CAPÍTULO 28
Por la mañana, Piper se despertó sola. Al recordar lo que había sucedido la noche anterior, el calor le subió al rostro. Se hundió bajo la manta, deseando poder desaparecer.
¿Y ahora qué se suponía que debía hacer?
No sabía cuánto tiempo llevaba en la cama, sin atreverse siquiera a asomar la cabeza por la puerta del dormitorio a pesar del hambre y la sed, pero cuando Sebastián entró en la habitación, no estaba preparada en absoluto para enfrentarse a él.
—Buenos días, dormilona —dijo con un gesto de cabeza, y se dirigió a la ventana.
Abrió las cortinas y la luz del sol inundó la habitación. Piper cayó entonces en la cuenta de que seguía desnuda bajo la manta. Le ardió el rostro y se subió la manta casi hasta la barbilla.
—¿Cómo te encuentras?
—Mejor —logró decir, sin mirarlo a los ojos.
—Me alegro. Te has perdido el desayuno, pero el almuerzo está en la mesa. Pedí lo que pensé que te gustaría. Aunque... —alargó la palabra mientras se acercaba a ella.
Se subió a la cama y se inclinó sobre ella. El corazón de Piper latía con fuerza. Sebastián olía a limpio, a jabón y sal marina. Él ya se había duchado; ella no.
—Probablemente preferiría almorzar de otra manera. ¿Qué me dices, Piper?
Su mirada astuta recorrió el cuerpo de ella bajo la manta. A Piper se le cerró la garganta y olvidó cómo respirar teniéndolo tan cerca.
—Yo... necesito una ducha. ¿Podrías darte la vuelta, por favor? —preguntó en un susurro, mirándolo suplicante.
Él suspiró, esbozó una sonrisa de suficiencia y se apartó, permitiéndole respirar de nuevo. Pero no se dio la vuelta. La miraba descaradamente, esperando ver qué haría a continuación.
Piper se enfadó. Enfadada consigo misma por no saber cómo actuar, por reaccionar así ante él, por carecer de toda confianza.
Con una mano sujetó la manta contra el pecho y con la otra buscó a tientas la ropa en el suelo. Roja como un tomate, se puso la camiseta a toda prisa y prácticamente salió volando de la habitación mientras Sebastián se reía a sus espaldas.
Qué humillación.
Seguro que se reía de ella por haber conseguido llevarse a la cama a la insignificante profesora de preescolar.
Piper estaba bajo el chorro de agua caliente, con las palmas apoyadas en la pared para no desplomarse —por la emoción, por los restos de fiebre— cuando unos brazos fuertes le rodearon la cintura y la atrajeron hacia él.
Se estremeció, pero no se apartó.
Al contrario, cerró los ojos, disfrutando de aquella cercanía electrizante, y esperó a ver qué pasaría. Aunque, siendo sincera, las ganas de coger una toalla y esconderse de la vergüenza no habían desaparecido. Siempre había sido tímida con estas cosas, nunca del todo desinhibida.
—Esperaba que la puerta sin cerrar significara que no era del todo indeseado —le susurró al oído mientras la apretaba contra la pared.
—No pensé que tendrías el descaro de meterte en la ducha conmigo.
—No podía dejar escapar una oportunidad tan perfecta.
Sebastián la giró hacia él y le dio un beso que la dejó sin aliento. En algún rincón de su mente asomó el pensamiento de que no debería repetir aquello, pero se derritió entre sus brazos. Lo deseaba tanto como él a ella.
Había cruzado el punto de no retorno y no le importaba.
El agua se había enfriado hacía rato, pero no se dieron cuenta.
No existía nada excepto ellos dos, la pasión desatada entre ambos y las manos de él sobre su cuerpo.
Bastaron unos minutos para que Piper sintiera la tensión acumularse en su interior, y entonces olvidó hasta cómo respirar.
Le zumbaban los oídos y se le nubló la vista.
—Mírame —ordenó Sebastián cuando recuperó el aliento.
Piper tenía la espalda pegada al azulejo frío, apenas capaz de sostenerse en pie. Temblaba de pies a cabeza, totalmente perdida en lo que le estaba pasando.
¿Por qué quería más?
Piper se obligó a levantar la vista. Temía ver algo que no le gustara: desprecio o decepción. Pero había un brillo extraño en los ojos de Sebastián, algo que volvía a atraerla.
Sebastián no la dejó apartar la mirada. Los dedos de él se cerraron en torno a su barbilla, ásperos pero firmes, obligándola a mirarlo directamente a aquellos ojos oscuros y ardientes.
El agua le corría por los anchos hombros, por los músculos marcados del pecho, y le hacía brillar la piel.
Piper tembló con más fuerza. Él la miraba como si ya le perteneciera. Como si tuviera todo el derecho a tomar cuanto quisiera.
Sebastián la giró bruscamente y le apretó la espalda contra su pecho.
Una mano se posó entre los omóplatos de ella, empujándola hacia delante hasta que los pechos de Piper quedaron aplastados contra el azulejo mojado.
Con la otra mano le agarró la cadera, sujetándola con firmeza mientras entraba en ella de una embestida profunda y exigente.
—¡Ah! —El grito brotó de sus labios.
