9 Ankit Singh
Creo que lo dije antes de haberlo decidido. Mi bocasimplemente aceptó.
Katya esperó a que doblásemos la esquina y quedáramosfuera de la vista para agarrarme del brazo con las dos manos.
—Está enamorado de ti —dijo.
—No digas tonterías. Hablamos veinte minutos.
—Eso mismo digo yo. Es un idiota, y está enamorado de ti,
y le vas a escribir.
—No lo haré.
—Lo harás.
—Serán dos días —le dije, y lo decía en serio—. Tres, comomucho. Luego se irá a su casa, y eso será todo.
Katya me miró de reojo con una sonrisa de la que no mefiaba.
—Dos días —concedió—. Voy a recordar que lo dijiste.
No sabía que se reía de la persona equivocada. Ninguna delas dos lo sabía.
Al final encontramos la tarta de queso, en un pequeño caféde sótano de una de las calles laterales, con paredes de ladrillodesnudo y café servido en tazas tan pequeñas que parecíande una casa de muñecas.
Era buena tarta de queso. Katya ladeclaró la mejor de la ciudad, como hacía con todas las tartasde queso.
Comí la mía despacio y casi no dije nada.
Al otro ladode la ventana, la luz había tomado el color de la miel, y pasóun tranvía haciendo sonar su campana, y la gente cruzabaante el cristal con bolsas y ramos de flores.
En algún lugar deesa multitud había un chico de otro país, caminando con suamigo, probablemente todavía sonriendo por algo que creíahaber dicho mal.
Recuerdo haber pensado, con esa claridad que a veces nosvisita en los momentos menos importantes: sería bonito queescribiera.
Luego pensé: pero no lo hará.