1 · Luli
Hay dos clases de llamadas a las siete de la mañana: las que empiezan con un nombre y las que empiezan con «ven». Las primeras dan tiempo a tomar café. Dora empezó con «ven».
—¿Quién? —pregunté igual, con una bota de goma puesta y la otra en la mano.
—Nadie. Un lobo marino en la rampa del muelle de pasajeros. Joven. —Hizo una de sus pausas, que no son dudas sino inventario—. Tiene algo en el cuello. Y hoy es jueves, Lucero.
Jueves quiere decir autobuses a las nueve. Cuarenta turistas con chaquetas nuevas bajando la cuesta derecho hacia una rampa ocupada por un animal salvaje, enfermo y con dientes. Colgué, me puse la otra bota y bajé con la camioneta hasta el puerto, que a esa hora todavía huele a bajamar.
El lobo estaba donde Dora dijo. Un macho joven, dos temporadas, tres a lo sumo, echado en mitad de la rampa con la cabeza vuelta hacia el agua, como quien no ha decidido si quedarse.
El problema le daba la vuelta al cuello: una faja plástica de enfardar, de las que zunchan las cajas de pescado.
Se la habría puesto jugando, de cachorro, y después el cuello creció y la faja no.
Ahora era un surco. La carne había empezado a crecerle por encima, el borde supuraba, y el olor llegaba a tres metros contra el viento.
Había moscas. En un animal mojado, las moscas son un parte médico.
Miré sin tocar, que es la mitad de mi oficio.
Flaco para su edad: la faja lo dejaba tragar a medias, y llevaba meses pescando el doble para alimentarse la mitad.
El pelo sin brillo, la respiración corta, los ojos legañosos.
Cincuenta kilos, calculé, quizá menos de los que aparentaba.
Cuando di un paso más levantó la cabeza y me mostró los dientes, que es exactamente lo que habría hecho yo.
Diagnóstico: la infección estaba dejando de ser local.
Pronóstico con el zuncho puesto: semanas.
Pronóstico si alguien lo espantaba al agua: las mismas semanas, pero mar adentro y sin testigos.
El protocolo existe y me lo sé. Fauna marina se avisa a la oficina de Punta Piedras, y la oficina contesta que no se intervenga, que va un técnico.
El técnico está a cuarenta minutos cuando está, y los jueves no suele estar.
Llamé igual, porque los protocolos se cumplen o se dejan por escrito, no hay tercera.
Me atendió el buzón. Le dicté la hora, el estado del animal y lo que pensaba hacer si no me devolvían la llamada antes de las nueve.
Así, cuando alguien quiera discutirme, discutimos con fechas.
Para entonces ya había público. En este puerto el público llega antes que la marea. El alto de los Míguez vino con el bichero al hombro y la solución de siempre:
—Lo pinchamos un poco y se tira al agua solo.
—Se tira al agua con el zuncho puesto y se muere igual, pero lejos, donde no moleste —dije—. Eso no es resolver el problema. Es cambiarlo de jurisdicción.
—Qué genio, doctora.
—No es genio. Es jurisdicción.
Desde que integro la comisión del puerto firmo lo que veo, y por eso en Punta Vigía me quieren mucho dos o tres días al año: los días en que lo que veo les conviene.
El resto del año me saludan igual, porque el veterinario más cercano después de mí está a cuarenta minutos de ruta y las perras no eligen cuándo parir.
Con ese sistema no se hacen amigos. Se hacen pacientes, que duran más.
Mandé al chico de los Salas al astillero a pedir dos tableros de madera, de esos con que se arrea sin tocar.
Dora bajó con una bolsa de arpillera de las de papas y se quedó, porque Dora no mira: verifica.
Del maletín saqué lo que iba a hacer falta y lo puse en fila sobre un trapo, en orden de uso, que es la única superstición que me permito.
Lo que no saqué fue la sedación. No se seda un animal a tres metros del agua: se te duerme a medias, se te resbala por la rampa y se ahoga con tu firma adentro. A un lobo se lo sujeta a mano o no se lo toca. Y a mano quiere decir alguien que no suelte.
En este puerto, la lista de gente que no suelta es corta.
Simón llegó cuando yo terminaba de acomodar los tableros.
Sin anunciarse, con las mangas ya arremangadas, que en él es un discurso completo.
Su barco esperaba amarrado a veinte metros, con los banderines puestos y las reservas del jueves vendidas, y el embarco pasaba exactamente por donde mi paciente había decidido pudrirse.
