Un rebelde inolvidable Capítulo Veintisiete
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Capítulo Veintisiete

DAISY

—Esta piscina es lo mejor que hay en el mundo —murmuré para mis adentros mientras tomaba el sol.

Entonces el timbre sonó a lo lejos, interrumpiendo mi momento de tranquilidad. Salí rápidamente de la piscina, cogí la toalla y me sequé antes de entrar en la casa.

Me había mudado con Anthony poco antes de Navidad y, ahora que hacía buen tiempo, era el momento de volver a usar la piscina.

Hacía unos meses, Samantha finalmente me envió una oferta para un puesto de dirección de marketing en Nueva Orleans, para TheGuide , una plataforma online diseñada para hacer reservas en restaurantes.

Era un puesto hecho a mi medida, así que lo acepté, y no podía estar más contenta.

Teletrabajaba tres días por semana e iba a la oficina los otros dos.

Cuando me conectaba desde aquella preciosa vivienda, empezaba el día nadando.

Abrí la puerta y al instante sonreí a mi chico perfecto:

—Hola, guapo. ¿Te has olvidado algo?

—No —respondió Anthony, que llevaba un portavasos con varios vasos para llevar—. Se me ocurrió darte una sorpresa.

Le sonreí:

—¿Es chocolate caliente?

—De hecho, es café.

—¿Por qué has traído tantos vasos?

—Tienen nuevos sabores. He pensado que así podrías probarlos y ver si encuentras alguno nuevo que te guste más.

Me pareció un detalle muy bonito. Sabía de antemano que intentaría seducirme esa noche, ya que me había invitado a cenar. Pero, por lo visto, su plan era tenerme encandilada durante todo el día. Había ido hasta el Barrio Francés y vuelto solo para darme la sorpresa del café. Era adorable.

Me encantaba vivir con él. Siempre había pensado que vivir con un hombre sería extraño, pero Anthony y yo estábamos en sintonía en absolutamente todo.

Nos dirigimos al salón, donde colocó los vasos sobre la mesa. En ese momento, y sin que lo esperara, me rodeó la cintura con un brazo, atrayéndome de golpe hacia su pecho.

—Me encanta verte caminar por la casa en bikini.

—Mmm…

—Me encanta verte caminar por la casa sin importar qué lleves, incluso desnuda. De hecho, especialmente desnuda.

Sonreí con picardía:

—Parece que alguien está de humor para una picante celebración de aniversario anticipada.

—Siempre lo estoy, Daisy. Pero ahora mismo solo quiero disfrutar de tenerte entre mis brazos. —Su voz, inusualmente emotiva, me tomó desprevenida. Hablaba en serio.

No había sensación más maravillosa que estar en sus brazos. Me sentía amada, a salvo y protegida. Era como si, a su lado, nada en el mundo pudiera salir mal.

Me besó en el cuello y dijo:

—Hoy también trabajaré desde casa.

—Confirmado, quieres que nuestro aniversario sea una excusa para tener sexo —bromeé.

—Quizás más tarde —me susurró al oído y se me puso la piel de gallina al instante—. ¿Por qué no te tomas el café antes de que se enfríe?

—Buena idea. —Miré los vasos, frotándome las manos.

—Te sugiero que empieces por este —dijo, señalando el de en medio.

Levanté una ceja:

—No me apetece empezar por ese.

Él se rió:

—Como quieras.

Empecé por el de la izquierda, quité la tapa y olfateé suavemente.

—¡Coco! No me lo esperaba. —Le di un sorbo—. Sí, este es mi nuevo favorito. ¿Quieres probarlo?

—No, es todo para ti, cariño.

—Oh, ahora te quiero aún más.

Nunca me había importado compartir la comida, pero con el café no negociaba. Me lo bebí de un trago, ya que era corto. Imposible compartirlo.

El segundo llevaba bourbon .

—Vaya. ¿Quieres emborracharme?

—Para nada. Sigue probando.

Evité específicamente el que él había señalado y cogí el último del portavasos.

