Capítulo Seis
ANTHONY
Durante el resto de la semana, mantuve las distancias con mi atractiva asistente, evitando cualquier actividad fuera de la oficina, incluidos los almuerzos.
Aunque hicimos visitas a varios locales, me aseguré de comportarme con un profesionalismo impecable.
De hecho, hubo ocasiones en las que incluso evité mirar a Daisy, sabiendo que una sola mirada podía disparar mi imaginación.
El viernes por la mañana, ya estaba deseando que llegara el fin de semana.
Necesitaba un respiro de la oficina y, sobre todo, de pasar tanto tiempo con Daisy.
Aunque las reuniones familiares solían celebrarse en la mansión del Garden District, a veces trasladábamos la fiesta al LeBlanc se había vuelto toda una experta en camelar a la gente en sus pocos años de vida.
—A mí también, peque.
Chad y Scarlett estaban sentados frente a ella, con Simone en el regazo de su madre. Chad ya nos miraba con recelo. Le guiñé un ojo a mi hermano para hacerle saber que no pasaba nada.
A todos nos gustaba mimar a Bella, pero teníamos un acuerdo: siempre comprobábamos dos veces si Chad estaba de acuerdo con nuestras ideas.
—Papá ha dicho —empezó Bella, frunciendo el ceño a mi hermano—, que no puedo ir a tu concurso de música.
—Ya. —Me quedé completamente desconcertado. Me había preparado para que me pidiera más dulces a escondidas o para tener que convencer a Chad de que la dejara ver la siguiente película de Harry Potter .
—¿Y te gustaría ir? —pregunté, mirando a Chad, que también le fruncía el ceño a Bella, como si no pudiera creer que hubiera sacado ese tema.
Todos los años organizaba un concurso musical para descubrir… Yo organizaba un concurso musical anual para descubrir nuevos talentos en Nueva Orleans. El de aquel año empezaría la semana siguiente.
—Sí, pero papá dice que es muy tarde.
—Bella, no he dicho que no podamos ir, solo que no podemos quedarnos mucho tiempo —aclaró Chad.
Le sonreí:
—¿Ves? Tu padre tiene razón. Probablemente me pase algunas noches, ya te confirmaré qué día hay menos gente.
Tras pensarlo, Chad dijo:
—Claro, buena idea.
—Perfecto —concluí.
Bella aplaudió con entusiasmo.
—¡Qué ganas! Seré la primera de mi clase en ir a un concurso de música. Tío Anthony, ¿cuando estemos allí, me puedes prestar tu móvil?
La situación se estaba volviendo cada vez más rara. Una vez más, Chad se centró en su hija. Era evidente que intuía que algo estaba pasando.
—¿Para qué? —pregunté.
—Mis amigas me han puesto un reto: hacerle una foto al cantante más guapo para demostrar que he estado allí.
Sentí que se me salían los ojos de las órbitas y rápidamente miré a Chad porque esa cuestión estaba fuera de mi alcance. No tenía ni idea de cómo responder.
—¿Qué clase de reto es ese? —preguntó Chad con calma, y sentí un gran respeto por él. Yo era una persona tranquila, pero si mi hija de diez años me dijera… No, no iba a entrar en eso.
—Ya te lo he dicho —respondió Bella con impaciencia—, la primera que vaya a un concurso tiene que hacerle una foto al chico más guapo para demostrar que estuvo allí.
Quería frotarme los oídos con jabón. ¿Un reto? ¿El chico más guapo? ¿De verdad Bella estaba creciendo tan rápido?
Chad parecía querer retroceder en el tiempo para que esa conversación nunca hubiera ocurrido.
Me aclaré la garganta y me volví hacia el resto de la mesa. No estaban prestando mucha atención a nuestra charla. Mis abuelas estaban hablando con la prometida de Zachary, Grace, que tenía una empresa de cosméticos y vendía algunos de sus productos en su tienda.
—¿Hay alguna forma de que la lila también funcione en cremas? —preguntó Grace—. Porque sin duda le sacaríamos un partido increíble en una buena campaña de marketing .
Miré a Beckett, que parecía tan alarmado como yo. ¿Por qué seguían insistiendo con esa tontería de la lila?
Una tontería que parece funcionar, pero una tontería al fin y al cabo.
Isabeau ladeó la cabeza, reflexionando claramente sobre la idea.
—Es complicado porque estamos convencidas de que solo funciona en mezclas personalizadas.
—Es verdad, no se puede producir ‘‘química’’ en serie —asintió Grace.
—Me parece fascinante —intervine— que habléis de esto como si hubiera un estudio científico sobre su eficacia.
