11 Capítulo Tr e s
Un par de días
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El primer mensaje fue mío.
Lo escribí esa misma noche, sentado en el borde de unacama, con la ventana abierta al rumor de la ciudad que seiba acallando.
Lo borré tres veces. El primer borrador erademasiado ansioso, el segundo demasiado despreocupado, eltercero tan cuidadoso que parecía una carta del banco.
Alfinal envié algo sencillo, unas palabras amables y una preguntasobre su tarde, y después dejé el teléfono boca abajo sobre lamanta y me quedé mirando el techo como si el techo pudieratener una opinión.
Ella respondió.
No enseguida, y no extensamente, pero respondió, y esepequeño hecho encendió en mí algo que no quise examinardemasiado de cerca. Intercambiamos un puñado de mensajes.
Por escrito era divertida de la misma manera rápida y sin prisaen que lo había sido en persona. Yo le hablé de los vídeostontos. Ella me contó, en una avalancha de abreviaturas, lo desu amiga y la discusión que habían tenido sobre dónde comer.
Me dormí más feliz de lo que había estado en semanas, yme dije que aquello no significaba nada.
Ella, lo supe mucho después, se había dicho algo muyparecido.