Un otoño en Ceapaire EPÍLOGO
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EPÍLOGO

Noah

Después de casi seis años con Blaise, Noah no debería seguir sobresaltándose cada vez que su novio lo abraza por la espalda mientras está en la cocina, pero ahí está, dando un saltito cuando siente sus brazos rodeándolo a la vez que su barbilla se posa sobre su hombro.

—¿En qué puedo ayudarte, chiqui? Aunque lamento decirte que no sé si se la van a terminar. Hemos comido tanto que Delilah no puede levantarse de la silla.

A Noah le encanta saber que a su familia le ha encantado lo que ha cocinado para ellos en Acción de Gracias. Blaise siempre dice que la comida es su lenguaje del amor y puede que tenga razón.

—Estoy cortando porciones enanas, Blay. No podemos acabar la cena de Acción de Gracias sin tarta de calabaza.

Sonríe cuando escucha el gemido de placer de su novio. Ese es uno de sus postres favoritos y no puede resistirse a esa receta.

—Sabes cómo tentarme… En todos los sentidos. —Blaise frota sus caderas contra el culo de Noah, que jadea y se estrecha contra su cuerpo.

—Tenemos la casa llena de gente, Blay. No me provoques.

—Me lo dices tú, que llevas esos pantalones que sabes que me ponen mucho.

—A ti todo lo que me pongo te pone mucho —le recrimina, pero en el fondo está encantado.

—Por supuesto que sí, chiqui.

Decide cambiar de tema, a algo más seguro con el que no corra el peligro de acabar frotándose en la cocina como dos adolescentes mientras sus amigos y familia esperan el postre.

—¿Cómo está Dion?

A pesar de que adoptaron a su hijo hace dos años, sigue dándole un vuelco el corazón cada vez que pronuncia su nombre.

Fue idea de Blaise ponerle el de su padre como homenaje.

Cuando cree que no puede querer más a ese hombre, hace algo así, y su corazón se salta veinte latidos y la cabeza le da vueltas.

—Sentado en el regazo de mi madre, dormitando, cogido de la mano de Claire. Pero, en cuanto huela la tarta, abrirá los ojos y no dejará ni las migas.

A Noah le encanta escuchar a Blaise hablar de su hijo.

Su tono cambia cuando lo hace; se vuelve más dulce, más suave y más claro.

Y su mirada, siempre vivaz y despierta, adquiere un brillo especial.

Adora a ese hombre más de lo que puede expresar con palabras y, teniendo en cuenta que es escritor, es un poco frustrante.

—¿Claire sigue despierta?

La hija de Eliana y Delilah es solo unos meses más pequeña que Dion, y los dos se quieren como si fueran hermanos. Cada vez que están juntos, se vuelven inseparables, como dos siameses.

A pesar de ello, tanto Blaise como Noah temen que, si al final consiguen que les den el visto bueno para adoptar a esa pequeña que sigue esperando en un hogar de acogida a que alguien le dé un verdadero hogar, Dion pueda sentir celos.

Ambos esperan con todas sus fuerzas que el instinto de protección que su hijo demuestra siempre con Claire se extienda a la que será su nueva hermana.

—Nova se pasa de vez en cuando a comprobar cómo están y, cuando mi madre se cansa, se los lleva al puf y deja que se le suban encima.

—Los cuida tan bien… incluso a Claire, que no es nada suyo —comenta, sirviendo el último trozo.

—Es la pima de su primo —bromea Blaise, usando la palabra que siempre grita Dion cuando ve a Claire y que se les ha quedado como mote.

Se gira entre los brazos de Blaise, que suspira cuando se da cuenta de que su novio lo observa con una sonrisa en los labios. Está tan guapo a pesar de esa sudadera horrible…

Blaise suelta una carcajada y se estira el jersey, como si pudiera leerle el pensamiento.

—En el fondo te encanta…

—Cariño, me hubiera encantado esa negra con la cara del pavo, pero esto… es demasiado.

Se ríe cuando ve el pavo ocupando casi todo su pecho, con una calabaza y uvas en la parte inferior. Lo peor es que le ha comprado otra a Dion, que se ha enamorado de ella.

—Tú mismo lo dijiste. No me he puesto nada negro para algo que no sea ir a un funeral en mi vida.

Gruñe, sabiendo que su novio tiene razón. No sería Blaise si no desprendiera esa luz y esa alegría allá donde va.

Ronronea cuando Blaise pone las manos en su cuello, acaricia su mandíbula con los pulgares y luego se inclina para besarlo. Es uno de esos besos dulces, sin ninguna connotación sexual. Solo una muestra de lo mucho que se aman.

—Vengo a ayudar —anuncia Wes, entrando en la cocina y relamiéndose cuando ve la tarta.

—Mi hermana te ha mandado para comprobar que no estábamos metiéndonos mano —le corrige Blaise, y su cuñado se sonroja.

—Yo me llevo esto, y vosotros podéis seguir con lo que sea que estabais haciendo.

—¡No estamos metiéndonos mano! Solo hablábamos. De su sudadera, para ser exactos —aclara, por si quedaba alguna duda.

—Este año te has superado, cuñado.

—No lo animes, Wes, que luego Dion quiere otra… —se queja, pero Wes solo sonríe y le da una palmada en el hombro.

—Noah, es tu novio, tienes que quererlo también con sus defectos.

—Mi exquisito estilo no es un defecto.

—No, pero ni es exquisito ni una virtud —comenta, mordiéndose la sonrisa.

—Ya te daré yo a ti mi mayor virtud. —Blaise lo arrincona contra la isla y presiona sus caderas.