Isabeau se volvió hacia mí con una mirada pícara:
—Creo que tenemos muchas pruebas.
—Lo siento, no estoy de acuerdo con eso —repliqué.
—Muchacho, estás metiéndote en terreno peligroso —bromeó Félix—. No te conviene interponerte entre Isabeau, Celine y su lila.
Me reí:
—Es que no puedo evitarlo.
—Por cierto, ¿cómo te va con tu nueva asistente? —preguntó.
—Bien —respondí, contento de dejar atrás el tema de las lilas—. Aunque solo estará conmigo por poco tiempo.
—¿Por qué?
—Es una larga historia, pero aceptó este trabajo porque se le cayó otro. Está muy sobrecualificada para ser asistente. Es muy eficiente.
—¿Y te llevas bien con ella? —preguntó David.
—Sí, todo va bien.
Había sido muy profesional durante la última semana. Me había costado un esfuerzo tremendo y aún no entendía del todo por qué, pero lo había conseguido.
Normalmente, mi trato con mis asistentes había sido distante, sobre todo desde aquel incidente. Pero Daisy me atraía. Por suerte, tenía una ética de trabajo similar a la mía y me desafiaba a mantenerme serio y profesional. Pero no me resultaba nada fácil.
—Me alegro.
—¿Vienes a pescar con nosotros este fin de semana? —preguntó Félix.
Negué con la cabeza, sintiéndome un poco culpable:
—No puedo. El festival empieza este fin de semana.
—Yo sí me apunto —se ofreció Beckett, y las caras de mis abuelos se iluminaron de inmediato. Era sorprendente lo mucho que les importaba, aunque también era algo muy divertido para mis hermanos y para mí.
Mientras Beckett hacía planes para la pesca, escuché que mis abuelas y Grace retomaban su conversación sobre el tema de las lilas.
Miré a Zachary, que se echó a reír y respondió:
—Esposa feliz, vida feliz.
Grace le dio un ligero codazo:
—Oye, un poco de respeto por la lila.
Zachary se parecía mucho a mí. Ninguno de mis hermanos creía en esas tonterías, pero Zachary, Beckett y yo éramos abiertamente escépticos.
—Anthony. —La voz de Daisy llegó desde detrás de mí e inmediatamente me di la vuelta. Estaba a unos metros de la mesa—. ¿Puedo hablar contigo un momento? Ya me iba.
—Claro —contesté, levantándome, y el silencio se apoderó de la mesa—. Familia, ella es Daisy, mi nueva asistente. Daisy, acércate.
—No quiero molestaros —dijo con una sonrisa de disculpa.
Era una mujer increíblemente guapa. Tenía unas piernas interminables y llevaba un vestido verde oscuro que se ceñía perfectamente a su cuerpo.
Mi mente comenzó a fantasear. Si pudiera subirle un poco más el vestido…
¡Maldita sea! Lo había hecho muy bien toda la semana y había conseguido cumplir mi promesa después de nuestro almuerzo juntos. ¿Por qué me costaba tanto controlar mis pensamientos justo en ese momento?
—Encantada de conoceros. Soy Daisy.
—Igualmente, Daisy. Yo soy Isabeau y ella es Celine.
Me reí:
—Estos dos nombres son los que tienes que recordar y de los que tienes que cuidarte.
—Anthony… —me reprendió Isabeau.
Le guiñé un ojo a mi abuela, que solo negó con la cabeza.
—Enseguida vuelvo. Daisy y yo tenemos que ponernos al día con un asunto.
Mientras nos alejábamos de la mesa, miré disimuladamente hacia atrás. Mis abuelas estaban pegadas la una a la otra, cuchicheando. Estaba seguro de que tramaban algo.
—Soy todo oídos —dije.
—¿Vas a ir al festival esta noche? —preguntó Daisy.
—Sí, tengo que ver cómo va todo.
—¿Te importaría si te acompaño?
La miré sorprendido:
—En absoluto. Pero has estado trabajando hasta tarde toda la semana.
Su rostro se iluminó:
—Me encantaría verlo todo en directo. Y si tú estás allí, será una buena oportunidad para aprender.
—Eso es verdad —reconocí, inclinándome un poco hacia ella con un guiño—. Podrás comprobar de primera mano que todo el esfuerzo ha valido la pena.
—¿A qué hora nos vemos allí?
—A las ocho.
—Perfecto.
Se oyó un fuerte griterío procedente de la mesa de mi familia, seguido de carcajadas.
—Tu familia es muy animada —comentó.
Eché un vistazo a la mesa y noté que mis abuelas nos observaban. Beckett también.
