EPÍLOGO
—Hagamos una foto familiar mientras todos estamos guapos —dijo Piper mientras colocaba la cámara en el trípode y ajustaba el lazo en el pelo de Lizzie.
Hoy, su hija empezaba primero de primaria.
Piper todavía no podía creerlo. Sebastián había mantenido a Lizzie en preescolar más tiempo del debido, preocupado por su salud, aunque ya tenía edad suficiente para el jardín de infancia por aquel entonces.
Ahora que tenía seis años, no podían esperar más.
Hoy era el gran día, y todos estaban hechos un manojo de nervios.
Piper conocía a Lizzie desde que tenía tres años, la había visto crecer, y ahora aquí estaba, tan mayor.
Durante el verano había pegado un estirón y ahora le sacaba una cabeza a los otros niños de su edad.
Piper se acarició el vientre redondo y se apoyó en el costado de Sebastián.
Lizzie se colocó delante de ellos, y la señora Caldwell ocupó su lugar a la derecha.
No era que de repente le hubiera cogido cariño a Piper, ni Piper a ella, especialmente después de que Sebastián revelara quién había estado detrás de todos aquellos problemas con Servicios Sociales.
Pero habían aprendido a coexistir. Además, era la abuela de Lizzie, y la quería tanto como ellos.
El obturador hizo clic y capturó sus rostros felices.
Recogieron rápidamente sus cosas y salieron del apartamento.
Como de costumbre, llegaban tarde. Ya se estaba convirtiendo en tradición.
Una vez en el coche, se dieron cuenta de que habían dejado en casa las flores de Lizzie para su profesora y tuvieron que volver.
—Deberíamos haber comprado otro ramo de camino. Volver sobre tus pasos trae mala suerte —dijo la señora Caldwell desde el asiento trasero.
El señor Caldwell, como de costumbre, estaba hasta arriba de trabajo y vendría directamente desde la capital del estado a la ceremonia escolar, así que ella iba con ellos, decidida a no perderse ni un solo minuto de un evento tan importante en la vida de su nieta.
Bastó una mirada de Sebastián para que se callara. Todos estaban nerviosos. Especialmente Piper. El parto podía empezar en cualquier momento, y apenas podía esperar, aunque también estaba aterrorizada. Porque iban a tener gemelas.
Al principio, no se lo había creído. Después de todo, cuando la habían ingresado con riesgo de aborto, le habían hecho una ecografía y nadie había dicho ni una palabra sobre un segundo bebé.
Pero los médicos le explicaron que podía pasar.
Una de las bebés simplemente se había escondido detrás de la otra.
Ahora la familia Sebastián estaba a punto de crecer.
Dos hermosas niñas. Sebastián, por cierto, había querido un hijo varón.
Ya soñaba con enseñarle a boxear, pero no iba a poder ser.
Ahora estaba en minoría: una esposa, tres hijas y una suegra que pasaba más tiempo en su casa que en la suya propia.
Por mucho que la señora Caldwell intentara hacerse la disgustada porque Piper formara parte de las vidas de Sebastián y Lizzie, todo era pura fachada. En el fondo, era una mujer solitaria que solo tenía a su nieta y a un marido que casi nunca estaba en casa.
—Nuestra Lizzie es la más guapa, ¿verdad? —dijo la señora Caldwell, secándose las lágrimas con un pañuelo blanco impoluto.
Estaban apartados a un lado con los demás padres, mientras los alumnos de primero permanecían en fila frente a ellos.
—La más guapa —confirmó Piper, respirando hondo.
Le dolía la parte baja de la espalda desde la noche anterior, lo cual no era de extrañar.
Parecía un barril con piernas. Se había puesto tan enorme que casi impresionaba.
Pero ahora algo extraño estaba pasando en la parte baja del vientre.
Uf. Por favor, que no fuera el parto. No allí.
Todavía era un poco pronto, ¿no? Aún le quedaban cuatro días para salir de cuentas.
