Un mismo objetivo (Game Changers 4) Capítulo 1
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Un mismo objetivo (Game Changers 4)

Un mismo objetivo (Game Changers 4)

Por Rachel Reid

© inepub.com

Capítulo 1

—No voy a quitármelo de la cabeza en toda la noche —confesó Eric Bennett—. Tendría que haberlo parado.

Los postes de la portería, como siempre, no respondieron.

Eric cogió la botella de la parte superior de la red y la apretó para meterse un chorro de agua en la boca antes de alzar la mirada hacia la pantalla del marcador, donde mostraban el gol que acababa de pasarle por delante de las narices. A cámara lenta todavía era más penoso.

—El siguiente lo paramos, ¿vale?

Eric dio un golpecito a cada uno de los postes con el stick y luego sacudió los hombros.

Ahora iban 3-1 con ventaja para el equipo contrincante y aún estaban en el primer tiempo.

El partido era un desastre. Eric se imaginaba qué estarían diciendo los comentaristas sobre él en aquel preciso momento.

Que últimamente Eric Bennett no podía seguir el ritmo de la NHL .

Que ya se le había pasado su época dorada y estaba listo para retirarse.

A la mierda. Llevaban casi diez años diciendo eso sobre Eric.

Cada vez que tenía un mal partido o una lesión menor, insistían en que era hora de que dejase el hockey y se dedicara a pescar.

Como si Eric no hubiera tenido algún mal partido cuando tenía veintiséis años y ganaba todos los premios al mejor portero.

Como si, a la tierna edad de treinta y ocho años, no hubiera tenido un papel decisivo en la victoria de la Copa Stanley con los New York Admirals tres temporadas antes.

El capitán de los Admirals, Scott Hunter, patinó hasta él y le dio una palmada en las protecciones de los hombros.

—Iba como una flecha, Benny. ¿Estás bien?

—Sí, estoy bien. Y ahora cierro la puerta. ¿A que estás para marcar un par de goles?

—Por supuestísimo.

Eric inclinó el cuerpo hacia delante, preparado para retomar el juego.

—Ya no pienso dejar pasar ni una mosca —se prometió.

La promesa duró exactamente un minuto y cuarenta y tres segundos. Entonces fue cuando Shane Hollander, el maldito idiota delantero superestrella de Montreal, lanzó un tiro perfecto, de manual, que voló por encima del hombro de Eric.

«Mierda».

Eric miró hacia el banquillo y no se sorprendió en absoluto al ver al entrenador Murdock haciéndole señas para que se acercara. También vio al otro portero de Nueva York, Tommy Andersson, poniéndose la máscara.

«¡Mierda!».

—Lo siento, tíos —les dijo Eric a sus postes—. Creo que veré el resto desde el banquillo. Portaos bien con Tommy.

Patinó hacia el banquillo con la cabeza gacha. Oyó el tímido aplauso del público, que podía ser una forma de mostrar su apoyo a Eric, o quizá su alivio por que lo hubieran sustituido.

Tommy le dio un par de golpecitos en las protecciones a Eric al pasar por delante de él.

—No te preocupes, Benny.

Eric no respondió porque era evidente que sí iba a preocuparse. Y no solo ese partido, sino todo lo que quedaba de temporada.

Que tenía muchos puntos de ser la última de toda su carrera.

Los compañeros de Eric lo recibieron con cautelosas palabras de apoyo cuando se desplomó en el banquillo.

Se arrancó la máscara de la cara y se la dio al encargado de equipamiento, quien le entregó a cambio una gorra de los Admirals para que se la pusiera.

Eric aborrecía llevar gorras. Le quedaban raras.

Se reanudó el partido y Tommy, que apenas había calentado, tuvo que parar dos tiros rápidos.

Interceptó los dos, lo que le valió la aclamación del público, que estaba encantado.

Tommy era buen portero. Demasiado bueno para ser el suplente de Eric, y todo el mundo lo sabía.

Eric estaba seguro de que solo se había quedado tanto tiempo en los Admirals porque estaba esperando a que Eric se retirase.

