Un lugar junto a tu corazón (Serie Legado 5)
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Capítulo 1
Fiesta de San Valentín perfecta. STOP. Me han pedido matrimonio. STOP. He aceptado. STOP. Me caso en junio. STOP.
A udrey Coleman tecleó el telegrama que había partido de Filadelfia y que recorrería a toda velocidad los cables de estación en estación hasta llegar a su destino, en algún lugar de Kansas.
Con cada clic del código —que, tras tres años como operadora, se sabía de memoria—, este tipo de noticias nunca dejaba de emocionarla.
Ni de hacerla soñar despierta.
Temblando de frío en su diminuta oficina, situada junto a la estación de tren de Browning City, en Iowa, Audrey se imaginaba a sí misma como la destinataria de una propuesta de matrimonio el día de San Valentín.
Llevaría un vestido de seda roja, aunque no era el color que mejor le sentaba a su pelo rubio, sus ojos azules y su tez clara.
El rosa le sentaba mejor. Y Nick Parker la acompañaría a casa en una noche helada, con las estrellas brillando en lo alto como cuentas de cristal. Se arrodillaría…
De acuerdo, no lo conocía lo suficientemente bien como para estar enamorada de él o para que él lo estuviera de ella. Sin embargo, el Día de San Valentín llevaba tanto tiempo asociándose con el romanticismo que quizá le metiera en la cabeza la idea de prepararse para una propuesta de matrimonio.
El repiqueteo de la máquina la devolvió bruscamente al presente.
Desde que el último miembro de su familia había fallecido tres años antes, dejándola completamente sola y provocando que perdiera la granja, tenía que ganarse la vida, y eso significaba enviar y recibir telegramas, no darle vueltas a lo que no había sucedido el 14 de febrero.
Era la tarde del 15 de febrero, y aquellas cuentas de cristal no habían sido estrellas.
Resultaron ser lluvia helada que caía en forma de hielo tan espeso que nadie había acudido a la fiesta que Audrey había organizado como excusa para invitar a Nick a la casa donde se alojaba.
Quería impresionarlo con su tarta de compota de manzana y su excelente café.
Y con su vestido nuevo. Era de lana, no de seda.
Sin embargo, lucía cascadas de fino encaje blanco que ella misma había tejido a ganchillo.
Una tormenta más en Iowa le había impedido celebrar su velada y aprovechar la oportunidad de avanzar en sus intenciones románticas.
Ahora Nick se había marchado en el tren de la mañana y no volvería hasta dentro de varios días, ya que trabajaba para el ferrocarril y viajaba mucho.
Qué suerte tiene Nick. Suspiró y luego se concentró en otro mensaje que acababa de llegar.
Llega el tren de esta tarde. STOP. Estoy deseando conocerte. STOP. Tu sobrino nieto perdido hace tiempo, Sam Nolan. STOP.
Audrey parpadeó. No, no se había equivocado.
El mensaje iba dirigido, efectivamente, a Eleanor Prescott, la anciana con la que Audrey vivía.
La señora Prescott permitía a Audrey alojarse en la única habitación libre de su pequeña casa sin coste alguno a cambio de que se encargara de la mayor parte de las tareas domésticas, como cocinar y limpiar.
Audrey le debía mucho a la señora Prescott, desde proporcionarle un lugar donde vivir hasta utilizar su influencia en la ciudad para conseguir que la contrataran en Western Union —primero como mensajera y luego como telegrafista—, a pesar de su falta de experiencia.
No quería nada que molestara a su casera y amiga.
Pero este mensaje podría hacerlo, al llegar tan de repente.
El tren al que se refería el telegrama debía llegar en los próximos cinco minutos.
Alguien se ha dormido en el trabajo. Audrey frunció el ceño al leer el mensaje.
Nunca conseguiría entregarlo antes de que el tren entrara en la estación.
Debería haber recibido el mensaje en la oficina de telégrafos horas antes.
—¿Por qué frunces el ceño, señorita Audrey? —preguntó Charlie Langley, el taquillero que también hacía las veces de mozo de tren, asomando su cabeza canosa por el borde de la puerta—. ¿Te han dado malas noticias?
—No. —Al menos esperaba que no resultaran ser malas noticias—. Alguien en Davenport debe de haberse quedado dormido en su puesto. Este mensaje tenía que haber llegado esta mañana.
—Más vale tarde que nunca —dijo el anciano con una risita.
—No estoy segura de que eso sea cierto en este caso. —Audrey agitó en el aire el frágil trozo de papel—. Se trata de la llegada de un pasajero… —El sonido de un silbato la interrumpió—. En este tren.
—Bien. Bien. Si alguien llega de verdad para quedarse un tiempo, puede que necesite un mozo. —Sonriendo, cerró la puerta. A través de la ventana, ella lo vio dirigirse hacia el andén.
