Capítulo 6 Listas de sospechosos y secretos #3
Marisa me había dicho que vio pasar a la mujer con guantes; la descripción encajaba con una compra con carácter ritual.
Rodeé la ficha con un trazo de lápiz: prioritario, al alba.
La segunda pilastra que dibujé fue técnica.
Puse junto al nombre de Tomás una pequeña miga de su corteza —la que me dio una vez en la plaza— y, con la pluma, anoté lo que sabía: quemadura antigua en la mano (memoria de trabajo), conexión con talleres (feria de la Cuesta Verde), y una nota en letra distinta: "podría reconocer pliegue;
probar sin acusar".
Tomás es un rival que conoce técnicas, no un asesino anunciado; lo dejé en la escala media, porque la técnica sin oportunidad es rumor, pero técnica y conocimiento del proveedor suman peligro.
Al llegar a Motivo, la pluma me tembló. Puse la foto del cuaderno de Leopoldo bajo la etiqueta "Junta: amenazas", añadí a la viuda del secretario como testigo y, con la pluma más fina, escribí "Ledesma — posible enlace honor / flor en bodas".
Hice una línea que unía Ledesma con la presidenta de la asociación: acceso institucional y nervio social.
No quería hacer diana con ellas; dibujaba posibilidades, no veredictos.
En Valdeluna las fichas se resuelven con modos de visitar y preguntas que parecen de costumbre: «¿cómo preparan esto en vuestra casa?»
, «¿llevan siempre esa flor en las bodas?» .
Puse sobre la mesa la copia del ticket borroso que aún llevaba en la cabeza —esa inicial que se me aparecía en sueños como una mancha— y la marqué con interrogación.
Si conseguía un recibo con nombre, o un testigo que recordara un pago en mano, la red se cerraría.
Antes de eso, tenía que ordenar quién vería mañana la primera luz del mercado.
Yo iría al mercadillo a primera hora; Tomás por la tarde; Ledesma con cita discreta al mediodía; y el mensajero en la conversación que prometí a la tendera.
Lo escribí en la lista con la precisión de quien marca tiempos de levado: Mercadillo 07:30; Tomás 11:30; Ledesma 14:00; Mensajero 16:00.
Hice un inventario de pruebas que necesitaba sacar de cada visita.
Al mercadillo: ticket, bolsa de pétalos, nombres de compradores recientes.
A Tomás: reproducciones pequeñas del plegado, observación de utensilios, coartada sobre la noche del día del encargo.
A Ledesma: preguntar por el cuaderno (sin llamarlo así), por visitas recientes y por la costumbre de usar esa flor; buscar signos de movimiento en armarios y no tocar nada.
Para el mensajero: confirmar la instrucción "no llamar" y la descripción de la persona que dejó la caja.
Subrayé en rojo: "NO acusar en voz alta; recabar, documentar; informar a Héctor con pruebas formales cuando sea útil."
Marta había dejado una jarra con té tibio en la sala contigua; me llevé la taza sin mirar la receta y la sorbí despacio mientras el flujo de nombres se apilaba.
Pensé en el cuaderno arrancado en la cocina de Leopoldo y en la nota anónima que alguien había dejado para que yo fuera cuidadosa; esa amenaza no me frenaba, pero sí pedía prudencia.
Guardé mentalmente la palabra clave que pacté con Héctor: actuaríamos con discreción si la policía necesitaba cubrir una intervención.
Aun así, mi primer movimiento era doméstico: manos, preguntas, tickets y un par de pruebas que pudiera mostrar sin escándalo.
Coloqué en el centro de la mesa el frasco con pétalos que había traído desde la cocina de Leopoldo y lo rodeé de las fichas que ya había priorizado.
A su lado puse la fotografía del recadero y, con un hilo, la uní a la ficha del mensajero.
La escena tenía algo de altar práctico: no adoraba a la evidencia, la organizaba.
Canelo se incorporó y olfateó el frasco con interés profesional; lamió el borde de la mesa como quien prueba una masa por si falta sal.
Sonreí y le acaricié la oreja; los hombros se me aflojaron.
Guardé las fotos y las copias de resguardo en una carpeta, metí las fichas numeradas en el bolsillo interior del delantal y apunté en mi cuaderno la primera línea de acción: "Mañana: mercadillo. Objetivo: ticket + muestra + testigo. Evitar filtraciones."
Cerré la libreta con el mismo cuidado con que se cierra un molde y marqué los nombres en el móvil, pero sin llamar; la numeración en el papel me bastaba para empezar.
Antes de apagar la lamparita, hice un último barrido visual: las conexiones que había trazado, las prioridades que había impuesto, las pruebas que necesitaba.
Un par de figuras se movían en mis notas como sombras pendientes —la sortija tocada por la presidenta, la sobrina con cuentas en la plaza—; las dejé en la segunda ronda.
Primero iba a seguir el rastro material: pétalos, tickets, pliegues.
Si la red se tensaba allí, la social se deshilacharía con menos daño.
Guardé la carpeta en el cajón donde acostumbro a reunir papeles de trabajo, metí la llave en el bolsillo y, con la llave tocando el metal a modo de aviso, apagué la lamparita; Canelo se enroscó a mis pies,
y con la lista convertida en ruta apreté la hebilla del delantal y pensé en la temprana claridad del mercado, esa que obliga a los secretos a mostrarse en público.