Capítulo 5 Una especia fuera de lugar #3
—Voy a hacer que la gente crea que nada cambia —dije—. Y mientras tanto voy a mapear quién tiene razones para usar esa flor y quién sabe ese roscado.
Marta dejó la taza a medias y apoyó las manos en la mesa, manchadas de harina como una firma de lealtad.
—Dime nombres —pidió—. Que los diga yo en voz baja en el colmado, sin que parezca una conspiración.
No dije nombres porque las palabras pesan en Valdeluna: una vez pronunciadas, son como azúcar en la balanza, y lo que yo quería era medir, no inclinar.
En su lugar, puse sobre la mesa tres hojas en fila y comencé a escribir con letra firme: Honor, Economía, Técnica.
A cada columna le añadí apellidos y gestos, no juicios.
Bajo Técnica anoté: pliegue en abanico —talleres, hornos artesanales—; manteca roscada —formación en horno grande—; flor seca —proveedor itinerante, uso ceremonial en bodas—.
Bajo Economía: deudas, amenazas públicas, cuentas por saldar.
Bajo Honor: ofensas, humillaciones posibles en asamblea.
—Los Ledesma —murmuró Marta—. La flor estaba en su recetario de bodas. Lo dijo la muchacha que vino a pedirle a la Maruja un molde el año pasado.
Anoté Ledesma bajo Honor y flor seca en Técnica.
Tomás quedó en Técnica también: sabe roscado, conoce proveedores itinerantes.
Lucía Herrera, en la columna de Honor y Oportunidad: la casa tiene acceso a papelería bonita, a invitados, a manitas que no dicen.
El mensajero y la furgoneta blanca fueron clasificados en Oportunidad; una persona con llaves o códigos de casa entraba también en ese apartado. No eran acusaciones; eran rutas.
Mientras hablábamos, el olor de las tarteletas subía y el obrador se fue llenando de un calor que no era solo el del horno. Corté una tapa de masa con la punta del cuchillo y la dejé reposar sobre la mesa, como si fuese un mapa por doblar.
—Si vas a moverte —dijo Marta, con esa mezcla de cuidado y empuje que la hace indispensable—, yo vigilo aquí. Si viene alguien a pedir algo extraño, te aviso. Si entra un paquete y no sé a quién pertenece, lo apunto y lo guardo en la trastienda.
Acepté su propuesta con un gesto. Confiar en Marta era como confiar en una levadura: sabía cómo levantar la masa. Le entregué el paquete con una copia de la lista y le pedí otro favor.
—Si ves al cartero que dijo lo de la furgoneta, pregúntale si recuerda algún detalle del mensajero. No nombres a nadie; solo pregunta por costumbres. Que no sepa que estamos tras algo.
Marta asintió; su boca se curvó en una sonrisa que era más una barrera que un brindis. Tomás se ofreció a cerrar la puerta si salía y a cubrir mi ausencia en caso de que alguien preguntase por la tienda; no fue heroísmo, fue comunidad.
Miré el frasco y la pequeña nota en la tapa.
Tenía dos senderos posibles ante mí: confiar en que Héctor, con su expediente y el laboratorio, terminaría la tarea; o moverme yo, a la forma de quien cata y pregunta a las que guardan recetas: las mujeres mayores que todavía prodigan secretos con la misma parsimonia con que reparten pan.
Mi instinto me empujaba a lo segundo, aunque sabía que implicaba tensar la relación con el inspector.
No porque él fuese enemigo —habíamos aprendido a complementarnos hasta cierto punto— sino porque mi manera de trabajar era de observación y movimiento, de entrar en cocinas con tazas y preguntas; la suya era de papeles y tiempos de laboratorio.
Si yo comenzaba a andar por las casas, sus procedimientos podían verse afectados o —peor— la investigación quedar corporizada en rumores.
Aun así, la inquietud de que alguien borrara páginas o se llevara libretas me apuró.
Marta me miró con esa claridad que no se pregunta por justificaciones.
—Si vas a ir, ten cuidado con lo que dices —me pidió—. Y no lleves la muestra sin registrarla. Haz que Héctor mantenga la custodia de lo oficial. Tú, lleva esta —señaló el frasco en la mesa— como referencia, no como prueba.
Asentí. Su petición era prudente y justa.
Le prometí que respetaría la cadena formal si hace falta presentarla más tarde; por ahora necesitaba la libertad de tocar historias y de escuchar manos.
Guardé la lista en el bolsillo interior del delantal y doblé las hojas en forma de receta.
Antes de marcharme, hice lo que siempre hago con lo que me importa: metí el frasco en el cajón detrás de los moldes, lo arropé con un paño y cerré con llave; la llave la guardé en el bolsillo interior del abrigo.
—Mañana iré al mercadillo temprano —dije—. Preguntaré por el vendedor de pétalos, pasaré por la casa de los Ledesma y, si puedo, hablaré con las mujeres que guardan las recetas: Marisa ya me dijo dónde se sientan. Y le diré a Héctor lo que encuentre, con pruebas y con orden, no con gritos.
Marta me ofreció la taza de té y la apreté entre las manos como quien agradece el calor.
Canelo se puso en pie y me rodeó la pierna con la solemnidad de quien toma partido.
Salí con Canelo a mi lado, la libreta abultando en el bolsillo y el pequeño mapa de nombres en la cabeza, decidida a tocar las cocinas donde la memoria se guarda en cucharas y en manos; iba a buscar pruebas con cuidado,
sabiendo que la verdad en Valdeluna es un postre que hay que hornear despacio para que no se desmorone.