Un poke para dos Capítulo 7 · El cuaderno blanco
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Capítulo 7 · El cuaderno blanco

Nico

El cuaderno blanco deja de ser blanco durante la comida del equipo.

Hasta hoy conserva páginas enteras sin tocar.

Leo escribe solo cantidades y tiempos; yo intento que cada prueba tenga aire alrededor.

Leila lo abre junto a nuestros cuencos, prueba la receta con tofu y anota tres palabras en el margen: «Más presencia vegetal».

Dani dibuja una onda de sonido debajo del título provisional.

Mara corrige con una flecha el orden de una reposición.

En menos de diez minutos, cuatro personas han invadido mi cuadrícula.

No corrijo a ninguna.

—¿Te encuentras bien? —pregunta Leo.

—Estoy practicando la convivencia.

—Has movido el bolígrafo de Dani dos centímetros.

—La convivencia tiene límites.

Comemos alrededor de una mesa demasiado pequeña. La receta no ha ganado nada; solo ha superado una primera prueba interna. Aun así, Dani brinda con su botella de agua porque, según elle, cualquier excusa sirve para registrar un sonido de celebración.

—El nori funciona —dice Leila—. Y el tofu ya no parece un cambio de última hora.

—Porque no lo es —responde Leo.

—Lo sé. Lo digo para que no se os olvide cuando hagáis la ficha.

Mara reparte la siguiente tarea. Tenemos que resumir la propuesta, justificar que el montaje cabe en un servicio y explicar por qué las dos opciones de proteína pertenecen al mismo concepto. Si pasamos la selección, habrá vídeo y una prueba real con clientes.

—El premio de formación no es solo para quien inventa la receta —añade—. Se asignará según el plan del equipo y la convocatoria. Que nadie empiece a competir con sus compañeros.

Leo baja los ojos hacia su comida. Lo hace tan rápido que quizá Mara no lo nota. Yo sí.

—¿Qué formación quieres? —pregunto.

—Estamos comiendo.

—Eso no impide hablar.

—En tu caso, pocas cosas lo impiden.

Dani interviene.

—Yo quiero producción de sonido. Si el concurso no lo cubre, al menos el vídeo me sirve para el porfolio.

—Nutrición aplicada —dice Leila—. Empiezo un curso en otoño, gane o no gane esto.

Mara se apoya contra la pared.

—Yo quiero que acabéis el turno sin dejar arroz pegado en lugares creativos.

Todos miramos a Leo.

Él mueve el tenedor entre los dedos.

—Dirección de Cocina.

La frase sale baja, pero cambia el aire.

—La convocatoria cierra dentro de dos semanas —dice Mara—. Lo sabes porque llevas dos meses abriéndola y cerrándola en el ordenador.

—Piden una memoria de experiencia, una motivación y una propuesta de mejora.

—Tienes experiencia —digo.

—Tengo turnos.

—Los turnos son experiencia —responde Leila—. Sobre todo cuando aprendes algo de ellos.

Leo se encoge de hombros.

—No sé presentar eso.

—Yo sí.

La respuesta se me escapa antes de decidir si quiero ofrecerla.

Él levanta la vista.

—No necesito que me diseñes una personalidad.

—Qué alivio. No sabría por dónde empezar.

Dani ahoga una risa. Mara mira el reloj.

—Os quedan seis minutos de descanso. Si vais a discutir una solicitud, hacedlo fuera del servicio.

—No estamos discutiendo —digo.

—Todavía.

Dani decide que, ya que estamos hablando del futuro, cada persona debe confesar el peor trabajo que ha tenido.

Leila empieza: dos semanas entregando folletos con un disfraz de botella que no le permitía doblar los brazos.

Mara trabajó un verano en una terraza donde el encargado medía el éxito por el número de mesas que lograba aceptar, no por las que podían atender bien.

—¿Y tú? —me pregunta Dani.

—Hice carteles para una academia. Me pagaban una parte en dinero y otra en clases que no quería recibir.

—Eso no parece legal —dice Leila.

—Tampoco era bonito. El dueño creía que todas las palabras importantes necesitaban mayúsculas, subrayado y tres signos de exclamación.

Leo se lleva una mano al pecho.

—¿Sobreviviste?

—No sin secuelas.

Me piden que dibuje uno de memoria. Abro una página nueva y reproduzco un rectángulo con cinco tipografías, una fotografía estirada y la palabra OFERTA ocupando media hoja. Dani emite un sonido de terror. Leila dice que la botella de folletos era más digna.

Leo añade tres signos de exclamación debajo y escribe: «CLASES DE TODO».

—Eso estaba —digo.

—No puede ser.

—En rojo.

Nos reímos. Durante un minuto no soy el nuevo ni el chico que se marcha a final de verano. Soy quien ha traído la historia que todos repetirán la próxima vez que alguien use demasiadas mayúsculas.

Mara mira el reloj y se levanta.

—Fin de la terapia laboral. Quedan dos minutos para volver.

—Tú no has dicho tu mejor trabajo —señala Dani.

Mara recoge su vaso.

—Este, cuando escucháis a la primera.

—Entonces no has tenido ninguno —dice Leo.

Mara le entrega los recipientes vacíos para que los lleve a lavado. Es su forma de cerrar el debate.

La comida termina y el cuaderno vuelve a la oficina.

Durante la tarde pienso en la solicitud de Leo más de lo que pienso en nuestra ficha.

Lo he visto anticipar una reposición, parar una comanda antes de que saliera mal y explicar una corrección sin hacer sentir inútil a nadie.

También lo he visto intentar estar en tres puestos a la vez y ponerse nervioso cuando otro cambia su sistema.

