Capítulo 5 · Salsa aparte
Nico
Una cata a ciegas deja de ser a ciegas cuando reconoces quién ha preparado cada cosa por su necesidad de ahorrar movimientos.
Leila coloca tres cuencos pequeños sobre la mesa de descanso.
Llevan las letras A, B y C. No hemos visto el montaje.
Mara ha controlado las cantidades y separado las salsas en recipientes numerados.
Dani sostiene una hoja de valoración que incluye sabor, equilibrio, textura y una última casilla titulada «¿Lo pedirías? ».
—Yo quería añadir «¿Lo recomendarías a alguien que te cae bien?» —dice Dani.
—Por eso reviso los formularios —responde Mara.
Leo se sienta frente a mí. Lleva mi lápiz en el bolsillo de la camiseta.
—Eso es mío.
Mira hacia abajo.
—Lo abandonaste.
—Lo olvidé.
—El lápiz no conoce la diferencia.
—Devuélvemelo.
—Después de la cata.
Mara golpea la mesa con un dedo.
—¿Podemos dedicar los próximos quince minutos a la comida y no a una disputa de custodia?
Probamos A sin salsa. Arroz de sushi, salmón, pepino, mango y edamame. La proporción está bien. El sabor, también. No ocurre nada memorable.
—Es el tuyo —digo.
Leo mastica.
—¿Por qué?
—Todo está colocado en el orden más corto posible.
—Eso es un cumplido.
—No lo era.
La salsa uno es ponzu. La añadimos en una cantidad medida y el conjunto despierta, pero el mango queda demasiado dulce junto al arroz. Leo apunta algo sin dejarme ver.
B lleva tofu marinado, hojas, mango, rabanito y wakame. Visualmente funciona. El rojo del rabanito corta el amarillo y el verde oscuro. También sabe como si cinco personas intentaran hablar a la vez.
Leo no necesita preguntar.
—Este es el tuyo.
—No hay pruebas.
—Has colocado el rabanito en abanico.
—Leila lo ha montado.
—Siguiendo tu dibujo.
La salsa dos es una mayonesa picante suave. Une algunos elementos y aplasta los demás. El tofu desaparece bajo la textura.
—No está mal —digo.
—Esa frase significa que no lo volverías a pedir.
—Significa que necesita trabajo.
—Y una excavadora para encontrar la proteína.
Leila prueba y asiente.
—El tofu debe tener una preparación que sostenga la receta. Aquí es relleno.
Lo anoto. Duele un poco, lo cual no convierte la crítica en incorrecta.
El cuenco C mezcla elementos de ambos. Mitad arroz, mitad hojas; salmón o tofu en dos muestras separadas; pepino, edamame, mango y una cantidad menor de rabanito. No hay wakame. La disposición es sencilla, casi demasiado.
—Este lo ha ajustado Mara —dice Leo.
—Este demuestra que los adultos no creen en la ornamentación —respondo.
Mara ignora el comentario.
Probamos primero el salmón sin salsa. La textura funciona mejor. El mango necesita un contrapunto. Abro el recipiente tres, pero Leo coge el uno.
—Ese era para A —digo.
—Estamos probando.
—La hoja dice tres.
—La hoja no se lo va a comer.
Mara levanta una ceja, aunque no nos detiene. Leo añade una pequeña cantidad de ponzu al C y mueve el cuenco hacia mí.
Pruebo.
El resultado todavía no es la receta. El salmón y el mango encuentran un equilibrio mejor. El pepino limpia el final. El rabanito aparece tarde, pero aparece. Doy otro bocado para asegurarme.
—Eso —digo.
Leo ya está probando la muestra con tofu. Añade la misma salsa, mezcla lo justo y tarda más en responder.
—También funciona aquí.
Leila coge un tenedor limpio y prueba ambas.
—Promete —decide—. El tofu necesita más presencia en el marinado y el rabanito, un corte uniforme. Pero no parece una copia triste.
