Capítulo Cinco
DAISY
Mientras nos dirigíamos al coche, me adelanté un poco, sintiéndome de pronto nerviosa. Para disimular, eché un vistazo a mi iPad.
—Tengo muchísimas notas.
—Se te da muy bien —comentó Anthony—. Pensé que quizá necesitarías más ayuda.
—Yo también —admití, sonriendo de oreja a oreja. ¿Estaba felicitando mi trabajo? Vaya, la cosa pintaba mucho mejor que por la mañana.
Una vez en el coche, pregunté:
—¿Adónde vamos?
—¿Qué te apetece comer?
—Déjame pensar. —Cerré los ojos—. Nada de comida sureña.
Me respondió con un silencio sepulcral. Lo miré por el rabillo del ojo. Parecía atónito.
—¿No te gusta?
—Me gusta, pero es que mi primer mes aquí me alimenté a base de jambalaya , gumbo 1 , po’ boys 2 y demás platos locales. De hecho, una vez me puse malísima después de comer gumbo y le cogí un poco de manía.
—Normal. ¿Y qué te parece la comida mexicana? —preguntó.
—Me chifla. Sobre todo los tacos. Hace tiempo que no como unos buenos tacos.
—Pues estás de suerte, porque sé dónde preparan los mejores tacos de la zona.
Me reí.
—Parece que tienes mucha fe en ti mismo.
—Muchísima. Conozco bien los restaurantes —respondió con aire burlón.
—¿Es uno de los que tiene tu familia? —pregunté.
—No, la mayoría de los nuestros ofrecen comida tradicional de aquí. No se lo digas a mi familia, pero, como a ti, a veces no me apetece nada sureño. Me gusta cambiar y probar otras cosas.
—Tranquilo, no te voy a delatar. Además, no creo que me cruce con nadie de tu familia tan pronto.
—Sí que lo harás, porque casi todos mis hermanos pasan mucho por la oficina. Solo Julian, que lleva los bares, y Xander, el director financiero del conglomerado, se han independizado un poco. El resto estamos muy a gusto en el Barrio Francés.
—Pero no todos vuestros empleados trabajan allí, ¿verdad? Por lo que he leído, el conglomerado es enorme.
—No, la mayoría de nuestros empleados también están repartidos por otras oficinas.
—Eso imaginaba. Esta mañana me he encontrado con Chad. Es el encargado de los restaurantes, ¿verdad?
—Exactamente.
—No le diré nada de lo que me has contado.
No te preocupes. —Estuve tentada de guiñarle un ojo, pero me contuve en el último momento.
Al fin y al cabo, era mi jefe. No sabía muy bien qué había provocado el cambio con respecto a aquella mañana, pero no quería arriesgarme a cruzar la línea y que volviéramos a estar incómodos.
—Chad no es el problema; son mis abuelas. Son chefs especializadas en cocina sureña y se niegan a preparar cualquier otro tipo de comida.
—¿Tus abuelas? Espera, creo que recuerdo el nombre de una de ellas. ¿Isabeau?
Anthony sonrió:
—Sí. Isabeau LeBlanc. Es la madre de mi padre.
—Perfecto. Lo tengo todo apuntado aquí —dije, tocándome la sien—. En el remoto caso de que llegara a coincidir con ellas, tu secreto estará a salvo conmigo.
—Más te vale —respondió con una sonrisa aún más amplia. Vaya, esto se estaba volviendo un juego divertido.
Y peligroso.
Poco después, llegamos al barrio de Audubon 3 .
—He estado aquí una vez y me encanta. —Cuando me mudé a Nueva Orleans, hice un recorrido para familiarizarme con la ciudad—.
Vivo a dos calles de aquí, por eso conozco los restaurantes de la zona —le expliqué a Anthony mientras aparcaba bajo un enorme sauce.
Salí rápido del coche y me quedé fascinada mirando el árbol.
Él se acercó a mí—. El primer día que llegué a Nueva Orleans, no podía creer que hubiera helechos creciendo en los árboles.
Parece tan surrealista, como un efecto especial de una película.
—A mí me parecen normales. Pero claro, yo crecí aquí.
Después de ti —dijo, señalando la entrada del restaurante.
La pintura roja del letrero del local se estaba descascarillando, pero el lugar tenía un aspecto encantador.
Estaba lleno de color —rojos, amarillos y azules— y tenía varias mesas y sillas de madera pintadas afuera.
—Qué lugar tan pintoresco.
Anthony se rió:
—Yo solo vengo por la comida.
Tan pronto como nos sentamos, se acercó una mujer:
—¡Buenos días, Antonio! Veo que has traído a una amiga.
