CAPÍTULO 38
—Papá, ¿podemos llamar a Piper ahora? —preguntó Lizzie con los ojos tristes, acercándose a Sebastián.
—No —la cortó en seco mientras calentaba la cena.
Llevaba un mes entero escuchando esa pregunta todos los días.
—¿Y cuándo podemos, entonces? —su hija no se daba por vencida.
—Cuando podamos, te lo diré.
La verdad era que Sebastián había pensado que Lizzie estaría triste una o dos semanas y luego se olvidaría de Piper, igual que se había olvidado de todas las demás niñeras que habían trabajado para él.
Pero no la había olvidado. Cada día lo acosaba con preguntas y le suplicaba que llamara a la chica.
Ya le enfurecía bastante no poder quitarse a Piper de la cabeza, pillarse constantemente alargando la mano hacia el teléfono para saber cómo estaba y tener que obligarse a dejarlo. Y ahora, encima, su hija.
Nunca le había pasado algo así. No tenía ganas de nada, nada le sentaba bien, y no dejaba de darle vueltas a lo que le había dicho a Piper. Ni siquiera le había dado las gracias. La había echado de casa como si fuera una cualquiera. Pero quizás así era exactamente como tenía que ser.
La ira que había sentido al enterarse de la desaparición de Lizzie se había calmado.
Ahora lo veía todo de otra forma, pero aún no lograba descifrar qué quería.
Solo sabía que echaba de menos las cenas con Piper, el suave sonido de su respiración cuando dormía, su mirada tierna, el aroma de su pelo, la sensación de tenerla entre sus brazos, sus labios suaves, su risa queda, incluso el cepillo de dientes rosa en el vaso del baño.
Sin ella, la casa se había vuelto vacía y fría, y Sebastián sonreía mucho menos.
Varias veces había pasado con el coche por delante de su edificio y a duras penas había conseguido no aparcar y salir corriendo hacia ella.
Solo para verla, aunque fuera un segundo, para asegurarse de que estaba bien.
Agarraba el volante con fuerza y se obligaba a seguir conduciendo hacia donde tenía previsto ir.
No tenía nada que hacer allí. Por lo que sabía, los padres de Nick lo habían recogido de la comisaría y se lo habían llevado de vuelta a su ciudad.
El préstamo estaba pagado. Piper no corría peligro de que la despidieran.
Ahora era libre de vivir como quisiera, solo que Sebastián no tenía el menor deseo de que empezara a salir con otro hombre.
Solo de pensar que otro la tocara le hervía la sangre.
No le gustaba ese tipo de dependencia. Ya había estado casado, había estado locamente enamorado, y justo cuando por fin se había relajado, todo se había ido al traste. No quería que se repitiera, así que evitaba los apegos. Y parecía que en algún momento había metido la pata.
—Papá, ¿y si le ha pasado algo a Piper? No puede haberme abandonado así sin más, ¿verdad? ¿O está enfadada porque me alejé de ella en el centro comercial? ¿Por eso no quiere hablar conmigo?
—No, bichillo. Piper tenía asuntos urgentes que atender. Tuvo que marcharse. Eso es todo. Siéntate y come. Mañana nos espera un día duro. Vamos a ver un colegio para ti, así que prepárate para que la abuela esté en plena forma.
Al parecer, la señora Caldwell había aceptado por fin que no conseguiría la custodia de su nieta.
O quizás simplemente se había quedado callada por un tiempo.
Al menos, ella y Sebastián ya podían hablar varios minutos sobre el futuro de Lizzie sin discutir.
Sebastián había cedido e inscrito a su hija en clases de música, aunque no terminaba de imaginarse a Lizzie tocando el piano.
Pero a su hija parecía gustarle, así que él también estaba tranquilo.
Eso sí, aún no le había contado a su suegra lo del kárate.
Ese tipo de actividad para una niña pequeña era algo que ella no aprobaría de ninguna manera, pero Sebastián creía que su hija debía saber defenderse.
Para que en el futuro no tuviera que preocuparse por ella ni vigilar cada uno de sus pasos cuando empezara a escaparse a las discotecas.
—Podríamos ir a la guardería y ver a Piper solo un minutito —insistió Lizzie.
Sebastián respiró hondo, tratando de calmarse y no estallar con su hija. Ya de por sí había tenido el ánimo por los suelos todo el día, y ahora otra vez las preguntas sobre Piper.
—Muy bien, Lizzie, vamos a hablar en serio.
Sebastián se sentó a la mesa frente a su hija y la miró muy serio.
—Tenemos que olvidarnos de Piper. Era la niñera, su trabajo terminó y se fue. ¿Por qué no preguntas dónde están Marina, la señora James y Karina?
—Pero... —Lizzie alzó hacia él sus enormes ojos—. Pero yo pensaba que Piper iba a ser mi mamá.
A su hija le tembló el labio y se le llenaron los ojos de lágrimas. La noticia le había sentado como un mazazo. Tiró el tenedor y rompió a llorar, luego saltó de la silla y salió corriendo de la cocina.
—¡Lizzie! —la llamó Sebastián con voz amarga, y apartó el plato de comida.
