Epílogo
—Yo os declaro unidos en matrimonio —proclamó el oficiante de la boda—. Ya os podéis besar a gusto.
Todos se rieron y aplaudieron mientras Scott y Kip hacían justo eso. A Eric se le llenó el corazón de emoción al verlos. Cruzó la mirada con Kyle, que estaba frente a él, junto a Kip. Kyle tenía los ojos llenos de lágrimas y le sonrió a Eric.
Había sido un día perfecto de julio que se había convertido en una tarde perfecta, con una brisa fresca que soplaba desde el océano.
La ceremonia se celebraba al aire libre, justo cuando se ponía el sol, en una colina cubierta de hierba con vistas a la Gran Bahía del Sur.
Scott había hecho todo lo necesario para asegurarse de que la boda fuera un evento muy privado.
Había reservado el complejo turístico entero y no se permitía la entrada a la prensa.
Ese día era solo para amigos y familiares.
Sin embargo, había muchos amigos y familiares; asistieron más de doscientos invitados, pero Eric solo tenía ojos para Kyle. Estaba tan guapo con su traje… Sobre todo, con las gafas puestas.
Scott se volvió y abrazó a Eric.
—Gracias por estar aquí.
—No me lo habría perdido por nada. Me alegro por ti.
Eric lo decía de todo corazón. Estaba encantado por su mejor amigo. Y era bonito estar en la boda de dos personas que se amaban de verdad. Él esperaba tener una boda así algún día.
—Yo también me alegro por ti —dijo Scott. Asintió con la cabeza en dirección a Kyle—. Es bueno para ti. Deberías seguir con él.
—Eso espero.
Scott le dio un último apretón y luego se volvió para coger la mano de su nuevo marido. Todos los invitados habían permanecido de pie durante la breve ceremonia, y la gran multitud envolvió a los recién casados en un mar de abrazos y palmadas en la espalda.
Kyle se acercó a Eric.
—No ha sido tan repugnante.
—No ha estado nada mal —coincidió Eric.
Kyle se inclinó y lo besó, lo cual fue un alivio después de mirarlo durante tanto tiempo sin poder tocarlo. Sus labios eran suaves y estaban un poco fríos por haber estado de pie al aire libre junto al mar, y Eric se derritió pegado a él.
—¿Damos un paseo? —preguntó Kyle.
El restaurante tenía un sendero que bajaba hasta la playa.
Cuando llegaron a la arena, Eric se quitó los zapatos y luego se agachó para quitarse los calcetines.
Kyle sonrió e hizo lo mismo. Estar con Kyle había hecho que Eric se sintiera más relajado.
Seguía gustándole la rutina (seguía haciendo ejercicio y llevando una dieta equilibrada), pero era más impulsivo y le preocupaba menos lo que los demás pensaran de él.
No sentía la necesidad de ser perfecto y, por supuesto, se había liberado de la presión de tener que rendir en la pista.
Haberse retirado, hasta el momento, le estaba yendo superbién.
Hacía un mes que Scott y él se habían convertido oficialmente en los nuevos dueños del Kingfisher.
Todavía se estaban llevando a cabo las reformas, pero tenían planeada una gran fiesta de reapertura cuando Scott y Kip volvieran en agosto de su mes de luna de miel por Europa.
Eric le había recomendado algunos sitios en Grecia que a Kyle y a él les habían gustado mucho durante el viaje que habían hecho a finales de mayo.
—No es Creta, pero no está mal —dijo Kyle en ese momento mientras contemplaban juntos la bahía con los pies hundidos en la arena.
En la playa de Creta, Kyle había estado precioso.
Su piel húmeda brillaba al sol, al descubierto salvo por las partes que cubría su bañador corto.
Eric le había hecho una foto mientras él miraba hacia atrás, con sus largas piernas desnudas estiradas sobre la arena.
Esa foto ahora estaba en un marco en el dormitorio de Eric.
Pensó que, si hubiera llevado la cámara en ese momento, podría haberle hecho una foto igual de impresionante a Kyle con su traje bajo la luz púrpura del atardecer.
Seguían viviendo separados, pero Kyle pasaba la mayoría de las noches en casa de Eric.
Eric esperaba que acabara mudándose con él, pero sabía que mudarse complicaría las cosas para Maria, a menos que Kyle no se molestara en decirles a sus padres que ya no vivía ahí sin más.
Era una opción que Kyle había estado considerando muy en serio.
¿Por qué no dejar que los ricachones de sus padres de mierda le pagaran el piso a su amiga?
—Deberíamos volver a Grecia —dijo Eric—. Pronto.
—¡Pero si acabamos de volver!
—Lo sé, pero…
Kyle siempre era un encanto, pero en Grecia se había mostrado todavía más tal y como era.