—Soy su asistente —respondí de inmediato, y la mujer asintió. No quería que malinterpretara la situación.
—Es la primera vez que conozco a alguien de tu oficina.
—No cuentes ninguna historia inapropiada, por favor, Mercedes —pidió Anthony.
Mercedes se volvió para mirarlo:
—Venga ya, no me cortes el rollo.
Estuve a punto de echarme a reír. Anthony parecía a punto de entrar en pánico.
¿De verdad? ¿Aquel poderoso CEO parecía asustado? ¿Qué estaba ocultando y qué sabía Mercedes?
—Nos gustaría pedir, por favor —dijo Anthony.
—Sí —asentí, mientras Mercedes se volvía para mirarme.
—¿Puedo sugerirles nuestro menú de almuerzo? Incluye nuestros tacos más populares.
—Sí, por favor. Me encantan los tacos —respondí.
—Entonces estás en el lugar adecuado. Antonio ha hecho bien en traerte aquí. —Se volvió para mirarlo—. ¿Y para ti?
Anthony pidió el mismo menú y, cuando ella se marchó, un chico más joven, muy parecido a ella, vino con dos vasos enormes de Coca-Cola y los puso delante de nosotros.
Después de que se fuera, miré a Anthony, quien se encogió de hombros.
—Las invita la casa.
—Ya veo, Antonio —dije, acentuando la o como hacía Mercedes, sin poder contenerme.
Él se rió:
—Se lo he dicho a Mercedes muchas veces, pero ella insiste en llamarme así.
Ladeé la cabeza. Estuve a punto de decir que “Antonio” le pegaba mucho más; pero se trataba de una comida de negocios. Si no tenía cuidado, podría tomarlo como un coqueteo. Aun así, me moría por preguntarle qué secretos sabía Mercedes, pero no lo hice.
—¿Quieres que repasemos mis notas? —pregunté, tratando de sonar profesional mientras tocaba la pantalla del iPad. Lo puse en el centro de la mesa para que él también pudiera leerlo.
Anthony se inclinó hacia delante y supuse que iba a coger la tableta, pero en lugar de eso me tocó la muñeca.
—No. Vamos a comer. No es momento para hablar de negocios.
Guardé el iPad, humedeciéndome los labios. Dios. Su contacto me había gustado demasiado, sentí que me quemaba bajo su mirada.
—¿Es una regla habitual no hablar de trabajo durante la comida? —pregunté, sorprendentemente tranquila a pesar de mis nervios.
—Sí. De hecho, suelo poner mi teléfono en modo avión durante el almuerzo para que nadie me moleste.
—Qué inteligente. Pero todavía tengo algunas preguntas sobre el trabajo —insistí, tomando un sorbo de Coca-Cola. Necesitaba mantener una conversación trivial para no pensar demasiado en lo mucho que me afectaba. A pesar del coqueteo de la mañana, tenía que superarlo.
—Claro. Dime.
—¿Siempre visitas los locales, y supervisas cada detalle? ¿Se supone que tengo que seguirte a todas partes o también pasaré tiempo en la oficina?
Me miró fijamente y mantuve el contacto visual.
—Depende de la época del año. Ahora mismo hay muchos eventos musicales, así que, lo siento, estaremos fuera muy a menudo. Pero eso no suele llevarnos todo el día. Esta tarde, por ejemplo, volveremos a la oficina.
—Perfecto. Así podré trabajar en mis notas y ver qué más hay que hacer. ¿También se requiere mi presencia en los eventos?
—A veces, sí. Pero Dorothy lo incluyó en tu contrato, ¿verdad?
—Sí, hay una cláusula sobre los eventos nocturnos.
—¿Va a ser eso un problema para ti?
—En absoluto. Para ser sincero, casi no tengo vida fuera del trabajo.
¿Era mi imaginación o se había alegrado al oír eso? No se me ocurrió ninguna otra pregunta; estaba demasiado perdida en esos increíbles ojos. Por suerte, Mercedes llegó con nuestros platos.
—Que aprovechéis, chicos.
—Gracias.
Una vez que se fue, mi atención se centró en mi plato: seis tacos gigantes, acompañados de arroz frito y frijoles. ¡Qué porción tan generosa! Podríamos haber compartido.
—¿Cuáles son tus favoritos? —pregunté.
—Los de cerdo.
—Normalmente, me gusta más la ternera, pero veamos cuál es el veredicto final. —Tras darle el primer bocado al taco, empecé a moverme en mi asiento del gusto—. ¡Guau, Anthony, sí que tienes buen ojo para los restaurantes!
—¿No era “Antonio”? —me pinchó, con una sonrisa coqueta en los labios y un brillo en la mirada.