—Eso es —suspiró contra su nuca mientras le rozaba la piel sensible con los dientes—. No te escondas de mí. Quiero oír cada sonido que hagas.
Sus movimientos eran duros, posesivos, casi furiosos. Sebastián no se contuvo. Dejó que su temperamento ardiente se desatara por completo. Gruñía contra la piel de ella, le agarraba las caderas con fuerza suficiente para dejarle marcas y le susurraba palabras obscenas y excitantes al oído.
—Estás tan apretada —jadeó mientras aceleraba el ritmo.
Piper solo pudo gemir en respuesta, entregándose a él por completo. El placer creció demasiado rápido, demasiado intenso. Intentó contenerlo, pero él no se lo permitió. La mano libre de Sebastián se deslizó entre los muslos de ella, con los dedos moviéndose al ritmo de cada embestida.
—Córrete para mí, Piper —ordenó con voz ronca—. Ahora.
Su cuerpo obedeció antes de que su mente pudiera reaccionar. El orgasmo la arrolló con renovada fuerza y la hizo arquearse y gritar su nombre. Sebastián la siguió unas cuantas embestidas poderosas y profundas después.
Durante largos segundos, permanecieron inmóviles bajo el agua que se enfriaba, respirando con dificultad. Él seguía dentro de ella, sujetándola con fuerza, casi con posesividad.
Finalmente, Sebastián se retiró despacio y la giró para que lo mirara. Sus ojos seguían ardiendo, pero ahora brillaba en ellos algo cálido, casi tierno. Le pasó el pulgar por el labio inferior.
—Eres preciosa —dijo, recorriéndola con la mirada, y salió de la ducha llevándose la toalla.
Con manos temblorosas, Piper buscó la ropa a tientas e intentó recomponerse.
Se secó el pelo, incapaz de apartar la mirada de sus labios enrojecidos e hinchados y de la marca que Sebastián le había dejado en el cuello.
No podía dejar de mirarse en el espejo, y entonces una sonrisa se dibujó en su rostro.
Parecía incluso un poco diferente ahora.
¿Podía ser todo aquello realmente gracias a Sebastián?
Y en su cabeza, las palabras de él se repetían una y otra vez.
Eres preciosa.
Cuando Piper salió del baño, no había nadie en el apartamento.
La tristeza y la soledad se apoderaron de ella.
Fue a la cocina y vio que su almuerzo estaba sobre la mesa.
Mientras comía, pensó en su vida, y ahora más que nunca se sentía decidida a acabar con su pasado.
Por mucho que lamentara los años que había pasado con Nick, era hora de enfrentarse por fin a la verdad.
Nunca sería feliz con él. Es más, hacía tiempo que no sentía nada por él salvo apego y lástima.
Porque sin ella, seguro que se metería en algún lío.
Piper decidió que tenía que hacerlo ahora mismo. Se levantó de la silla y fue a la habitación de Lizzie. Primero le tomó la temperatura, y una vez que se aseguró de que el termómetro marcaba solo 37,5, sacó ropa de abrigo y se cambió a toda prisa.
Entonces se quedó paralizada frente a la fotografía de Jenna.
Fue como si alguien le hubiera dado un puñetazo en el estómago. La realidad la golpeó con fuerza.
Probablemente aún la amaba.
Jenna era realmente hermosa, y Piper no podía compararse con ella. ¿Qué había estado esperando? Si Sebastián seguía viviendo solo con su hija, era porque su corazón aún pertenecía a otra mujer.
Piper cogió el marco y pasó el dedo por la fotografía. Se preguntó cómo habría sido Jenna. Estudió los rasgos de una mujer a la que nunca había conocido, una mujer tan querida para Sebastián y Lizzie.
No sabía cuánto tiempo llevaba allí de pie, pero de repente le pareció que la mujer de la fotografía la miraba con ira y condena. Por colarse en su familia, por dejar que su hija la quisiera, por acostarse con su marido.
Piper dejó la fotografía de nuevo sobre la mesa con un golpe seco y salió de la habitación.
Se puso el abrigo y, antes de que pudiera cambiar de opinión, llamó a un taxi para ir a su apartamento.
Esperaba que Nick estuviera allí, porque necesitaban tener una conversación seria, y cuanto antes, mejor.
No podía seguir viviendo así.
Basta.
Abrió la puerta con su propia llave. Le preocupaba que Nick no estuviera en casa y que tuviera que esperarlo mucho tiempo, pero el abrigo colgado junto a la puerta le indicó que esos temores habían sido infundados.
Piper miró a su alrededor y una leve sonrisa apareció en su rostro.
El olor familiar de su apartamento la envolvió. Todo allí le era tan querido.
Lo había echado de menos más de lo que creía.
Entró en la cocina. Como era de esperar, era un completo desastre. Una montaña de platos sucios en el fregadero, una olla quemada en el fogón. Varias botellas de licor vacías en el suelo, toda la mesa cubierta de migas de pan. Algo en la nevera se había estropeado y apestaba toda la cocina.
Maravilloso.
Ahora le llevaría varios días limpiarlo todo a fondo. ¿De verdad era tan difícil que limpiara lo que ensuciaba?