Capítulo 6 Listas de sospechosos y secretos
Esa misma noche, de vuelta al Horno, encendí la lámpara sobre la mesa de mármol y dejé que el círculo de luz fuera un pequeño escenario: el frasco con pétalos que guardo como referencia, el trocito de papel floral que me dio Marisa, la libreta con la página arrancada como una herida abierta.
Canelo se estiró y apoyó la nariz entre mis manos como si quisiera participar en el inventario; aparté su hocico con la yema de los dedos y, detrás de la cortina, la noche de Valdeluna se pegó al vidrio con su aliento frío.
No abrí la bolsa de evidencia que dejé en la comisaría —esa ya viajaba con sello y número—; abrí, en cambio, el frasco pequeño que tengo en el cajón para comparar olores.
Lo guardo como copia de una receta familiar: no por desconfianza al procedimiento, sino por costumbre de quienes trabajamos con el olfato.
El aroma floral me golpeó igual que la primera vez: dulzura empastada que no era azahar del balcón ni ramito de cocina, sino algo conservado para un teatro.
Puse una migaja imaginaria sobre la palma y la olí, tomando notas en la libreta con la disciplina de quien apunta tiempos de horneado: «mezcla: azahar + pétalo local; conservante leve (impresión).»
A la derecha de la lámpara reposaba la hoja arrancada de la libreta de don Leopoldo; la había colocado junto a la página donde yo anoté «visitas» la última vez que estuve en su cocina.
La coloqué como quien marca el cierre de una empanada.
No quise manipular la libreta —la dejé tal y como la había visto—, pero la arruga fresca en el borde me hablaba de manos que habían ido y venido con prisa o con intención.
Saqué mi propia libreta y formé columnas como quien arma planchas para un horneado: Motivo, Oportunidad, Técnica. Las listas eran mapas de harina: si mezclas mal, la masa se te cae.
Bajo «Económico» escribí con letra firme: Ledesma —deudas antiguas con Leopoldo; rumor de facturas sin pagar—; el mensajero joven —pago en efectivo, conducta evasiva—; prestamista (voz en plaza) —posible presión financiera.
No anoté apellidos donde sólo había rumores.
En Valdeluna, escribir un apellido es ya revolver la masa en público.
En «Honor familiar» puse la familia que usa la mezcla floral en ceremonias — "flor = signo familiar (uso en bodas); posible carga simbólica" — y añadí a Lucía Herrera como nodo: presencia en actos, maneras medidas, sonrisa con filo.
También apunté a la presidenta de la asociación de fiestas: su puesto le da ocasión y miedo a la exposición que Leopoldo prometía.
Las ofensas de honor se cosen con servilletas en las meriendas; preferí no desgarrarlas aquí.
La columna «Venganza / Teatro social» quedó marcada con dos casillas: intimidación pública y escarmiento.
Escribí junto a ellas: "intento de provocar reacción > posible escarmiento, no necesariamente intención homicida."
Me mordí el labio; antes de añadir levadura siempre pienso si la masa va a subir o romperse.
En «Técnica / Conocimiento» fui más fría: Tomás Ferrer —conoce el roscado y talleres—; horno artesanal cercano —práctica de pliegue en abanico—; proveedor itinerante —fuente de pétalos exóticos—.
Dibujé una estrella al lado: exigir corroboración física —ticket, utensilio, testimonio— antes de usar la técnica como cuchillo.
Al lado tracé otra tabla, práctica: Oportunidad (acceso físico a la casa entre 09:00–10:00), Ruta (furgoneta blanca, mensajero), Ayudas logísticas (llaves, favores, códigos de casa).
Anoté el nombre del comerciante que reparte a domicilio que salió en la plaza, la posibilidad de alguien con llaves y puse un signo de interrogación junto a la presidenta de la asociación: algo en la escena del Ayuntamiento me había quedado como una nota sin terminar.
El teléfono vibró sobre la madera. Miré la pantalla: Marisa. Contesté.
—¿Qué has visto hoy? —pregunté.
Marisa, que siempre tiene las manos en algo, dejó caer la información como quien pasa trozos de masa por la mesa.
—Pasó una mujer por la casa anoche —dijo—.
La que husmeó los cajones. Iba con guantes finos y una anilla grande.
No te doy nombres porque sé cómo eres, pero ese anillo se me quedó en la cabeza.
Y la sobrina de la viuda dijo en la plaza que debía dinero a Leopoldo.
También: el colmado habló de un pago en efectivo grande hace días; alguien pidió pétalos y no dejó recibo.
Apunté, sin interrumpir. Las voces encajaban mejor que mis conjeturas.
—¿Quién encargó los pétalos? —pregunté.
—No lo dijo claro —contestó Marisa—. Pero la muchacha del puesto de dulces vio una bolsa salir de la Corteza la semana pasada; alguien del mercado habló de un pedido mediano. Y la presidenta de la asociación estuvo más callada que de costumbre; la vi tocarse la sortija como si le pesara.
El gesto de tocarse la sortija lo subrayé en la columna de Honor: en Valdeluna, los gestos pesan tanto como las palabras. Hice una línea conectando el colmado con Tomás y el proveedor itinerante; plausible, aún no concluyente.
—¿Y el prestamista? —insistí.
Marisa resopló.