Tragué saliva y, en lugar de contestar, cogí otro taco. Por suerte, no insistió en el tema.
Levanté la vista y me di cuenta de que seguía mirándome. La intensidad de su mirada me pilló por sorpresa. Habría pagado por saber qué estaba pensando. Me costaba encontrar mi sitio al interactuar con él, aunque esperaba que con el tiempo todo se volviera más sencillo.
—Este es, sin duda, uno de mis restaurantes de tacos favoritos —declaré después de probar el tercero—. Aunque ya estoy un poco llena.
—No dejes que Mercedes te oiga decir eso. Se pondrá a despotricar sobre cómo la gente ya no disfruta de la comida y solo piensa en las calorías.
Me reí:
—Pues razón no le falta, pero es que es un plato muy grande para el almuerzo. Si me lo como todo, voy a caer en un coma alimenticio.
—No te preocupes, tu jefe no se enfadará contigo —dijo Anthony mientras daba un bocado a su último taco.
—Mi jefe parece sorprendentemente amable. Teniendo en cuenta que… —Dejé la frase en el aire. ¿Qué iba a decir? ¿Teniendo en cuenta que por la mañana, al entrar en su oficina, parecía frío como el hielo?
Anthony dejó su taco a medio comer:
—Como te dije, tengo algunas cosas por las que compensarte.
Me pregunté qué significaba eso. ¿Se estaba esforzando por ser amable ahora porque se había dado cuenta de lo brusco que había sido antes? ¿Volvería a su actitud fría en cuanto estuviéramos de vuelta en la oficina? Me parecía imposible, su sinceridad era palpable en ese momento.
Por otra parte, también había parecido muy sincero esa mañana en la cafetería, hasta que me vio sentada en su sofá.
A pesar de todo, algo me decía que este era el verdadero Anthony LeBlanc, o, como lo llamaba Mercedes, Antonio.
Mientras me concentraba en mi último taco, me pregunté si comeríamos juntos cada vez que saliéramos de la oficina. Al terminar, me bebí el resto de la Coca-Cola, y sentí que iba a salir rodando.
Anthony se levantó de inmediato de la mesa:
—Voy a entrar a pagar y luego podemos ir a la oficina. —Me sorprendió la rapidez con la que habló; todo un contraste con su actitud relajada de hace un momento. Antes parecía muy relajado, como si no estuviéramos trabajando.
—Claro. ¿Te doy…?
—No, nada. Yo invito.
—Gracias, Anthony .
Seguro lo considera un gasto de empresa.
Entró y volvió en cuestión de minutos.
—Qué rápido.
—Mercedes es muy eficiente. Ofrece este menú a la hora del almuerzo y ahorra mucho tiempo con las comandas.
—Se nota que tiene mucha energía. Sin duda volveré aquí.
—Cuando te apetezca comer tacos, avísame y te invitaré.
—¿Y eso por qué?
Él inspiró y tragó saliva, y noté el movimiento de su nuez.
—Porque eres preciosa y…
Me quedé sin aliento. Anthony se detuvo en seco y cerró los ojos. Unos segundos más tarde, los abrió lentamente, mirando al suelo, como si intentara prepararse para decir algo.
—Perdona. Eso ha estado fuera de lugar. Te traje aquí pensando que podríamos empezar de cero, pero solo ha complicado las cosas. Al menos para mí.
¡Madre mía! Su mirada se había vuelto más intensa. Así que no era solo yo, él también lo sentía.
—Pero a partir de ahora me esforzaré al máximo —añadió. Parecía decírselo más a sí mismo que a mí, así que me limité a asentir.
Pero yo no estaba muy segura de que fuera a ser capaz de cumplirlo… En absoluto.
1 Nota del traductor: El gumbo es un guiso espeso y aromático, icónico de Nueva Orleans y la cocina criolla de Luisiana, que fusiona influencias africanas, francesas y españolas.
Se caracteriza por su base de roux oscuro (harina y grasa cocinada) y la “trinidad” (cebolla, apio, pimiento), servido sobre arroz blanco.
2 Nota del traductor: El po’ boy es el bocadillo más famoso de Nueva Orleans.
Su origen se remonta a 1929, en plena huelga de conductores de tranvía.
Está hecho con una baguette de estilo francés, rellena de mariscos fritos como gambas, ostras, o carne asada, complementado con lechuga, tomate, especias y, por supuesto, un toque de tabasco.
3 Nota del traductor: El barrio de Audubon en Nueva Orleans es una zona residencial exclusiva y frondosa, caracterizada por sus majestuosas mansiones históricas, calles arboladas y su proximidad al parque Audubon y la Universidad Tulane.