—Esa es una manera muy educada de decirlo.
Ella frunció el ceño:
—¿Qué quieres decir?
Claro, ella no podía saber que eran una banda de entrometidos.
—No importa.
Volví a mirarla. Llevaba un colgante con forma de flor que le llegaba hasta el escote y que había sido mi obsesión durante toda la semana. En ese momento, apartar la vista me resultó más difícil que de costumbre.
Finalmente, volví a levantar la mirada hacia su rostro y dije:
—Bueno, nos vemos en un rato.
—Fantástico.
Cuando se fue, volví a la mesa con la imagen de ese colgante rozando sus pechos grabada en la mente. Las cosas se me estaban yendo de las manos. Y volvería a ver a Daisy en tan solo unas horas.
Estaba perdido.
Cuando me senté a la mesa, Isabeau me miró fijamente.
—Daisy parece muy simpática.
—Lo es.
—Mamá… —dijo mi padre con tono de advertencia. Rara vez lo usaba. Mis padres solían ser los más discretos de la familia; mi madre siempre decía que prefería escuchar. Y éramos muchos, así que ciertamente había mucho que escuchar.
Isabeau también pareció sorprendida. Parpadeó, miró a mi padre, luego negó con la cabeza y se centró de nuevo en mí:
—Cuéntame sobre ella. ¿Cómo acabó en Nueva Orleans?
—¿Cómo sabes que Daisy no es de aquí? —le pregunté.
Ella hizo un ademán con la mano:
—Oh, es obvio que no lo es.
—Pues has acertado —admití—. Se mudó aquí para hacer un curso de verano en Loyola. Se suponía que iba a empezar un nuevo trabajo en marketing en Thornton’s Beverages , pero no pudo ser. Ahora está buscando otro puesto en su sector. Es una pena, porque me gusta como asistente.
—¿Solo como asistente?
La mesa quedó en silencio. Negué con la cabeza. ¿Por qué me ponía en una situación tan incómoda? Pero respetaba demasiado a Isabeau como para decir nada.
—¿A dónde quieres llegar? —pregunté.
Ella entrecerró los ojos:
—Tus abuelos nos dijeron que se te han ido varias asistentes.
Eché la cabeza hacia atrás. No esperaba que la conversación tomara ese rumbo.
—Soy consciente de ello y lo estoy corrigiendo —respondí con frialdad, mirando a los demás.
Todos tenían puesta la mirada en mí.
—¿Cómo demonios se ha enterado todo el mundo?
—Se rumorea que es difícil trabajar para ti, hermano —comentó Beckett en tono divertido.
—Pero Anthony parecía bastante amistoso con ella —respondió David, señalando con la cabeza en la dirección por la que se había ido Daisy. Luego miró a Isabeau con una ceja levantada, claramente sin entender por qué me estaba criticando.
—Mmm… —dijo Isabeau, ladeando la cabeza, como si estuviera analizando algo.
—Sí, quizá demasiado amistoso —añadió Celine.
Ahora ya sabía por dónde iban los tiros.
—Dejemos esta conversación para otro momento —interrumpí con firmeza.
—Espera, ahora todos tenemos curiosidad. ¿Qué está pasando? —preguntó Grace.
Empecé a reírme. ¡Sin duda, era una venganza!
Cuando mis hermanos empezaron a salir con las que terminaron siendo sus parejas, intentaban ocultarlo y yo no se lo puse nada fácil.
Pero mi situación no era ni remotamente parecida.
Daisy era mi empleada y ni de coña pensaba repetir los errores del pasado.
—Creo que Anthony necesita un perfume que sea un antídoto contra la lila —informó Isabeau al grupo.
—¿Es eso siquiera posible? —pregunté. Tal vez algo así podría atenuar mi descabellada atracción por Daisy.
—Lo investigaremos —aseguró Celine.
—¡Sí, hacedlo, por favor! —respondí, quizás con demasiado entusiasmo. No quería delatarme; lo último que necesitaba mi familia era saber que me sentía atraído por mi asistente.
Isabeau levantó una ceja:
—Ah, o sea que ahora que se trata de un “antídoto”, ya no te parece una tontería, ¿eh?
Me encogí de hombros y me reí ante el gesto de mi abuela haciendo comillas con los dedos. Eran dos mujeres muy divertidas. Sin embargo, en ese momento, estaba dispuesto a creer en sus pociones si lo que inventaran lograba hacerme inmune a Daisy.
—Nunca digas nunca.
—Bueno, pues entonces… —dijo Celine, frotándose las manos y mirando a Isabeau—, será mejor que nos pongamos a trabajar cuanto antes.