelos. Puedo imaginarnos dentro de cincuenta años, tal y como están ellos ahora, rodeados de nuestros hijos y nietos.
—Hoy estás muy romántico…
—Cuando estoy contigo se me ocurren todo tipo de ideas —admití—. Construiremos una vida maravillosa juntos.
—Claro que sí —respondió Daisy.
—Bueno, familia, es hora de comer —anunció Isabeau.
Ella y Celine habían insistido en preparar toda la comida para aquel día, con la ayuda de Scarlett. Habían instalado un calientaplatos y toda la parafernalia necesaria.
Mientras todos nos apresurábamos a coger un plato, volví a pensar en Beckett. No quería presionarlo para que me contara más, a pesar de que la curiosidad me estaba matando.
Mi hermano no había estado saliendo con nadie; si no, estoy seguro de que me lo habría contado.
Eso significaba que iba a ser padre soltero.
Pero sabía con total seguridad que toda la familia lo apoyaría incondicionalmente.
Así éramos los LeBlanc y los Broussard. Siempre podíamos contar los unos con los otros.