Dani marca la casilla «¿Lo pedirías?».
—Acabamos de crear algo por desobedecer una hoja —dice Leo.
—No conviertas una combinación autorizada en una biografía rebelde —responde Mara—. Para eso hacemos pruebas controladas.
Repetimos cantidades. Esta vez seguimos el orden. La salsa ponzu va aparte hasta el momento de probar para que podamos comparar. Leo cronometra el montaje sin hacer un espectáculo; yo tomo notas sobre proporciones y no dibujo un solo abanico.
En la tercera muestra, el equilibrio vuelve a aparecer.
—No es casualidad —digo.
—Todavía puede ser una casualidad repetida.
—Eso se llama patrón.
—Eso se llama necesitar otra prueba.
Mientras Mara revisa los resultados, mi teléfono vibra en la taquilla. Lo miro durante el cambio de posición. Mi madre ha enviado la dirección del nuevo piso y una pregunta: «¿Te llegará para la habitación si te cogen?».
Empiezo a escribir que sí. Borro la palabra.
«Si trabajo todas las horas previstas, casi», respondo.
No le hablo del concurso. Ella convertiría la posibilidad en esperanza y después intentaría completar lo que faltara. Prefiero que el riesgo siga siendo mío.
Leo aparece con dos tapas medianas en la mano.
—¿Todo bien?
—Sí.
—Tienes cara de estar corrigiendo una factura.
—Mi cara es poco informativa.
—Lleva toda la semana informándome de lo contrario.
Guardo el teléfono. Durante un segundo quiero contarle lo del depósito y el mensaje de mi madre. No lo hago. Si el concurso solo dura hasta agosto, mis problemas también deberían quedarse fuera del turno.
Mara revisa el registro. La primera selección se cierra en cuatro días.
Podemos dedicar cuarenta y cinco minutos de un turno a ajustar la propuesta, siempre con producto medido y sin interferir con el servicio.
Leila no estará esa tarde; tendrá clase.
Dani cubrirá las comandas, y Mara estará en el local aunque ocupe otra zona.
Leo mira el horario.
—Podemos hacerlo al final del turno de mañana —dice—. Nico y yo montamos; luego lo prueba el equipo en la comida del día siguiente.
—¿Solo nosotros? —pregunto.
—Dos personas, menos manos cruzándose.
—O podrías admitir que mi diseño te sirve.
—Tu mango no está en abanico. Estoy dispuesto a colaborar.
Mara anota el tiempo como trabajo. Nada de llevar ingredientes a casa, nada de pruebas improvisadas, nada de quedarse gratis para convertir entusiasmo en horas invisibles.
—Cuarenta y cinco minutos —dice—. Al terminar, guardáis el resultado, registráis lo usado y os vais.
—Sí —respondemos.
Volvemos a la línea. La cata ha ocupado quince minutos, pero el sabor del C con la salsa uno se queda conmigo durante el resto del turno. Cada vez que sirvo mango y pepino, los imagino juntos con la acidez justa. Cuando veo el tofu, pienso en cómo darle el mismo peso que al salmón.
Leo trabaja a mi lado. Mi lápiz sigue en su bolsillo.
—¿Vas a devolverlo? —pregunto durante un tramo tranquilo.
—Al final.
—¿Por qué al final?
—Así no lo olvidas otra vez.
—Podría usar otro.
—Pero quieres ese.
Lo dice mirando una comanda. No hay ninguna razón para que la frase me produzca calor en la cara.
Una pareja tarda tanto en elegir que Dani termina de preparar dos bolsas mientras espera. La primera persona quiere salmón, mango, pepino y ponzu. La segunda pide tofu, rabanito, edamame y mayonesa picante. Leo me mira por encima de los cuencos.
—A y B —dice.
—No les juzgues.
—Estoy recopilando datos.
—No todo el mundo puede pedir C.
—Todavía.
La palabra instala un futuro pequeño entre nosotros.
