Capítulo 26 · Nuestra receta
Leo
La última tapa encaja con un chasquido limpio.
No quedan comandas en la pantalla. Dani se lleva los paños a la zona de lavado, Leila firma el control de cierre y Mara hace girar las llaves alrededor de un dedo.
—Diez minutos —dice—. Luego quiero este local vacío y a todo el mundo durmiendo. La final no se gana llegando con ojeras heroicas.
—Mis ojeras son naturales —protesta Dani.
—Las tuyas tampoco puntúan.
Nico espera junto a la mesa de la esquina. Se ha quitado el delantal, pero conserva el lápiz detrás de la oreja. Durante el servicio hemos hablado de tiempos, cantidades y cambios. Ahora no hay una tarea que nos diga dónde poner las manos.
Mara apaga las luces de la cocina y deja encendidas las de la sala. El cristal nos devuelve dos figuras cansadas entre sillas volcadas.
Me siento frente a Nico.
—He ensayado esto —admito.
—Yo también.
—Entonces puede que parezca una reunión.
—Podemos levantar acta.
Sonríe. No utilizo la sonrisa como atajo.
Apoyo las manos sobre la mesa.
—Siento haber convertido mi miedo en una prueba que tenías que aprobar. Cuando te pedí algo más que un recuerdo, no estaba mal pedir intención. Sí lo estaba esperar que me demostraras esa intención asegurándome un resultado.
Nico baja la mirada hacia mis dedos.
—No me pediste que no me fuera.
—No. Pero hice que tu marcha pareciera algo que me estabas haciendo. Como si yo fuera el único que podía perder y tú fueras el que elegía no quedarse.
—También dijiste que no querías ser una anécdota —recuerda Nico—. Lo entendí como si tuviera que garantizar que serías importante dentro de años.
—Lo dije así porque estaba herido. Lo que quería decir era que ya eres importante ahora y necesitaba saber si tú podías reconocerlo sin reducirlo a un verano bonito.
—Sí puedo.
Nico se frota la base del pulgar, donde conserva una marca diminuta del primer día.
—Me daba miedo decirlo porque, si algo es importante, perderlo cuenta. Yo llevo mucho tiempo intentando que las pérdidas no cuenten.
—No voy a pedirte que llames eterno a algo para que cuente.
—Y yo no voy a volver a bromear cuando me digas que tienes miedo. Al menos no antes de contestarte en serio.
—¿Después sí?
—Después depende de lo dramático que te pongas.
Asiento. Esa precisión también es un compromiso: no renunciar a su humor, pero dejar de utilizarlo como puerta de emergencia.
Decirlo no me alivia. Un perdón concreto no borra la conducta; solo deja de esconderla.
—Cuando mi amiga dejó de responder —continúo—, me prometí que no volvería a esperar a alguien sin saber si iba a volver. Te estaba pidiendo que corrigieras una historia que no escribiste tú.
Nico desliza el lápiz fuera de su oreja y lo deja paralelo al borde. Por supuesto.
—Yo también siento cosas —dice—. Siento haber empezado a despedirme sin decírtelo. Y haber decidido por los dos que lo responsable era terminar antes de que se complicara.
—Pensabas que evitabas hacerme daño.
—Pensaba que evitaba verme haciéndote daño. No es exactamente lo mismo.
Levanta los ojos. No hay humor detrás de la frase, solo una claridad que me obliga a quedarme quieto.
—No puedo prometerte que dentro de noventa y dos días seremos iguales —dice—. Tampoco quiero que lo seamos. Tú vas a estar en la formación. Yo, en las prácticas. Puede que terminemos cansados, que una llamada salga mal o que descubramos que la distancia nos hace infelices.
El miedo se mueve dentro de mí, pero no toma el mando.
—Puede pasar.
—Lo que sí puedo prometer es no desaparecer para no tener una conversación difícil. Si quiero terminar, te lo diré. Si estoy saturado, te lo diré. Si te echo de menos y me da rabia echarte de menos, intentaré decirte las dos cosas y no mandarte una foto negra.
—¿Una foto negra?
—No importa.
—Importa un poco.
—Error artístico.
Me río. Nico gira el lápiz una vez.
—Quiero intentarlo —dice—. No hasta siempre. Durante el mes siguiente. Luego elegimos otro mes.
La propuesta es pequeña comparada con todo lo que quiero. Precisamente por eso puedo creerla.
—Un mes —repito.
—Con un plan que podamos cumplir. No llamadas cada noche. Tendré horarios raros y tú también.
—Una llamada fija a la semana.
—Y otra si podemos, sin convertirla en un examen.
—Si alguien no llega, avisa.
—Aunque sea con dos palabras.
—¿Cuáles?
—«Sigo vivo».
—Muy romántico.
—«Sigo vivo, guapo».
—Mejor.
—Y seguimos siendo exclusivos —dice Nico—. Lo acordamos en la pausa, pero quiero decirlo ahora sin darlo por supuesto.
—Sí. Si alguno quiere cambiar eso, primero hablamos.
—No compartimos capturas privadas con el equipo.
—Dani va a sentirse personalmente atacade.
—Puede sobrevivir.
—¿Y si pasamos varios días sin hablar?
Nico piensa antes de responder.
—No convertimos la frecuencia en una competición. Pero si el silencio empieza a ser evitación, lo nombramos. No enviamos un corazón para cerrar una conversación que necesita palabras.
La referencia a mi antigua amistad no me hiere. Demuestra que ha escuchado.
—Y si uno quiere dejarlo —digo—, no espera a la siguiente visita para fingir normalidad.
