Un rebelde inolvidable Capítulo Uno
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Un rebelde inolvidable

Un rebelde inolvidable

Por Layla Hagen

© inepub.com

Capítulo Uno

ANTHONY

—Vaya, Anthony, sí que nos estás haciendo competencia, ¿eh? —bromeó el abuelo David. Llevábamos horas pescando en el pantano.

Felix asintió:

—Enhorabuena por ser quien más peces ha pescado hoy.

En la casa de los LeBlanc Broussard, todo era una competición.

Sinceramente, hasta yo me sorprendí de haberlo hecho tan bien, teniendo en cuenta que ellos iban de pesca mucho más a menudo que yo.

Aunque, para ser justos, debía admitir que los distraje pidiéndoles consejo sobre mi última decisión empresarial.

Mis abuelos habían sido codirectores de The Orleans Conglomerate , un exitoso grupo de empresas, hacía mucho tiempo.

Mi padre tomó el relevo después, y ahora llevaba el mando junto con mis cinco hermanos.

Yo era el que más unido estaba a mis abuelos en comparación con el resto de mis hermanos, excepto Beckett, quizá.

Ambos se jubilaron cuando era niño, así que pasábamos mucho tiempo juntos, sobre todo pescando.

—Estoy seguro de que las abuelas estarán contentas con lo que hemos pescado —comenté.

David se rió:

—Ojalá, muchacho. Según Celine, la clave de una verdadera chef es la variedad, por eso insiste en que nunca pescamos lo suficiente.

Mis abuelas también habían formado parte del conglomerado.

Trabajaron como chefs de nuestro restaurante insignia, LeBlanc & Broussard .

El local estaba situado en el Barrio Francés⁠ 1 , en la calle Royal.

Era el punto de encuentro para celebrar eventos familiares y reuniones semanales.

También era donde teníamos nuestras oficinas.

—Muchacho, creo que centrarte más en los locales grandes es la decisión correcta —manifestó David.

Había guardado silencio, más que Félix incluso, tras pedirles su opinión, pero eso era habitual en él: siempre reflexionaba un rato antes de ofrecer cualquier consejo.

—Gracias.

Esa era también mi intención, pero me alegró saber que aquellos dos genios estaban de acuerdo conmigo.

Yo estaba a cargo de todas las salas de conciertos del conglomerado: desde pequeños clubes de jazz hasta auditorios enormes.

Una vez que cargamos todo el pescado en el maletero del coche, pregunté:

—¿Quién quiere ir delante?

Mis abuelos empezaron a discutir mientras yo me esforzaba por contener la risa. Era imposible aburrirse con ellos. Al final, ganó David y emprendimos el camino de vuelta a Nueva Orleans.

Justo antes de arrancar el motor, revisé mis correos electrónicos, como ya era una costumbre. No era un adicto al trabajo, pero me gustaba estar al día con mi bandeja de entrada para que no se desbordara el lunes por la mañana.

El primer mensaje que vi me hizo soltar un gruñido:

Alicia ha presentado su renuncia, con efecto inmediato. Lo siento mucho. Buscaré una nueva asistente cuanto antes.

Volví a gruñir y decidí no mirar más mi bandeja de entrada.

—¿Qué pasa? —preguntó David.

—Supongo que tendré que buscar una nueva asistenta. Otra vez —respondí.

—Cambias de asistente muy a menudo, ¿no? —preguntó Félix desde el asiento trasero.

—Soy muy exigente.

Aunque me consideraba una persona tranquila, me gustaba que las cosas se hicieran de una determinada manera.

Más concretamente, a mi manera. No podía creer que Alicia hubiera renunciado tan rápido.

La habíamos contratado hacía menos de un mes.

Aunque, para ser sincero, supe enseguida que no duraría.

—¿Cuánto tiempo ha durado? —preguntó Félix, como si me leyera el pensamiento.

—Poco más de un mes.

Ambos se quedaron en silencio. Miré a Félix por el espejo retrovisor y al final acabó rompiendo el hielo:

—Deberías ser más cauto con eso. Al final se correrá la voz y la gente pensará que es difícil trabajar contigo.

—Pero no es verdad —respondí—. ¡Todo el mundo lo sabe!

—Todos, menos tus asistentes. La última vez que hablamos con Dorothy, nos comentó que cada vez le resultaba más difícil encontrarte asistentes —replicó David.

Dorothy era la directora de Recursos Humanos y también una amiga de la familia.

Giré la cabeza para mirar brevemente a David en el asiento del copiloto.

—¿Cuándo hablaste con Dorothy?

Mis abuelos ya no tenían ninguna participación en la empresa. Era un acuerdo tácito en la familia que, una vez que alguien se jubilaba, se mantenía al margen del negocio, a menos que se le solicitara ayuda específicamente.

—Estábamos desayunando en LeBlanc & Broussard . Ella nos vio y se acercó —explicó Félix.

Iba a tener que hablar seriamente con ella.

¿Estaba siendo difícil? Toda mi vida me había enorgullecido de ser el hermano más tranquilo. Sin embargo, no podía negar que había perdido a muchas asistentes el último año.

Empecé el recuento mental. Una, dos… Joder, solo aquel año había tenido seis asistentes. No quería ni pensar en los años anteriores.

Ofrecíamos un sueldo excelente y me aseguraba de que nadie trabajara más de la cuenta. No estaban mal pagados ni explotados. Entonces, ¿por qué se iban?

—¿Ves? Te dije que llegaría a la misma conclusión que nosotros —comentó con total naturalidad.

