Capítulo 11 La entrega bajo la lluvia
Aquella tarde vine por las dudas, como había pensado.
La lluvia se sacudió en cuanto abrí la puerta del almacén; el repartidor clavó los pies en el umbral y del abrigo le salió olor a humedad y a aceite de motor.
Puntas de agua resbalaban por la gorra; frotaba las manos con la palma del otro guante, como si quisiera secarlas con la ropa ajena.
Canelo se quedó en la acera, menudito, mirándome con la serenidad del perro que sabe que la lluvia no le importa si su humano vuelve pronto.
—Perdón por el charco —dijo él—. Su voz era tan áspera como el cartón de las cajas apiladas detrás suyo.
Lo miré: joven en los bordes, con las uñas manchadas de tinta y una cicatriz fina en el índice derecho; los mensajeros llevan las manos escritas de trabajo.
En su chaleco fluorescente, una mancha oscura parecía un mapa de rutas.
Me acerqué entre estanterías inclinadas; el almacén olía a papel húmedo y a goma de cinta, con esa ternura de lugar donde todo tiene un destino y prisa.
—Gracias por verme —dije sin alharacas—. No quiero más que hablar de la mañana en que dejó la caja en el portal de don Leopoldo.
Se limpió la garganta, aún frotando la manga contra la boca, y puso la caja más cercana detrás de sí como si necesitaran una frontera entre nosotros.
—Esa caja... —comenzó—. La vi. La dejé yo.
Me apoyé en una pila de sobres y respiré la madera húmeda del mostrador. En mi libreta tenía anotada la franja que Marta me había dado y la delgadez del recadero; había venido por las dudas y por la costumbre de registrar voces donde la sombra se empeña.
—¿A qué hora la dejó? —pregunté. No era acusación; era cuchillo frío que separa hechos.
El muchacho miró la puerta, como esperando ver la furgoneta aún en la calle.
—La dejé hacia las nueve y cinco —respondió—. O al menos eso marca mi hoja. Salí de la furgoneta, la dejé en el portal y el tipo me dijo que no llamara. Tenía prisa. No... no quería líos.
Se frotó la nuca. Por un segundo recordó algo que le apretaba la memoria: un trozo de cordón, una nota de voz. Miré la mano que alzó para ilustrarlo; la cicatriz brilló un momento bajo la luz de neón.
—¿Nueve y cinco? —repetí—. Marta dijo que la vio pasar tras la misa, que hizo una segunda pasada y que el mensajero parecía nervioso. ¿Usted la dejó a las nueve y cinco? ¿Lo recuerda, seguro?
El muchacho frunció la cara y rebuscó en un bloc mojado de apuntes. Sacó una hoja arrugada con números y horarios escritos con bolígrafo corrido.
—Sí —dijo—. Aquí lo tengo. Nueve y cinco. Me lo apunté en la furgoneta cuando entregué. Firmé y me fui. Si hubo otra pasada, no fue la mía. Hice la ruta temprano ese día porque había tabla de entregas y el jefe quería cerrar antes de la lluvia.
La contradicción quedó entre nosotros: Marta había visto la furgoneta dos veces, recordó una segunda parada en la esquina de la farmacia; yo había reducido la franja a una ventana más estrecha según otras piezas.
Nueve y cinco no encajaba con la precisión que buscaba; alguien había querido multiplicar pasos, o alguien recordaba mal, o había dos manos en la jugada.
—¿Cómo era la furgoneta? —pregunté.
—Blanca —dijo él sin dudar—. Simple, sin rótulos.
La puerta trasera tenía una marca negra, como una huella que no llegó a secar.
Era de dos asientos. El que me dejó el paquete no se quedó mucho; se tapó la cara con una bufanda y llevaba un anillo grande —hizo el gesto de rozarse la mano con la otra para que entendiera—.
Me dijo: "déjelo en el portal, es frágil; no llamar".
Pagaron en efectivo. Así es como hacemos cuando nos piden discreción: firmo y me voy.
La palabra "frágil" cayó como un trozo de vidrio entre cajas.
En el bolsillo del chaleco llevaba la copia de su remito; sus dedos la apretaban con el olor de billetes y tinta.
El "no llamar" era el hilo que se repetía: recadero que no quiso preguntar, vendedor que no dejó recibo, manos que se apuraron.
—¿Le dijo quién era? —inquirí—. ¿Dio un nombre o una clave?
El joven negó con la cabeza. Caminó entre una fila de sobres, dejó la mano en uno con cinta cuarteada y la mirada se le hizo torcida.
—No me dijo nombre. Dijo que la señora que lo había encargado "conocía las claves" y que ella pasaría después. Dijo que pagó en mano. Además, me advirtió que no llamara por teléfono ni dejara nota. Tenía prisa. Tenía miedo, se le notaba.
Ya había oído "conoce las claves" en el almacén municipal y en la cocina de Ledesma, como un eco que no se quiebra. Guardé silencio y dejé que hablara; en su relato las piezas se ensamblaban en una fábula de favores.
—¿Tenía guantes? ¿Había olor a lejía? —pregunté.
—No guantes —contestó—. Tenía las manos frías. No olía a lejía. Llevaba una gabardina oscura y la bufanda por la boca. El anillo brilló cuando salió el sol, aunque no había mucho sol ese día.
Tomé nota en la libreta sin cerrar la pluma; las letras mojitas dejaban un borde que parecía un mapa. Miré alrededor: en una caja, alguien había dejado una mancha de barniz fresca; la vi como quien encuentra una especia que no encaja en la receta.