—Lo dijo un señor en la plaza —contestó—. “Había que sacar cuentas”, dijo. No sé si el prestamista está involucrado, pero si Leopoldo iba a sacar nombres, alguien con dinero y vergüenza puede perder más que la cartera.
Marqué un punto junto a "prestamista" en Económico. Las deudas son buen combustible en pueblos donde la reputación vale más que un banco.
Corté la llamada con un "siéntate en la última mesa de la asociación y me avisas" y colgué.
La mesa olía a manteca y té frío; la luz recortaba las fibras del papel que faltaba en la libreta de Leopoldo.
Empecé a priorizar: mañana, mercadillo al alba; hablar con el ayudante del vendedor de pétalos; preguntar al dueño del colmado por pagos en efectivo recientes.
Apunté otra cosa práctica: "Héctor: mantener custodia de lo oficial; traer resultados del laboratorio cuando haya algo concluyente."
Recordé la bolsa sellada en la comisaría y la pequeña tranquilidad que da un trámite bien cerrado.
Hice el reparto de prioridades en mi libreta: Prioridad 1 — proveedor itinerante + ticket.
Prioridad 2 — Tomás (investigar relación con proveedor).
Prioridad 3 — prestamista (hábitos de cobro y vínculos).
Prioridad 4 — presidenta de la asociación (acceso institucional y efecto social).
Marqué con una nota: "sin acusaciones públicas; recabar documentación."
Puse la pluma sobre la mesa como quien separa claras de yemas y me apoyé en el respaldo de la silla.
Canelo arañó el suelo y miró la puerta, alerta.
Afuera, una ventana se abrió y alguien respiró la noche con cuidado; no supe si era curiosidad o casualidad, pero la sensación era la misma que tiene la masa antes de levado: un movimiento imperceptible que anuncia un cambio.
Doblé la hoja con la lista en forma de receta y la guardé en el bolsillo interior del delantal, junto a la llave del cajón donde tengo los restos que todavía no entregué —no por desconfianza hacia Héctor, sino porque hay piezas que en la cocina se trabajan despacio,
se prueban y se comparan antes de presentarlas en un tribunal—.
Supe a qué hornada debía levantarme al amanecer.
Era la mañana siguiente; la llave del cajón tintineó en mi bolsillo junto a la libreta.
Me levanté con la sensación de que la mañana tenía que ser medida, como cuando apartas la masa para que no pierda el punto.
Canelo resopló en su cojín y yo tenía la libreta en el bolsillo antes de encender la lámpara; la plaza olía a humedad y a pan caliente cuando cerré la puerta.
Caminé sin prisas hasta el banco donde la viuda del secretario solía sentarse a mirar a la fuente; la encontré en su sitio, con el chal al cuello y la costumbre de sostener la taza con ambas manos como si tuviera que aguantar algo más que el frío.
—Buenos días —dije—. ¿Tienes un minuto?
Ella me miró, midió a Canelo con cariño y asintió sin que el gesto cambiara su ritmo de respiración.
—Para ti, siempre —contestó—. ¿Traes té?
Le dejé la taza en la mano y me senté a su lado. No empecé por acusaciones; en un pueblo las preguntas se sirven como cucharadas: con cuidado. Saqué la libreta y jugué a que apuntaba el tiempo en que el vapor se disipaba.
—Marisa me dijo que oyó a Leopoldo hablar de "sacar cuentas" —dije—. ¿Lo escuchaste también?
La mujer apretó la taza, dejó el vapor que le rozaba la cara y bajó la voz como si plegara una masa.
—Lo decía desde hace semanas —respondió—. Que iba a la junta a poner nombres sobre la mesa. Y no era cualquier cosa, Clara. Amenazó con airear deudas —murmuró—. Lo dijo claro: quien deba, lo pagará con vergüenza pública.
La escribí despacio; oírlo de quien cuidó a Leopoldo le daba cuerpo.
—¿Crees que alguien se pudo ver amenazado hasta el punto de hacer algo brusco? —pregunté, sin empujar.
Ella me miró como quien toma la medida de un cuchillo: no quería dar filo, solo verdad.
—En Valdeluna hay familias que no soportan que se les llame por la plaza —dijo—. La vergüenza rompe más que un pleito. Si Leopoldo pensaba leer nombres, alguien con mucho que perder podía querer evitarlo.
Anoté "Junta: amenaza de exposición" y le puse un asterisco. La viuda apartó un mechón; sus dedos tenían harina en las uñas de cuando barría las migas del pan.
—¿Sabes cuándo pensaba hacerlo? —pregunté.
—La próxima asamblea —contestó sin vacilar—. Dijo "la semana que viene" cuando la vi ayer. No sé el día exacto; lo guardé en mi cabeza como se guarda una receta.
La fecha era una hornada en blanco que necesitaba temperatura. Lo apunté y, por método, pregunté por quién podía haber tenido acceso a la casa aquella mañana.
—¿Llaves? —dije—. ¿Alguien entraba y salía con frecuencia de su casa?
La viuda negó con la cabeza y luego aclaró, con la voz de quien no quiere dar nombres pero no puede callarse del todo:
—No muchas. Salvo el muchacho que hace recados para la plaza y un par de vecinos que ayudaban con las compras.
Pero había un hombre que pasaba a veces, con aspecto de mensajero; lo vi por la calle antes del funeral.
Y… —bajó la voz aún más— mi sobrina estuvo muy seria en los últimos días; anduvo contando dinero como quien prepara cuentas.