También vio a Joe Norton, el dueño de la nueva tienda; a Graham MacKenzie, dueño de la otra tienda y de la caballeriza; y a Zach Brennan, el dueño y editor del periódico.
Probablemente, los comerciantes estaban allí para recoger suministros del tren.
Zach esperaba cada tren con la esperanza de encontrar una noticia.
—Y yo tengo una para ti. —Saltó del taburete y salió corriendo por la puerta—. ¿Zach? ¿Señor MacKenzie?
Al oírla llamar, los cuatro hombres que estaban en el andén se dieron la vuelta.
—Necesito a alguien que le entregue esto a la señora Prescott inmediatamente. —Agitó el trozo de papel amarillo en el viento helado que se colaba por la estación, abierta por los lados—. Se trata de la llegada de su sobrino.
En ese momento, el tren dobló la esquina traqueteando; el chirrido de los frenos y el silbido del vapor ahogaron sus palabras. Sin embargo, al parecer, había dicho lo suficiente. Todos los hombres, excepto el mozo, volvieron corriendo hacia ella.
—Es mi nuevo encargado de la caballeriza, ya sabes —dijo el señor MacKenzie, sujetando el telegrama entre sus dedos del tamaño de una salchicha—.
No lo esperaba hasta la semana que viene, pero tiene sentido que haya venido antes de empezar a trabajar.
Me temo que aún no lo tenemos todo listo para él.
—¿Pero es el recién llegado a la ciudad?
—preguntó Zach, que no era mucho más alto que Audrey, balanceándose sobre las puntas de los pies, como si intentara hacerse tan alto como los dos propietarios de las tiendas.
Estos le superaban en altura al menos una cabeza entera—.
¿Soltero? ¿Sabes si está soltero? ¿Es cierto que la señora Prescott no supo de su paradero hasta hace dos semanas?
¿Por qué no se puso en contacto con ella?
—Por favor —dijo Audrey entre risitas—. Se conocían cuando el señor Nolan era un niño, pero, por lo demás, tendrás que preguntárselo a él o a la señora Prescott.
—¿Quieres decir que vives con ella y no sabes las respuestas? —Zach negó con la cabeza—. No me lo creo ni por un momento, señorita Audrey.
—Quizá —dijo Joe con su voz grave y retumbante— ella no crea que esté bien contarte información privada sobre otra persona.
—Tienes razón, Joe. —Audrey le dedicó una sonrisa—.
La mayor parte de lo que sé lo he averiguado por telegramas y gracias a la señora Prescott, así que no puedo decir ni una palabra al respecto a nadie más que a ella.
Y ya que hablo de telegramas, tengo que volver a mi máquina. ¿Sería alguno de ustedes tan amable?
La estación necesitaba un mensajero fijo, como lo había sido ella cuando empezó a trabajar para la empresa, pero nadie había sustituido al muchacho que se había fugado a buscar oro en Colorado el año anterior.
—Estaré encantado de entregarlo, señorita Audrey. —El señor MacKenzie le dio una palmadita en el hombro—. No te preocupes por eso. Paso justo por delante de su casa de camino a la tienda.
—Pero si me lo llevo yo, podré sacarle algunas respuestas. —Zach extendió la mano hacia el telegrama—. Se ha mostrado un poco reservada sobre ese sobrino suyo.
—Me contó lo suficiente como para convencerme de que lo contratara. —El señor MacKenzie lo levantó fuera del alcance del hombre más bajo.
Riendo, Audrey se retiró a su despacho. A través de la ventana, vio a los tres hombres que seguían hablando —o quizá discutiendo— mientras se alejaban de su campo de visión.
Le hubiera gustado poder ver el andén desde donde estaba sentada.
Aunque de los trenes se descargaba más mercancía que pasajeros, a veces los viajeros bajaban de los vagones y deambulaban por allí para tomar un poco de aire fresco.
En las ocasiones en que podía salir y verlos, Audrey observaba cada detalle de la moda de las damas, desde sus sombreros hasta sus vestidos y sus zapatos.
De vez en cuando también echaba un vistazo a los caballeros.
Si existiera un príncipe azul, tendría que bajarse de aquel tren para verla, enamorarla perdidamente y llevársela a las luces brillantes y la animada vida de Chicago, Filadelfia o incluso Nueva York.
No importaba qué ciudad fuera, siempre y cuando tuviera aceras, luces brillantes y mucha, mucha gente.
Tenía unas expectativas muy altas respecto al caballero con el que algún día compartiría su vida. Tenía que ser más que guapo; tenía que ser divertido, enérgico y cristiano.
Nick cumplía todos esos requisitos, excepto el de ser entretenido.
Se mostraba un poco demasiado callado cuando estaba con ella.
Quizá fuera tímido. No importaba. Ella podría arreglar eso y, entre otras cosas, que una persona fuera callada importaba poco.
Era agradable a la vista y, cuando cantaba himnos en la iglesia, su corazón se derretía.