5
Bajamos agarrados de la mano y al llegar al portal, Lorena intentó sacar las llaves del bolso. Y digo intentó, porque se le cayeron al suelo. Me agaché para recogerlas, se las devolví y todavía fue peor cuando trató de meterlas en la cerradura.
―¡Joder, no se ve nada con esta puta luz! ―dijo justificándose, pero la realidad es que iba más borracha de lo que pensaba.
―Déjame a mí ―y le arrebaté las llaves para poder acceder al portal.
Entramos en el ascensor y ella apoyó la espalda en un lateral, recostándose hacia atrás.
―¿Estás bien? ―la pregunté al ver que parecía algo mareada.
―Sí, estupendamente, anda, ven aquí... ―y tiró de mi camisa, acercándome a ella.
Nos quedamos frente a frente, me acarició el cuello con ternura y tras unos segundos de calma, se lanzó a mi boca, metiéndome la lengua sin pedir permiso.
Nuestro primer beso.
Su manera de besar era tal y como era ella, intensa, fogosa, movía la cabeza de lado a lado y me mordió los labios. Noté un poquito el sabor a sangre, pero apenas tuvimos tiempo a nada más, porque enseguida llegamos a su piso.
Salimos agarrados de la mano, ella abrió la puerta de su casa y sin tiempo que perder, me llevó hasta su cocina.
Dejó el bolso y los regalos en la encimera, arrinconándome contra una pequeña mesa de madera, sin decir nada volvió a besarme mientras me iba desabrochando los botones de la camisa y luego me pasó las manos por mi costado desnudo.
―¡Mmmmm, qué bueno estás!, ni te imaginas lo que me pones... ―suspiró recorriendo mis abdominales con uno de sus dedos.
Y yo le agarré bien el culazo y seguimos morreándonos, jadeando, manoseándonos ansiosos. Para mí gusto, Lorena era demasiado agresiva tanto con la boca como con las manos, pero es que ella era así para todo.
Un jodido volcán en erupción.
Me mordió el cuello y después el lóbulo de la oreja, gemía como si le faltara el aire y de un tirón seco, me desabrochó los botones del pantalón. Yo estaba supercaliente y ya no me pude contener más, subí las manos y sobé sus tetazas por encima de la camiseta.
Después de varios meses fantaseando con ellas, ¡tenía tantas ganas de tocárselas!
En la mano eran más grandes de lo que pensaba y se las estrujé tirando hacia arriba, lo que todavía le puso más cachonda a Lorena. No me cabía duda de que eran su punto débil. Y antes de sacarme la polla se quitó la camiseta, desnudándose de cintura para arriba.
Quería mostrármelas bien.
Fueron unos segundos como si se parara el mundo. Detuve mis movimientos, aparté mis manos y observé aquellas tetas que no podían ser más perfectas. Me encantaron esos pechos llenos, firmes, desafiando la gravedad con una elegancia muy natural y unas areolas oscuras y pequeñitas.
Y ella sonreía. Lasciva, descarada, exhibiéndose impúdica, arrogante, dándome una minitregua para que las contemplara bien, dejándome bien claro quién mandaba allí.
―¿Te gustan? ―me preguntó con voz de zorra, sacando la lengua.
―Sí, son perfectas...
Y después tiró del elástico de mi calzón y me la agarró con la mano.
―¡Joder, nene, qué polla más bonita y qué dura la tienes! ―exclamó, pegándome un par de sacudidas―. Me tienes cerdísima, cabrón, con ese cuerpo y lo guapo que eres... ¡quiero que me folles ya! ―y nos giramos y de un saltito se subió en la encimera, sentándose sobre ella y abriéndose de piernas.
Metí los dedos por debajo de su falda, tratando de bajarle las medias de rejilla, pero Lorena me agarró el pelo con fuerza.
―¡Arráncamelas, hostia, arráncame las putas medias!, ¡destrózamelas!
Y de un tirón resquebrajé la tela, y ella gimió, echando la cabeza hacia atrás al escuchar ese sonido tan característico.
―Mmmmm, sí, Diossss, ¡qué malote eres!, mmmmm, ¿vas a follarme?, ¿vas a follarme como a una puta?
Bajé la mano para apartarle el tanguita, pero entonces me di cuenta de que no llevaba nada bajo sus medias y me encontré su coño directamente abierto y preparado para que se la metiera.
Palpé mi bolsillo trasero, saqué un condón de la cartera, y cuando estaba a punto de colocármelo, Lorena pegó un salto, bajándose de la encimera.
No sabía qué pasaba, pero enseguida lo descubrí.
―¡Espera, espera, quiero hacer una cosa antes de que me la metas!
Apoyé el culo contra el frío mármol y Lorena se agachó, poniéndose de cuclillas delante de mí.