—Sabía que harías eso —dijo Anthony, pareciendo muy contento con mi elección. Ese me sorprendió aún más—. ¿Manzana? Nunca pensé que combinara tan bien con el café.

—Te dije que se le da bien experimentar.

—Sin duda Maria sabe lo que hace. ¿Cómo has conseguido que no se enfriaran por el camino?

Me guiñó un ojo:

—Tengo mis trucos.

—Muy bien, y ahora el último —anuncié teatralmente, moviendo la mano despacio mientras tomaba el último vaso—. ¡Está vacío! —exclamé al levantarlo. Pesaba mucho menos—. No, espera.

No estaba totalmente vacío. No había café, pero sonó un tintineo al moverlo.

Entonces, Anthony me quitó el vaso de la mano:

—Déjame que lo abra por ti. —Le quitó la tapa y volcó el vaso en la palma de su mano.

Lo que vi me cortó la respiración. Sostenía el anillo más precioso y espectacular que había visto: un enorme diamante en forma de rombo engastado en una banda de platino.

—Anthony —susurré. Él sonrió, con esa suficiencia tan suya. Era obvio que presumiría de ello—. Lo has hecho a propósito. Has señalado este vaso sabiendo que yo probaría todos los demás primero.

—Exacto. Conozco bien a mi chica.

No podía dejar de sonreír. Entonces, él se arrodilló en el suelo de madera.

—Daisy, no puedo expresar lo agradecido que estoy de celebrar nuestro primer aniversario. Recuerdo perfectamente el día que nos conocimos. Te vi y pensé: “Va a ser mía”. Algo en ti me cautivó al instante. Por supuesto, no me imaginaba que acabaría así, de rodillas, pidiéndote que te cases conmigo.

Puse una mano sobre mi estómago y la otra sobre mi boca, abrumada por la emoción.

—Pero me encanta nuestro recorrido —continuó—.

Me encanta adónde nos ha traído, lo que nos ha enseñado sobre el otro.

Te amo, Daisy. La vida contigo siempre será una aventura increíble.

Siempre he pensado que la vida hay que vivirla al máximo, y sería un honor para mí compartirla a tu lado. ¿Te quieres casar conmigo, Daisy?

—¡Sí! ¡Dios, claro que sí! Me encantaría casarme contigo, Anthony, y que recorramos juntos esta loca aventura que es la vida.

Me puso el anillo en el dedo, besó el dorso de mi mano y se levantó. Luego, me tomó la cara entre las manos:

—Estoy deseando llenar esta casa de niños. Ojalá tengamos niñas pequeñas que se parezcan a ti y te den tantos dolores de cabeza como puedan.

Me reí:

—Vaya, sí que tienes planes, ¿eh?

—Claro que sí. Además, hay un millón de LeBlanc esperando para mimarlas. Y apuesto a que tus padres harán lo mismo.

Mis padres adoraban a Anthony y Nueva Orleans.

Ya la habían visitado tres veces en el último año, algo inusual ya que rara vez me visitaban cuando vivía en otros lugares.

Mi padre finalmente aceptó recibir más ayuda en la granja.

Aunque se había recuperado por completo, se movía más lento que antes.

Había contratado a dos empleados más a tiempo completo de manera permanente, lo que me dio muchísima tranquilidad.

Anthony me besó despacio, pero de una forma muy sensual. Lo abracé, entrelazando mis manos detrás de su cuello para sentir mi anillo. Nunca pensé que estaría tan enamorada. Ahora que tenía a aquel hombre increíble, no podía imaginar mi vida sin él.

Cuando nos detuvimos para respirar, noté que tenía los ojos entrecerrados y sonreía. Sabía exactamente lo que venía:

—Tenía razón, ¿verdad? Te mueres por un poco de acción…

—Jamás diré que no a eso.

—Te has esforzado mucho para seducirme… —susurré.

—Lo haré con gusto todos los días por el resto de nuestras vidas, prometida. Eres mía, y me dedicaré a mimarte, sorprenderte y seducirte para siempre.