Se le había quitado el apetito. No entendía qué se suponía que debía hacer en una situación así.
O más bien, en el fondo ya sabía que tarde o temprano acabaría derrumbándose e iría a ver a Piper, pero su mente aún se negaba a aceptarlo.
¿Cuándo se le había metido a Lizzie en la cabeza que Piper iba a convertirse en su madre?
Se levantó de la silla y echó los platos sucios al fregadero. Luego subió el volumen del televisor. No pasaba nada. Todo se calmaría, y Lizzie era demasiado pequeña para entender nada todavía.
Su mirada vagó por la pantalla. Abrió el grifo y escuchó las noticias a medias, hasta que la voz del presentador lo sacó de sus pensamientos.
Sebastián se giró bruscamente hacia el televisor, sin poder creer lo que veía.
Había un incendio en la dirección de Piper.
Y el edificio en llamas era sin duda aquel en el que ella vivía.
Las llamas rugían por las ventanas, los bomberos corrían de un lado a otro y los curiosos abarrotaban el patio.
El corazón empezó a latirle a toda velocidad. El miedo se apoderó de él.
Dios, esto no.
Sebastián salió disparado hacia el recibidor, cogió las llaves y marcó el número de Piper mientras corría, pero no daba señal. Aporreó la puerta del vecino.
—Por favor, cuida de Lizzie. Está en su cuarto —gritó sin aliento, y corrió hacia el ascensor marcando el número de Piper una y otra vez.
Sebastián clavó los dedos en el volante con fuerza.
Pisó el acelerador a fondo, se saltó todas las normas de tráfico y maldijo a los idiotas que habían aparcado a lo largo de la carretera, bloqueando el carril derecho.
Temblaba de miedo. Si a Piper le pasaba algo, no lo superaría.
En ese momento comprendió cuánto significaba para él.
¿Y por qué había sido tan idiota antes, sin darse cuenta de las cosas más obvias?
No podría vivir sin ella. Solo había sido cuestión de tiempo que se viniera abajo y fuera corriendo a pedirle perdón, pero el incendio lo había precipitado todo.
Si le pasaba algo, sería culpa suya, porque si no hubiera perdido los estribos entonces, Piper estaría a salvo en su piso.
El edificio en llamas se divisaba desde lejos. Una escena horrible se desarrollaba ante él. Sebastián se llevó la mano a la cruz que llevaba al cuello, la apretó en el puño y musitó una oración. Se le heló la sangre al ver las llamas brotando de las ventanas del apartamento.
Salió disparado del coche y corrió hacia los bomberos.
—¿Salieron todos? ¿Hay heridos?
Pero, como era de esperar, nadie le respondió. No había tiempo para preguntas. Todos a su alrededor iban y venían corriendo, y los residentes se agrupaban en el patio, con lágrimas en los ojos mientras veían cómo el fuego devoraba todo lo que habían construido durante años.
Sebastián se abrió paso entre la multitud, buscando un rostro familiar, pero Piper no aparecía por ninguna parte.
Lo invadió una sensación de impotencia. Un poco más allá estaba el puesto de mando.
Era solo una vieja mesa plegable con un cartel de cartón y unas palabras escritas con rotulador rojo, pero Sebastián sabía perfectamente que allí tenía que haber una lista donde iban marcando a los residentes del edificio.
—Hola. ¿Está Miller en la lista? ¿Salió del edificio? —preguntó sin aliento, mirando esperanzado al hombre de uniforme.
—¿Qué apartamento?
—El dieciocho —el número le vino a la memoria.
—A ver...
El bombero recorrió la hoja con el dedo y negó con la cabeza, mirando a Sebastián con pesar.
Sintió una punzada de dolor. No podía ser.
—¿Puedo entrar? Yo la busco —dijo con firmeza.
—Tranquilícese. Lo último que necesitamos es tener que rescatarlo a usted también. Los chicos son profesionales, están haciendo todo lo posible. Puede que su amiga ni siquiera estuviera en casa cuando empezó el fuego. Pruebe a llamarla.
—¿Cree que estaría aquí parado si pudiera comunicarme con ella? ¡Maldita sea!
Le temblaban las manos. Sebastián odiaba sentirse impotente.
Quería lanzarse al edificio en llamas; tal vez ella necesitaba ayuda en ese preciso momento.
Intentó localizar las ventanas de Piper, pero no tenía ni idea de cuáles eran.
Quizás eran aquellas donde aún no habían llegado las llamas, ¿o aquellas donde ya se había quemado todo?
Se pasó una mano por el pelo. Todo saldría bien. No podía pasarle nada malo a una chica como Piper. Además, llevaban un mes sin verse; en ese tiempo, ella podría haberse mudado, se dijo.
Sebastián iba y venía frente al edificio, con la mirada clavada en las ventanas, siguiendo cada movimiento de los bomberos, aterrado de que en cualquier momento uno de ellos la sacara en brazos.
Se acercó demasiado y enseguida le ordenaron que retrocediera.
Su ropa ya apestaba a humo; el olor acre lo impregnaba todo.
Escudriñó con desesperación los rostros de quienes se mantenían alejados del incendio, pero Piper no estaba entre ellos.