—¿Firmó alguien en el remito? —insistí.
Sacó la hoja y me la mostró: trazos regulares, firma apurada.
La foto del remito que me enseñó en el teléfono no era la copia legal, pero mostraba una rúbrica y la nota "dejar en portal — frágil".
La hora estaba marcada: 09:05. Sobre la esquina de la hoja, casi borrada, había una inicial que parecía una L inclinada; la señaló con el índice.
Di un respingo imperceptible. L. Podría ser un atajo inocente o la curva de una letra que compite con otras en mi libreta. Guardé silencio; en mi cabeza se amontonaron rutas posibles: alguien que daba órdenes por teléfono, alguien con acceso a casas, alguien que sabía de claves.
—¿Usted guarda las hojas de reparto? —pregunté—. ¿Hay algún registro con más detalle?
Asintió y me señaló una balda donde había fardos de remitos y notas atadas con gomas. La humedad les había dejado bordes ondeados; algunos habían manchado la tinta.
—Sí —dijo—. Aquí. Pero no puedo sacarlos sin permiso del jefe. Si quiere, le hago una fotocopia de lo que necesite y se la doy.
Preferí no hurgar; prefiero que me los entreguen antes que revolver cajones en ausencia del propietario. La policía tiene sus trámites; me bastaba ahora una palabra, un gesto, la confirmación de que la furgoneta blanca pasó y que alguien pidió discreción.
Miré el almacén: un mensajero que no quiere problemas, cajas con barniz, la esquina donde Marta había visto pasar la furgoneta una segunda vez. Saqué mi argumento más suave y eficaz: la confianza.
—¿Podría avisarme si ve algo más? —pregunté—. Le doy mi número y si necesita algo, nos llamamos. Yo no busco provocar. Solo quiero saber si hay algo en esas hojas que diga quién tiene claves en esa calle.
Me pasó un billete de mirada curiosa, como quien toma una muestra de una masa para probarla. No me dio el número; garabateó en una etiqueta adhesiva y la pegó en el bloc antes de ofrecérmela.
—Si el jefe no quiere líos, yo le digo que hable con usted —murmuró—. La próxima vez que salga algo raro, le aviso. Tengo la hoja en el camión.
Guardé el papel; la humedad había calado hasta el hueso: olor a tinta corrida, cartón y refriega.
Me fui dejando atrás el olor de papel mojado y la luz fluorescente que hacía brillar las gotas en sus guantes.
En la libreta, la hora que había anotado Marta se mezcló con la que llevaba el remito: nueve y cinco contra nueve y diez-veinticinco; la mitad de la ventana se había corrido, y en esa franja iba a encajar, tarde o temprano, un nombre o una huella.
Al doblar la esquina, pensé en el barniz seco en aquella caja y en la inicial apenas borrada, y sentí que la lluvia no solo mojaba calles: barría coartadas.
Giré la esquina y volví al almacén antes de que la lluvia tuviera tiempo de borrar las huellas del tablero.
La marca del barniz en aquella caja se fijó en mi recuerdo y empujó mi paso hacia la puerta; entré sin anunciarme del todo.
El joven repartidor cruzó la mirada conmigo y apretó la hoja que llevaba en el chaleco como quien sostiene un crucifijo: el agua le había estampado gotas en la tinta y las curvas parecían tramar palabras que se deshacían.
Yo, por mi parte, ya llevaba una copia en la pantalla del teléfono; no venía a llevarme el original.
—¿Ha vuelto? —dijo el ayudante desde detrás del mostrador, con la escoba apoyada en la pierna como un instrumento que marca tiempo.
—Hubo algo en el remito que quiero cotejar —contesté—. ¿Tiene el libro de entregas aquí?
Se hizo un silencio que olía a cartón húmedo y a pegamento; el almacén respiraba con cajas y susurros.
El ayudante dejó la escoba y fue a buscar el cuaderno donde apuntan salidas y nombres; al volver lo abrió con cuidado, como quien descubre una masa que no debe romperse por el lado equivocado.
Las páginas ya tenían marcas de agua, la tinta estaba a saltos y en los márgenes alguien apuntaba abreviaturas con prisa.
—Mire —dijo—. Aquí aparecen las salidas. Fecha, cliente, cantidad, observaciones. No solemos anotar más, pero si algo vino extraño, suelen dejarlo en la columna de al lado.
Me acerqué: la textura del papel mojado, la inclinación de una letra desesperada.
Pasó la página con un gesto que parecía querer atender a la prisa y a la discreción simultáneamente.
Allí, entre entradas conocidas y nombres que se repetían como recetas, encontré una línea que no concordaba del todo con las demás: la hora, un destino, y en el margen una anotación corrida, borrosa por las gotas.
Era una calle legible a medias y una inicial que se mantenía, apenas, como un dibujo.
—Calle Mayor —leí en voz baja—. El trazo falló, pero distinguí una L inclinada como la que había visto antes. ¿Esto lo apuntó usted?
El joven apartó la mirada y frotó la punta de los dedos contra la yema con la impaciencia de quien busca restañar una mancha de masa.
—Yo lo saqué —murmuró—. Sí. Pero no fui yo quien dijo eso en el margen. El chico del camión dejó la hoja y se fue. A veces vienen y piden que apuntemos tal cual: «dejar en portal, no llamar». Lo apunto, lo firmo y ya.