Un nuevo dragón: Ciclo Transformación – Libro III (Crónicas hechiceras 6)
© inepub.com
Capítulo I
Lunet entró al despacho tosiendo. Floree se apresuró a ayudarla hasta una silla.
—¿Estás bien? —preguntó la muchacha, ansiosa.
—No te preocupes por mí, Floree —contestó la hechicera.
—¿Cómo no? —exclamó la joven y cerró la puerta del cuarto antes de sentarse detrás del escritorio—. Eres… como una madre. —Sonrió con timidez.
Lunet le devolvió la sonrisa, su respiración aún un poco agitada.
—Estaré bien —dijo la mujer—, una vez que el sortilegio haga efecto.
Floree frunció el ceño.
—Quizás… deberías consultar a un doctor.
Lunet negó con la cabeza.
—En este caso, un galeno ordinario resultaría inútil. —Suspiró—. Tengo muchos años, Floree, y estoy cansada.
La joven apretó los labios.
—No te gusta hablar del tema —continuó Lunet—, pero cuando yo muera, lo cual sucederá en algún momento, no quedarás sola. Hay otras personas que velarán por ti, y la mayoría de los civiles te respalda.
Floree arrugó la nariz.
—Porque no poseo magia.
—Tu padre era el Emperador —dijo Lunet— y los símbolos importan. Ektor nunca lo comprendió del todo.
La joven suspiró y pasó los dedos por los papiros esparcidos sobre el escritorio.
—Pero era sabio. —Sacudió la cabeza—. Y yo lo juzgué mal. Tenía tanto miedo entonces y desaproveché la oportunidad de conocerlo.
Lunet asintió.
—Estudiaba mucho, tal vez más que cualquier otro hechicero. —Inspiró—. Quizás no ocupaba la mejor posición de acuerdo con su personalidad. Aunque, según oí, perdió sus bríos cuando Viviane desapareció.
Floree resopló.
—Uf, no me encuentro a la altura de mis padres; yo… ignoro qué hacer.
—En este momento, lo que necesita el Imperio es unidad y estabilidad —explicó Lunet—.
Los soldados no seguirán a ningún otro brujo, por mucho poder que acumule.
Sin embargo, varios hechiceros te apoyarán, por consideración a Ektor.
El nuevo general parece capaz. Nada más debemos vigilar a los magos.
Floree asintió, siempre escuchaba con esmero a Lunet y al resto, pero no acostumbraba a opinar. Apenas si sabía leer, se lo habían enseñado en el año que llevaba en el palacio.
Cuando Lunet terminó de hablar, Floree coincidió en todo con ella. Y, tras unos minutos, volvió a quedar a solas en el despacho de Ektor.
Se levantó y caminó hacia la ventana.
Desde allí, distinguía media ciudad, gran parte destruida, deshabitada.
Dos grupos ocupaban zonas opuestas: los adeptos de la cofradía negra y quienes profesaban el uso de magia blanca.
Floree no comprendía la diferencia entre ellos, ambos cometían atrocidades.
Los que más sufrían eran los civiles desafiliados, que en general moraban alrededor del palacio, donde los escasos soldados del ejército imperial ofrecían una mínima protección.
De acuerdo con Lunet, por ahora carecían del dinero necesario para engrosar la milicia.
Y Floree no entendía cómo iban a conseguirlo.
Suspiró y regresó junto al escritorio. Aunque las historias sobre su padre resultaban contradictorias, a través de sus documentos, ella percibía a una persona traumatizada por sus acciones y que añoraba a Viviane.
—Mi madre —susurró Floree.
Disponía de escasa información acerca de ella. Floree había abandonado el sueño de una familia hacía tiempo y, ahora que sabía un poco sobre sus raíces, solo deseaba retornar a su simple existencia en una granja. Sin embargo, fuera del palacio, su vida corría peligro.
Cubrió su rostro con las palmas y permaneció así un largo rato, hasta que sonó un golpe a la puerta. Entonces, ella inspiró, se irguió en su silla y respondió:
—Pase.
El general del ejército, Kei, ingresó al despacho.