Durante mi descanso pruebo a dibujar ese futuro y obtengo una página llena de errores. La selección, el vídeo, la cata, la final. Todas las flechas terminan el treinta y uno de agosto. Después he dejado un margen tan grande que parece una decisión.
Leo se sienta al otro lado sin pedir el cuaderno. Abre su comida y mira la página del revés.
—Has olvidado septiembre.
—No forma parte del concurso.
—Forma parte del calendario.
—Gracias por la información.
—¿Las prácticas empiezan enseguida?
—A principios de mes, si salen.
—Sigues diciendo «si» como si no quisieras que ocurran.
—Quiero que ocurran.
—Entonces puedes decirlo sin bajar la voz.
Cierro el cuaderno. Me irrita que haya detectado algo que intento mantener fuera de la línea: si deseo demasiado las prácticas, marcharme se vuelve real; si deseo demasiado quedarme, conseguirlas se vuelve una pérdida.
—Quiero que ocurran —repito, esta vez mirándolo.
Leo asiente.
—Bien.
No añade que espera que me quede ni que dos meses pasan rápido. Me deja la alegría completa, aunque todavía sea condicional. Eso consigue que abrir el cuaderno otra vez resulte un poco más difícil.
Después de la hora punta abro el cuaderno blanco. Leo escribe las cantidades que hemos probado. Su letra invade la columna que yo había dejado para observaciones. Estoy a punto de trazar una línea y me detengo.
—¿Qué? —pregunta.
—Nada.
—Has puesto cara de que mi letra ha cometido un delito.
—Tiene atenuantes.
—Gracias.
En la página siguiente dibujo el cuenco C sin colores. Solo seis zonas, la proteína en el centro y la salsa fuera, en un pequeño círculo.
Leo se inclina sobre mi hombro.
—Salsa aparte —lee.
—Hasta saber la medida.
Está lo bastante cerca para que note el calor de su brazo sin tocarme. Paso la página demasiado pronto.
Al final del turno me devuelve el lápiz. Lo ha afilado.
—Mañana a las ocho y cuarto —dice—. Tenemos cuarenta y cinco minutos.
—Lo pone en el horario.
—Te lo recuerdo porque llegas antes incluso cuando no hace falta.
—Llegaré a la hora exacta.
—Eso quiero verlo.
Salgo con el cuaderno en la mochila. Nora me llama cuando estoy a mitad de camino.
—¿Cómo va el trabajo de verano? —pregunta.
—Hemos encontrado una combinación.
—No te he preguntado por comida.
—No hay otra cosa.
—Claro.
Le cuento la cata y omito la parte en la que Leo se inclina sobre mi hombro. Ella guarda silencio de esa forma suya que convierte cualquier omisión en un foco.
—Solo es un compañero —digo.
—No he preguntado.
—Te estabas preparando.
—Mañana me cuentas si la salsa sigue aparte.
Cuelga antes de que pueda responder.
El teléfono vibra un momento después. Es un mensaje de Leo.
«20:15. Cuaderno, lápiz y ninguna decoración que necesite pinzas.»
Escribo: «Llevaré solo cinco dedos».
Su respuesta llega enseguida.
«Con eso me basta».
Leo escribe como trabaja: pocas palabras y ninguna que parezca colocada por accidente. Leo no sabe que llevo diez minutos eligiendo entre contestar con una broma, un pulgar o nada. Escojo nada y camino otra manzana con el teléfono en la mano.
En el escaparate de una tienda cerrada veo mi reflejo sonriendo. No es una gran sonrisa; apenas levanta una esquina de la boca. Aun así, me obliga a detenerme.
Nora diría que ya he dejado algo dentro del encuadre.
Guardo el teléfono en el bolsillo y acelero. Mañana tenemos cuarenta y cinco minutos, una receta incompleta y una hora exacta. Todo lo demás puede permanecer fuera de la ficha un día más.
Leo se refiere a la prueba. Yo también.
Guardo el móvil como si esa explicación pudiera enfriarlo.