101 Capítulo Ve i n t i u n o
Treinta y ocho preguntas
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Al final fue idea suya que lo escribiera todo.
Estábamos en una llamada, una de esas largas llamadas de latarde-noche que, desde la noche de la bolsa de papel, se habíanvuelto tan naturales como respirar. Ella estaba cocinando algo;
oía el roce de una cuchara, y yo estaba sentado en el suelo demipiso, con la espalda apoyada en el sofá y un cuaderno abiertosobre la rodilla. Le había estado hablando del nuevo libro. Unspin-off, le dije. Un libro sobre la chica que conocí en Leópolis.
—¿Qué chica? —dijo Nadiya, con toda inocencia, desdedentro de una nube de vapor.
—Sabes muy bien qué chica.
—No lo sé. Solo sé que estoy en un piso pequeño, en plenofrío, hirviendo patatas, y que tú te has convertido en el héroede una tragedia.
—No soy el héroe. Solo soy el narrador.
—El narrador —dijo ella, con una gravedad que noterminó de sostener— siempre es el héroe. Es la primera reglade los libros.
Me reí. Y entonces, como la risa había abierto una puerta,
dije lo que llevaba días preparándome para decir.
—No sé cómo lo viste tú —dije—. Ese es el asunto. Heescrito la historia desde mi lado, y a mitad de camino me di cuenta de que solo es verdad a medias.