Además de disfrutar de lo bien que le quedaba el bañador, a Eric le había impresionado constantemente el conocimiento de Kyle cuando habían visitado lugares históricos y museos, y la facilidad con la que le había traducido el griego.
Tras días enteros excitado por la inteligencia de Kyle, Eric había estado ansioso por devorar su cuerpo por las noches.
—Deberíamos ir a otro sitio. A Italia, quizá. —Kyle dio una palmada— ¡A Sicilia!
—Donde tú quieras —le respondió Eric. Y era verdad. Kyle podría sugerirle ir al vertedero municipal y a Eric le seguiría encantando.
—Por ahora, quizá deberíamos volver dentro. La parte importante de la recepción está punto de empezar.
—Quizá sí.
Eric le robó otro beso y luego volvieron juntos al restaurante para celebrar la boda de los amigos que, sin quererlo, los habían unido.
—¿Y si le pido que baile conmigo y ya?
Kyle sonrió a Maria, que estaba mirando fijamente la espalda de Matti Jalo al otro lado de la sala.
—Entonces sería el hombre más afortunado del mundo.
Maria enderezó los hombros, lo que hizo que su pecho luciera aún más increíble.
—Pues mira, sí.
—¿Quizá deberías esperar a una canción lenta? — Kyle señaló al DJ, que en ese momento estaba poniendo un temazo de Pitbull.
—Claro. Vale. Bien. Entonces es hora de otra copa de vino.
Kyle se rio mientras ella se iba hacia un camarero con una bandeja llena de copas de vino. Al momento, unos brazos fuertes y familiares lo rodearon por detrás.
—¿Te estás divirtiendo? —preguntó Eric.
—Ay, me lo estoy pasando genial.
Kyle se dio la vuelta para mirarlo.
—¿Dónde estabas?
—Hablando con algunos de los chicos. Ya sabes…
—¿Ya los echas de menos?
Eric arrugó la nariz.
—Casi.
—¿Quieres bailar con Pitbull?
—No.
Kyle lo besó. La música cambió a una canción lenta y Eric dijo:
—Quizá con esta sí.
Se cogieron de la mano mientras caminaban juntos hacia la pista de baile. La canción era un clásico de las bodas —«Can’t Help Falling in Love», de Elvis Presley—, pero, envuelto en los brazos del hombre al que amaba, Kyle sintió como si fuera la primera vez que la escuchaba.
Rozó con los labios la oreja de Eric y murmuró:
—¿Te acuerdas de cuando salió esta canción?
Eric resopló.
—Que te jodan.
Kyle se rio pegado al cuello de Eric. Le había gastado muchas bromas sobre la edad de Eric durante el viaje por Grecia, explorando templos antiguos.
—Oye —susurró Eric—. Maria está bailando con Matti.
Kyle volvió la cabeza de una forma muy poco sutil.
Enseguida vio a Matti, ya que era el más alto de la sala, y, en efecto, Maria tenía los brazos extendidos rodeándole el cuello.
Se miraban y sonreían, y Kyle esperaba de verdad que esa noche fuera la noche en la que se enrollaran, porque cada vez estaba más claro que a Matti le gustaba.
—Mira lo pillado que está de ella —dijo Kyle mientras sonreía.
—Sería un tonto si no diera el paso esta noche.
—Bueno, algunas personas solo necesitan un poco de tiempo, ¿sabes?
—No todo el mundo tiene tanta confianza sexual como yo —asintió Eric.
El camino para convertirse en una pareja de verdad había sido extraño para ambos, pero Kyle no podía estar más feliz con el lugar al que los había llevado.
Le encantaba que estuvieran montando un negocio juntos al mismo tiempo que profundizaban en su relación.
Todo en la vida de Kyle era tan perfecto en ese momento que le preocupaba que las cosas se torcieran.
Pero no había motivo para pensar en eso ahora. No mientras bailaba con su maravilloso novio en una sala llena de amigos.
—Te quiero —le dijo.
Se lo decían el uno al otro constantemente, pero aún no se les había hecho pesado.
Eric lo besó mientras detenía sus giros en la pista de baile. Kyle se derritió en ese beso, mareado a pesar de haber bebido solo una copa de vino.
—Yo también te quiero —dijo Eric cuando por fin se separaron. Y entonces bostezó.
—¿Se te ha pasado la hora de ir a acostarte? —bromeó Kyle.
—Llevo unas horas deseando estar en la cama contigo.
Los ojos de Eric brillaban con picardía.
—Dios, he creado un monstruo.
—Tu monstruo —gruñó Eric.
Luego le mordisqueó el lóbulo de la oreja a Kyle.
La canción terminó y, en ese momento, Eric apretó a Kyle contra él con fuerza.
—Me alegro tanto de que estés en mi vida. Siento que no haya sido antes.
Kyle puso una mano en la mejilla de Eric y miró al hombre que por fin había sido digno de su corazón.
—Me has guardado tus mejores años, rey.