Un placer, milord Epílogo
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Epílogo

Jamás había estado tan nerviosa en su vida y no entendía por qué, estaba deseando casarse con su conde. Esas últimas semanas habían sido las más maravillosas de su vida.

—Es increíble que tu prometido siguiera con los preparativos de la boda a tus espaldas, ¿no crees? —preguntó su tía viendo como Elva le ponía el velo.

El vestido era exactamente como el que había llevado en la noche de su presentación, excepto en el velo, que hecho con bordados de flores de hibisco medía un metro más que la falda que también tenía cola.

Su futuro marido le dijo que cuando lo viera no lo rechazara porque ese día todo saldría bien.

Y ella sentía que era perfecto, aunque a su madre el tema no le había gustado un pelo.

Pero ahora todo había cambiado y Vivianne recordaría ese vestido como el más importante de su vida.

Acarició su collar y levantó la barbilla sintiéndose realmente hermosa.

—Bueno, es evidente que mi aspecto no le va a sorprender.

Elva soltó una risita. —Seguro que el camisón que te he regalado le deja con la boca abierta.

—Niñas… —las reprendió Roseanne antes de soltar una risita. —No se habla de esas cosas.

—Pues entonces tampoco podemos hablar de tu romance con el tío de mi prometido, ¿verdad? —preguntó como si nada volviéndose.

—¿Romance? Qué tontería, solo he hablado con él.

—Pues me ha dicho un pajarito, que te han visto besándote con él en la biblioteca.

Esta se puso como un tomate. —Me besó él, es un gañán.

—Tú no te resistías mucho, tía, parecía que te gustaba.

—¿Nos viste? —preguntó avergonzada.

Rio por lo bajo cogiendo sus faldas y acercándose. —Mi conde os vio cuando iba a buscar el periódico que su tío había leído. Decidió leerlo más tarde.

—Dios mío, qué vergüenza.

—No tienes que avergonzarte. Os dais otra oportunidad y eso está bien. Las segundas oportunidades están para algo.

—No funcionó entonces y no funcionará ahora.

—Nunca se sabe. Disfruta mientras puedas, yo pienso disfrutar de todo lo que me ofrece la vida. Empezando por este día. —Se giró para caminar hacia la puerta. —Nos vamos.

—Pero si aún queda una hora —dijo su madre atónita.

Sonrió mirándolas sobre su hombro. —Seré yo quien le espere en el altar, seré yo quien espere al hombre que hace que mi corazón palpite. Quiero sentir esa sensación.

Emocionadas la siguieron hasta las escaleras y Vivianne al mirar hacia abajo vio a su conde esperándola. —¡No, quería darte una sorpresa!

Él rio por lo bajo. —Preciosa, la novia llega la última y normalmente hace esperar a todo el mundo.

Llegó hasta su conde y besó suavemente sus labios. —A ti no te haré esperar nunca más, mi amor. Nunca más.

FIN