CAPÍTULO 26
Sebastián durmió hasta el mediodía. Dos noches seguidas sin pegar ojo le habían pasado factura.
Se estiró perezosamente, intentando recordar si tenía algo urgente que hacer, y entonces se quedó inmóvil, mirando el espacio vacío a su lado.
Lo único que indicaba que una chica había dormido a su lado toda la noche eran las sábanas revueltas.
La preocupación se apoderó de él.
¿Por qué se había levantado?
Entonces recordó lo terca que era Piper. No le habría extrañado que hubiera ido a trabajar arrastrándose, aunque estuviera enferma.
Se levantó de la cama y salió de la habitación con solo el pantalón del pijama puesto.
Primero fue a la habitación de Lizzie, pero Piper no estaba allí.
Tampoco en la cocina. Sobre la mesa había bolsas de comida del restaurante.
Por lo visto, había dormido tan profundamente que no oyó cuando llegó el pedido.
Sebastián aguzó el oído y se dirigió rápidamente a la entrada para comprobar si los zapatos y el abrigo de Piper seguían allí, pero no llegó tan lejos. En el umbral se dio de bruces con ella y se quedó inmóvil, observándola.
Acababa de salir de la ducha. Tenía el pelo mojado y el agua aún le goteaba por el cuello. Piper olía a cítricos y a ropa limpia. Estaba demasiado guapa con aquellos pantalones cortos y la camiseta de tirantes.
Piper abrió los ojos con sorpresa al ver a Sebastián. Se le sonrojaron las mejillas. Se lamió el labio inferior y alzó la mirada hacia él.
—¿Por qué no estás en la cama? —le exigió.
A Sebastián no le gustaba cómo reaccionaba su cuerpo ante ella, así que le salió más brusco de lo que pretendía.
—Yo... me siento mucho mejor ahora. Gracias por... —Piper titubeó y se sonrojó de vergüenza.
Incluso medio dormida, debía recordar sus manos sobre su cuerpo.
Cómo le había cambiado la ropa con cuidado, cómo la había refrescado con agua fría, cómo le había susurrado algo, aunque probablemente no había podido entender qué.
Y por cómo apartó la mirada, supo que estaba mortificada.
Para colmo, la abuela de Lizzie se había llevado a la niña por su culpa.
—Tuve que llamar al trabajo para avisar de que estoy enferma. Espero que no me despidan por faltar a mi turno. Seguramente debería ir al médico para que me dé un justificante. Y llegó la comida. La dejé en la cocina —soltó atropelladamente.
—De acuerdo —dijo Sebastián con un asentimiento, y luego volvió a quedarse en silencio.
Piper parecía tan alterada como él se sentía. Intentaba no mirarlo fijamente, pero no podía evitar que la mirada se le fuera al pecho.
—Voy a calentar el almuerzo. Vuelve a la cama y tómate la temperatura —dijo Sebastián por fin, y Piper pareció decidir no discutir con él.
Se dio la vuelta en silencio y se marchó.
Sebastián encontró en la bolsa la sopa de pollo que había pedido especialmente para Piper, y el filete para él. Preparó té, buscó una bandeja y lo llevó todo al dormitorio.
—Toma. Esto es para ti. —Parecía más serio que nunca.
Si ella supiera cuánto esfuerzo le costaba aquello. Sebastián se sentía descolocado. No sabía por qué de repente quería cuidar de ella, ni por qué se le había pasado por la cabeza que estaba muy guapa en su cama.
—Muchas gracias. Siento que haya acabado así. Seguramente me resfrié cuando... cuando acompañé a Nick a la puerta.
Piper bajó la mirada y se acomodó mejor, poniéndose una almohada detrás de la espalda.
Al oír mencionar a Nick, a Sebastián le sentó mal.
Sobre todo porque el cabrón no había aparecido en todo el día y ni siquiera había intentado disculparse por lo que había hecho.
Piper no parecía tener mucho apetito, pero aun así intentó comer un poco, probablemente para no parecer desagradecida.
Sebastián se acomodó a su lado. Se quedaron en silencio. Entonces Sebastián no pudo soportarlo más y encendió la televisión. Dejó el plato a un lado y se recostó más cómodamente, con la vista fija en la pantalla, aunque no dejaba de querer mirar a Piper.
Al otro lado de la ventana, los copos de nieve caían suavemente. Dentro del apartamento hacía calor y había algo distinto a lo habitual. ¿Acogedor, quizá? Sebastián no sabía exactamente qué había cambiado, pero algo había cambiado.
—He decidido dejar a Nick —dijo Piper de repente, y Sebastián la miró sorprendido.
Daba la impresión de querer mucho a su prometido, aunque él no entendía por qué.
Piper carraspeó. Parecía querer decir algo más, pero no saber por dónde empezar. Como si necesitara a alguien con quien hablar, alguien que la escuchara sin juzgarla de inmediato.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Sebastián, incapaz de soportar la larga pausa.
Quería saberlo todo, lo cual no era propio de él. Y, además, sus palabras le habían levantado el ánimo.
—Nada, solo... no lo sé. Últimamente, todo... todo está mal de alguna manera. No está bien, ¿verdad?, atar tu vida a alguien cuando te sientes infeliz con él.
—¿Te sientes infeliz? —El rostro de Sebastián se tornó serio y se inclinó ligeramente hacia ella para mirarla a los ojos.
—No exactamente infeliz —dijo Piper, dubitativa—. Pero...
Intentó encontrar las palabras adecuadas, pero no le salían.
—De verdad lo quería —dijo, y Sebastián notó que había usado el pasado—.
Es que seguramente toda mujer quiere que sea como en las películas.
Que llegue un hombre y resuelva todos sus problemas.
O no resolverlos exactamente, sino compartir la carga: el dinero, la compra, todo.
No, no, no es por el dinero —añadió rápidamente, con miedo evidente a que Sebastián pensara que era una interesada—.
Es que resulta difícil pensar en todo tú sola y no recibir ayuda ni apoyo del hombre con el que vives.
Tenías razón entonces. Cuando lleguen los niños, será aún más difícil, y él ya ha dejado de ayudarme en casa. Antes era diferente...
Piper suspiró con tristeza y su mirada se perdió, como si estuviera en otro lugar.
—Ya sabes lo que pienso de tu Nick, así que no lo dudes ni un segundo. Estás tomando la decisión correcta —dijo Sebastián entre dientes.
—En cualquier caso, quizá podría sugerirle que vivamos separados un tiempo y pensemos en nuestra relación. No romper en caliente, sino darle una oportunidad. Puede que le esté pasando algo y no me lo esté contando. La noche de anteayer... nunca se había comportado así. Me asustó de verdad.
Sebastián se dio cuenta de que quería que Piper rompiera con Nick definitivamente. Sin segundas oportunidades. Sin perdón. Quería a ese hombre lejos de ella. No quería que la tocara ni que siquiera mirara en su dirección.
—Llevo unas semanas viviendo aquí contigo y, ¿sabes?
, hacía mucho que no me sentía tan ligera y libre.
Era como si las paredes de casa se me vinieran encima.
Él siempre estaba descontento con algo, apenas ayudaba…
Lo siento. Te estoy soltando todo esto y seguramente ni te importa, y aquí sigo…
—Piper se contuvo al darse cuenta de que había dicho demasiado—. Lo siento.
—Me alegro de que hayas tomado esa decisión. Eres una buena chica, Piper, y mereces más que Nick —dijo Sebastián de repente, con voz seria.
Piper abrió la boca para responder, pero Sebastián nunca supo qué iba a decir, porque le sonó el teléfono.