—Hay niños en la casa, chicos —les recuerda Wes antes de coger unos cuantos platos y salir de allí.

—Te libras porque, si mi madre se entera de que te he follado sobre la encimera mientras ellos esperan, me colgará del palo de la bandera del ayuntamiento —le advierte Blaise, con una sonrisa tan lasciva que a Noah se le seca la boca.

Cierra los ojos y respira hondo antes de seguir a su novio hasta el comedor. Es la segunda vez que lo usan ese día, porque por la tarde ha celebrado una de las meriendas que hacía su abuela Violet y que decidieron rescatar un par de años atrás.

No tiene tiempo para hacerlo todos los días, pero, al menos una vez a la semana, le encanta llenar la casa con los niños de Ceapaire.

Dion se ha convertido en el más popular de la localidad.

Allá donde vayan, todos los niños que hay a medio kilómetro a la redonda se le acercan porque es el que más corre, grita y se divierte en esas reuniones.

Le recuerda mucho a lo que se divertía él cuando era un renacuajo.

Mientras sus invitados van pasándose los platos, Noah no puede evitar observarlos con una sonrisa.

No solo están celebrando ese día tan importante con los padres y la abuela de Blaise.

También están su hermana, su cuñado, su sobrina, Roge y su novio.

Stella, Tommy, Eliana, Delilah, Claire, Jason y Giorgi también están allí.

A Jason le costó un par de años darse cuenta de lo loco que estaba por ese bailarín. Por suerte para él, Giorgi tiene más paciencia que un santo y supo dejar que su amigo recorriera el camino a su propio ritmo. No se han vuelto a separar desde entonces, y Giorgi ya forma parte de su grupo.

Además, el sábado han quedado con los amigos de Blaise, ahora también los suyos, para cenar.

Es una suerte que Jim dejara de ser un gilipollas cuando se enamoró de Zack.

¿Quién iba a decirles que repetiría experiencia con otro amigo, después de lo mal que salió todo con Blaise?

Las cosas no han vuelto a ser como eran antes entre Blaise y el que fuera su mejor amigo, pero, al menos, ahora no hay tensión entre ellos.

Cuando vuelve a su sitio para sentarse, descubre que su suegra ocupa su silla, porque está hablando con Hazel, que encabeza la mesa como la reina que es.

Un año después de que Blaise y él iniciaran su relación, la familia Price decidió que era el momento de hacer algunos cambios.

Hazel se mudó a casa de los padres de Blaise, a pesar de que aún podía valerse por sí misma, pero cada día le costaba más hacerse cargo de lo que una edificación tan grande requería.

Otra de las decisiones fue dejar a Rogelio al frente del negocio y contratar a varios dependientes para que tanto Blaise como Layla pudieran dedicar sus tardes a otras cosas.

Blaise se planteó comprar una de las casitas que hay al final de la calle de Noah cuando vaciaron la familiar y la pusieron a la venta, pero, después de más de un año de relación, a Noah le parecía que ya era tiempo de que se fueran a vivir juntos.

—No te preocupes, Gianna —le dice cuando su suegra intenta levantarse.

Le hace un gesto a Blaise, que aparta un poco más su silla de la mesa y tira de él para sentarlo en su regazo.

—Le estaba diciendo a mi nuera que ayer acabé de leerme tu última novela y estoy enamorada de esos dos, Noah. Como dice Blaise, «me duele el corazoncito».

El aludido suelta una carcajada y apoya la barbilla en el hombro de Noah cuando se acomoda en su regazo para no hacerle daño.

—Más bien, «me ha dejado blandísimo». Es una historia superdulce, mamá. Es imposible no enamorarte de los personajes y de su historia, de la forma que tienen de quererse.

—No tenéis que convencerme. Sabéis que siempre leo a mi yerno, pero todavía es muy temprano para empezar con las historias navideñas.

—Mamá, a Mariah Carey la descongelan el 1 de noviembre. Llegas casi un mes tarde.

—Cada uno tiene sus manías, cariño. Déjame con las mías —Gianna regaña a su hijo.

—No presiones a tu madre, Blay. Si ella no quiere…

—Pero sí quiero, cariño —le corta Gianna—. Pero las cosas tienen su tiempo. Y yo necesito sentir el espíritu navideño para meterme en la historia. Sé que me va a encantar, como todo lo que escribes.

—Mi novio tiene muchísimo talento.

Acaricia la espalda de Blaise y le sonríe antes de inclinarse para darle un beso en los labios.

Echa un vistazo a la mesa, donde sus invitados están terminando la tarta de calabaza. En ese comedor están las personas más importantes de su vida. La familia que las circunstancias puso en su camino para hacerle más llevaderas las pérdidas. Los que se preocupan por él, lo apoyan y protegen.

Tiene una pareja estable, que lo complementa de formas que son difíciles de explicar, y que es feliz en su nuevo puesto de subdirector del colegio en el que lleva años trabajando.

Tienen un hijo maravilloso, al que están dispuestos a querer por encima de cualquier cosa, y otra preciosa hija a punto de llenar su hogar de más felicidad.

Noah está seguro de que sus padres y sus abuelos estarían felices de saber que ha llenado su vida con gente que lo cuida y lo hace feliz, ahora que ellos no pueden hacerlo.

Estrecha a Blaise contra su cuerpo y sonríe cuando su novio entierra la cara en su cuello y deja un suave beso en su piel. Tiene todo lo que puede desear con las cartas que le han tocado y piensa cuidar a esas personas tanto como ellas lo cuidan a él.

FIN