Puede que el equipo entero estuviera esperando a que eso sucediera.

Su mujer se había cansado de esperar.

Eric frunció el ceño. No era justo decir eso, ni siquiera pensarlo.

Holly había tenido un montón de motivos para romper y él los comprendía todos.

Hacía años que sabía que su matrimonio no funcionaba; la chispa que los había unido en la juventud se había apagado hacía años.

Eric intentaba convencerse de que había sido culpa de sus horarios y de que Holly y él tendrían oportunidad de recuperar el amor una vez que dejase de jugar.

Quizá ella también hubiese confiado en eso durante un tiempo, pero lo cierto era que, al final, ambos habían reconocido que lo más probable era que no recuperasen nunca el amor.

Sus mejores años como pareja se habían esfumado y era hora de pasar página.

Eric sabía que el divorcio era la mejor opción para los dos.

Pero saberlo no hacía que se sintiera menos solo.

Sus compañeros de equipo no hablaron mucho con él durante el resto del partido, ni siquiera durante los descansos en el vestuario.

Sabían que en esos momentos prefería que lo dejasen tranquilo.

Tommy hizo un partidazo y paró todos los tiros a portería de Montreal, pero aun así los Admirals perdieron por dos goles al final.

Mucho después de que terminara el partido y de que el entrenador Murdock hubiera hablado con el equipo —entre otras cosas, para alabar el esfuerzo de Tommy—, Eric estaba sentado junto a su taquilla con la mitad del traje azul marino de Ted Baker puesto.

Llevaba el cuello de la camisa desabrochado y la corbata le caía sin atar a ambos lados del cuello inclinado.

Daba vueltas abstraído a la alianza de boda, que aún no había tenido ánimo de quitarse.

—Hey.

A Eric no le hizo falta levantar la cabeza para saber que Scott Hunter se había sentado junto a él.

—Hola.

—¿Qué te pasa? Me refiero, aparte del partido de esta noche. ¿Te preocupa algo?

«Qué va. Haberme divorciado y ver que voy a cumplir cuarenta y uno dentro de nada es maravilloso».

—No. Solo un mal partido, nada más.

Scott le dio una palmada en el hombro.

—Seguro que en el próximo partido lo clavas.

Eric asintió con la cabeza. Se aseguraría de que fuera así.

—Te apuntas mañana por la noche, ¿verdad? —preguntó Scott.

Por muy poco que le apeteciera a Eric ir a la fiesta de compromiso de Scott y su prometido, Kip, se obligó a sonreír y dijo:

—Pues claro. Allí estaré. Me muero de ganas.

Scott le sonrió de oreja a oreja. De hecho, Scott había sonreído mucho durante el último par de años, desde que se había enamorado de Kip Grady.

Había llevado una vida triste en el armario hasta que había decidido arriesgarlo todo por tener la oportunidad de ser feliz con el chico que había conocido en el local de smoothies .

Eric era una de las primeras personas con las que Scott había salido del armario y no se lo tomaba a la ligera.

Estaba contentísimo por Scott, aunque en los últimos tiempos no fuera un superfán de la institución del matrimonio.

—Muy bien —dijo Scott sin dejar de sonreír—. Vamos a olvidarnos del partido, ¿vale? Y mañana por la noche vamos a divertirnos todos.

Eric le sonrió con amargura.

—¿Incluso yo?

Scott soltó una carcajada.

—Incluso tú, Benny. Yo me ocuparé de que así sea.

Kyle Swift miró al otro lado de la mesa por millonésima vez aquella mañana. No podía evitarlo. Esas quedadas para estudiar con Kip siempre le resultaban totalmente improductivas. Se pasaba más tiempo estudiando la cara de Kip que los apuntes.

Su amigo estaba enfrascado en algo que tenía en el portátil y sus ojos color avellana iban como el rayo adelante y atrás mientras leía.

Una barba de tres días le cubría las mejillas y la mandíbula, cosa que a Kyle le encantaba, aunque así se le notaran menos los hoyuelos.