El teléfono de Sebastián sonó y él se apartó.
Últimamente andaba muy ocupado. Por fin había encontrado su camino y había descubierto lo que quería hacer.
Al principio le había costado mucho después de dejar el ring.
No sabía qué hacer con su vida y le preocupaba no poder mantener a su familia.
Al fin y al cabo, ahora eran el doble. Entonces se le ocurrió la idea de abrir un gimnasio donde pudiera entrenar él mismo a la gente.
El primero estaba muy cerca de casa. Un centro de fitness con una sala de boxeo completamente equipada.
Pero su marido había decidido que con eso no bastaba, así que había abierto otro.
Y ahora estaba buscando un local para el tercero.
Piper estaba tremendamente orgullosa de él.
Le iba de maravilla. No se había arrepentido ni un solo momento de haber aceptado su propuesta.
Ni siquiera podía imaginar cómo sería su vida sin él.
Por supuesto, a veces discutían, pero enseguida se calmaban y corrían a hacer las paces.
¿Podría haber imaginado hace un año que aquel hombre sospechoso al que la directora del preescolar había llamado gánster se convertiría algún día en su marido?
¿Y que resultaría ser tan tierno, comprensivo y cariñoso? Ni en sueños.
Un nuevo espasmo la hizo tensarse. Aquello empezaba a preocuparla.
—Estás muy pálida —comentó la señora Caldwell.
—Me duele la parte baja de la espalda. Y noto una tensión extraña en el vientre.
—¿Podrían ser contracciones? —sugirió preocupada.
—No, es demasiado pronto —dijo Piper, aunque ya estaba cronometrando aquellos extraños dolores—. O quizá no —añadió con voz ronca, buscando a su marido con la mirada.
Dios mío, no quería que pasara ahora. Era aterrador.
—No puedo perderme un día tan importante para Lizzie. No, seguro que no son contracciones —dijo, sin saber muy bien a quién intentaba convencer.
La señora Caldwell se limitó a suspirar y le hizo señas a Sebastián.
—Sebastián, vosotros dos tenéis que ir al hospital. Yo me quedo con Lizzie.
—¿Qué? ¿Cómo que al hospital? —frunció el ceño su marido.
—Parece que tu mujer está de parto.
—¿Piper? —Sebastián la miró asustado.
Piper se limitó a encogerse de hombros.
—Bueno, no estoy segura. Esperemos un poco más. Lizzie tiene que recitar su poema enseguida.
—Al coche. Ahora. Señora Caldwell, usted se encarga de Lizzie —ordenó Sebastián. Cogió a Piper de la mano y la llevó rápidamente hacia el aparcamiento—. Dios, mujer, vas a volverme loco. ¿Por qué no has dicho nada?
—No quería estropearle el día a Lizzie.
Sebastián se limitó a suspirar. Estaba tan asustado como ella.
Intentaba parecer fuerte, pero Piper veía que estaba al borde del pánico.
Sobre todo cuando ella soltó un grito de dolor.
Llegaron al hospital en tiempo récord, y cinco horas después nacieron sus hijas.
María y Alexandra. Ahora Piper era madre de tres preciosas niñas.
Estaba agradecida, verdaderamente agradecida, de tener a Sebastián. No sabía qué les depararía el futuro, pero en ese momento era completamente feliz.
Ojalá durara para siempre.
FIN
Querido lector:
Muchas gracias por leer Un marido inadecuado. Te agradezco de corazón que hayas decidido dedicar tu tiempo a esta historia, a Sebastián y Piper, y a todo el dolor, los secretos y las decisiones imposibles que los trajeron hasta aquí.
Me encantaría saber qué te ha parecido el libro y qué emociones te ha despertado esta historia.
Gracias por tu apoyo, tu tiempo y tu corazón.
Con cariño, Sarah Noem @sarah_noem_author
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***
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***
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