Empuñó mi erección y sin que me lo esperara se la metió en la boca hasta la puta garganta.
A lo bestia. Su nariz se estrelló contra mi pubis y comenzó a mover su cuello delante y atrás, atragantándose con ella, apretándome las nalgas para tragársela lo más profundo que podía.
Con la otra mano me sujetó los huevos con fuerza y después fue subiendo por detrás, hasta acercarse peligrosamente a mi ano. Se me tensaron los glúteos al sentir que me rozaba esa zona tan sensible con una de sus uñas y de repente, se sacó mi polla de la boca.
―Ssssssh, disfruta, solo tienes que relajarte, nene, tú déjame a mí que sé lo que hago ―y se la volvió a meter hasta la garganta, haciendo pequeños círculos con su dedo en mi entrada trasera.
Aquello era demasiado excitante y cuando liberé mi tensión, Lorena aprovechó para clavarme un dedo en el culo.
Y lo hizo como lo hace todo. Sin término medio.
Me lo metió hasta el fondo, y comenzó a penetrarme mientras que con la otra mano empujaba mi cuerpo hacia su cabeza para que se la clavara todo lo que daba de sí.
Pero yo ya no podía más. Tenía toda mi polla dentro de su boca.
Nunca había estado con una mujer así, tan intensa, tan violenta, tan... guarra, y de repente, sentí que se me ponía todavía más dura y mis pelotas se encogieron a su mínima expresión. ¡Estaba a punto de correrme! y Lorena no me daba ni un segundo de tregua.
―¡Para, para, joder, o me voy a correr! ―le pedí intentando apartarla de mí, pero ella se la sacó un par de segundos con los ojos llorosos, la respiración acelerada y su barbilla llena de babas.
Me miró jadeante y entonces me ordenó.
―¡Mmmm, no me importa, fóllame la boca y córrete, joder!, mmmmm, ¡quiero que te corras en mi boca! ―y ella misma agarró mis manos y las situó sobre su pelo.
Aquello era acojonante.
La sujeté de la cabeza y con un golpe de cadera, volví a metérsela hasta la garganta. Creo que noté su campanilla, y como me había pedido, comencé a follármela duro mientras ella me destrozaba el culo con su dedo corazón. Ya todo se había descontrolado y supe que mi orgasmo era más que inminente.
No sé el tiempo que pude follármela así. Veinte, treinta segundos como mucho, y con un golpe de cadera hice el máximo de fuerza, empotrándola contra mi cuerpo y la dejé allí quieta. Palpitando.
―¡¡¡Aaaaah, me corrooo, aaaaah, aaaaah, me corrooooo!!!
Y le solté un lefazo tras otro sin dejar tan siquiera que respirara.
Yo sentía cómo mi semen salía con potencia y se iba colando directamente en su garganta.
Y ella siguió impasible, tragándoselo sin pestañear, hasta que se quedó sin aire y tuvo que sacársela de la boca, pero mi polla no dejaba de escupir más y más leche y un lefazo le atravesó desde la barbilla hasta la frente.
―¡¡Sííííí, síííí, mmmmm, cabrón, sigueee, sigueeee, córrete en mi cara también, mmmmm, eso es!, ¡córrete en mi cara! ―gimoteó ansiosa, agarrándomela para pajearme.
Me daba golpecitos con la lengua en el glande y no se detuvo hasta que me sacó la última gota.
Mis piernas se quedaron temblando con el pedazo de corridón que me acababa de pegar y al mirar hacia abajo la vi ansiosa, cachonda, relamiéndose, chupando mi pubis y haciendo círculos con su lengua en mi capullo.
Entonces me sacó el dedo del culo y también lo chupó.
¡Qué vicio tenía!
―¡Mmmm, qué bueno, joder, he tenido que tragármelo casi todo!
, ¡menuda corrida, nene!, llevabas los huevos bien cargados, eh...
y qué polla más bonita tienes, así me gustan a mí las pollas, depiladitas, duras, ufff, ¡ya no puedo más!
, ¡me tienes cerdísima!, ¿necesitas tiempo para recuperarte o puedes follarme ya? ―me preguntó incorporándose.
Por lo general necesitaba unos minutos para volver a empalmarme, pero aquella noche con Lorena no se me bajó ni un ápice. Seguía igual de caliente y excitado que antes de correrme.
O incluso más.
Y se subió a la encimera otra vez y abrió sus piernas, mostrándome su coño que ahora estaba todavía más mojado.
―Claro que puedo follarte ―afirmé y tiré de su pelo con fuerza, mientras apoyaba mi erección entre sus labios vaginales.
―Eso es, mmmmmm, ¡trátame como una puta!, me encanta, ¡insúltame!, ¡en cuanto me acercan así una polla me pongo cachondísima!, mmmmm, ¡joder, nene, me tienes tan cerda que puedes hacerme lo que quieras!