—No, sigue negándolo —añadió David.

—Nunca nadie se ha quejado de trabajar conmigo —afirmé, quizá un poco a la defensiva.

—La gente no se queja a su jefe. Renuncia. O informa de sus quejas a Recursos Humanos.

Apreté la mandíbula:

—Pues Dorothy no ha mencionado nada. Hablaré con ella —dije.

—Hazlo. Pero no le digas que hemos hablado contigo —pidió Félix.

—Entendido.

Estaba claro que ella les había pedido guardar el secreto, lo cual no me parecía bien.

El resto del trayecto de dos horas, hasta llegar al Garden District⁠ 2 , lo pasamos hablando de pesca. Mis padres y mis cuatro abuelos vivían juntos en una enorme mansión. Cuando llegamos, encontramos a mis abuelas en la cocina.

—¡Qué bien, chicos, habéis sido muy productivos! —exclamó Isabeau con entusiasmo, dándome un beso en la mejilla.

—Esta vez he pescado el más grande —me jacté.

—Vaya, entonces sí que has sabido distraer bien a tus abuelos —respondió Celine.

Mis abuelas me conocían a la perfección.

—¡Tío Anthony, has vuelto! —exclamó mi sobrina, Bella, irrumpiendo en la cocina.

Me di la vuelta para saludarla:

—¡Hola, peque! No sabía que estabas aquí.

Bella tenía diez años, pero para mí seguía siendo una niña pequeña. A veces no podía creer lo rápido que pasaba el tiempo.

—Sí, cariño, va a pasar todo el día aquí. Quiere aprender a cocinar mi famosa jambalaya ⁠ 3 —explicó Isabeau con orgullo.

Intercambié una mirada con mis abuelos, pero ninguno dijo nada.

Mis abuelas estaban muy orgullosas de sus recetas.

La esposa de mi hermano Chad, Scarlett, era la chef de LeBlanc & Broussard .

Ella conocía la famosa receta de la jambalaya de Isabeau, puesto que la hacía en el restaurante y podría habérsela enseñado a Bella sin problema.

Pero aquello significaba mucho para Isabeau, y Scarlett lo sabía.

Además, Scarlett estaba muy ocupada últimamente.

Cuando no estaba en el restaurante, se dedicaba a Simone, su hija pequeña, a quien le encantaba estar en brazos de su madre.

—Tío Anthony, tengo que preguntarte algo —dijo Bella con seriedad.

—Soy todo oídos. —Me pregunté por qué querría hablar delante de todos en la cocina. Lo habitual era que me pidiera hablar a solas cuando necesitaba algo.

Apreciaba mucho mi vínculo con Bella. Como Chad había sido padre soltero antes de conocer a Scarlett, toda la familia solía pasar mucho tiempo con ella.

Siendo egoísta, echaba de menos esos momentos.

Ya no pasaba tanto tiempo a solas con mi querida Bella, ni con Simone, que me recordaba mucho a Bella de pequeña.

Aunque no eran de la misma madre, se parecían mucho.

—¿Vas a tener novia pronto?

Me sobresalté, sorprendido por su pregunta:

—¿Perdona?

—Quiero saber cuántas personas habrá en mi función de Navidad.

Parpadeé varias veces:

—Pero faltan tres meses para eso. —Apenas estábamos en septiembre.

—¿ Estás considerando tener novia? —preguntó Isabeau. Parecía absolutamente fascinada con la idea.

Celine le dio un golpecito con el codo:

—Mujer, sé más sutil.

—No, no lo estoy considerando. ¿Cómo hemos terminado hablando de esto? —Estaba siendo un día de lo más extraño. Me centré en mi sobrina—. Bella, iré solo a tu función.

Se encogió de hombros:

—Vale. Solo preguntaba. Pero ¿no es raro que no tengas novia?

De repente, el día se volvió más extraño aún.

Normalmente, evitaba cualquier conversación sobre mi vida privada.

Las abuelas siempre se metían en los asuntos de todos, y era mejor cortar de raíz cualquier tema antes de que se saliera de control.

Pero Bella era una niña. Sentía que le debía una respuesta más considerada.

—Hay varias maneras de vivir la vida—respondí con cuidado.

—¿Eso qué significa? —preguntó Bella, señalando la vaguedad de mi explicación—. Es que nunca sales con ninguna chica.

Joder, me estaba cavando mi propia tumba. No había forma educada de explicarle a una niña que, en esencia, yo era un mujeriego.

Isabeau pareció darse cuenta de que la conversación no estaba yendo a ninguna parte, así que intervino:

—Cariño, deberíamos empezar con la jambalaya . Si no, se va a hacer tarde.

—Sí, vamos —dijo Bella olvidándose del tema.

Me aclaré la garganta:

—Entonces me voy.

—Abuela, ¿por qué no haces un perfume de lilas para el tío Anthony? —preguntó Bella en tono casual.

Una vez más, me quedé atónito, y al parecer, mis abuelas también. Isabeau echó la cabeza hacia atrás como si le hubieran soltado un jarro de agua fría y Celine parpadeó rápidamente.

Maldita sea, Bella está creciendo rápido.

David y Félix no pudieron contener la risa.

—¿Os parece gracioso? —pregunté.

David se encogió de hombros y Félix asintió. Sí, de hecho, era gracioso.

—No sería mala idea —concedió Isabeau—. Pero tu tío Anthony no puede ser quien lo reciba. Eso sí, en cuanto encontremos una candidata adecuada para él, lo pensaremos.