Un pastel de manzana para el difunto Capítulo 7 La corteza y la competencia
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Capítulo 7 La corteza y la competencia

Era domingo por la mañana y yo ya estaba en el mercadillo.

El mercadillo tenía la puntualidad de siempre: a las ocho la bruma se quedaba a esperar y, a las nueve, las mesas ya olían a azúcar, a cuero húmedo y a manzanas.

La Calle del Olmo se estiraba en una banda de voces y paños; las bandejas brillaban como pequeñas playas de hojaldre.

Vi que Tomás había plantado su toldo frente a la fuente, la lona azul tendida con la suficiencia de quien monta un escenario propio.

Su puesto decía La Corteza en una pizarra mal pintada; detrás, Tomás movía unas tartas con dedos de panadero y una expresión concentrada, la frente marcada por un surco de harina.

Canelo iba a mi lado con la correa floja, actuando como si hacer rondas por el mercado fuera parte del servicio.

Saludé a Tomás con la cortesía de siempre: sonrisa medida, comentario sobre el tiempo.

Él me devolvió el saludo con un gesto corto, casi profesional, y me ofreció un trocito de corteza para que probara su última manzana.

Le devolví el gesto: saqué del bolsillo interior del delantal el pañuelo con la muestra envuelta —la que ahora guardaba desde que la recogí en la casa de don Leopoldo— y lo colgué de la palma, como quien exhibe un billete raro.

—No he venido a quitar ventas —dije antes de desplegar la oferta—. Necesito ojos... y oídos de horno.

Tomás frunció el ceño, curioso y a la defensiva. Tendía las porciones con cuidado, como si cada porción fuese una pequeña propiedad.

—¿Quieres que te la pruebe aquí? —propuso.

—Quiero tu diagnóstico —respondí. Técnicamente, sin juicios.

Le pasé el pañuelo. Observó la tela con esa mezcla de desdén y profesionalidad que tienen los que trabajan con manos ajenas a la costura de los demás.

Desanudó el nudo con el pulgar; me fijé en la uña, en la forma de su mano.

Al abrir la tela, un olor pequeño, floral y empastado se escapó como una confesión.

Tomás aspiró, los ojos entrecerrados; sus dedos se movieron con la lentitud de quien desgrana una opinión que puede tener consecuencias.

Cogió una migaja con la punta del dedo índice y la olió como lo hacemos los dos: no hay prisa, hay método. Luego la llevó a la lengua y dejó que la boca hiciera el trabajo de lámpara y lupa.

—Tiene canela —murmuró. La base me llega fuerte y limpia.

Pero hay otra cosa: manteca muy trabajada, con un brillo que no sale de un batido normal.

Y ese pliegue... —tocó la corteza con la yema, como si midiera una costura— no es un golpe de muñeca: es un roscado bien hecho, con pliegues en abanico que piden tiempo y herramientas.

Sonreí por dentro. Había anotado esas pistas como posibilidades; que las confirmara él me daba una sensación de mapa que se aclara.

—¿Roscado? —repuse. ¿De los que aprendiste en la feria?

Se le vio el tic: las comisuras se apretaron. Tomás dejó la miga entre los dedos y la volvió a mirar.

—Ese pliegue no lo hago yo siempre —admitió.

Aprendí la técnica hace años, en una feria lejana.

Un artesano mayor de la sierra me mostró cómo llevar la manteca hasta ese punto para que quede brillante sin fundirse en el horneado.

Es un trabajo fino: mucho frío, diagonal, presión en la manga.

No es algo que se improvisa en un obrador pequeño.

Lo dijo con una mezcla de orgullo y defensa. En su mano derecha, junto al pliegue de la muñeca, vi una cicatriz diminuta, coloreada por un pasado de quemaduras y mangas de hierro. La señal era discreta, como un testigo que habla en voz baja.

—Entonces conoces el gesto —apunté—. ¿Lo practicas mucho?

Él negó con la cabeza.

—No lo uso todos los días. Es delicado y consume tiempo. Además, la gente aquí prefiere la tarta sencilla; lo ornamental no vende igual. Pero lo hice para clientes especiales, para encargos. No se lo cuento a mucha gente; en esta profesión, el secreto es vida o ruina.

—¿Y la flor? —pregunté despacio. Hay quien dice que esa mezcla floral no es de aquí.

Tomás se quedó rígido. Fue un gesto pequeño, la inclinación de una ceja. Se llevó la mano al borde de la bandeja, tocó una espátula como si buscara apoyo.

—He visto pétalos así —murmuró. Un viajante los trae de vez en cuando.

No es mi ingrediente de cabecera, lo uso en trabajos que piden ceremonia.

Los Ledesma... —sus labios pronunciaron el apellido en una pausa— los Ledesma tienen esa costumbre en las bodas.

No es algo que uno diga abiertamente en la plaza.

El nombre produjo un sonido sin palabras entre nosotros. Noté la contracción de su voz, menos por miedo a la familia que por no quedar atrapado en el rumor. Tomás no negó la relación de la flor con la familia; fue la manera en que tocó el asunto la que me dijo más que una confesión rotunda.

—¿Tú la usas? —pregunté, sin alzar la voz.

—Casi nunca —contestó. La verdad es que no me interesa ir por ahí robando rituales. Y, además, no me mezclo con compras demasiado raras; me traen problemas. ¿Por qué preguntas, Clara?