Hay material.

En un tramo tranquilo, Mara me pide que revise con Dani el texto breve de la propuesta. Elle ha escrito una primera versión para el vídeo futuro:

«Un poke fresco y equilibrado nacido de dos maneras opuestas de trabajar».

—Parece que Leo y yo nos odiamos —digo.

—Eso tendría visitas.

—No nos odiamos.

—Lo sé. Os miro trabajar.

Dani elimina «opuestas» y escribe «distintas».

—¿Mejor?

—Menos dramático.

—Guardaremos el drama para el plano del mango cayendo.

—No existe ese plano.

Elle acaricia la grabadora.

—Tengo el sonido.

La idea de convertir mi accidente en parte del vídeo debería molestarme. En cambio, me hace reír. Llevo menos de una semana y ya hay una historia que el equipo repite como si yo hubiera estado aquí el verano entero.

Cuando cerramos, Leo espera junto a la mesa con una memoria portátil y una hoja arrugada.

—No tienes que hacerlo —dice.

—¿Qué es?

—La convocatoria.

—Pensaba que no necesitabas una personalidad.

—He comprobado y ya tengo una. Solo está mal ordenada.

Le quito la hoja antes de que cambie de opinión. La sección de motivación está vacía. En experiencia ha escrito una lista de tareas: apertura, cierre, línea, recepción, formación de nuevas incorporaciones. Todo correcto y muerto.

—No puedes enviar esto.

—Gracias por la delicadeza.

—Parece el inventario de una persona.

—¿Qué pongo? ¿Que escucho hablar al arroz?

—Eso sería, por lo menos, memorable.

Nos sentamos. El local ya está limpio y seguimos dentro de nuestros horarios porque Mara ha autorizado veinte minutos para la solicitud, vinculada a la formación. No voy a escribirla por él. Le hago preguntas.

—¿Qué turno recuerdas porque casi salió mal?

—Hay demasiados.

—Elige uno.

Leo habla de un sábado del verano anterior. Faltó una persona, una entrega llegó tarde y él intentó cubrir cada puesto. Sacaron el servicio, pero terminó enfadado con todo el mundo por no haber seguido decisiones que nunca explicó.

—Eso no me deja bien —dice.

—Te deja aprendiendo. ¿Qué harías ahora?

—Preguntaría qué puede asumir cada persona. Marcaría prioridades. Y no tocaría la pantalla de Dani sin permiso.

Desde el fondo, Dani levanta el pulgar.

—Excelente aprendizaje.

Escribo solo palabras clave. Leo cuenta; yo le devuelvo el orden. Cuando se atasca, no le regalo una frase bonita. Le pregunto qué quiere cambiar.

—Que un turno difícil no dependa de la persona que corre más —dice al fin—. Si alguien coordina bien, todos saben qué decisión pueden tomar cuando esa persona no está mirando.

Dejo el lápiz.

—Eso va primero.

—¿Antes de la experiencia?

—Es la razón por la que la experiencia importa.

Leo relee mis notas. El ruido de Dani cerrando una funda llega desde el otro lado. Mara avisa de que nos quedan cinco minutos.

—Pensaba que el diseño era hacer que algo pareciera bonito —dice Leo.

—También. Pero, si está bien hecho, consigue que se entienda antes.

—Como el soporte de salsa aparte.

—Mi gran obra.

—No te rías. Evitó un error.

Su confianza me alcanza en un sitio para el que no tengo defensa preparada.

Guardamos la convocatoria en la memoria y acordamos trabajar otro rato antes de la fecha límite. Leo escribe en la última página usada del cuaderno: «Dirección de Cocina». Debajo deja un espacio grande.

—Eso es demasiado blanco —digo.

—Pensaba que te gustaba el espacio.

—Cuando sé para qué sirve.

—Para lo que todavía no sé hacer.

No tacho nada. En la página siguiente escribo: «Cosas que ya haces aunque no las llames formación».

Enumero tres antes de que pueda impedirlo.

Leo lee y cierra el cuaderno con cuidado.

—Gracias.

No añade una broma. Yo tampoco.

Al salir, el equipo se reparte en dos direcciones. Dani habla de una pista de sonido. Leila pregunta si puede enviarle información de un curso. Mara camina delante, fingiendo que no escucha nuestros planes para después del verano.

Durante una manzana, nadie es solo su puesto.

El grupo se detiene frente a una tienda cerrada porque Dani quiere grabar el chirrido de la persiana contigua. Leila aprovecha para repartirnos caramelos de limón que lleva siempre en el bolso. Mara rechaza uno, acepta otro diez segundos después y asegura que son decisiones independientes.

Leo me pasa el suyo.

—No me gustan.

—Te he visto coger uno la semana pasada.

—Me gusta más no tener sed después.

Lo acepto. Es un gesto absurdo, pequeño y doméstico, de esos que no figuran en ninguna fotografía importante.

Aun así, cuando Dani levanta el teléfono para retratarnos a todos bajo la luz blanca del escaparate, no me coloco en un extremo.

Leo queda a un lado; Leila, al otro. Mara protesta porque mañana madrugamos.

En la imagen salgo riéndome con un caramelo en la mano y el cuaderno bajo el brazo. No parece una foto de alguien que ya ha empezado a irse.

Me doy cuenta de que ya no pienso en el local como el lugar donde tengo que durar cincuenta y tantos días. Pienso en quién estará mañana, en qué página abriremos el cuaderno y en si Leo escribirá algo en el espacio que le he dejado.

El problema de pertenecer a un sitio no es que cueste entrar.

Es que, cuando miras el calendario, también aparece algo que puedes perder.