Y, uf, Kyle había pasado demasiadas horas del último par de años contemplando aquellos hoyuelos.

Kip levantó la mirada y Kyle bajó la suya a toda prisa para dirigirla hacia el portátil.

No estaba seguro de por qué se torturaba así.

Que tanto Kip como él estuvieran haciendo un máster en Historia no significaba que tuvieran que quedar para estudiar de esa forma tan ridícula.

Ni siquiera iban a la misma universidad.

Kyle se pasaba la mayor parte de la primera hora de estudio que compartían mirando de reojo a Kip y luego Kip se aburría y empezaba a hacerle preguntas a Kyle sobre cosas que no tenían nada que ver con sus obligaciones académicas.

Lo que hacía que Kyle se derritiera eran las conversaciones.

La facilidad con la que hablaban el uno con el otro, cómo se rían, porque tenían muchas cosas en común.

Porque Kip era divertido y cariñoso, y un amor total.

Porque era absolutamente perfecto para Kyle en todos los aspectos en los que la gente con la que acostumbraba a salir Kyle no lo era.

Qué pena que Kip tuviera novio.

—¿Kyle?

Kyle levantó la mirada y quedó hechizado por una de las preciosas sonrisas con hoyuelos de Kip.

—Eh, una cosa. Voy a rellenarme esto. —Kip sacudió en el aire la taza de café vacía—. ¿Quieres uno?

—En realidad, debería ir tirando —dijo Kyle despacio.

—Vaya.

Kip frunció el ceño.

—Pero nos vemos en la fiesta por la noche.

Kip recuperó la sonrisa.

—¡No me puedo creer que esté prometido!

—No sé qué ves en ese tío —dijo con sequedad Kyle.

Kip suspiró con dramatismo.

—Ya lo sé. Pero hay un momento en la vida en el que un hombre llega a cierta edad y a veces tiene que sentar la cabeza, ¿sabes?

—Veintiocho. ¿A esa edad te refieres?

—No quiero ser un solterón.

—Qué detalle por tu parte casarte con ese fabuloso deportista millonario.

—Ya lo sé —dijo Kip con aire solemne—. Soy muy valiente.

Ambos se rieron, y Kyle hizo todo lo que pudo por desoír el dolor de su corazón.

—A lo mejor conoces a tu futuro marido está noche —insinuó Kip juguetón.

—Ajá… Luego nos vemos.

Kyle metió el portátil en la mochila de cualquier manera y se la puso al hombro.

—¡Puede que el hombre de tus sueños esté allí! Ve con la mente abierta.

«¡Te juro que el hombre de mis sueños estará allí! Digamos que ese es el problema». Algo que, por supuesto, Kyle no dijo. En lugar de eso, contestó:

—Me pondré guapo por si acaso.

—Tú siempre estás guapo.

A Kyle se le encogió el corazón.

—No pongas celoso a Scott.

Kip resopló como si fuera la idea más descabellada del mundo. Kyle supuso que sí lo era. Cualquiera —incluso Scott— se daría cuenta de que Kip solo tenía ojos para su futuro marido.

Kip se subió la capucha de la sudadera para protegerse el pelo y las gafas de la llovizna.

Supuso que la fiesta de esa noche podía servirle de inspiración para cerrar de una vez por todas la puerta de ese cuelgue inútil por Kip Grady.

Kyle se había ofrecido a trabajar en la barra esa noche, sobre todo porque así tendría algo que hacer aparte de presenciar cómo su corazón se marchitaba y moría mientras Kip y Scott fundían sus caras perfectas.

Sería el punto final, decidió Kyle mientras bajaba las escaleras del metro a toda prisa.

Esa noche dejaría de suspirar por Kip y quizá se divirtiera poniendo incómodos a algunos jugadores de hockey heteros al flirtear con ellos.

Y después concentraría todos sus esfuerzos en encontrar a un hombre simpático, soltero y, lo más importante, adecuado con el que vivir felices para siempre jamás.

O un tío mono con un buen culo. Lo que fuera.