—Me dijeron que había función —dijo, mirando al lobo con las manos en la cintura—. ¿Necesitas un ayudante o un espectador?
—¿Sabes quedarte callado y empujar cuando yo lo diga?
—Una de las dos cosas, seguro.
Es guapo y lo sabe y lo administra, que es lo grave. Lo que el pueblo no computa es lo otro: que cuando la cosa es en serio, Simón Vega es el único hombre del puerto que hace exactamente lo que se le dice. Yo eso no lo comento. Se me llenaría de competencia.
—Tres reglas —le dije—. El tablero va entre el lobo y el agua, y no se mueve de ahí hasta que yo lo diga. La cabeza es mía: tú no te acercas a la cabeza ni para ayudarme. Y si te alcanza un mordisco, gritas todo lo que quieras, pero no sueltas.
—¿Es grave un mordisco?
—Se infecta con una bacteria que se ríe de los antibióticos comunes. Los loberos viejos perdían dedos.
—¿Y aun así vas a meter la mano?
—Por eso la meto yo y no tú.
Me miró un segundo de más. Guardé el dato con los otros.
Salió como salen estas cosas cuando salen: feo y rápido.
El chico de los Salas cerró por la izquierda, Simón plantó su tablero del lado del agua, yo entré por detrás con la arpillera y le cubrí la cabeza, y el lobo explotó una vez, una sola, cincuenta kilos de músculo asustado tirando una dentellada a ciegas contra la madera.
El tablero crujió. A Simón se le pusieron blancos los nudillos y no retrocedió ni un centímetro.
Después el animal se quedó quieto, temblando bajo la tela, con esa quietud de los pacientes que ya gastaron el miedo, y quedamos trenzados sobre él: mi rodilla en su paleta, el hombro de Simón sosteniendo el mío, los tres respirando al mismo ritmo porque no había otro.
—¿Cómo está? —preguntó Simón, bajito, con la voz de trabajo, la que no vende nada.
—Peor que tu barco.
—Nadie está peor que mi barco. Corta tranquila.
Le temblaba el antebrazo por el esfuerzo y la voz no. Cuando lo que dice un cuerpo contradice lo que dice su dueño, yo le creo al cuerpo. Con Simón lo aplico desde que lo conozco.
—Ahora —dije.
Tuve que buscar el zuncho con el dedo, por debajo de la carne crecida.
Cortar plástico hundido en una herida infectada es un trabajo con olor, y el olor es información: dulzón, viejo, de meses.
Corté en dos tiempos, tiré con la pinza y salió entero, verde de algas por fuera y amarillo por dentro.
Lo dejé en la rampa, donde pudiera verlo todo el mundo.
Lavé el surco con antiséptico hasta que corrió limpio.
No se cose una herida así: se cose el pus adentro o no se cose nada.
Le puse una dosis de antibiótico de depósito que cuesta más que tres consultas mías y la anoté a pérdida, a nombre del mar.
—Tableros afuera —dije—. Todos atrás.
Le destapé la cabeza y me aparté. El lobo se quedó un segundo sin creerlo, con el cuello liberado y el aire entrando entero por primera vez en meses. Después cruzó la rampa de un empujón de aletas y se fue al agua sin despedirse. Los pacientes buenos son así.
—Te dije que era jueves —dijo Dora desde la baranda, con los lentes puestos, y se fue cuesta arriba con la razón puesta, a abrir el almacén.
El muelle aplaudió. Para entonces los turistas ya estaban todos asomados a la baranda, con las chaquetas nuevas y los teléfonos en alto, y Simón hizo lo que Simón hace con cualquier cosa que flote: la vendió.
Se dio la vuelta, abrió los brazos hacia el público y anunció que eso había sido el número de apertura, que las ballenas eran el doble de grandes y salían a las diez, y que la doctora no cobraba entrada pero el barco sí.
Vendió humo cinco minutos y el humo compró pasajes.
Es su oficio y es el mejor del puerto. Yo junté mis cosas del trapo, en orden inverso.
Lo que el público no vio fue lo de después.
Mientras yo guardaba el maletín, Simón baldeó la sangre y el pus de la rampa antes de que bajara el primer turista, dobló la arpillera de Dora en cuatro, mejor de lo que la doblo yo, la dejó en mi camioneta sin anunciarlo, y me trajo del almacén un café con la mitad del azúcar que tomo, medida que yo no le di nunca.
