Un par de días 41 Ankit Singh
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41 Ankit Singh

—Estás temblando —dijo.

—No.

—Estás temblando, Nadiya. Es solo un chico.

—Lo sé.

—Un chico extranjero. Que lleva una cámara. Que tienemiedo de las palomas.

—No tiene miedo de las palomas.

—Miró a una como si le debiera dinero.

Mereí.Me saliómás agudo de lo que quería, y Katya sonrióde oreja a oreja.

—Eso —dijo—. Así está mejor. Vamos.

La verdad es que no estaba nerviosa por él. Quiero sersincera en esto, porque creo que la gente recuerda mal elcomienzo de las cosas. Recuerdan las mariposas y olvidan elmiedo. Lo que temía aquella tarde era sentarme frente a él yno sentir nada.

Durante un mes había estado escribiéndole a una voz. Unavoz amable, divertida, generosa, que llegaba a mi teléfonocomo una lamparita al anochecer. Había construido conella a una persona, una persona que me gustaba mucho,

y sabía perfectamente que podía haberla construido mal.

Las personas no son sus mensajes. Un chico que escribemaravillosamente puede resultar aburrido en una silla. Unchico cálido en una pantalla puede ser frío al otro lado de unamesa. Ya me habían decepcionado antes.

Si resultaba ser un desconocido, pensé, perdería algo másque una tarde. Perdería la voz.

Lo encontramos frente a un pequeño café no lejos dela plaza principal. Lo vi antes de que él me viera. Estaba deespaldas a medias, con una mano en el bolsillo, mirando lapuerta del café como si fuera la sala de un examen.

Danielestaba a su lado, hablando, gesticulando, haciendo algocomplicado con un vaso de papel. Y el chico de la cámara noescuchaba ni una palabra.