—Llamada. Voz. Nada de una frase perdida entre mensajes.
Nos quedamos callados. Incluir una forma de terminar no debilita el acuerdo. Lo vuelve honesto.
—Espero no usar esa norma —digo.
—Yo también.
Nico cierra el cuaderno un momento.
—No quiero que esto sea solo una lista de cómo no hacernos daño.
—¿Qué más quieres?
—Mandarte dibujos malos. Que me cuentes cuándo alguien en la formación te corrige y sobrevives. Ver una película a la vez aunque la conexión falle. Que conozcas mi habitación horrible. Quiero que la distancia tenga cosas que no sean mantenimiento.
Siento cómo el plan deja de parecer un protocolo de emergencia.
—Quiero cocinar algo durante una llamada y que critiques cómo coloco la cámara.
—Lo haré gratis la primera vez.
—Quiero que celebres cuando me salga bien, aunque tú hayas tenido un día malo.
—Y poder decirte después que mi día ha sido malo.
—Eso también.
No estamos diseñando una relación sin fricción. Estamos dejando sitio para el placer, el trabajo y el cansancio sin pedir que uno borre a los demás.
Anoto mentalmente el ritmo: una cita acordada, espacio para otra, avisar, no contar retrasos como ofensas. No habla de diciembre. Habla de conductas.
—Tengo una mañana libre en la cuarta semana —digo—. Podría visitarte si el billete entra en mi presupuesto y no interfiere con tu piso ni tus prácticas.
—Yo compartiré la mitad del viaje.
—Nico…
—No me estás rescatando y yo tampoco a ti. Si es una visita de los dos, la pagamos los dos.
Asiento.
—Y si no podemos esa semana, buscamos otra. Sin usarlo como prueba.
—Sin pruebas secretas —dice.
—Sin esperar que el otro adivine.
—Sin hablar de nosotros en mitad de una comanda.
—Eso debería ser una norma oficial.
Nico toma aire.
—También necesito una cosa.
—Dime.
—Que no interpretes cada día bueno que tenga allí como una señal de que ya no te necesito. Quiero que me vaya bien. No quiero tener que hacerme pequeño para que la distancia parezca amor.
La petición duele porque reconozco momentos en los que habría preguntado cuánto me echaba de menos antes de preguntarle qué había aprendido.
—De acuerdo. Y yo necesito poder decirte que lo estoy pasando mal sin que lo escuches como una exigencia para que vuelvas.
—De acuerdo.
—¿Esto consta ya en acta?
Nico abre el cuaderno por una página nueva.
—Falta la firma.
Escribe Primer mes y dibuja debajo cuatro casillas imperfectas. En la primera pone llegar y avisar . En la segunda, llamada semanal . En la tercera, decir la verdad antes de inventar la del otro . En la cuarta deja un signo de interrogación.
—¿Qué va ahí? —pregunto.
—Elegir el mes siguiente.
Tomo el bolígrafo y añado debajo: No hay que ganar cada conversación.
Nico la lee.
—Eso va por ti.
—También por ti.
—Entonces debería estar dos veces.
El móvil de Mara vibra sobre la caja. Desde la puerta, carraspea.
—Os quedan cuatro minutos de diplomacia internacional.
—Ya hemos alcanzado un acuerdo provisional —dice Nico.
—Me alegro. Guardadlo donde no interfiera con el plan de producción.
No pregunta si hemos vuelto. Mara respeta nuestras decisiones y desconfía de cualquier emoción que alargue el cierre.
Cuando salimos, la calle está casi vacía. El aire de final de verano tiene una temperatura extraña: aún cálido, pero con algo más fino por debajo. Caminamos hasta la esquina donde llevamos una semana separándonos.
Nico se detiene.
—Nos falta decidir una cosa.
—¿Cuál?
—Si esto significa que volvemos a estar juntos.
La pregunta me acelera el pulso. No respondo con el cuerpo antes que con la voz.
—Para mí sí. Si para ti también.
—Para mí también.
—¿Seguro?
—No voy a darte seguridades imposibles y tú acabas de pedir una a los treinta segundos.
—Era una confirmación operativa.
—Claro.
Nico da un paso. No borra toda la distancia.
—¿Puedo besarte?
—Sí.
Lo hace despacio, como si el beso no fuera la recompensa por haber hablado sino otra pregunta que seguimos contestando.
Le apoyo una mano en la cintura. Él me roza la nuca.
No intentamos recuperar de golpe los días de pausa.
No hay música ni un jurado oculto dispuesto a darnos puntos.
Hay una farola que parpadea y una bolsa mal cerrada que el viento arrastra por la acera.
Y, aun así, el beso sabe a algo elegido.
Cuando nos separamos, Nico apoya la frente en la mía.
—Mañana trabajamos —murmura.
—Lo sé.
—Y pasado también.
—Lo sé.
—No puedes mirarme así durante la final.
—¿Así cómo?
—Como si quisieras besarme detrás de cada recipiente.
—Eso es exactamente lo que quiero.
—Disimula.
—Soy un profesional.
—Has ordenado cucharas por tamaño esta semana.
—Leila habla demasiado.
Nos reímos. Esta vez caminamos juntos un tramo más, sin fingir que la esquina ha desaparecido. Cuando llega el momento de separarnos, fijamos la hora del ensayo y nos despedimos en voz alta.
Al llegar a casa, encuentro una foto del cuaderno. Nico ha escrito debajo del plan:
Nuestra receta cambia si hace falta. Sigue siendo nuestra.
Le respondo con dos palabras, las primeras de un acuerdo que todavía no hemos puesto a prueba:
Sigo aquí.