Su irritación cortó, con filo. La fama pesa en el mercado y se comparte con recelo. En su ceño se advertía el reproche: que a veces el pueblo prefiere el brillo de un escaparate a la exactitud de un horno.

—Porque noté esa flor en la corteza de la casa de don Leopoldo —dije, lo más llana posible—. Y el roscado. Si tú conoces la técnica y conoces al viajante, me interesa saber si alguien más pulió ese gesto en el pueblo últimamente.

Tomás soltó una risa corta, más aire que humor.

—Si quieres que diga nombres, no será aquí. Y no me gusta que me miren como si yo fuera el único que sabe hacer las cosas bien. Mira, Clara: yo cocino mi pan, hago mis tartas. Que la gente compare no me toca de muerte. Pero tampoco me gusta que me usen de coartada.

Palabras medidas, con el sabor de quien se siente en el alambre. Le ofrecí una sonrisa que no pretendía ser pacífica; era un trueque de tacto: la información por la calma.

—No te pido coartadas —repuse—. Solo que me digas lo que sabes: ¿el viajante? ¿dónde lo ves? ¿y esa noche, la del pastel de don Leopoldo, estuviste fuera de tu obrador?

Se le vio dudar. Un rostro se cierra cuando busca un mapa que no quiere dibujar delante de todos.

—El viajante viene y va —dijo al fin—. Lo vi en la feria de la sierra una vez, hace años.

Vende pétalos raros, mezclas para sobremesas ceremoniales.

Si alguien pidió algo así en el pueblo, no fue propiamente a mí.

Y esa noche... estuve en el obrador hasta tarde, sí.

Pero eso no significa nada. Nos quedamos los obradores hasta que amanece. Tú lo sabes.

Sus ojos buscaron confirmación en mí, como esperando que yo reconociera la verdad cotidiana del oficio: largas noches, manos rotas, el calor del horno como excusa y prisión.

Pero había una tensión nueva en su voz que no era solo la mía; era la incomodidad de quien teme que su firma técnica lo vuelva sospechoso.

Le devolví el pañuelo con la migaja ya masticada, lo envolví de nuevo despacio.

—No te estoy señalando —dije—. Solo escucho. Si conoces al viajante, dime cómo puedo encontrarlo. Si recuerdas algo de esa mañana que te pareció raro, apúntalo. Y si quieres que guarde esto entre nosotros, lo haré. No quiero incendios en la plaza.

Tomás me miró un momento, luego se encogió de hombros y volvió a su ritmo de venta.

Se recompuso la expresión, recogió una espátula y atendió a un cliente como si nada hubiera pasado.

Cogí mi libreta, anoté unas palabras en letra pequeña: roscado confirmado; manteca muy trabajada; conoce técnica feria lejana; reconoce flor asociada a Ledesma; evasiva sobre horarios.

Mientras me marchaba, Tomás se inclinó hacia un comprador y, sin saber si era advertencia o consuelo, murmuró con sinceridad profesional: —Si alguien quiere algo especial, pregúnteme. Pero no vendemos secretos.

Canelo tiró de la correa hacia un puesto de manzanas; yo guardé la libreta y pensé en la línea que acababa de trazar. Suspiré en voz baja, más para mí que para nadie: Tomás, nombre para vigilar.

Guardé la libreta. Canelo tiró de la correa hacia el pasillo trasero del mercadillo como si supiera que allí se hacían las cosas de verdad —las que no se cuentan en la plaza— y Tomás me siguió con la misma rapidez con que cierra una puerta cuando entra un cliente.

No dije que le acompañaría; lo hice. A veces, la mejor manera de no parecer sospechosa es parecer demasiado curiosa para no resistir una invitación.

La parte de atrás de su puesto olía a harina vieja, a manzana cortada a mano y a un aceite que nadie cambia del todo.

Tenía cajas apiladas: unas marcadas con la palabra "Corteza" a mano, otras con etiquetas de proveedores, bolsas de azúcar y un saco de manteca que crujía cuando Tomás metió la mano para sacar una caja pequeña y humedecida en el codo.

Abrió con un movimiento que conocía de memoria: la tapa; la luz del toldo asomó como un preludio.

Canelo inspeccionó un racimo de manzanas que se había caído y me miró como pidiendo permiso para llevársela; le acaricié la cabeza y el perro decidió que ese aroma —manzana y trabajo— merecía paciencia.

—No tardo —dijo Tomás mientras clavaba la rodilla en una caja y buscaba algo entre papeles—. ¿Quieres ver algo? Tengo un paquete de aquellos pétalos que te hablaba.

Su voz llevaba la mezcla de orgullo y recelo que conozco bien: orgullo por la pieza y recelo por la curiosidad ajena.

Le seguí hasta una caja de cartón donde, con cuidado casi ceremonial, puso una bolsa cerrada.

Dentro, pétalos secos de un color entre amarillo y rosa, olor tenue, polvoriento —olía a fiesta antigua más que a tienda—.

Tomás dejó la bolsa sobre la mesa y apartó una cucharilla pequeña; quería enseñarme, no venderme nada.

—Los trae el viajante —dijo—. De vez en cuando aparece en la feria de la Cuesta Verde; no es frecuente. Los compra gente para encargos especiales. Yo… compro poquito, para encargos de bodas o cuando alguien quiere algo "distinto". No es para todos los días.

Asentí y miré la bolsa como quien mira una nota musical: la textura, la rotura del papel, la costura del cierre.

Era semejante a la descripción que había oído del paquete de don Leopoldo —papel rústico, cuerda fina—, pero no dije nada aún.