Con Simón aprendí a auscultar al revés. En cualquier otra persona, el ruido es el síntoma.
En él, el ruido es el estado basal: lo que hay que escucharle es lo que hace callado.
Nos quedamos un momento al borde de la rampa, mirando el agua donde el lobo ya no estaba. Me dolían las manos, tenía la camisa arruinada y me había ganado el día. Es una combinación que conozco: la confundo con la felicidad desde los veinticuatro años.
—¿Cuándo, exacto? —preguntó, sin mirarme.
No hizo falta que dijera qué. Entre nosotros los temas importantes no se anuncian: se dan por sabidos, que es nuestra manera de no soltarlos nunca.
—Cuando cierre la temporada. La segunda semana de diciembre. —El anuncio ya lo había hecho yo misma en la mesa de los Roldán, con el vaso y la cuchara, y él había aplaudido primero y más fuerte que nadie—. Dos años.
Asintió despacio, como quien confirma una marea que ya venía anunciada en la tabla. El hombre cuyo oficio, según él, es esperar en un muelle.
—Bien —dijo—. Me da tiempo.
—¿Tiempo de qué?
—De ganarle por fin la discusión al mecánico de Punta Piedras. —Y se rió. Simón se ríe de lo que le duele; el pueblo cree que se ríe de todo. Son el mismo dato mal leído.
Hizo el gesto de irse y no se fue. Se miró las manos, esas manos duras de soga con las que había aguantado el tablero entero.
—Luli.
—Qué.
Abrió la boca. La cerró. En diez años no le vi quedarse sin palabras ni debajo del agua.
—Nada —dijo al fin—. Que hoy no soltaste.
—Nunca suelto.
—Ya sé —dijo, y se fue a su barco a cobrar pasajes, riéndose solo de algo que no compartió.
Archivé la mirada donde archivo todo lo suyo: en un cajón que no abro con testigos. El pueblo entero cree que Simón me molesta. El pueblo entero lleva años leyendo mal la planilla.
A la noche escribí el informe para la oficina de Fauna, con hora de aviso, hora de intervención y estado del animal al liberarlo.
Lo escribí tal cual fue: intervine sin autorización porque la autorización tarda más que una septicemia.
Después redacté la nota para la comisión del puerto, que soy yo, así que la discusión fue breve.
Firmé las dos. Yo firmo lo que hago. Es lo único que vuelve barata la mala fama.
Bajé al muelle a dejar la copia en el buzón de la comisión.
Me gusta el puerto a esa hora: los barcos amarrados son pacientes dormidos, y con la marea quieta se les escucha la respiración a todos.
Por eso vi la luz. Baja, de lámpara de trabajo, a bordo del Perseverancia .
A esa hora Simón estaría donde estuviera todo el mundo menos su barco, y era cierto: el que estaba a bordo era Mateo Roldán, metido hasta la cintura en la escotilla, golpeando el casco por dentro con el mango de un formón.
Dos golpes y un silencio, dos golpes y un silencio, escuchando la madera como yo escucho un pulmón. La comparación me molestó por exacta.
—¿Se hunde? —pregunté desde el muelle.
—Todavía no.
—¿Y entonces?
Mateo golpeó dos veces más antes de contestar, porque las palabras las cobra caras hasta cuando las regala.
—Encargo. Me pidió el casco para mar abierto.
El puerto quedó en silencio alrededor de esa frase. Un barco de bahía es un animal de bahía: conozco la especie porque firmo su habilitación todos los años.
—¿El Perseverancia ? ¿Cuánto de abierto?
—Eso mismo pregunté yo.
Y siguió golpeando, dos toques y un silencio, como si el barco tuviera algo que confesar y él tuviera toda la noche.
Volví a la camioneta e hice lo que hago con los síntomas sueltos: el diferencial.
Un barco de avistaje no se prepara para mar abierto por las ballenas, que vienen solas a la bahía; se lo descarté primero.
No se prepara por los turistas, que se marean en la rada.
No se prepara para venderlo, porque a ese casco Simón no lo vende ni hundido: lo trajo su abuelo.
Fui tachando causas hasta que quedó una sola, y esa no la quise escribir ni en el pensamiento, porque hay diagnósticos que una no firma hasta que el paciente confiesa.
Me quedé un rato con las manos en el volante, sin arrancar, oyendo los golpecitos de Mateo contra el casco en el puerto dormido.
Simón Vega llevaba diez años contándome a viva voz todo lo que no importaba. Acababa de empezar a callarse lo único que sí.